Capítulo 1
La espesa lluvia cae formando pequeños ríos sobre las calles adoquinadas del condado, impidiendo que cualquier persona siquiera piense en salir de sus casas. Han pasado varias semanas desde que el verano sustituyó a la primavera y refuerza su poderío con tormentas cada vez más frecuentes.
Dentro de una de las grandes edificaciones céntricas se encuentra Emily Everglot afinando con precisión las cuerdas de su tesoro más sagrado, un violín. La joven de cabellos castaños, pese al mal humor por el clima, presta toda su atención para no romper una cuerda. Justo ha finalizado cuando su hermana menor, Victoria Everglot, entra a su habitación con urgencia, llevando entre sus manos un sobre arrugado.
—¡Finalmente regresará! —Victoria anuncia desbordante de felicidad una noticia que, si bien, alegra a Emily, no la altera a tal magnitud como a su hermana.
Emily no tiene que revisar el contenido del sobre para saber de quién se trata. Émile Bittern terminó sus estudios en la capital y después de largos años intercambiando cartas con Victoria, al fin podrán reencontrarse.
—Ten más cuidado, Tori, nuestros padres podrían oírte —Emily se apresura a cerrar la puerta de la alcoba.
—Lo sé, pero ¡no puedo contenerme! —Victoria se deja caer sobre la cama y tras un gran suspiro continúa—Falta poco para vernos, ¿crees que venga y pida mi mano?
Emily sonríe con ternura, la emoción de Victoria es contagiosa. También la llena de emoción imaginar el gran día cuando su hermana se case con el hombre que siempre ha amado. Todo sería perfecto, si tan solo, Émile no fuese un Bittern.
—¿Por qué no respondes? —Victoria se endereza y mira con preocupación a su hermana—¿Crees que nuestros padres aún…
—¿Aún odian a los Bittern? Claro, más tardas tú en venir a contarme qué te dijo Émile en su última carta, que mi madre en recordarme que no debemos acercarnos a ellos —al ver la desilusión en el rostro de su hermana, Emily lamenta lo que dijo, pero no puede alimentar las ilusiones de Victoria—. No quiero ser una amargada, pero debes ser realista, nuestros padres jamás aceptarán una unión entre los Everglot y los Bittern.
—No entiendo el rencor que les guarda “la gran señora Maudeline Everglot” por ese mísero pedazo de tierra. Es más, ¡ella fue quien les vendió el terreno!
—Sí, ella misma firmó, pero insiste en que los Bittern se aprovecharon de la necesidad que teníamos para pagar el costoso tratamiento de papá —Emily suspira con pesadez al recordar el trágico accidente a caballo que provocó que su padre viva el resto de su vida postrado en una silla de ruedas. Victoria va a responder, seguramente con una maldición hacia su madre, pero es interrumpida por el ama de llaves que anuncia que la comida está servida. Victoria se apresura a acomodar en su trenzado los mechones rebeldes que se despeinaron cuando se acostó, revisa que su vestido rosado no tenga arrugas o alguna pelusa y se dispone a bajar disimulando el huracán de emociones que la rigen.
Ambas hermanas, aunque parecidas, son muy diferentes. Físicamente comparten el color de cabello y ojos marrones, pero el rostro redondo y alegre de Victoria, enmarcado con un flequillo que cae sobre su frente mientras el resto de su cabello está trenzado a modo de corona, mantienen una imagen de inocencia, pese a que ya no es una niña. En cuanto a Emily, es más alta, con un rostro anguloso y un cuerpo delgado por su falta de actividad física y dieta estricta por sus afecciones cardiacas.
El sol baña el condado con los primeros rayos de la mañana, día en que Émile Bittern regresa a casa. La familia organizó un gran baile para celebrar y, por supuesto, los Everglot fueron invitados. Maudeline aceptó la invitación para no parecer descortés, pero planeaba reportar a sus hijas indispuestas para la celebración y así poder ausentarse, sin embargo, la insistencia de Gertrudis Bittern frustró sus planes. Sobra decir que la más emocionada por el evento es Victoria, quien no ha dormido por noches enteras esperando bailar con su amado.
Emily espera pacientemente a que su hermana termine de prepararse, quien ha cambiado de opinión acerca de su atuendo más de tres veces y si no se decide pronto, llegarán tarde, algo que a su madre no le preocupa en lo absoluto. Emily también está emocionada, hacía mucho que no la invitaban a un baile y Émile también es su querido amigo y, con el favor de Dios, pronto será su cuñado.
Como era de esperarse, llegan tarde, pero todo lo bueno se hace esperar. Las hermanas bajan del carruaje y rápidamente captan la atención, no por los finos vestidos de satén que portan o por la elegancia con la que caminan, sino por la sorpresa de que la Sra. Everglot no sólo permitió que sus hijas asistieran a un evento de la familia rival, también porque ella misma es quien las escolta.
La mansión las recibe con sus grandes pilares de piedra en cada extremo de la puerta de madera delicadamente tallada. Suben las escaleras y al entrar al recibidor, un mar de ornamentos, cuadros, estatuas y demás antigüedades saturan su vista.
Pasan al salón, donde saludan cortésmente a los señores de la casa y, naturalmente, al recién llegado, quien es un joven bien parecido, alto, con cabellos finos y relucientes como el oro de varios quilates. Cuando Victoria y Émile se encuentran, sus miradas se magnetizan y tratan de contener el correr y abrazarse, algo que sería muy mal visto. Emily lo nota, pero confía en que su hermana se sabrá controlar, por otro lado, lo que le preocupa son las chispas que saltan entre su madre y los anfitriones. Lo peor que podría pasar es una discusión. Afortunadamente, Bianca, hermana mayor de Émile, hábilmente corta la tensión y conduce la conversación a un tema que no tenga que ver con negocios.
Emily observa con cierta envidia a las parejas que bailan, desea que algún caballero la invite, sin embargo, la gran presencia de su madre espanta a cualquiera que tenga la intención. Aburrida, le propone a Victoria dar un paseo por los jardines, así ella puede tomar aire fresco mientras su hermana se escabulle con Émile.
Los enamorados no tardan en separarse de Emily en los jardines, finalmente, están juntos. Hablan, ríen, bailan y lo mejor de todo, no están siendo vigilados, algo peligroso, pues su compañía en solitario podría dar pie a escándalos. Entre las anécdotas que relata Émile, Victoria se prepara para tomar valor y preguntarle directamente cuándo irá a pedir su mano, pero no quiere sonar agresiva y mucho menos desesperada.
—¿Ocurre algo, Tori? —Émile se percata de que ella no le ha prestado atención por estar metida en sus pensamientos.
—¿Cuándo irás a mi casa? —Victoria duda en proseguir, no quiere presionarlo. Incluso ahora, comienza a dudar de si él en verdad quiere formalizar con ella.
—Mañana mismo, ya lo acordé con mis padres —la toma de las manos mientras sonríe—. Que hoy asistiera la Sra. Everglot es una buena señal. Pronto seremos esposos.
Ninguno se contiene y comparten un fuerte abrazo. Comparten emocionados todos los planes que tienen en mente para su vida de casados.
Mientras tanto, Emily pasea por la fuente decidida a no regresar con su madre y vivir un infierno de vergüenza al tener que observar amargamente cómo nadie la invita a bailar.
—¿Se aburrió, Srta. Everglot? Si el problema es la falta de caballeros que bailen con usted, le puedo ayudar encontrando a la pareja perfecta —Bianca Bittern se acerca con confianza, algo raro, considerando que no son cercanas. Conforme acorta la distancia, se puede apreciar mejor su atuendo de esta noche. El vestido rojo con detalles bordados en negro levantó muchos comentarios, pues no es un color habitual, menos para una viuda a inicios del siglo XIX.
Pese a las adversidades que ha tenido que enfrentar, se mantiene joven y radiante, claro, no es mucho mayor que Emily, sólo cuatro años.
—No se preocupe, solamente quería tomar un poco de aire fresco —Emily sonríe y la invita a sentarse en una de las bancas que rodean el cristalino ojo de agua sobre el que gira el resto del jardín.
—Claro, el ambiente de un baile puede llegar a ser abrumador —se abanica con gracia para resaltar su opinión.
Emily no puede dejar de verla, aunque Bianca trate de ocultar su pasado con buenos modales, deja ver que algo de la joven indiscreta, imprudente y rebelde que alguna vez fue el peor dolor de cabeza de la familia, sigue latente en ella. Tan graves eran sus acciones libertinas, que sus padres la enviaron a un monasterio, donde estuvo a punto de hacer sus votos, hasta que un adinerado pretendiente la hizo su esposa. Es una lástima que esa historia de amor acabara tan pronto y dejara a un niño huérfano de padre.
—Srta. Everglot, no deseo sonar indiscreta, pero ¿usted está comprometida? —Bianca observa a Emily directamente, intimidándola. Entre las facciones un poco rudas de Bianca y la mirada pesada, Emily se siente como si la estuviera interrogando la policía y susurra entrecortadamente su respuesta, a lo que Bianca sonríe y sus ojos esmeraldas pasan de parecer desafiantes, a estar llenos de curiosidad.
—Hay muchos jóvenes interesados en desposar a una mujer tan talentosa. He escuchado que las piezas musicales que toca con su violín son exquisitas. Si me lo permite, mi hermano…
La propuesta de Bianca se interrumpe cuando un par de señoritas pasa junto a ellas hablando de la llegada prematura de los Van Dort al condado.
—Es una pena que la viuda de Van Dort y su hijo menor tengan que pasar por el rechazo público cada año por el error que el primogénito, Víctor, cometió. Mire usted que fugarse a la mitad de la noche con una desconocida fue una gran tragedia —Bianca comienza a opinar, a lo que Emily no puede evitar mirarla y preguntarse si ella está en posición de juzgarlo—. Sé lo que debe estar pensando, que yo también tengo mi pasado, no obstante, supe enderezar mi camino y ahora tengo a mi pequeño Alfred que endulza cada día de mi vida.
Emily prefiere mantenerse al margen de todo tipo de conversación que involucre rumores y chismes de otras familias, así que, inteligentemente, guía la conversación a otro tema.
La conversación continúa por algunos minutos más y ambas regresan al salón, donde la Sra. Everglot no tarda en percatarse de la ausencia de Victoria y antes de que salga hecha una furia a buscarla, ella regresa poniendo como excusa que se retiró al tocador y se perdió. Sin estar convencida, su madre decide que es momento de marcharse.
Emily estaba cansada y aunque la intriga qué habrá pasado con su hermana y Émile, prefiere retirarse a descansar, completamente ignorante del problema que estallará a la mañana siguiente.
Un par de horas después del amanecer de un nuevo día, un carruaje conocido se estaciona enfrente de la gran mansión de los Everglot. Emily lo observa desde un ventanal y, sin tener que preguntar, ya supone la razón de la visita de los Bittern.
Victoria, quien no pudo dormir en toda la noche, desde que escuchó los cascos de los caballos chocando en el camino empedrado de la residencia supo que su amado se aproximaba, tal cual lo había prometido. Corrió a su habitación para revisar en el espejo que su cabello esté perfectamente peinado y que su vestido azul (el favorito de Émile) no esté arrugado. Ensaya enfrente del espejo para no delatar la emoción por la visita y que sus padres se molesten, y cuando cree haber dominado su expresión, sale dispuesta a recibir a la familia Bittern como los estatutos de etiqueta lo marcan.
Maudeline y Finis Everglot, sorprendidos por la repentina visita, no esperan a que el mayordomo termine de anunciar a los Bittern y se dirigen al recibidor de la casa. Ambos piensan que han venido a hablar de negocios nuevamente, pues solamente han venido el padre, Lord Barkis y su hijo Émile.
Comparten un saludo más amargo que cálido y el Sr. Finis los invita a su oficina, donde también es requerida la Sra. Everglot, lo que la hace sospechar que la visita no es solamente por negocios. En la planta alta, escondida detrás de un mural, Victoria espía la corta conversación. Con el pulso acelerado planea bajar y escuchar lo que conversan detrás de la puerta, pero es interrumpida por Emily.
—¿Me puedes explicar qué hacen ellos aquí? —Emily la toma de los hombros impidiendo que Victoria baje las escaleras.
—¿Qué más podría ser? —sonríe mientras frota sus manos ansiosamente—¡Pedirán mi mano en matrimonio!
Contrario a lo que Victoria pensó, Emily no sonríe por la noticia, al contrario, frunce el ceño con preocupación. Claro que Emily quiere que su hermana sea feliz, pero esperaba que dejaran pasar más tiempo, para poder convencer a sus padres de que Émile es un buen partido para Victoria.
—Te conozco, esto no te hace feliz, pero ¿por qué? —Victoria se preocupa al ver la expresión de su hermana.
—Tori, ¿no crees que es demasiado apresurado? No he tenido tiempo de hablar con nuestros padres para prepararlos y…
—Ya no quiero estar aquí, también debo vivir mi vida —Victoria cambia por completo su tono de voz a uno más frío que el que tiene habitualmente. Emily no responde y Victoria rápidamente se disculpa por sonar grosera.
Emily la entiende, no es fácil la vida de su hermana. Victoria absorbe casi toda la carga de los cuidados de su padre, mientras Emily supervisa que las labores de los criados sean perfectamente cumplidas y su madre se dedica a administrar los negocios de la familia. En los últimos años, las labores de Victoria se han vuelto más rigurosas, pues su padre ha envejecido y la condición cardiaca de su hermana también ha tenido algunas recaídas que orillaron a la Sra. Everglot a mantener a Emily encerrada en una burbuja de cristal, mientras Victoria tiene que encargarse cada día de más tareas.
Pese a que Victoria vela por su familia con gusto, ha comenzado a cansarse, porque no puede disfrutar de pasatiempos ni salir de vez en cuando a tomar aire fresco sin la preocupación de que pueda ocurrir algo en su ausencia. Las pocas amistades que se forjaron en la infancia se fueron alejando porque la Sra. Everglot no permite que nadie visite a sus hijas y los eventos a los que asisten son contados. Aunque ambas hermanas viven una vida de encierro, cada una la padece de diferente manera.
La reunión privada en la oficina del Sr. Finis no demora mucho y con una seca despedida, los Bittern se retiran. Victoria está muy confundida, ella esperaba que salieran festejando para anunciarle la decisión, pero a cambio recibió una mirada de tristeza de su pretendiente. Emily sabe perfectamente lo que pasó, no es necesario que alguien le explique, por supuesto, la propuesta se rechazó.
La Sra. Everglot sube por las escaleras apresuradamente, a pesar del tapete que recubre toda la parte central de la escalinata, sus pisadas firmes reverberan en las paredes con cuadros de la familia. Las hermanas se escabullen hábilmente, cada una a un sitio diferente. Mientras tanto, Finis le sugiere a su mujer que no vaya a buscarlas, que espere a calmarse, pero Maudeline está decidida.
Finalmente, encuentra a Victoria organizando las medicinas de su padre y antes de poder articular palabra, una bofetada revienta en la tersa mejilla de Victoria, quien no grita a pesar del dolor, su impresión es tan grande que no sabe qué hacer.
—¡¿Cómo te atreves a ofrecerte como una cualquiera con el hijo de los Bittern?! —Maudeline toma a Victoria por los hombros, obligándola a verla a los ojos—. Esa gente ya nos contó que te quieres casar con Émile y que es algo que ya habían hablado. ¿Acaso te burlabas de mí mientras te veías a escondidas con él? ¡Qué vergüenza! ¡Debería encerrarte en un monasterio como a la libertina de Bianca para ver si aprendes algo!
Emily se apresura a la habitación principal al escuchar los reclamos de su madre. Al llegar, nota la mejilla enrojecida de su hermana y se interpone entre ellas.
—¡No la defiendas! ¡Está decidido lo que haremos con ella! —Maudeline trata de apartar a Emily, quien se aferra a su hermana y la abraza. El contacto con Emily permitió que Victoria reaccionara y comenzara a llorar.
Maudeline se dispone a separarlas, pero es interrumpida por su esposo, quien, con ayuda de los empleados, logró subir lo más pronto posible. Finis, enojado por tal escena, ordena que lo dejen solo con su esposa. El ama de llaves se lleva a Victoria y Emily se opone a irse.
—Madre, padre, ¿qué ocurre? ¿Por qué los regaños hacia mi hermana? —Emily ya sabe lo que pasa, pero prefiere oírlo de bocas de sus padres, así puede hacerse una mejor idea de cuáles serán sus siguientes palabras.
—¡Tu hermana cree que puede pasar sobre nosotros y emparentar con esas personas!
—¿Qué hay de malo con los Bittern? El padre de Émile es sobrino del Conde, por ende, un Lord. Gozan de buena reputación y una gran fortuna por sus fructíferos negocios y…
—¿Buena reputación? Tu enfermedad del corazón no debería afectar tu memoria, ¿o acaso no recuerdas los escándalos de Bianca Bittern? Además, nos estafaron con el terreno que vendimos —Maudeline, completamente exaltada por las palabras de Emily, da un paso al frente, acortando la distancia entre ella y su hija. La estatura de su madre combinada con el semblante frío que habitualmente tiene, son suficientes para intimidar a Emily y hacerla dudar.
—¡Maudeline Everglot, ya basta! —el Sr. Finis, evitando que la situación escale a mayores como con su otra hija, toma la palabra—. El tema del terreno es un asunto del pasado y sabes bien que no se aprovecharon, al contrario, amablemente nos ayudaron cuando tuvimos problemas.
—¿Y por eso deberíamos aceptar la propuesta? ¡Me niego a que mi hija forme parte de esa familia! —Maudeline continúa con las negativas. Emily sabe que convencerlos con el tema del amor entre su hermana y Émile va a ser inútil, así que, prepara su siguiente estrategia.
—Con todo el respeto que se merecen, los tres sabemos que nuestra principal fuente de ingresos, las minas de rubíes, dejaron una gran pérdida cuando los túneles de la más grande se desplomaron. Si bien, no estamos arruinados, hubo varios recortes que nos siguen afectando —Emily espera que su madre continúe en negación, pero se sorprende al ver que sus padres la escuchan en silencio—. La familia Bittern tiene otro tipo de negocios, entre las minas de metales preciosos y la venta de antigüedades, han amasado una gran fortuna. Si Victoria se casa con Émile, podrían verse interesados en invertir en nuestras minas, para diversificar sus finanzas. Al final del día, los hijos de ambos heredarán una parte de la fortuna y propiedades de ambas familias, todo quedará en familia.
—Entiendo lo que dices y tienes razón, pero existe un ligero problema, que es por el que me opongo —el Sr. Everglot trata de sonar tranquilo, para no herir a Emily al rechazar su idea—. Victoria es mi hija menor, antes de pensar en arreglar un matrimonio para ella, es mi obligación de padre encontrar un buen marido para ti.
Emily enmudece, toda la estrategia que había pensado para ayudar a su hermana se desmorona. Puede convencer a sus padres hablando de finanzas y beneficios monetarios para la familia, pero quitarles la idea de la tradición familiar, es como tratar de caminar sobre el agua, imposible. La única alternativa sería conseguir un buen prospecto rápidamente, pero nadie en cinco años se ha acercado a su puerta para pedir su mano y a sus 20 años, los caballeros prefieren mujeres más jóvenes y sanas.
—Tu padre tiene razón, Emily. Ya eres una adulta, no es propio de ti ni de nosotros que a tu edad no estés casada —con la característica voz grave que Maudeline usa para reafirmar su autoridad, recalca la soltería de su hija—. Antes de querer abogar por tu hermana, deberías estar pensando en ti.
—No es justo —susurra Emily, aunque sus padres sí logran escucharla—. Nadie quiere a una esposa enferma, la prueba es mi fallido compromiso. Mi hermana no debería esperar a que me case, es más probable que me muera antes. Deberían reconsiderar el compromiso, al final del día, solamente tendrán a Victoria.
Emily sale de la habitación, corre a su alcoba donde pretende permanecer encerrada el resto del día. Se siente culpable por no haber buscado a su hermana para consolarla, pero el señalarla como la soltera defectuosa e indeseable para los hombres del condado le generó un gran nudo en la garganta y un fuerte dolor en el corazón.
Se sienta enfrente del tocador, y se recuesta observando la caída de los pétalos marchitos de las flores en el florero. Las rosas azules no son particularmente sus favoritas, pero le ayudan a mantener el recuerdo de un viejo amor que nunca prosperó. Si tan sólo no estuviera enferma, podría correr libremente por el bosque sin sentir que su corazón desgarrará su pecho. Está consciente que la muerte visita a todos tarde o temprano, pero pensar que su momento de partir puede ser en cualquier momento, la inunda de tristeza.
Durante una semana nadie hizo algún comentario acerca de lo ocurrido. Completaban sus rutinas diarias aparentando que nada pasó, aunque el miedo que Victoria sentía cada que veía a su madre a los ojos, demostraban que sí había sucedido la pelea.
Por otro lado, el Sr. Finis Everglot sentía una culpa inmensa cada que Victoria se acercaba a darle sus medicamentos o asistirlo en lo que necesitara. Deseaba hablar con ella, consolarla y explicarle sus razones, sin embargo, su cuerpo se tensaba cada que quería iniciar el tema.
En cuanto a la Sra. Maudeline Everglot, las palabras de Emily habían despertado su interés y después de varias noches conversando con su esposo, ambos llegaron a un acuerdo. Un día cualquiera, después de desayunar, ninguno anuncia su salida y se prepararan para partir. Las hermanas, intrigadas, preguntan la razón y no obtienen respuesta.
En cuanto el carruaje se marcha, las dos se reúnen para compartir sus deducciones, pero no llegan a ninguna respuesta convincente hasta que el ama de llaves Hildegarde, escabulléndose del mayordomo que es completa y ciegamente leal de la Sra. Everglot, les revela que sus padres fueron a la mansión Bittern a renegociar el matrimonio.
Ambas se sorprenden y Victoria estalla de la emoción abrazando fuertemente a su hermana.
—¡¿Escuchaste eso?! ¡Han aceptado que me case con Émile! —la depresión que vivió Victoria los últimos días se desvanece por completo—. No sé qué les habrás dicho en aquella ocasión, ¡pero funcionó! ¡Gracias, jamás podré pagarte este favor!
Emily sonríe con sinceridad y abraza a su hermana. Ya no hay que preocuparse más, el matrimonio se formalizará.
—¡Qué emoción! ¡En menos de una luna nueva seré la Sra. Bittern! ¡Será un banquete espectacular donde nos deleitarás a todos con tu música y el pastor Galswells nos unirá en sagrado matrimonio! —Victoria gira por toda la habitación simulando un baile y por tener los ojos cerrados, choca con el espejo de cuerpo completo, el cual casi se cae, pero hábilmente evita una tragedia. Observa su reflejo de pies a cabeza y grita—¡Me veo horrible! ¡Ayúdame a verme presentable para cuando regresen nuestros padres! Seguramente, vendrán con mis futuros suegros ¡y no quiero lucir así!
Victoria habla tan rápido que Emily apenas entiende lo que dice, pero igual la ayuda a escoger un vestido para estar preparada.
—Le pediré a Émile que te presente a sus primos, tal vez, podríamos festejar dos bodas —ilusionada, Victoria le comenta sus planes a Emily, quien no comparte la emoción—. ¿Qué pasa? Tal vez, es momento de que te olvides de ese amargo amor.
Emily se sonroja, tenía mucho tiempo que no hablaban de ese tema. Rechaza por completo la idea señalando que no desea casarse, sino continuar en el camino de la música y algún día tocar en un gran teatro. Victoria la apoya, pero considera que los grandes momentos son mejores cuando se está acompañada.
Pronto, el tiempo las alcanza y apenas terminan de peinar a Victoria cuando sus padres regresan. Mientras ayudan a Finis a bajar del carruaje, las hermanas esperan impacientes en el recibidor y al ver que no los acompañan los Bittern, ambas sospechan que algo no anda bien.
—Victoria, ¿y ese vestido? No lo usabas por la mañana —Maudeline mira con sospecha a sus hijas, quienes esperan impacientemente. En cuanto el Sr. Everglot entra con ayuda del mayordomo, las hermanas ya no pueden esperar más e inician con las preguntas.
—Sean bienvenidos, padres —Emily los saluda debidamente y Victoria la copia—. ¿Su paseo fue agradable?
—¿Paseo agradable? Más que un paseo, fue una reunión —Finis aclara su garganta para proseguir—. Fuimos a la residencia de los Bittern y hay un anuncio importante.
Aún con guantes, Victoria siente que sus manos sudan por la intranquilidad de saber qué pasó y entrelaza sus manos con fuerza.
—Emily, tus argumentos nos convencieron de ir a renegociar la propuesta de matrimonio —Maudeline toma la palabra y con felicidad continúa—. Felicidades, Emily. Tu boda con Émile se celebrará en cuanto las lluvias terminen.








