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Mentiras para el mal de amores

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Sinopsis

Traicionada por su primer amor, Alicia se refugia en el alcohol, maldiciendo su dolor bajo el cielo estrellado de un jardín. Lo último que recuerda es el llanto y la rabia. Lo siguiente, despertar aturdida en una habitación desconocida, junto a un hombre que jamás ha visto. Asustada y con el corazón roto, huye de la casa, pero no puede escapar de la encrucijada que ha iniciado. Entre los celos ardientes, las ambiciones de poder corporativo y las viejas heridas de un amor traicionado, Alicia debe decidir si puede confiar en un desconocido misterioso... o si la única forma de salvarse es a través de nuevas y peligrosas oportunidades. En un mundo de negocios donde nadie es honesto y donde el amor es la primera gran mentira, ¿Qué tanto está dispuesta a arriesgar para recuperar lo que es suyo?

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1


Los tacones delicados y brillantes de Alicia repiqueteaban sobre el piso frío, traicionándola con cada eco mientras se quedaba paralizada frente a la puerta. A pesar del saco, la falda de vestir perfectamente ceñidos, y la cascada de su cabello rubio y ondulado cayendo impecable sobre sus hombros, un nudo frío se apretaba en su estómago. Las risas y la música que se filtraban desde el salón principal eran un eco lejano, casi distorsionado por el latido frenético de su propio corazón.

Su instinto, esa voz interna que rara vez le fallaba, le gritaba que diera media vuelta, que huyera sin mirar atrás. Pero algo, quizás una curiosidad masoquista o la simple inercia del destino, la mantenía clavada en su sitio. Estaba a punto de cruzar el umbral, de sumergirse en un mar de rostros desconocidos, y la certeza de que encontraría algo que no sería bueno para ella, algo oscuro y perturbador, le erizaba la piel. Cada segundo que pasaba, la tensión crecía, un escalofrío de ansiedad recorriendo su espina dorsal, como si supiera que, al entrar, su vida cambiaría para siempre. Pero era imposible, eso no podía pasar.

‘Ahora sé que el sexto sentido existe... y el mío me suplicaba que no entrara en aquel salón’

Finalmente comprendió aquellas palabras dichas por una niña de diecisiete años, antes del evento que destrozó su corazón, dejándola en el estado deplorable en el que la encontró tras su última visita.

“Solo es una fiesta. Nada más. Gente riendo, música, luces bonitas. No tienes porqué sentir esto... No va a pasar nada malo. Todo está bien. Solo camina, sonríe, actúa normal. Respira. Vamos, inhala... exhala. Nadie va a notar que tus manos están temblando”.

Pero sus palabras se cortaban con las imágenes difusas de Camil, el estado en el que la encontró en aquella lúgubre habitación, alguna vez inundada con la molesta música que tanto le gustaba pero que ahora gracias al silencio opresivo, solo lograba escuchar los latidos atormentando su pecho y los gimoteos que se quedaban atorados en su garganta mientras hacía lo posible por no desvanecerse en una cascada de lágrimas.

La sensación de su corazón siendo oprimido cuando su mirada se cruzó con aquellos ojos empapados de tristeza, sus bellos orbes risueños y soñadores que la enternecían había desaparecido detrás de una mirada apagada y furtiva que se negaba a enfrentar al mundo.

Camil le había hablado sobre aquella “fiesta” y como una invitación elegante recibida con entusiasmo la destrozaron por completo, al llegar al salón encontrando a su novio y su mejor amiga, juntos, celebrando su compromiso luego de no verlos por largos meses ausentes por el trabajo. La imagen de aquello que quedó de Camil la frustraba, una chiquilla risueña y llena de anhelos, hecha añicos por dos villanos sin escrúpulos.

“¡Basta! No es lo mismo. Esto y “aquello” son situaciones distintas. Todo está solo en tu cabeza, siempre haciendo de cosas pequeñas un problema. Será diferente, es un buen día. Sí, eso es. Solo entra, sonríe, y todo será normal. Nada va a salir mal. No esta vez. Todo va a estar bien... tiene que estar bien...”

Al entrar en el salón de recepciones que desbordaba el brillo de la élite empresarial, Alicia sintió una inesperada oleada de orgullo. Las luces de la araña de cristal, el murmullo elegante, la presencia de “peces gordos”... sí, este era su éxito. Este era el futuro que ella y Evan habían construido con noches en vela y cafeína.

Ella buscó a Evan con la mirada, sonriendo, lista para el abrazo de la victoria. Lo encontró de pie en el centro de la pista, radiante, con una sonrisa que le partía el rostro. Estaba hablando con un hombre corpulento junto a uno más delgado y alto de traje impecable.

La copa de champán que había tomado de manera automática luego de cruzar la puerta comenzó a temblar entre su mano. No por el peso del cristal, sino por la repentina y opresiva sensación de que algo no encajaba. Evan no la había notado. Estaba demasiado absorto en su propio brillo.

El hombre alto se apartó con una sonrisa y tomó un micrófono que golpeó con suavidad.

—Señoras y señores, con el cierre de esta ronda de inversión que impulsará a la naciente empresa de nuestro anfitrión, Evan, queremos dar paso al evento más importante de la noche.

Alicia sonrió a medias, aliviada de que el anuncio por fin comenzara. Con la creencia de que anunciarían el nombre del nuevo socio comercial, o la expansión internacional.

—Pero este anuncio —continuó el presentador, con una teatralidad excesiva—, no es sobre negocios. Es sobre la prosperidad y el futuro. El futuro personal de nuestro CEO.

La respiración de Alicia se detuvo.

La palabra “CEO”. ¿Cuándo había dejado de ser “socio”?

Evan se movió. Se giró hacia una mujer de cabello corto y traje de seda que estaba a su lado. Era Sonia, la inversora que había irrumpido en sus vidas hacía solo un par de meses, trayendo consigo capital, control y un aire de superioridad que a Alicia le revolvía el estómago.

—Sonia no solo ha sido vital para el éxito de la empresa,—continuó Evan, su mirada se encontró fugazmente con la de Alicia antes de desviarse, —sino que ahora será vital para mi vida. Querida, ¿me harías el honor?

Se arrodilló.

El silencio fue absoluto. El brillante diamante en la sortija de compromiso pareció absorber toda la luz del salón. Alicia sintió que el sabor dulce del champán se convertía en un regusto metálico en su boca.

No es un ascenso. No es un contrato. Es una traición.

Sonia sonrió, la sonrisa fría y perfectamente calculada de una ganadora, respondiendo con un resonante: —Sí, acepto.

El salón estalló en aplausos. El sonido era un rugido, una burla grotesca en los oídos de Alicia.

El shock la congeló en su sitio.

No podía moverse. La imagen de Evan, radiante y arrodillado ante esa mujer, se grabó en su retina. Su mente, una máquina siempre analítica y determinada, se quedó en blanco. Era incapaz de procesar el volumen de la catástrofe.

Recordó aquella última llamada con Evan... Su voz eufórica prometiendo “el gran salto”. El misterio... Las respuestas vagas, la insistencia en que se vistiera de gala. Las largas ausencias... Las reuniones secretas con “inversores”, que ahora se revelaban como citas.

Todo encajaba con una crueldad aterradora.

El aire se le escapó de los pulmones. Alicia dejó la copa sobre una mesa de cristal, sus dedos dejando marcas de humedad en el mueble. Podía sentir las miradas curiosas de los pocos que se daban cuenta de su presencia, y la mirada triunfal de Sonia sobre el hombro de Evan.

Ella no gritó. No lloró. Simplemente se dio la vuelta y salió del salón. No huyó; se retiró, dejando a la multitud celebrando la caída silenciosa de su corazón.

Caminó sin rumbo fijo, pasando por elegantes pasillos y salones adyacentes, buscando desesperadamente cualquier salida. Finalmente, la puerta de cristal de una terraza la guió hacia la oscuridad y el silencio.

El sentimiento que la inundó no era solo el de un corazón roto. Era el frío destructivo del dolor de la traición más íntima. Evan no era solo el chico que había amado; era el motor de su vida, el único cómplice que conocía sus sueños más grandes y su determinación feroz por sacar a su familia adelante. Él era la mitad de su ambición, la persona que había validado sus esfuerzos. Ahora, con un solo movimiento, le había dado la espalda a todas esas promesas e historias compartidas. Se sentía completamente destruida, no solo como mujer, sino como el plan de vida que habían trazado juntos.

Minutos después, Alicia estaba sola en el enorme jardín de aquella lujosa mansión, bajo el inmenso y estrellado cielo de la noche. Había tomado una de las botellas de licor dispuestas sobre las mesas de los pasillos. Sin pensarlo dos veces, la abrió y bebió un trago largo y amargo que le quemó la garganta. No le importó el qué dirán, ni la etiqueta, ni el decoro de la fiesta que se celebraba a pocos metros; solo quería ahogar su reciente pena. Su cabeza comenzaba a dar vueltas.

Necesitaba aire. Necesitaba sacar el dolor.

—Rata de pantano. Bestia sin corazón. Definitivamente invocaré demonios para que te atormenten en las noches, y ponzoña pestilente te siga en cada paso que te alejes de mi. Haré que vivas un infierno y que tu único consuelo sea el recuerdo difuso de que alguna vez tuviste mi corazón. Ya verás, te haré pagar al triple lo que me has hecho este día, hasta que te arrastres, besando con tus labios ensangrentados el suelo que he pisado con mis tacones más finos, —trastabilló haciendo lo posible por enfocar su mirada en lo que ella creía que era el camino— ahora recuerdo, dicen que si maldices a una persona con los sentimientos desbordados, desde el fondo del corazón, definitivamente se hará realidad.

Tomó impulso y mirando al firmamento, estrujó su pecho para liberar lo que deseaba salir desde hace tiempo, cerró los ojos y sin temor de ser escuchada con un grito dolorido humedecido por sus lágrimas imploró a las estrellas.

—¡Es un maldito! ¡Un mal hombre! ¡Por favor, Dios, te lo suplico! ¡No me abandones como él lo ha hecho! ¡Por favor tú no te olvides de mi! y a él.. ¡A él...! —trago saliva sellando de golpe sus labios. La valentía que sintió en un impulso frenético se volvió contra ella estrujando con dolor su corazón. Cayó de rodillas sobre el césped sintiendo el ardor en su piel. Sus ojos se inundaron en plenitud por sus lágrimas desbordantes— por favor... nunca lo lastimes.

Entre murmullos incoherentes y llanto lacerante, se desplomó sobre la hierba, las flores del jardín picando la piel desnuda de sus piernas expuestas, maldiciendo a Evan, a Sonia, y al amor ingenuo que había sentido.

El cansancio la venció. Se quedó dormida bajo el manto estrellado, sintiendo el frío de la madrugada envolviéndola a ella dentro de aquel lugar ajeno.

La noche avanzó lenta con el murmullo del viento entre las ramas sustituyendo el eco de sus sollozos, mientras el rocío de la madrugada empezaba a empañar el aire, depositándose como un velo frío sobre su piel y los restos de su dignidad lastimada. Fue un descanso sin paz, una tregua forzada por el agotamiento en la que el mundo pareció contener el aliento ante su desgracia, ocultando su ruina entre la maleza y el silencio de aquel jardín que no le pertenecía.

El sol aún no había salido cuando Alicia despertó.

Su cuerpo dolía. Su cabeza pulsaba. Estaba aturdida, pero la conmoción no era por la resaca. No estaba en el jardín. Estaba en una cama extraña, sábanas de seda, una habitación que no reconocía, y un olor a perfume masculino, amaderado y desconocido.

Y lo que la hizo sentarse de golpe, con un grito ahogado que no pudo contener, fue el peso junto a ella.

Había un hombre durmiendo pacíficamente a su lado.

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