PREFACIO
Londres, 1985.
El corazón de Damian dio un vuelco en cuanto entró a la oficina del Obispo Norton.
No era común conseguir una audiencia con su Excelencia, y él, estaba seguro de no haber solicitado nunca una visita a esa oficina en los más de ocho años que habían pasado desde que entrara al Seminario. Era tal vez un mito, pero se decía que el que pisaba la oficina del Obispo algo había hecho mal. Para dar buenas noticias estaban lo Obispos auxiliares.
Damian acababa de recibir la orden Sacerdotal después de su año ejerciendo el diaconado en la Iglesia de La Concepción, a tres cuadras de allí. Estaba buscando la forma de quedarse en el Seminario, podía ejercer de sacerdote orientador para los nuevos seminaristas o ayudar a alguno de los obispos auxiliares. Haciendo gala de su voto personal de honestidad —voto que había sumado a los de castidad, pobreza y obediencia—, sabía que su desempeño durante su educación en el seminario y en la parroquia había sido destacable, por eso esperaba ser acogido allí, porque de lo contrario no sabría qué hacer; dudaba que hubiese una iglesia católica en todo Londres sin un sacerdote —Y no es que, por esa zona de la geografía mundial, hubiese muchos católicos—. Damian podría incluso seguir como ayudante del Padre George en La Concepción y seguir viviendo en el Seminario, aunque eso realmente dependía del sentido de caridad de su padre para seguir pagando la mensualidad y del obispo Norton, que acababa de entrar a la oficina.
—Damian, cuánta puntualidad, típico de los ingleses —Expresó. Su Excelencia, el Obispo Joseph Norton era un hombre que pisaba los setenta años y casi la mitad de ellos los había vivido llevando el Seminario de San Miguel Arcángel en pleno centro de Londres, era un hombre bajo y de contextura… compacta, por así decirlo, de cerca, y Damian lo había visto muy pocas veces a esa distancia, su piel era casi traslúcida y sus ojos, de un azul acuoso, miraban de alguna manera inexplicable de forma acusadora. Con su vestimenta negra y los detalles morados, acorde con su estatus dentro de la jerarquía eclesiástica, completaban el aire de autoridad que le faltaba a su estatura.
—Su Excelencia —Saludó Damian poniéndose de pie de inmediato. El Obispo pasó por su lado hasta ocupar la elaborada silla que coronaba el escritorio.
—Siéntate, Damian, por favor —Y aunque utilizó la educada expresión, la petición pasó desapercibida dejándose aplastar por el tono de una orden directa—. Y bien, ¿Cómo te has sentido después de la ceremonia de ordenación?
La pregunta tomó a Damian desprevenido, esperaba cualquier cosa menos una conversación de socialización.
—Muy bien —Atinó a decir—. Quiero decir, bendecido y agradecido, su Excelencia —Completó.
—Hablé con el Padre George el día de ayer —Dijo el Obispo e hizo una pausa que causó en Damian el efecto deseado, sentir un temor injustificado—. Ni una sola queja, Damian, ni siquiera sugerencias. Y créeme, George siempre tiene sugerencias, pero de ti: Nada. Impecable. Lo mismo que en el Seminario en general.
»Recuerdo los compromisos que hago, y muy especialmente el de esa tarde de hace casi diez años, cuando, en su momento, el Obispo Laurence, me pidió que te acogiera aquí y siguiera de cerca tu desempeño. Y lo he seguido, Damian —Él asintió—. El primo de Laurence, disculpa, del Cardenal Laurence, acaba de morir. Un infarto fulminante.
—Su Excelencia, ¿se refiere al Padre Charles? creo recordar que así se llamaba.
—Sí, él —Damian envió una silenciosa bendición por el espíritu del Padre Charles y prometió rezar por él en cuanto tuviese la primera oportunidad—. Él había estado a cargo de la parroquia de Findhorn en Escocia, él ya estaba mayor cuando fue trasladado allí, por lo que no me ocupé, para serte franco, de pensar en su reemplazo. Sin embargo, Dios obra de maneras misteriosas, ¿no?
—Por supuesto, su Excelencia.
—Creo que sabes lo que quiero decirte ahora.
—Con toda honestidad, no estoy seguro.
El Obispo le ofreció una sonrisa indulgente.
—La parroquia de Findhorn es una de las más fieles, te diría que más de la mitad de su población actualmente es católica, y eso es decir bastante teniendo en cuenta la tendencia en estas tierras. Normalmente el Padre Charles me decía que sus misas estaban abarrotadas y en las celebraciones eclesiásticas eran multitudinarias. Tal vez el Padre Charles pudo exagerar un poco, pero sé que será una comunidad que te beneficiará y si he de enviar a un reemplazo digno de Charles, considero que ese eres tú, porque es hora de pensar en tu futuro.
Damian no podía creer lo que escuchaba. Iba a ejercer en una parroquia exclusiva para él, iba a convertirse en el Padre Damian.
—Su Excelencia… —Comenzó a decir, pero el Obispo lo detuvo.
—Dios te está asignando una tarea de suma responsabilidad, Damian, y por ello, con toda la mejor intención de ayudarte, requiero que me mantengas al tanto de tus progresos con la comunidad.
»Sabes que aquí siempre tengo algo que hacer, pero encontraré el tiempo para dedicarle a tus reportes.
—Excelencia, no encuentro las palabras para agradecerle…
—No me defraudes, Damian —Demandó el Obispo interrumpiéndole—. Y, ante todo, no defraudes a nuestro Señor.
—No lo haré.
—Partes de inmediato. Recoge tus pertenencias y ve al taxi que te espera afuera para llevarte a la estación —El Obispo entregó un ticket de tren—. El servicio está cancelado. Es un viaje largo, pero valdrá la pena.
Damian se puso de pie con el corazón latiendo de alegría.
—Excelencia… —No sabía cómo pedirlo, pero sentía que, si el Obispo Norton le daba su bendición, todo estaría bien.
El Obispo extendió la mano izquierda, que Damian tuvo a bien aceptar y tomar entre sus propias manos mientras inclinaba la cabeza.
—Que Dios bendiga tu camino y guíe tu corazón para que obres sólo con buenas acciones, siempre —El Obispo hizo la señal de la Cruz sobre él.
—Amén —Murmuró Damian antes de soltarlo.
Damian casi corrió por los pasillos del Seminario hasta su habitación. ¿Sus pertenencias? Un puñado de ropa interior y calcetines, un par de camisas y otro de pantalones, sus zapatos, los llevaba puestos, fue al baño y recogió sus artículos de higiene personal, en la misma maleta vieja y casi inservible que lo había acompañado a su llegada guardaba ahora sus cosas para otro comienzo, apretó el crucifijo de oro puro que años atrás le había regalado el Cardenal Laurence. Justo después de que se conocieran, había sido nombrado Obispo y cuando él entró al Seminario, Laurence fue nombrado Cardenal y aún con sus múltiples obligaciones y los cambios horarios entre Inglaterra e Italia, su guía no había faltado nunca y sabía en su corazón que esta vez no sería diferente.
Con una sonrisa llena de nostalgia, Damian miró como las rejas del Seminario de San Miguel Arcángel se cerraban después de que el taxi negro saliera de sus instalaciones. Erguido y con ese aire celestial, que tanto lo había impresionado, parecía despedirse de él y Damian sintió un pequeño nudo en la garganta, pues ese había sido su único hogar.
Hasta ese momento.








