Capítulo 1
Era uno de esos veranos calurosos: secos, sin humedad. El calor abrasador se sentía dondequiera que estuvieras. Sentado en su sillón blanco nieve —que ya se había convertido en un blanco ceniza por el abandono— se encontraba Mateo: un chico flacucho, de unos diecisiete años, ciento sesenta y dos centímetros de altura y pelo rapado. Siempre había sido un chico reservado, de pocas palabras y de menos amigos.
Ese día, como de costumbre, miraba su dibujo animado favorito mientras intentaba reparar una vieja radio de bolsillo que había en la casa. Su madre decía que la radio le perteneció a su difunto padre y que, para evitar malos recuerdos, era mejor tirarla. Mateo no compartía esa idea. Aunque nunca lo conoció, moría de ganas por hacerlo; solía pasar tiempo imaginándolo. Tal vez había sido un hombre fuerte y heroico como los protagonistas de sus dibujos animados. Quizás, como ellos, tenía algún superpoder… como el de reparar cosas, por ejemplo.
Le gustaba imaginar tardes enteras con su padre enseñándole sus “poderes” para arreglar artefactos rotos. Algo que le vendría muy bien, porque los pedidos insistentes de sus vecinos para que Mateo les reparara algún aparato defectuoso eran cada vez más frecuentes.
Por eso —y por algunas otras cosas— Mateo siempre se preguntaba por el paradero de su padre y, aunque en silencio, cuestionaba la historia que su madre le contaba sobre el fatal día de su muerte. Arrastraba esas dudas desde hacía años, pues era sabido por todos que mencionar a su padre delante de ella podía traerle consecuencias a cualquiera. Su enojo estaba asegurado. Así que, para evitar conflictos, Mateo se limitaba a imaginar.
Mientras divagaba en sus pensamientos, el televisor cambió del cálido y colorido programa infantil al frío y serio noticiero. Antes de que Mateo pudiera hacer nada, se escuchó una voz en off que decía: “Este es un mensaje urgente del Centro de Monitorización Climática de la Nación”. Luego apareció el famoso reportero del mediodía, informando sobre un huracán que se aproximaba y un posible apagón en las próximas horas.
Mateo, con el control remoto a su lado, no hizo intento alguno de cambiar de canal. No porque le gustara lo que veía, sino porque la animación de los fuertes vientos azotando la isla le resultaba, cuanto menos, interesante.
Mientras el reportero seguía hablando, otra voz se escuchó desde la cocina. Era su hermano Daniel, gritando:
—¡Mateo, te llama mamá!
Al escucharlo, Mateo dejó la pequeña radio sobre la mesa y le dedicó un último vistazo al televisor antes de atender el llamado. Buscando espacio entre la dualidad que se extendía a sus pies —los colores vistosos de los juguetes tirados, en contraste con el negro espeso de las viejas baldosas— avanzó hasta quedar de pie junto al marco de la puerta de la cocina.
Allí pudo ver a su madre, que, como quien golpea a otra persona en un arrebato de ira, descargaba un cuchillo desafilado sobre un pollo que más tarde sería la cena familiar. Llevaba su característico pañuelo en la cabeza. Su voz firme, la de una mujer segura de sí misma que había vivido quién sabe cuántas cosas, solía sonar dura para cualquiera, pero para Mateo era la voz más tranquilizadora del mundo.
A sus espaldas, sentada en una de las sillas de la mesa, se encontraba Doña Estela, una de las pocas amigas que le quedaban a su madre. Con su habitual pasión por las habladurías y rumores del barrio, relataba la última novedad: Sabrina, la hija de Doña Mari, estaba saliendo con Pablo, el hijo de José. Aunque ese suceso se veía venir desde hacía tiempo, nunca estaba de más la confirmación proveniente de la fuente más “confiable” del barrio.
Mateo no prestó demasiada atención al relato. A él no le interesaban esas cosas. Dudaba incluso de la necesidad de tener amigos; no le parecía algo esencial. En su casa tenía todo lo que quería: juguetes, libros y música. Consideraba que la soledad era sinónimo de paz, y pensaba que quienes no lo veían así eran, en el fondo, débiles que necesitaban estar acompañados todo el tiempo.
Aun así, con todas estas limitaciones, Mateo, muy en el fondo, quería tener amigos. Luchaba contra sí mismo por conseguirlo: compartir momentos divertidos, jugar, reír con personas con las que poder tener un lazo especial. Pero las pocas veces que había intentado hacerlo, el destino le jugó una mala pasada. Como aquella vez, a los siete años, cuando le contó uno de sus más grandes secretos a uno de sus “amigos” de la escuela. Dicha información no fue debidamente guardada, lo que generó que al día siguiente toda la escuela se burlara de él. Al parecer, todo el mundo se había enterado de que a Mateo le gustaba Camila.
A pesar de eso, Mateo tenía ciertas personas a las que llamaba “amigos”. Como Pepe, su compañero de escuela, que cada tanto visitaba la casa para jugar. Las tardes de chocolatada y dibujos animados con él no le disgustaban, pero tampoco veía la hora de que aquella sesión de interacción humana llegara a su fin para poder volver a su rutinaria, pero acogedora, paz: esa que solo la soledad podía darle.
Fue en ese momento cuando el ventilador, a un costado de la cocina, en un intento fallido de combatir el calor, se apagó de repente. Era un corte de luz, algo que para el barrio ya se había vuelto habitual.
Doña Estela giró del romance adolescente al tono periodístico en un instante.
—Epa, se cortó la luz. Vuelve a las ocho —declaró, segura como siempre.
Nadie sabía cómo hacía para tener esa información. Quizás ni ella lo sabía realmente, pero igual hablaba con autoridad.
Su madre, sin cuestionarla, dio la orden:
—Mateo, andá a lo de Don Cacho y comprale unas velas. Apurate.
Daniel soltó una risa burlona; se alegraba de no ser él el elegido. Mateo protestó:
—¿Por qué no va Daniel?
—Porque Daniel va a ir a buscar agua con Sofía —respondió su madre sin mirarlo siquiera.
La sonrisa de Daniel desapareció al instante. Mateo sonrió apenas, como quien acepta una victoria mínima.
Su madre se limpió las manos en un repasador agujereado —testigo del paso del tiempo— y le entregó un puñado de billetes.
Antes de que pudiera irse, fue interceptado por Doña Estela. Después de tanto hablar y aprovechando la pequeña discusión entre la madre y Daniel, lo miró y dijo:
—Mijo, ya que vas a lo de Don Cacho, cómprame algo para tomar. Ten.
Mateo escuchó en silencio, asintió, saludó y se dirigió a la puerta.
Una vez afuera, guardó cada puñado de dinero en un bolsillo distinto. El barrio lucía más alegre de lo que realmente estaba: vecinos conversando en las veredas, niños jugando a la pelota, ancianos mirando el sol desde reposeras. Había risas, charlas, chistes.
Pero detrás de esa fachada se respiraba cansancio. Aunque los apagones eran frecuentes, nadie terminaba de acostumbrarse. Mateo no sabía muy bien por qué, pero ese día el barrio le resultaba distinto.
De camino a la tienda, pudo notar que el cielo —antes despejado— ahora se teñía de una lucha entre nubes grises y vientos cada vez más fuertes. El murmullo de los vecinos observando el horizonte se escuchaba más alto que nunca. Una bandada de pájaros revoloteaba sin dirección aparente, mientras otros buscaban refugio en sus nidos ante la tempestad que se avecinaba. Mateo sintió cierto alivio: quizá con esto las altas temperaturas se verían obligadas a descender.
También lo preocupaba. Era inevitable no recordar aquel fatídico día en que, debido a unos fuertes vientos, su casa —su lugar “seguro”— se convirtió en una pesadilla. Las chapas del techo volaron por los aires y la lluvia entró por los agujeros recién abiertos. Su madre corría desesperada, la ausencia de su padre pesaba, y él solo conservaba recuerdos vagos: su madre cargándolo en brazos, sosteniendo a su hermano de la mano; el cielo oscuro; las luces apagadas; la desolación de quienes, en cuestión de minutos, lo perdieron todo. Era una pesadilla estando totalmente despierto.
De pronto, algo inesperado sucedió: desde la cancha del barrio, donde los chicos solían jugar, se acercaba —impulsada por el viento— una pelota de fútbol que venía a toda velocidad. Por su cabeza cruzaron mil posibles desgracias en las que quedaba en ridículo: se imaginó pifiando el tiro, resbalándose, cayendo de nuca. ¿Y si pateaba mal? De hecho, casi nunca jugaba; lo más probable era que así fuera. Mateo se quedó inmóvil unos segundos, lo justo para que la pelota —pateada momentos antes por el chico más fuerte del barrio— le impactara de lleno en la cara. Entre gritos y risas nada disimuladas, Mateo, canalizando el dolor por la marca que sentía arder en la mejilla, pateó la pelota con todas sus fuerzas y siguió su camino.
Al llegar a la tienda, y después de esperar a que los borrachines del barrio discutieran con Don Cacho por no fiarles por quinta vez en el mes, Mateo compró sin demasiadas complicaciones lo que le habían pedido y se dispuso a volver.
—Qué blanquito que estás. Al fin te dignaste a salir de tu cueva —se escuchó decir a uno de los borrachines.
—¿No nos compartís un poco de eso? —dijo otro, mirando la bebida que Mateo llevaba en la mano como quien mira la última botella de agua en el desierto.
Mateo, a pesar de la impotencia e incomodidad del momento, no respondió. Simplemente siguió caminando. Sabía que esa era la mejor manera de terminar con la situación y evitar cualquier conflicto.
Durante el camino de vuelta, una cierta incomodidad lo invadió: un aire frío, típico del invierno más duro, le recorrió la espalda. El viento se había detenido casi en su totalidad, el sol se había ocultado detrás de nubes completamente oscuras y las calles, antes llenas del ruido de júbilo de hacía apenas unos momentos, ahora se habían convertido en un silencio que solo se escucha en los cementerios. Entre perros callejeros que, instintivamente y guiados por el hambre, buscaban algo para comer en las bolsas que llevaba, Mateo apuró el paso.
Una vez a una cuadra de su casa, pudo apreciar cómo su madre lo esperaba desde el umbral de la puerta principal. En su cara se podía ver la mezcla entre miedo y preocupación que cualquiera nota en una madre cuando no sabe el paradero de sus hijos.
Llegó donde ella y, entre regaños por haber tardado tanto y preguntas por su integridad física, Mateo le entregó lo comprado. Se preguntaba por qué estaba siendo regañado; según él, no había tardado más de veinte minutos. Quizás ella estaba preocupada por la marca rojiza de una pelota que todavía se distinguía en su cara.
Fue entonces cuando un fuerte viento se levantó: el silbido del aire chocaba con las copas de los árboles, las calles estaban totalmente desiertas y, como un alud de nieve, comenzaron a caer gotas del cielo. Una, más fuerte que la anterior, y en una cantidad cada vez mayor. Pero todo eso pasó a segundo plano cuando, en medio de la tenue claridad que todavía entraba por las ventanas abiertas, Mateo pudo apreciar que sus hermanos todavía no habían vuelto. En ese instante entendió que no era el huracán lo que asustaba a su madre. Lo que verdaderamente la aterraba era la idea de perder a sus hijos.