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Matrimonio por error - Adaptación Kookv (3)

Sinopsis

Kim Taehyung es la benjamina de la familia italiana propietario de La Dolce Famiglia, una empresa de proyección internacional. Su hermano mayor, Namjoon, un joven ultra protector apegado a la tradición, es el responsable de la sede en Nueva York. Taehyung acaba de trasladarse allí con su flamante máster bajo el brazo. Trabajará a las órdenes de Jeon Jungkook, director ejecutivo de la firma y el mejor amigo de Namjoon desde la infancia. A Jungkook no le seduce en absoluto la perspectiva de cuidar del crío torpe e insulso que recuerda. Pero nada lo había preparado para la transformación de ese patito feo en un doncel listo, fuerte y exquisitamente voluptuoso. Taehyung, por su parte, está decidido a despojarse de las normas conservadoras que han reprimido su vida… en todos los sentidos. Cuando los acontecimientos se precipiten y la situación se les vaya de las manos, la intervención de la familia, imponiendo la única solución digna posible, obligará a Taehyung y Jungkook a compartir mucho más que una noche de pasión desenfrenada.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Annie
Estado:
Completado
Capítulos:
17
Rating
5.0 2 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1


Kim Taehyung fijó la vista en la trémula llama de la hoguera que acababa de encender y pensó que no estaba loco.

Solo era un doncel enamorado.

Le temblaba la mano con la que sostenía el papel. Junto a sus pies, en la hierba, descansaba el libro de hechizos amorosos de tela morada. Echó un vistazo a su alrededor y le suplicó a Dios que su familia no se despertara. Le había prometido a su cuñado que nunca intentaría realizar un hechizo, pero Seokjin no tenía por qué enterarse. Taehyung se encontraba en la parte de atrás de la propiedad, rodeado por el olor de la madera al quemarse y el aroma dulzón de los crocos, y rezó para que la luz de la hoguera no alertara a nadie.

Miró la página. Había llegado el momento de conjurar a la Madre Tierra. Ojalá que el padre Richard no se enfadara. Recitó rápidamente las palabras para invocar los poderes femeninos de la Tierra a fin de que le encontrara un hombre que poseyera todas las cualidades especificadas en su lista.

Después, echó el papel al fuego.

El alivio lo inundó de repente y soltó un enorme suspiro. Ya solo restaba ser paciente. Se preguntó cuánto tardaría de media la Madre Tierra en concederle su deseo. Claro que, en su caso, le había facilitado mucho el trabajo. En vez de redactar una larga lista de cualidades, en el papel solo había escrito un nombre. El nombre de quien llevaba enamorado toda la vida. De un hombre que lo miraba como si fuera su hermano pequeño. Un hombre de mundo que salía con las mujeres y donceles más guapos. Un hombre que lo dejaba sin palabras durante el día y presa del deseo más ardiente durante la noche.

«Jeon Jungkook.»

Taehyung esperó a que el papel ardiera por completo y después apagó la hoguera con un cubo de agua. Tras limpiarlo todo con rapidez y eficiencia, cogió el libro del suelo y regresó a la casa.

La hierba le hacía cosquillas en los pies y su vaporoso camisón le otorgaba un aspecto un tanto fantasmagórico. Entró en su dormitorio abrumado por una extraña emoción que le provocó un escalofrío en la espalda. Guardó de nuevo el libro en el cajón y se metió en la cama.

Por fin, ya estaba hecho.









—He contratado a alguien. Trabajará bajo tus órdenes y serás responsable de su formación.

Jungkook fijó la vista en el hombre que estaba sentado al otro lado de la mesa. El anuncio lo puso en alerta, pero guardó silencio. Estiró las piernas por debajo de la mesa de reuniones, cruzó los brazos por delante del pecho y enarcó una ceja. Había trabajado incontables horas y había sudado la gota gorda para que el imperio de La Dolce Jin, la rama estadounidense de la empresa italiana La Dolce Famiglia, despegara, y no pensaba hacerse a un lado sin luchar.

—¿Estás pensando en destituirme, jefe?

Dado que era más un hermano que un jefe, Kim Namjoon lo miró con una sonrisa.

—¿Para que venga tu madre a darme una patada en el culo? Ni lo sueñes. Necesitas ayuda con la expansión.

Jungkook hizo una mueca socarrona.

—Tu madre es más dura que la mía. ¿No te obligó a casarte con tu doncel? Menos mal que lo querías, porque si no, menudo marrón.

—Muy gracioso, Jeon. La boda no era el problema. El problema lo causaron tus dudas acerca de mi doncel, eso sí que fue un marrón.

Jungkook dio un respingo.

—Lo siento. Solo intentaba proteger a un amigo de un cazafortunas. Y, lo que son las cosas, ahora adoro a Seokjin. Es lo bastante fuerte como para aguantar tus chorradas.

—Sí, menudo club de fans os habéis montado entre los dos.

—Es mejor que tener una guerra abierta. Bueno, ¿quién es esa estrella?

—Taehyung.

Max cerró la boca de golpe.

—¿Perdona? ¿Taehyung? ¿Tu hermano pequeño? Tienes que estar de broma… ¿No estaba en la universidad?

Namjoon se sirvió un vaso de agua de la jarra y bebió un sorbo.

—Obtuvo su máster en Gestión y Administración de Empresas en mayo, se lo sacó en la SDA Bocconi, y ha estado trabajando en prácticas en Dolce di Notte.

—¿En la competencia?

Namjoon sonrió.

—Yo no diría que son la competencia. No quieren conquistar el mundo como nosotros, amigo. Pero confío en ellos para que le enseñen lo básico del negocio pastelero. Quería que trabajara en prácticas con Hoseok, pero se niega a estar bajo la sombra de su hermano mayor. Lleva mucho tiempo insistiendo que quiere venir a Estados Unidos y el contrato de prácticas está a punto de acabar. Ha llegado el momento de que entre en la empresa familiar. Capisce?

Joder… Sí, lo entendía. Acababa de recibir el encargo de cuidar del hermano pequeño. Sí, lo quería como a un hermano, pero su tendencia a echarse a llorar en situaciones emotivas no encajaba con los negocios. Se estremeció. ¿Y si hería sus sentimientos y empezaba a llorar? Era una pésima idea se mirara como se mirase.

—Esto, Namjoon, a lo mejor deberías asignarlo al departamento de contabilidad. Siempre has dicho que tiene maña con los números y no creo que esté hecho para la dirección. Tengo la agenda hasta arriba y estoy en mitad de unas negociaciones críticas. Por favor, asígnaselo a otro.

Namjoon negó con la cabeza.

—Con el tiempo, lo transferiré al departamento financiero. Pero por ahora quiero que esté contigo. Necesita aprender en qué consiste una buena administración y cómo funciona La Dolce Jim. Eres el único en quien confío para que no se meta en problemas. Eres de la familia.

Esas palabras clavaron la última estaca en su corazón de vampiro. Familia.

Namjoon siempre se había ocupado de él, y él había demostrado que era merecedor de su puesto. Siempre había soñado con un lugar hecho a su medida. Estar en la cima de la cadena alimentaria, por decirlo de alguna manera. Nadie había puesto en duda su trabajo como director ejecutivo, pero de un tiempo a esa parte comenzaba a preguntarse si el hecho de carecer de la valiosísima sangre Kim era una desventaja.

Los contratos eran temporales y el suyo se renegociaba cada tres años. Ansiaba un puesto fijo en el imperio que había ayudado a construir, y si lograba abrir tres pastelerías más podría ser la culminación de sus sueños. Si cumplía con esa misión, se aseguraría un puesto en la cima, junto a Namjoon… como socio permanente en vez de como director ejecutivo provisional. Preocuparse por un doncel recién salido de la universidad solo lo distraería. A menos que…

Se dio unos golpecitos en el labio inferior con un dedo. Tal vez Namjoon necesitaba que le recordase lo importantes que eran sus esfuerzos para la empresa. Si le lanzaba ciertos desafíos a Taehyung, se aseguraría de poner de manifiesto sus faltas y su juventud mientras lo mantenía bajo su supuesta protección. Después de la expansión, pensaba pedirle a Namjoon que lo convirtiera en socio de pleno derecho.

Tal vez Taehyung pudiera ayudarlo, sobre todo si se convertía en su mentor y el dependía de sus consejos.

Sí, tal vez esa situación tuviera alguna ventaja.

—De acuerdo, Namjoon, si eso es lo que quieres.

—Estupendo. Llegará dentro una hora. ¿Por qué no vienes a cenar esta noche?

Vamos a celebrar una pequeña fiesta de bienvenida.

—¿Cocina Jin?

Namjoon sonrió.

—Joder, no.

—En ese caso, iré.

—Chico listo.

Namjoon aplastó la taza de papel, la tiró a la papelera y cerró la puerta al salir.

Jungkook miró el reloj. Tenía un montón de cosas que hacer antes de que Taehyung llegara.






Taehyung observó la brillante placa dorada que decoraba la elegante puerta de madera.

Tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta y se secó las palmas húmedas en la falda negra. Menuda tontería. Era un doncel adulto y había dejado atrás los días en los que suspiraba por Jeon Jungkook.

Al fin y al cabo, tres años eran mucho tiempo.

Se colocó bien un mechón de pelo que se le había escapado del elegante recogido, enderezó los hombros y llamó a la puerta.

—Adelante.

Al escuchar su voz no pudo evitar que la envolvieran un montón de recuerdos.

Era una voz grave y seductora que sugería la clase de sexo salvaje y de aventuras al que solo una monja podría resistirse. A duras penas.

Abrió la puerta y entró con una seguridad que no sentía. Sabía que eso daba igual.

En el mundo empresarial solo se veía lo que reflejaba la superficie. Esa idea la tranquilizó… Se había convertido en una maestra a la hora de ocultar sus emociones durante su trabajo en prácticas. A fin de cuentas, era cuestión de supervivencia.

—Hola, Jungkook.

El hombre sentado tras el enorme escritorio de teca lo miró con una extraña mezcla de calidez y sorpresa, como si no esperase al doncel que tenía delante. Esos penetrantes ojos azules adoptaron una expresión intensa y recorrieron su cuerpo de arriba abajo antes de que su cara reflejase una cariñosa bienvenida.

A Taehyung le dio un vuelco el corazón, se le cayó a los pies y después se recuperó.

Por un instante, se permitió admirar su imponente presencia. Su cuerpo era atlético y delgado, y su estatura siempre añadía un punto intimidante a todas sus interacciones, algo que lo ayudaba a la hora de conseguir contratos. Su cara reflejaba la imagen de un ángel y de un demonio atrapados en una aventura amorosa. Pómulos afilados, una nariz elegante y unas cejas arqueadas le conferían cierto aire aristocrático. La perilla tan sexy que adornaba su mentón acrecentaba la sensualidad de sus labios. Su abundante pelo negro caía en rebeldes ondas sobre su frente y resaltaba sus increíbles ojos azules. Cuando se acercó a Taehyung, lo hizo con una elegancia innata que no solía ser característica de los hombres altos, y el incitante perfume de su colonia jugueteó con sus sentidos. La extraña mezcla de madera, especias y limón la empujó a enterrar la cara en su cuello y aspirar su aroma.

Por supuesto, no lo hizo. Ni siquiera cuando él le dio un breve abrazo de bienvenida. Taehyung le colocó los dedos en los hombros, apenas contenidos por el traje azul hecho a medida. Hacía mucho tiempo que se había enfrentado a su criptonita personal y que había aprendido unas lecciones valiosísimas. Había reconocido su debilidad. La había aceptado. Y había seguido con su vida. Las sencillas reglas de los negocios se aplicaban a todos los ámbitos de su vida en ese momento.

Lo miró con una sonrisa.

—Hace mucho que no nos vemos.

—Demasiado, cara. —Una expresión nerviosa apareció en su mirada, pero desapareció al instante—. Me he enterado de que te has licenciado como el mejor de tu clase. Bien hecho.

El asintió con la cabeza.

—Gracias. ¿Y qué me dices de ti? Namjoon me ha contado que estás trabajando muy duro para expandir La Dolce Jin.

Jungkook apretó los dientes.

—Sí. Y por lo que parece nos vas a ayudar en ese sentido. ¿Has hablado ya con tu hermano?

Taehyung frunció el ceño.

—No, he venido directamente a la oficina para trabajar unas cuantas horas. Supuse que él me enseñaría las instalaciones. ¿En qué departamento quiere que empiece? ¿Nóminas, presupuesto u operaciones?

Jungkook se quedó un rato en silencio estudiando su cara, recorrió con la mirada cada uno de sus rasgos como una caricia. Taehyung se mantuvo muy quieta y se dejó analizar.

Necesitaba acostumbrarse a su presencia dado que se toparía con él en el trabajo.

Menos mal que tendría la cabeza puesta en los libros contables. Su capacidad de concentración y sus dotes contables eran muy buenas, así que Jungkook no tendría que aparecer a menudo para comprobar sus progresos.

Esos sensuales labios esbozaron una sonrisa, distrayéndolo brevemente.

—Conmigo.

—¿Cómo dices?

—El departamento. Vas a trabajar conmigo, en calidad de mi ayudante. Yo seré tu mentor.

El pánico lo embargó. Retrocedió un paso como si Jungkook fuera un demonio que acabara de pedirle que le entregase su alma.

—No creo que sea buena idea. —Una carcajada histérica brotó de sus labios—. Lo último que pretendo es molestar. Hablaré con Namjoon para que me ponga en otro departamento.

—¿No quieres trabajar conmigo? —Levantó las manos—. No tienes que preocuparte de nada, Tae. Te trataré bien.

Taehyung se imaginó esos dedos introduciéndose entre sus piernas y acariciándolo hasta llevarlo al orgasmo. Bien sabía Dios que era capaz de tratar bien a un doncel.

En todos los aspectos. Se ruborizó, de modo que se dio la vuelta para inspeccionar su despacho. Menuda ridiculez. Estaba perdiendo el control a los cinco minutos de haberle visto.

Sus tacones resonaron en el suelo de madera mientras se acercaba para mirar con fingido interés la enorme foto de la inauguración del local junto al río. Esa era su prueba de fuego y se negaba a fracasar. Jungkook era su amor de la adolescencia y ya no vivía encerrado en una prisión emocional. Había ido a esa ciudad por dos motivos: demostrar su valía y exorcizar el fantasma de Jeon Jungkook.

De momento, había fracasado en ambos aspectos.

Carraspeó y se volvió para mirarlo una vez más.

—Te agradezco que estés dispuesto a enseñarme —dijo con voz agradable—, pero me sentiría más cómoda en otro departamento.

Jungkook contuvo una sonrisa.

—Como prefieras. Pero creo que tu hermano tiene una idea muy clara de lo que quiere. ¿Te apetece que te enseñe las oficinas después de avisarle que ya estás aquí? Me parece que no te esperaba hasta más tarde.

—De acuerdo. —Levantó la barbilla con gesto desafiante—. Tal vez haya llegado el momento de recordarle a mi hermano que ya no me controla.

Taehyung se aseguró de abrir la marcha al salir.






¿Qué narices pasaba?

Jungkook caminaba, obediente, detrás de un doncel distante y seguro de sí mismo mientras intentaba recuperar la compostura. No era el mismo Taehyung que vio la última vez en Italia, un doncel emocional, sensible… tímido.

No, ese Kim Taehyung había madurado. En el pasado le gustaban su mirada de veneración y su costumbre de agachar la cabeza cuando algo lo avergonzaba. Taehyung estaba acostumbrado a escuchar las órdenes de los demás. Era una persona que se desvivía por agradar a todo el mundo, muy sensible; un doncel encantadora por la que siempre había sentido un fuerte afán protector. Sin embargo, el doncel que tenía delante parecía controlar las riendas de su vida y ser muy capaz. La idea de que se enfrentara a su hermano mayor lo dejó sin palabras. Se preguntó por qué se sentía tan contrariado, pero desterró la idea enseguida. Tal vez Taehyung resultara ser un activo para la empresa, después de todo.

Por supuesto, su cuerpo también había madurado. ¿O nunca antes había reparado en él? Jungkook apartó los ojos de la voluptuosa curva de su trasero mientras Taehyung se contoneaba con el atávico ritmo diseñado para volver locos a los hombres. Era más bajo que sus hermanos, pero llevaba unos tacones de diez centímetros que resaltaban los músculos de sus piernas. Al presentárselo a varios trabajadores a medida que recorrían esa planta, irremediablemente se percató de que sus pechos también habían crecido.

Lo asaltó una oleada de calor sofocante. La delicada blusa blanca se abría en el cuello y dejaba al descubierto un poquito de encaje. Sus pechos pugnaban contra el material como si se murieran por escapar, de modo que el respetable traje se convertía en el atuendo de un stripper. Espantado por el rumbo de sus pensamientos, se apresuró a imaginarse a una monja en ropa interior para recuperar el control.

Taehyung estaba prohibido. Era su mentor, su segundo protector. Jungkook meneó la cabeza y miró su rostro casi de forma analítica. Siempre había sido guapo, pero solía llevar tanto maquillaje que apenas se le distinguían las facciones. En ese momento unos labios carmesí eran su único maquillaje. Su piel morena relucía por la luz y tentaba a un hombre a tocarlo. Se había recogido los rizos rebeldes, un peinado que resaltaba sus gruesas cejas y sus pómulos definidos. Tenía una nariz muy italiana que dominaba su rostro, pero la fuerza de esos turbulentos ojos oscuros hipnotizaba a las personas sin remisión. Jamás había sido delgado, y Jungkook se preguntó por qué la mayoría de las mujeres y donceles querían serlo. Las voluptuosas curvas que amenazaban las costuras de su traje eran pura tentación.

¿Tenía algún amante?

Joder, ¿de dónde había salido esa pregunta? Se frotó los ojos y casi gimió aliviado al ver a Namjoon acercarse por el pasillo.

Su amigo extendió los brazos tal como marcaba la antigua tradición familiar, pero Taehyung no corrió a su encuentro. En cambio, sonrió y recorrió el pasillo muy despacio antes de abrazarlo. La fuerza de sus lazos era evidente, y una vez más Jungkook experimentó una punzada de soledad. Siempre había ansiado tener un hermano con quien compartir su vida. Al menos, Namjoon y sus hermanos lo habían adoptado. Sin embargo, tras sufrir el abandono de su padre, solo tenía un objetivo que lo mantenía en el camino de la venganza: el éxito.

«Así que no la jodas.»

Estuvo de acuerdo con su voz interior y recobró la razón. Namjoon le había echado un brazo por encima de los hombros a su hermano y se acercaba a él.

—Me alegro muchísimo de que por fin hayas llegado, bello mio. Pero le dije a mi chófer que te llevara a casa. Jin te esperaba ahí.

Taehyung ladeó la cabeza y sonrió.

—¿Y cómo está mi cuñado?

—Gruñon.

—Lógico. —Se echó a reír—. Le dije a tu chófer que había un cambio de planes. Se me ocurrió dar una vuelta por las instalaciones, sentarme a mi escritorio un rato y luego ir a tu casa. Jungkook me ha explicado las cosas por encima.

Namjoon le dio una palmada en la espalda a Jungkook y se volvió hacia Taehyung.

—Estás en buenas manos. ¿Por qué no te quedas en el despacho que hay junto al suyo? Lleva vacío un tiempo y puedo hacer que saquen las cajas hoy mismo. Mañana tendremos una reunión para discutir la estrategia a seguir en ciertas áreas nuevas.

Se hizo un silencio incómodo. Namjoon puso cara de no comprender al ver la expresión pétrea de su hermano.

—Sí, pero antes tenemos que dejar claras unas cuantas cosas. ¿Podemos hablar en tu despacho?

Jungkook asintió con la cabeza.

—Os dejo solos. Ya nos veremos esta noche.

—No, Jungkook, me gustaría que nos acompañaras, por favor —dijo Taehyung.

Su franca mirada le provocó una extraña sensación en la piel, pero se desentendió de ella. Asintió con la cabeza y se reunieron en el despacho de Namjoon. Los sillones eran mullidos y cómodos, pensados para escuchar una conferencia durante horas.

Jungkook contuvo una carcajada al ver que Taehyung parecía engullido por el terciopelo y tenía que cambiar de postura para tocar el suelo. Taehyung le lanzó una mirada irritada, indicándole que no le había pasado desapercibido su gesto burlón, y procedió a juntar las rodillas en una pose elegante, con los pies en el suelo. Esas pantorrillas estaban hechas para que se aferraran a los muslos de un hombre mientras lo penetraba con fuerza.

«Joder, para ya», se ordenó. Tenía treinta y cuatro años. Que sí, que ese aspecto de bibliotecario sensual lo había pillado por sorpresa, pero Taehyung seguía siendo como de la familia y tenía muchos años menos que él. Era un chico tímido. Inocente.

Seguramente se moriría de la vergüenza si descubriera que su aspecto había puesto su mundo patas arriba… y había afectado a cierta parte de su anatomía.

Se apresuró a desterrar la imagen.

—Namjoon, me preocupa el lugar que voy a ocupar aquí. A lo mejor puedes indicarme cuáles crees que deberían ser mis funciones y podemos hacer los cambios oportunos.

Namjoon se echó hacia atrás. Al parecer, Jungook no era el único al que el racional Kim Taheyung había pillado por sorpresa.

—No deberías preocuparte de eso, cara. Con el tiempo tomarás posesión del cargo de director financiero, pero de momento ayudarás a Jungkook en todo lo que implica dirigir La Dolce Jin. Necesito que aprendas todos los aspectos de la empresa. Por supuesto, vivirás con Jin y conmigo. Te hemos preparado una suite completa y podrás decorarla a tu gusto. Cuando tengas dudas, acude a mí y las despejaremos. —Namjoon estaba a punto de estallar de orgullo por su generosa oferta.

De alguna manera, Jungkook percibió que se acercaba una tormenta. Y de las gordas.

Esperó la explosión de temperamento femenino.

Taehyung asintió con la cabeza.

—Entiendo. En fin, es una oferta muy generosa y te lo agradezco. Pero no he venido a Nueva York para vivir en casa de mi hermano y ser la sombra de su director ejecutivo. Tengo planes propios. Voy a instalarme en el antiguo apartamento de Jimin este fin de semana. En cuanto a La Dolce Jin, creo que seré de más utilidad a la empresa en los departamentos de contabilidad y operaciones, dado que ese será mi puesto definitivo. Jungkook no necesita que nadie lo distraiga de su principal objetivo.

Jungkook se apresuró a cerrar la boca de golpe mientras suplicaba que no se hubieran dado cuenta del gesto. ¿Dónde estaban los fuegos artificiales y los gritos? Taehyung era un doncel apasionado y emocional que nunca se callaba y que siempre se dejaba llevar por sus sentimientos. Por eso se había metido en tantos problemas. Recordó el día que se bajó del coche para seguir a un perro callejero hasta el bosque y se perdió.

Dio, menudo fiasco. Creyeron que lo habían secuestrado y lo encontraron horas después con una sucia bola de pelo, acurrucado en el refugio improvisado que había construido con ramitas y hojas. Sin haber derramado una sola lágrima, anunció que estaba convencido de que lo encontrarían y se alejó con el perro mientras su hermano despotricaba a pleno pulmón y él casi se desmayaba del alivio.

Namjoon lo miró fijamente.

—De eso nada. Eres mi hermano y te quedarás con nosotros. Nueva York es un lugar aterrador. En cuanto a la empresa, no necesito a otra persona en el departamento de contabilidad ahora mismo. Aprenderás más con Jungkook.

—No. —Taehyung esbozó una sonrisa conciliadora, pero la negativa resonó en el despacho como un disparo.

—¿Cómo dices?

—No me estás prestando atención, Namjoon. Si no podemos comunicarnos como adultos que somos, esto no funcionará. Ya he recibido ofertas de trabajo de dos empresas de Manhattan y todavía no les he dado una contestación definitiva. Quiero demostrar mi valía, pero si sigues tratándome como a tu hermano pequeño, no podré realizar mi trabajo como es debido. No sería justo para nadie. Ahora bien, si tienes una razón de peso para que Jungkook me vigile y se encargue de que no me meta en líos, me gustaría que me la dieras. En caso contrario, seguiré mi camino sin malos rollos. Capisce?

Jungkook se preparó para una demostración del temperamento italiano del que era su amigo y jefe. Si había algo que Namjoon encaraba con la persistencia de un asedio medieval era la protección de su hermano pequeño. Su palabra era ley en la casa de los Kim, una tradición pasada de generación en generación. La idea de que Taehyung se enfrentara a las decisiones de su hermano nada más llegar a su terreno lo fascinaba.

Y en ese momento el mundo se puso patas arriba.

Namjoon asintió con la cabeza. Sus labios esbozaron el asomo de una sonrisa.

—Muy bien, cara. Quiero que te quedes en mi casa porque Jin disfrutará con tu compañía. Podemos enseñarte la ciudad hasta que te sientas cómodo para vivir por tu cuenta. En cuanto a la empresa, sé que tu fuerte son los números, pero necesito que te formes en todos los aspectos del negocio, sobre todo en la dirección. Jungkook es el único en quien confío para desarrollar tu potencial.

«¿Cómo?»

Jungkook miró a su alrededor en busca de las cámaras, pero no las encontró. Taehyung parecía complacido.

—Muy bien. Admito que Jungkook es la persona más indicada. Yo también echo de menos a Jin, así que me quedaré toda la semana en tu casa. Pero después tengo que mudarme… Vivir con mi hermano mayor no era lo que esperaba cuando decidí venir. Es hora de que tenga mi propia casa y el apartamento de Jimin me parece perfecto. ¿Estamos de acuerdo?

Namjoon no parecía muy conforme con la segunda mitad del trato, de modo que Jungkook esperó más negociaciones.

—De acuerdo.

Los hermanos se miraron con sendas sonrisas. ¿Quiénes eran esos dos?

—Ahora, si no te importa voy a ir al aseo y después nos vamos a casa. Estoy agotado y tengo que cambiarme de ropa.

—Por supuesto. Hemos organizado una pequeña cena de bienvenida en tu honor, pero tendrás tiempo para echarte una siesta.

—Estupendo. —Taehyung se puso en pie con elegancia y se detuvo delante de él—. Gracias por la visita guiada, Jungkook. Nos vemos esta noche.

Asintió con la cabeza, aturdido todavía por la civilizada charla a la que había asistido. Cuando Taehyung salió del despacho, miró a su jefe.

—¿Qué narices ha pasado? ¿Por qué no le estás dejando las cosas claras como siempre haces? ¿Y qué le ha pasado a Taehyung? No ha llorado ni se ha alterado una sola vez desde que llegó.

Namjoon agitó una mano y se puso la chaqueta del traje.

—Jin me ha convencido de que necesita que lo respetemos como persona para que pueda tomar sus propias decisiones. ¿Detesto la idea? Sí. Pero ya es adulto y tiene que encontrar su camino. —Se le ensombrecieron los ojos—. Soy su hermano, no su padre. Pero te agradezco que le eches un ojo, amico mio. Confío en ti para que lo mantengas a salvo y le enseñes todo lo que necesita saber para dirigir esta empresa.

La inquietud le provocó un escalofrío en la espalda.

—¿Dirigir la empresa?

Namjoon se echó a reír.

—Pues claro. Es un Kim y algún día llevará las riendas de La Dolce Jin. Para eso lo estamos formando.

Mientras Jungkook miraba a su amigo, notó que el frío se apoderaba de él. ¿Alguna vez sentiría que era parte de la familia y lo bastante bueno para ser socio de pleno derecho? ¿Estaba siendo egoísta y desagradecido? Habían levantado La Dolce Jin juntos pero, en el fondo, Jungook sabía que él era reemplazable. Tal vez Taehyung fuera nombrado director del departamento financiero, pero también poseía una parte de la empresa. Jungkook nunca le había pedido un contrato blindado a Namjoon, temeroso de que su amistad empañara una decisión que debía basarse únicamente en los negocios. ¿Por qué siempre tenía la sensación de que debía esforzarse más para hacerse un hueco? Cierto, el gilipollas de su padre los había abandonado, pero esa constante lucha por ser aceptado empezaba a pasarle factura.

—Nos vemos a las siete. Gracias, Kook.

La puerta se cerró tras él.

Jungkook se quedó en el despacho, solo con el silencio. Con los recuerdos. Y con ese mal presentimiento que nunca parecía abandonarlo del todo.


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