Chapter 1
Aquella noche en Hogwarts podía sentirse diferente. No era como las demás noches llenas de calma, no. Esta vez se sentía una tensión, una energía pesada, tanto que las antorchas parpadean como si ellas mismas tuvieran frío.
En un pasillo del tercer piso, el profesor Elías Crowther, maestro de: El cuidado de criaturas mágicas. Caminaba a toda prisa con su capa negra ondeando detrás de él como una sombra que pisaba sus talones, y en la mano derecha apretaba un frasco de cristal que brillaba con un leve tono verdoso. Nadie lo había visto salir de las mazmorras después de la clase de pociones. Nadie más que Severus sabía perfectamente lo que acababa de hacer. Más de una vez se repetía en su mente: —Fue un accidente.
Un caldero mal calibrado. Un ingrediente que no debía estar allí: escamas de basilisco pulverizadas mezcladas con sangre de unicornio contaminada que alguien, algún imbécil de séptimo año, había conseguido en el Mercado Negro de Knockturn. La explosión fue pequeña, casi discreta. Solo un chisguetazo de vapor esmeralda que le rozó la cara y entró por la nariz.
Al principio no sintió nada. Solo un cosquilleo. Luego vino el calor. Un calor que subía desde el estómago como si hubiera tragado carbones encendidos.
Ahora, mientras doblaba la esquina hacia la enfermería, notó que sus pasos resonaban demasiado fuerte. Demasiado pesados. Las venas de sus manos se marcaban negras bajo la piel, trepando como raíces muertas hacia los dedos.
Intentó hablar, pedir ayuda, pero de su garganta solo salió un gorgoteo húmedo.
Se detuvo frente al gran espejo veneciano que colgaba junto a la estatua de Boris el Desquiciado. Y se miró.
Sus ojos, antes de un gris tranquilo de tormenta lejana, ahora eran dos lagos de sangre pura. Las pupilas se habían dilatado hasta casi desaparecer. De la comisura de sus labios comenzó a brotar una baba blanca, espesa, que caía en hilos sobre la solapa de su túnica.
—No… no… —intentó decir.
Su reflejo sonrió sin su permiso. Una sonrisa demasiado ancha, demasiado llena de dientes.
Entonces llegó el dolor. No era un dolor normal. Era hambre. Un hambre que le retorcía las entrañas y le hacía crujir los huesos. Hambre de carne caliente. Hambre de gritos.
Crowther se llevó las manos a la cabeza y arañó su propio cuero cabelludo hasta sangrar. Un rugido gutural, inhumano, salió de su pecho y retumbó por todo el pasillo. Las antorchas se apagaron de golpe, como si el castillo mismo hubiera contenido el aliento.
En algún lugar lejano, una lechuza chilló y emprendió vuelo.
El profesor cayó de rodillas. Sus uñas, ahora largas y negras, rasgaron la alfombra antigua. Cuando levantó la cabeza otra vez, ya no quedaba nada del hombre que había corregido ensayos hasta las tres de la mañana y que guardaba caramelos de limón en el cajón para los de primer año que tenían miedo a los hipogrifos.
Solo quedaba la cosa. Y la cosa tenía hambre.
La primera víctima fue un prefecto de Ravenclaw que solo regresaba al dormitorio. El chico intentó gritar, pero los colmillos ya le habían desgarrado la garganta. Luego vino el silencio. Un silencio denso, roto solo por el sonido húmedo de algo masticando.
En menos de un minuto, el corredor entero olía a sangre y a magia podrida.
Y en algún lugar, muy abajo, en las profundidades del castillo, las puertas de las salas comunes comenzaron a temblar.
Porque el virus ya no estaba solo en el cuerpo de un profesor.
Ya estaba corriendo.