CAPITULO 1
ELEONOR
Desde pequeños, mi padre nos había educado a mis hermanos y a mí para respaldar el negocio familiar en cualquier circunstancia. Aquella noche no sería la excepción. Acompañamos a mi papá vistiendo nuestras mejores galas: Maximiliano, mi hermano gemelo, y Sebastián, el menor del clan Zumárraga.
La reunión de negocios tenía como objetivo cerrar un trato que llevaba meses preparándose. En realidad, mi padre nos llevaba casi como sus guardaespaldas personales; jamás confiaba en nadie ajeno a nuestro círculo íntimo.
El evento se celebraba en un hotel de cinco estrellas que papá había reservado tanto para las reuniones como para hospedar a los socios que quisieran quedarse. Yo comenzaba a aburrirme, así que bebía un poco de tequila esperando el momento de huir a casa para descansar como la gente decente. Después de todo, como solía decir mi abuela, no hay nada como el hogar.
Estaba de espaldas a la entrada cuando Max me tomó del hombro para hacerme girar. Y entonces la vi.
Era una rubia deslumbrante y elegante, ataviada con un vestido rojo hasta los tobillos cuyo escote en la espalda dejaba al descubierto un rastro de pecas y una silueta simplemente divina. Poseía esa mirada de ojos azules ligeramente rasgados que había heredado de su madre, Julieta Sinclair Yin.
Max sabía perfectamente el impacto que ella producía en mí. La recordaba desde mis quince años, cuando la vi por primera vez caminando cerca de su escuela y quedé completamente fascinada.
Pero su versión adulta era sencillamente deslumbrante. Aquel año sus padres se la habían llevado a Washington, y desde entonces solo pude seguirle el rastro a través de las revistas de sociedad, donde destacaban su porte sofisticado, su elegancia y su vocación altruista.
Como mi hermano ya había coincidido con ella anteriormente, decidió presentarnos. Le dediqué la mejor de mis sonrisas y ella, con absoluta desenvoltura, me correspondió de inmediato.
SHARON
Cuando mi padre, John, me anunció que debía acompañarlo a una reunión de socios petroleros en Texas, me negué rotundamente alegando que tenía mil cosas pendientes.
—Bueno, allá tú —respondió él entre risas—. Iba a ir el chico Zumárraga que tanto te llamó la atención la última vez, pero tú te lo pierdes.
—¡¿Cuándo y dónde es, papi?! —reaccioné al instante, sintiendo una emoción casi adolescente que no encajaba del todo con mis veintiún años.
Busqué en mi armario el atuendo perfecto para la ocasión y para deslumbrar a mi chico ideal. Al llegar al salón, lo divisé a lo lejos, aunque una punzada de decepción me recorrió al ver que conversaba muy animada con una mujer que me daba la espalda.
Me adentré en la reunión y pronto se me acercaron varios jóvenes, hijos de los socios de papá. Estábamos hablando cuando Max caminó hacia mí acompañado de aquella mujer. Cuando la tuve de frente, casi me quedo sin aliento: si Max me resultaba atractivo, su acompañante lo era al doble. Compartían rasgos similares, pero la piel morena clara de ella, sus ojos aceitunados y su figura impecable me dejaron paralizada por un segundo.
No reaccioné hasta que Max rompió el silencio:
—Te presento a mi hermana, Eleonor.