Prólogo
A la gente le gusta fingir que el mundo se mueve por el honor.
No es así.
Se mueve por el oro... y por los hombres dispuestos a derramar sangre por él.
Supongo que ahí es donde empieza esta historia. Con el oro. Una gran cantidad, enterrado en la tierra como el tesoro de un dragón. Lo suficiente como para empezar guerras. Lo suficiente para convertir a hombres decentes en animales.
El oro pertenecía a Lord Velmere.
Ese era un hombre al que todos adoraban odiar.
Un bastardo cruel. Prestamista. Amo de esclavos. Cobraba unos intereses tan altos que media campiña se pasaba la vida arrastrándose bajo su bota solo para poder respirar un año más. Si un campesino se retrasaba en un pago, Velmere se quedaba con sus tierras. Si un mercader le fallaba, Velmere se quedaba con su tienda. Y si un deudor no tenía nada más que ofrecer...
Bueno.
Siempre quedaban las cadenas de esclavo.
Durante años, los hombres susurraron sobre matarlo.
Resulta que, al final, los susurros desarrollan dientes.
La noche en que fueron a por él, todo el pueblo se volvió en su contra. Los criados. Los guardias. Incluso los esclavos que se pasó décadas comprando y rompiendo. Es curioso cómo se acaba la lealtad en el momento en que un tirano empieza a sangrar.
Pero Lord Velmere no era ningún tonto.
Él sabía que su hora había llegado.
Y antes de que la turba llegara a sus puertas, envió lejos lo único que amó en su vida.
A su hija.
Lady Seraphine Velmere.
Ahora es cuando la cosa se pone interesante.
Porque Seraphine no era como las chicas que suelen criar los nobles. Tenía una mente lo bastante afilada como para cortar una bolsa de monedas por la mitad. Ayudó a su padre a construir la mitad de su fortuna antes incluso de haber cumplido veinte inviernos.
Pero las chicas listas cometen el mismo error que los hombres listos.
Creen que el mundo siempre se mantendrá tal y como es.
Esa noche aprendió que no es así.
La turba redujo la finca de los Velmere a cenizas.
Su padre murió gritando en el interior.
Y su hija... desapareció.
La mayoría de la gente cree que ahí termina la historia.
Casa noble destruida. Tirano muerto. Justicia hecha.
Pero ese es el problema de la gente.
Nunca se molestan en mirar lo que sale arrastrándose de entre las cenizas.
Porque mientras una mitad de esta historia huía para salvar su vida...
La otra mitad se pudría en una celda de prisión.
Un joven bastardo y violento llamado Darrian Varg.
Y el juez que finalmente lo dejó salir tenía un sentido del humor muy particular.
Le dijo al hombre que podía recuperar su libertad.
Lo único que tenía que hacer era comprar una esclava.
Y casarse con ella.
Es curioso el destino...
A veces no parece el destino.
A veces parece un par de cadenas.