||PRÓLOGO||
No nací para ser especial.
Nadie lo hace.
Nací en un mundo que tenía reglas claras: calles con nombres conocidos, personas que se quedaban, un cielo que siempre estaba en el mismo lugar. Tenía una hermana mayor que creía saber cómo funcionaban las cosas y unos padres que pensaban que el futuro era algo que se podía planear.
Luego empecé a notar los errores.
El viento reaccionaba a mi humor. El agua se movía cuando yo pensaba demasiado fuerte. Las cosas... flotaban, si me distraía lo suficiente.
Aprendí pronto a observar antes de hablar. A medir mis palabras. A esconder lo que no podía explicar. No porque me avergonzara, sino porque el mundo tiene la costumbre de romper lo que no entiende.
Nunca quise llamar la atención. Nunca quise ser un problema.
Y aun así, lo fui.
No recuerdo el momento exacto en que todo se rompió. Solo recuerdo la sensación: como si el espacio se doblara sobre sí mismo, como si alguien hubiera tirado de mí sin preguntar. Un segundo estaba ahí... y al siguiente, ya no pertenecía a ningún lugar.
Desperté en una ciudad herida. Con edificios rotos, humo en el aire y un silencio extraño después del caos.
No sabía en qué universo estaba. No sabía si el mío seguía existiendo. Solo sabía que estaba sola... y que algo en mí seguía respondiendo a fuerzas demasiado grandes para una niña.
No esperaba que alguien me encontrara. Mucho menos que ese alguien decidiera quedarse.
A veces, las historias no comienzan con una elección heroica ni con una profecía. A veces comienzan con una niña perdida, un mundo que acaba de sobrevivir al fin... y un hombre que todavía no sabe que está a punto de convertirse en padre.