Capítulo 1: El Descubrimiento
El ascensor se abrió con un ding suave, impropio para la tensión que ya había en el aire. John Anderson salió y avanzó por el pasillo alfombrado del piso treinta y dos. Demasiado silencioso. Demasiado limpio.
El oficial que lo esperaba en la puerta del penthouse evitó mirarlo a los ojos.
—Allá adentro lo está esperando el forense… —balbuceó.
Anderson no respondió. Solo empujó la puerta.
El contraste lo golpeó de inmediato. El apartamento era un desastre elegante: muebles caros volcados, vidrios rotos, salpicaduras secas que alguna vez fueron sangre. Pero algo no cuadraba. Era un caos… organizado. Nada estaba fuera de lugar por accidente.
El detective caminó lento. Había un olor metálico mezclado con perfume caro y desinfectante. A alguien le había importado limpiar, pero no lo suficiente.
El cuerpo del empresario, Leonard Weissmann, yacía en el centro de la sala, sentado contra la pared como si alguien lo hubiese acomodado ahí a propósito. La cabeza inclinada hacia un costado, los ojos abiertos, vidriosos. La piel tenía un tono grisáceo.
El forense, Parker, levantó la mirada.
—Llegaste rápido. —Se levantó con dificultad—. Esto no lo hizo un ladrón desesperado, te lo digo ya.
Anderson se agachó frente al cadáver. Notó los detalles de inmediato.
Los dedos estaban quebrados. Todos. Cada uno torcido en ángulos imposibles.
Había moretones circulares en las muñecas, evidencia clara de esposas demasiado apretadas durante demasiado tiempo.
En el torso, unas líneas delgadas y paralelas marcaban la piel, cortes precisos, superficiales, repetidos con paciencia. Tortura controlada.
Tortura profesional, pensó Anderson.
No un ataque impulsivo. No un ajuste de cuentas improvisado.
—¿Hora de muerte? —preguntó sin levantar la vista.
—Entre la medianoche y las tres —respondió Parker—. Lo mantuvieron vivo bastante rato. Y lo hicieron hablar… o intentarlo.
Anderson pasó la mano enguantada por el brazo del muerto. Fue entonces cuando lo vio: un tatuaje. Pequeño, justo encima del antebrazo. Un círculo con tres líneas quebradas dentro, como un símbolo tribal deformado.
—¿Y esto? —preguntó.
Parker frunció el ceño.
—No lo tengo en ningún registro. Podría ser de alguna organización… o de algún grupo muy selecto.
Anderson lo observó unos segundos más. El dibujo no parecía hecho por gusto: era un sello. Una marca.
—Esto no fue un robo, Parker. —Se levantó—. Lo vinieron a buscar. Y querían que se entendiera el mensaje.
Miró alrededor nuevamente. El vidrio roto no estaba esparcido como debería; alguien lo había acomodado en un rincón. Había marcas de arrastre en la alfombra, pero borradas de forma irregular, como si hubieran intentado limpiar rápido o con nerviosismo.
Y en la mesada, un vaso sin huellas. Demasiado limpio. Como si hubieran usado guantes… y después limpiado igual.
Alguien estuvo preocupado por dejar la escena impecable.
Y al mismo tiempo, dejó el cuerpo como un monumento.
Esto es personal, pensó.
El oficial de la puerta asomó la cabeza.
—Detective… hay cámaras en el pasillo, pero los últimos treinta minutos están… vacíos. Negro total.
Anderson apretó la mandíbula.
—Claro que sí —murmuró—. Siempre es así.
Se giró hacia Parker.
—Voy a averiguar qué significaba ese tatuaje. Y quiero todo el historial de Weissmann: contactos, socios, deudas, todo.
Mientras salía del apartamento, se detuvo un segundo ante la puerta, observando el pasillo iluminado.
Se sentía observado. No era paranoia. Lo había vivido demasiadas veces.
Alguien había planeado esto con tiempo.
Alguien estaba seguro de que él no iba a llegar a la verdad.
Ese alguien acababa de equivocarse.
Anderson respiró hondo y siguió caminando. Esto recién empezaba.