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CLASE SAGRADA

Sinopsis

La corrupción se hundió profundamente en la piel de Getou, como un veneno que recorría cada fibra de su ser. Nadie podía detenerle, él estaba convencido de su invulnerabilidad, de que su camino estaba marcado por la impunidad... pero estaba tan equivocado.

Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

*ੈ✩‧₊˚ 𝗡𝗼 𝗺𝗲 𝘀𝘂𝗲𝗹𝘁𝗲𝘀, 𝗽𝗼𝗿 𝗳𝗮𝘃𝗼𝗿

Suguru: Veamos… —dijo suave—. Entonces tu hija está poseída por un fantasma.

Decía el supuesto budista con el que te había traído tu madre; estaba sentado con las piernas cruzadas, apoyando su peso en el brazo apoyado sobre una de ellas, mirándote de abajo hacia arriba, clavando un agujero en tu alma abrumada.

Suguru: ¿No es así, N/E-san? —dijo crédulo—.

T/N: Sí, pero, um… —Dijiste dudosa. —Mi nombre es T/N.

Veías cómo su ceño, en vez de volverse de enfado, se formó una cálida sonrisa en su rostro, haciéndote sentir cómo tu corazón comenzaba a resonar contra tu pecho con mayor fuerza, dudando si provenía de la extraña sensación que te hacía sentir el hombre.

Suguru: Nah, es N/E —dijo seguro—. Lo digo así, por lo que es; después de todo, te queda mejor.

T/N: Hah… claro — dijiste derrotará—.

Volteaste tu mirada hacia tu progenitora, la cual mantenía una sonrisa en la cara convencida de que era la única forma de poder curarte. Después de tantos intentos medicinales y herbales, no tenías en mente que tu propia madre te llevara con un exorcista.

T/N: Mamá, vámonos —susurraste—. Este tipo es muy sospechoso.

T/M: ¿Confías en mí? —pregunto en un sutil susurro—.

Tú solamente asentiste, volteando nuevamente tu vista hacia el budista que se encontraba al frente de ti; movías tus ojos hacia todos lados de la habitación, sentías que en el momento que conectaran miradas te leería como un libro, pero tal vez eso era lo que necesitabas.

Alguien que entendiera por lo que sufrías todos los días. El peso que sientes sobre ti no era normal, al igual que el no poder respirar, el tener pensamientos tan nauseabundos que te hacían sentir sucia y no hablar de tus pesadillas; las ojeras se hacen más pronunciadas día tras día, siendo ocultadas por abundante maquillaje.

Con nerviosismo llevaste tus ojos con los del pelinegro; al conectar miradas, viste el pequeño escalofrío que recorrió su cuerpo para luego sonreír nuevamente, esa actitud tan confiada que comenzabas a odiar.

Tenías más que razón; él no era normal y probablemente no era solo un budista.

Suguru: No has estado durmiendo bien, ¿cierto? —preguntó retóricamente—.

Veías al hombre frente a ti cambiando a una posición más cómoda, su figura representando lo tan seguro y alto que se sentía, como si estuviera en un pedestal, en la cima de la cadena alimenticia, como si fuera tu única salvación y nada más, tu dios.

Suguru: Hombros pesados, sofocantes —mencionó serio—. Es como si olvidaras respirar.

Odiabas la seguridad de este hombre, odiabas cómo tenías razón desde que entraste y lo viste sentado en la forma más despreocupante que había; sabías que él no era simplemente un budista cualquiera, pero más que nada, odiabas que te estuviera leyendo como un libro que ya había leído antes.

Suguru: Sientes a menudo una mirada apuñalándote —hizo una mueca—. Y finalmente…

No querías oírlo, quitaste tu mirada de él; era demasiado lo que estaba saliendo de su boca y no podías soportarlo más. Sentías cómo te falta el aire nuevamente; si no se apresuraba con su parloteo, estabas segura de que morirías ahí mismo.

Suguru dejó que su sonrisa cayera un poco al analizarte; estaba pasando exactamente lo que esperaba de ti, riendo en su cabeza al ver lo tan débil que eres, lo inocente que puedes llegar a ser aun en un estado así, que podías actuar como si no supieras lo que te pasaba.

Suguru: No quieres que lo diga, ¿no es así? —preguntó con falsa preocupación—.

T/N: ¿Cómo sabes todo eso? —preguntaste aterrorizada—.

Se quedó el lugar en silencio por unos segundos; al no oír una respuesta, volviste a posar tu vista en el extraño humano que extrañamente quería tu atención. Veías cómo este solo te dedicó una sonrisa cálida, rebuscando nuevamente tu confianza.

Suguru: No te muevas —demandó—.

Este alzó su mano desde donde estabas; alzando una de tus cejas, estabas dispuesta a preguntar qué es lo que hacía, pero fuiste interrumpida con una nueva sensación en tu cuerpo.

Sentías cómo el aire regresaba a tus pulmones; tomando un gran bocado de aire, dejaste de sentirte pesada y una nueva sensación de ligereza se hizo presente en tu corazón.

T/N: ¿¡Eh!? Me siento tan ligera —dijiste para ti misma—.

Era extraño, él es extraño; el odio que tenías hacia el hombre se había esfumado como arte de magia, haciéndote cuestionar si verdaderamente lo llegaste a odiar con el tan poco tiempo que habían convivido juntos, si es que esto se le pudiera llamar convivir.

Este mismo solamente les dijo que lo esperaran afuera para que el espíritu no se volviera a pegar en ti mientras se deshacía de él; las dos solamente pudieron sonreír para luego dar una reverencia y retirarse como pedido.

Al verlas retirarse por completo de la gran habitación, se dedicó a estudiar la maldición que había capturado. La bola que contenía en su mano pesaba más de lo normal, brillando raramente de un color amarillo en el centro de esta.

Tenía tiempo que había visto algo así, pero no le dio importancia a su apariencia y dio el último paso de lo que hacía todos sus malditos días (literal), alimentarse de este para poder usarlo a su favor, sin saber que lo lamentaría más tarde.

Con dificultad tragó el objeto del tamaño de una pelota de tenis, haciendo una mueca por lo tan mal que sabía; esto solamente le hizo odiar más a las dos personas que tenía esperando afuera, haciendo que se acordara de las pesadillas que vivió a tan corta edad.

Se dirigió hacia la salida; aun con el mal sabor de boca y el ardor de su garganta, puso la sonrisa más genuina que podía poner en momentos como estos. Había pasado mucho tiempo desde que no podía digerir una maldición de esta manera; aun así, no dudaba que se sentiría mejor después.

Al llegar a donde se encontraban, su vista se posó firmemente en ti, observando cómo todas tus facciones habían cambiado desde que quitó esa maldición de ti. Podía lograr simular un brillo particular resplandeciendo de ti; algo ciertamente era diferente en ti.

Tsk-, ¿en qué piensas, Suguru? Es un simple mon-

Volteaste a verlo, haciendo que el corazón de este se hundiera en su estómago, sintiendo cómo este se revolvía y su pecho se presionaba a sí mismo, todo por conectar miradas y sonreírle con un brillo impredecible. Nadie le había sonreído de esa manera antes, tan brillante.

Ella… no es normal.

Tanto tu mamá como tú se acercaron a Suguru, manteniendo un espacio considerable como respeto para luego dar una reverencia como agradecimiento; tu progenitora fue la primera en pararse de la reverencia para seguirle después de unos segundos de diferencia.

T/M: ¡Ves! —dijo con felicidad—. ¡Te lo dije, es como el mismísimo Buda!

T/N: Sí —dijiste apenada—. Realmente no puedo agradecerte lo suficiente.

Suguru: No te preocupes —sonrió—. Solo me alegro d-

Podría agradecerte con su cuerpo.

El pelinegro calló a media oración al oír una voz hablarle por el oído. Este volteó de manera disimulada a los dos lados, pensando que había sido algún pensamiento intrusivo o hasta algún miembro de su familia, como le gusta decirle a su culto, haciéndole una broma.

T/N: ¿Se encuentra bien? —preguntaste suavemente.

El pelinegro salió de su pequeño trance, viendo cómo un pequeño sonrojo se hacía presente en tu cara; al parecer ,se te había quedado viendo más de lo que tenía planeado. Presentía que algo andaba mal, pero decidió ignorar y continuar con la conversación, excusándose y pidiendo una disculpa.

Sobraría decir que odiaba que pudieras leer sus pequeñas expresiones; de cierta forma se sentía expuesto hacia ti, nuevamente sintiendo ese pesar en su pecho al conectar miradas contigo mientras se suponía que oía a tu madre.

Tus ojos tenían un brillo peculiar como tu silueta; era extraño. No le gusta esta sensación que sentía recorrer su cuerpo, lo odia, te odia, odia tu presencia, odia tu ropa que se amolda a tu cuerpo, odia tu dulce sonrisa, odia esa mirada tan inocente y suave con la que lo miras, lo…

Dios… ¿No te encantaría que te alabara con esos ojos desde abajo?

Nuevamente oyó esa extraña voz hablarle al oído, haciendo que un escalofrío recorriera el cuerpo del pelinegro, el cual, para disimular, solo se pudo recargar en el pilar que se encontraba en la salida del palacio que habita y atendía a sus “discípulos” a diario.

T/M: ¿Shonen? —llamó en pregunta—. ¿Se encuentra bien?

Suguru: ¿Mhm? —respondió casi perdido—. Oh, sí, solo que tengo muchas cosas que hacer.

Tu madre solamente respondió de manera comprensiva para luego disculparse por dejarse llevar con el tiempo que tenían de sobra; este mismo aceptó las disculpas para luego dar una reverencia al igual que tu progenitora y tú; las dos se despidieron mientras oían al más joven hablar.

Suguru: Siempre pueden contar conmigo si algo pasa —sonrió falsamente—.

Al verlas a una distancia considerablemente lejana, suspiró en exasperación; nunca había durado tanto fingiendo en una consulta. Normalmente, al terminar estos, solo decían gracias, pagaban y se retiraban sin más. Aún peor, su cabeza comenzaba a jugarle juegos.

Aun así, no dudo en reír un poco ante la ingenuidad de tu madre y tuya. En serio, se habían tragado todo el acto de amabilidad rápidamente, tan solo al entrar. Consideraba que era inteligente de tu parte no confiar en él tan rápido, pero aun así caíste como todos los demás.

Suguru: Buda… —dijo sonriendo—. Tsk, no podían estar más en lo correcto.

XX: Su verdadero rostro está exponiéndose, Suguru-sama —dijo como habitual—.

El pelinegro saltó un poco del susto al oír a alguien atrás de él nuevamente, volteándose solo lo suficiente para ver a su secretaria detrás de él con una sonrisa espléndida. Este solo le regresó el gesto mientras se rociaba antibacterial hacia sí mismo.

Manami: ¿Qué estás haciendo? —preguntó dudosa—.

Suguru: Es desodorante antibacterial —dijo serio—. No puedo ir esparciendo el olor a mono.

La rubia solo pudo reír sin creerlo; a veces podía llegarse asorprenderser de lo que su jefe hacía después de que sus invitados se fueran. Se limitó a sacudir su cabeza para regresar a la conversación, dejando en claro que seguía en lista.

Manami: Bueno, cuando termine, sígame al salón de reuniones —dijo seria—.

Suguru: Uuuh, ¿el resto de nuestros familiares ya están aquí? —dijo con emoción—.

Manami: Tristemente no, Suguru-sama —dijo con neutralidad—. Los ejecutivos lo están esperando.

Este solo pudo rodar sus ojos; pensaba que el día ya había llegado finalmente. Tenía tiempo desde que veía a sus niñas, las cuales estaban con Miguel entrenando para lo que él decía: enriquecer sus fortalezas y eliminar sus debilidades.

Como si tuvieran todo el tiempo del mundo, comenzaron a caminar hacia el salón de reuniones; entre más se acercaban, más estruendo oían, encontrándose con uno de los ejecutivos corriendo hacia su dirección desesperado y gritando blasfemias.

XX: ¡¡¡Bastardo!!! —exclamó enojado— ¡¡¡Getou!!!

Suguru: Vaya, es Kanemori-san — dijo de manera ignorante—. ¿Por qué está tan agitado?

Este volteó a ver a su secretaria; esta, solo le sonrió con amabilidad y con solo eso, supo que era lo que venía. Una sonrisa creciente se formaba con cada paso que el señor daba.

Kanemori: ¡No juegues conmigo! ¡Exorcizarme YA! —reclamo— ¡¿Cuánto crees que te estoy pagando?

La sonrisa del pelinegro se crispó al oírlo reclamar antes de preguntarle algo tan obvio a su secretaria para desesperar al señor, el cual había hecho el pequeño error al titubear en su última oración.

Suguru: ¿Cuánto es? —preguntó desinteresado.

Manami: Algo entre 50 y 100 millones —sonrió disimuladamente—. Pero no ha habido ninguna donación en medio año.

Suguru: Ah, entonces supongo que ya quebró —dijo con incredulidad—.

Kanemori no pudo más que temblar al sentir las dos miradas clavando su alma. Estaba perdido, el terror consumía cada parte de su piel, sintiendo un hormigueo en todo su cuerpo; moriría.

Kanemori: ¡¡QUÉ!! —exclamó con sorpresa falsa— ¡¡Qué estás…!!

Una sonrisa cínica se presentó en Getou, para luego comer una de las maldiciones que había guardado para un momento como estos; eran valiosas por su acto rápido pero artístico que dejaban detrás, o así le gusta llamarle al derrame de sangre que dejaban sus víctimas.

Suguru: Monos, verás… cada uno tiene su propósito —dijo serio—. Monos para recolectar dinero y mi favorito de los dos…

Con un chasquido de dedos, pequeñas maldiciones amarillas aparecieron alrededor del rostro de Kanemori, quien hacía lo mejor posible para que no lo tocaran, fallando en el intento, muriendo mientras oía a Suguru hablar degradatoriamente.

Suguru: Monos para recolectar maldiciones, tú… eres el primero —sonrió dulce—. Puedes irte si no tienes dinero.

Kanemori: ¡Nom Memolemte! —gritó con dificultad.

El mayor sentía cómo su rostro era tirado, gritando y llorando en el momento en que su oreja fue tirada fuera de su rostro; sentía cómo la sangre corría por su lado izquierdo, agonizando en alto mientras maldecía a Suguru, quien solo dejaba su sonrisa sádica salir de él.

Kanemori. ¡¡¡HNNN!!! ¡¡¡HNNNNNNGGGN!!! —grito de dolor—

Sin más, la piel de su rostro fue arrancada de su lugar; sangre salpicó cerca de las zapatillas de la rubia cuando el cuerpo pesado, antes vivo, cayó en el charco de sangre que había dejado. Esta misma movió su pie lejos del creciente líquido espeso rojo mientras en su cara se formaba un gesto de asco.

Manami: Qué inmundo —dijo asqueada—. Difícil pensar que ambos son humanos.

Suguru: Te lo estoy diciendo, son unos malditos monos —dijo entre dientes—.

Los dos dieron una última vista al cuerpo que todavía sufría de espasmos mientras las maldiciones seguían alimentándose, poco a poco dejando todo limpio a las espaldas de los complacidos chamanes que no tenían que limpiar nada, retomando nuevamente su camino.

No era muy común usar la sala de reunión para alguna junta con ejecutivos, pero el lugar indicado estaba pasando por una “remodelación” o, para ser exactos, era limpieza de la masacre que se había hecho hace unas semanas.

Odiaba la idea de ensuciar el lugar donde se reunía con los demás, pero se repetía que era para una buena causa.

Suguru: ¿Agregaste lo que te dije la semana pasada? —pregunto sin voltear atrás—.

Manami: Mhm, de tan solo pensar que lo tenemos que usar para esto —dijo sin poder creerlo.

Nuevamente el silencio cayó sobre ellos; no había mucho más que discutir y no era como si Suguru quisiera contarle su problema de la mañana a alguien con sus mismos ideales, la humillación que sentiría si alguien de ellos se llegara a enterar sobre sus pensamientos profanos.

Como cualquier “deidad”, tenía sus deseos y necesidades; era natural que en cualquier momento alguien llamara su atención de esta forma, pero nunca en su vida se dejaría caer por un pecado como el tuyo, no importaba qué tanto lo tentaras.

No eras lo último en la tierra, nada de ti le era importante, ni tu presencia, tu risa, tus labios suaves, los cuales tomaban brillo al pasar tu lengua por ellos, tus inocentes ojos que se suavizaron cuando lo mirabas y esa tan hermosa, bonita y tentadora…

Manami: Suguru-sama, ¿no va a entrar? —llamó en seco—.

El pelinegro se había quedado quieto frente a la puerta, delirando con una pequeña sonrisa lo poquito que había visto de ti. Desapercibido y con su piel chinita, volteó a ver a Manami, quien se encontraba curiosa con la cierta actitud de su jefe. Su vista estaba perdida y todavía tenía una pequeña, casi inobservable sonrisa.

Manami: ¿Se encuentra bien? —preguntó, incierta—. Se ve algo raro.

Suguru: ¿Huh? ¿Qué estás tratando de decir? —mencionó vacilando—. No estoy “raro”.

La rubio se quedó solo unos segundos mirando a Suguru, dudando si de verdad se encontraba bien; este solo tragó saliva. Extrañamente, sintió nervios correr por su cuerpo de abajo hacia arriba, moviendo sus ojos hacia otro lado, evitando la mirada de Manami, quien entrecerró sus ojos.

Manami: Bueno, no dude en pedir algo si lo necesita —dijo aún desconfiada—.

Este solo hizo un sonido de afirmación para que dejara de sospechar que algo había mal, cuando claramente lo había, pero aun así, decidió que era suficiente la espera para los indeseados invitados, quienes se pusieron rígidos y en un gran silencio cuando entró.

Durante una de las presentaciones de los tantos ejecutivos, el ambiente comenzaba a hacerse más tenso; los dos partidos se sentían incómodos, pero los dos hacían lo mejor que podían para los beneficios que vienen después; nada podía salir mal.

O eso era lo que pensaba Suguru.

Quien sentía cómo su cabeza comenzaba a doler mientras comenzaba a sentir mucho calor, miró de reojo a las personas que se encontraban con él, analizando a cada una de ellas, desconfiando de que la reacción de su cuerpo fuera propia.

Topándose con oro en vez de plata, el kimono más bello es usado por una desgracia.

Era de un color negro intenso con un patrón de flores rojas y amarillas, el obi dorado reluciente, con un patrón de hojas de colores otoñales; ni hablar de su accesorio de pelo, el cual relucía en la poca luz que caía en este.

Suguru no pudo evitar el brillo que se generó en sus ojos al pensar lo bonita que te verías con el puesto y pudo haber seguido con su imaginación, si no fuera por esa misteriosa voz nuevamente que le habló a su oído, inhalando aire con fuerza y guardándolo sin darse cuenta.

¿No crees que sería divertido darle una pequeña visita?

Ejecutivo: ¿Shonen? —llamó, dudoso—. ¿Se encuentra bien?

Este salió de su trance, notando que se había quedado mirando hacia la señorita del kimono, quien se removía con miedo en su lugar. Su mirada cuando estaba perdido en sí no era de las mejores; parecía que te mataría en cualquier instante con solo un movimiento que dieras.

Al menos en las personas que odiaba.

Sin más, dejó soltar el aire que tenía guardado, mirando hacia la persona que se encontraba presentando en ese momento. Avergonzado, solo dio un gesto con la mano para que siguieran con su explicación, a lo cual nadie dudó en su respuesta, prosiguiendo.

Esto es totalmente una discrepancia hacia mi persona, absurdo.

Se acomodó en su lugar varias veces, sentía cómo le faltaba aire, su mente vagaba por partes antes nunca exploradas, el dolor de cabeza solo iba aumentando y la voz que lo atormentaba no le ayudaba para nada.

Vamos, los dos sabemos que te encantaría tenerla en tus manos ahora mismo, ¿no es así, Suguru?

Oía cómo la voz de su cabeza reía fuerte; hacía lo mejor que podía para disimular su incertidumbre. Los nudillos de sus manos cambiaban de un rosa pálido a un blanco de lo fuerte que agarraba el brazo de la silla. Los escalofríos se hacían propios ahora; estaba acabado.

Solo guarda silencio, ¿crees que alguien como yo caería tan fácil? ¿Mhm?

Dilo sin titubear, Suguru ríe—. Yo soy la peor y perturbada parte de ti, claro que lo harás.

Este sintió cómo sus cachetes comenzaban a tomar color de la vergüenza de que había sido atrapado por algo que todavía no sabía qué era; estaba siendo humillado por algo que no tiene ni cuerpo propio, quedando rígido en su lugar en el momento en que oyó un gemido.

Veremos qué tanto aguantas, “dios” —dijo burlón—. Bienvenido a una de mis especialidades, ilusiones.

Como si algo poseyera su cuerpo, volteó hacia el sofá vacío que había, encontrándote a ti en la posición más vulgar que había visto hasta ahora. Te encontrabas moviendo tus dedos frenéticamente dentro de ti, un vaivén sin ritmo con desesperación.

Suguru te vio de abajo hacia arriba, observando cómo te movías con tanta desesperación mientras oía tus gemidos y sollozos, el sonido que salía de tus pliegues por lo pegajosa que se encontraba la situación, tus dedos brillosos de presemén y saliva.

Sus ojos se movieron hacia arriba lentamente; el kimono se encontraba hecho un desastre, viendo ahora tu cuello que se encontraba lleno de mordidas y chupetones, mordiendo su labio de tan solo pensar en cómo sabría tu piel en su boca.

Dedico un minuto a ver tu rostro, cómo un hilo de saliva corría por tu barbilla, cómo mordías tus labios cada que gemías de manera alta, ojos entrecerrados con manchas de lágrimas, las cuales siguieron hasta tu vista nublada por las nuevas que comenzaron a salir cuando conectaron miradas.

T/N: Suguru, suguru, suguru llamó con desesperación—. Por favor. Ah~...

Cállate, esto no es real —rio nervioso—. Cállate, cállate.

Cortó su vista en ti, tratando de nuevamente poner su concentración en la otra persona que tenía enfrente;Cortó ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado hasta ahora, no tenía ni la menor idea de lo que habían estado hablando, pero se sentía observado.

El calor de su cuerpo se hacía más visible al público, mejillas de un color rojo carmín; el cuarto daba vueltas, era como si solo su cuerpo estuviera presente, pero no su conciencia. Le era aún más difícil respirar; le ardían los pulmones cada que trataba de hacerlo y ni hablar de su vista perdida y nublada.

Ey, ¿por qué la ignoras, Suguru? —dijo con triste falsa—. Se va a poner triste.

Cállate —mencionó aturdido—.

¿Dónde quedó el supuesto dios intocable? —dijo con preocupación en burla—. Tsk... Eres patético, Suguru Getou.

El pelinegro solo pudo repetir la misma palabra una y otra vez como si fuera un cántico; la risa cada vez se hacía más fuerte, no teniendo otra opción que recargar sus codos en la mesa para usar sus brazos de soporte. Esto no era correcto, no quería responder a tus llamados en llanto, pero era muy tarde.

En el momento en que volteo a verte, siento su corazón achicarse; la risa había parado y su alrededor había desaparecido, como si solo fueran ustedes, solos. Todavía te encontrabas donde antes; tus gemidos fueron incrementando, cada vez más cerca de tu clímax, mirando a Suguru como siempre imaginó.

T/N: Suguru~ - gimió dulcemente - Te necesito~

En ese exacto momento, algo dentro de Suguru Getou se rompió.

Suguru: ¡CÁLLATE! —grito furioso—

Se paró de su asiento alterado y furioso, pegándole a la mesa con sus dos manos en el proceso; mantenía su mirada hacia abajo, observando cómo sus nudillos tomaban nuevamente color de lo fuerte que apretaba su yukata. Respiraba de forma entrecortada, su cuerpo temblaba de anticipación, pero…

¿Qué era lo que su cuerpo tanto anticipaba?

Quienes se encontraban dentro de la sala quedaron en silencio; ni el más mínimo ruido se hacía presente ante ellos, solamente podían oír la entrecortada respiración de Suguru mientras ellos mismos guardaban el suyo. Todos temblaban de miedo, no estaban seguros de si sobrevivirían a esto.

Sin pensarlo dos veces, el pelinegro se excusó de la terrible reunión, pasando de largo la figura de su secretaria, quien gritaba por su atención para saber qué era lo que pasaba, pero Suguru se había movido rápido hacia su habitación, entrando en esta para quitarse su ropa.

Tomaría una ducha helada; necesitaba agua fría, no le importaba si era por fuera o por dentro, solo quería que el calor que apoderaba su cuerpo se fuera. Nunca le había pasado algo así desde que había ingerido una maldición; a lo más que llegaban era manifestar sus técnicas malditas para su uso.

Con su regadera prendida en lo más frío, metió todo su cuerpo de golpe, soltando un jadeo al rápido cambio de temperatura, poco a poco sintiendo cómo el calor de su cuerpo comenzaba a regularse. Reclinándose en la pared de la ducha, con solo su antebrazo, recargó su cabeza en este.

Cerró sus ojos, dejando que su cuerpo se relajara en la sensación de gotas recorriendo cada parte de su cuerpo, pero la paz no le duraría ni solo un segundo; manos comenzaban a recorrer su espalda, lentamente yendo a su pecho, rozando burlonamente sus pezones, jadeando.

Suguru: N-ngh-no -susurro-

Un aliento se posaba en su oreja, molestando aún más mientras las manos iban directo hacia su miembro; estas mismas hacían roces casi invisibles en el glande, el cual tenía un bonito color rosa de lo erecto que se encontraba. Era demasiado; preseminal caía por este.

Suguru: T/N~ -¡AH! -jadeo-

Abrió sus ojos de golpe, inhalando aire con fuerza desde su boca. Llevó su vista hacia su cuerpo; una de sus manos estaba en su pezón y la otra en su pene. Se sentía aturdido; pudo jurar que lo que había sentido no era nada a lo que sus manos sentían ahora.

Volteó hacia la puerta de su habitación; ni siquiera se había dado el tiempo de cerrar la puerta del baño. Se estaba volviendo loco, no estaba pensando racionalmente, le habían jodido la mente de alguna u otra forma y lo que estaba por hacer lo demostraría por completo.

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T/M: —¡Oh, Dios mío! —gritó sorprendida—. Shonen, ¿qué le sucede?!

Oías cómo tu mamá gritaba preocupada en la planta de abajo y cómo las cosas se movían en un estruendo; ni siquiera te tomaste el tiempo de usar un pantalón, bajando rápidamente en solamente una polera grande que cubría hasta la mitad de tus muslos.

Te paraste al final de las escaleras, con tu adrenalina a tope, encontrándote con la puerta totalmente abierta y sin rastros de tu madre. La desesperación consumía tu cuerpo; fuiste hacia afuera, gritabas por tu madre tan fuerte como podías, sintiendo cómo las lágrimas se hacían presentes.

T/N: ¡MA! —gritaste desesperada—.

T/M: T/N… —llamado casi en silencio— Ven rápido.

Te quedaste en shock por unos segundos, viendo cómo tu mamá, preocupada, volvió a entrar hacia la casa, en un silencio que heló tu cuerpo casi desnudo, siguiendo su figura después de haberse desaparecido por el umbral de la puerta, siguiéndola hasta la sala.

Te encontraste con Suguru en el sofá, respirando fuertemente; se le veía bastante enfermo. Su rostro estaba rojo, una capa fina de sudor se encontraba en su frente, su cuerpo temblaba y sufría de escalofríos casi seguidos, pero al mirarte, su vista se nubló, pupilas dilatadas.

Este se paró de donde estaba, tu mamá siguiendo su paso detrás de él mientras le decía que tomara asiento. No apartaron miradas en ningún momento, ni cuando este se arrodilló al frente de ti, sorprendiendo a tu madre, quien daba pasos hacia atrás, cayendo sentada en el sofá.

Suguru: Ayúdame, por favor —suplicó—. Quítame esta maldición que tienes en mí.

Volviste tu mirada fría; estabas algo molesta, no tenía el derecho de entrar de esa forma a tu casa y menos asustar a tu madre y a ti de esa manera. Suguru solamente agrandó sus ojos, viendo cómo dudabas claramente en ayudarlo; la agonía acorraló su cuerpo.

Sugur: Por favor, por favor... —lloro—. No lo soporto, es demasiado, T/N~...

Tenías al gran Suguru Getou, de quien todos hablaban, alguien intocable a los ojos de muchos y un dios a los ojos de pocos, llorando, suplicando por tu perdón, tu ayuda, tu sola existencia; una sonrisa se retorcía en tu rostro, lo habías logrado.

Solo te tomó un poco de magia negra para tenerlo en tus manos y, como olvidar a tu linda, dulce madre; si no hubiera sido por sus conocimientos de maldiciones, no lo hubieran logrado.

Un pequeño tirón de la blusa te sacó de tus pensamientos. Volteaste nuevamente a ver a Suguru; su mirada parecía la de un perrito perdido. Ese brillo en sus nulas pupilas resplandecía como estrellas en una noche oscura, sonriendo aún más de lo que normalmente te permitías.

Volteaste a ver a tu madre, quien había dejado su acto desde hace un rato; esta solamente vio la situación por última vez y se paró de donde estaba, riendo suavemente para al final soltar un suspiro.

T/M: Jajaja, hah… ya sé, ya sé —dijo comprensiva—. Estaré con tu abuela; llámame cuando termines.

Solamente le sonreíste, diciéndole gracias mediante solamente el movimiento de tu boca, siguiendo su figura hasta que desapareciera de tu vista, no dejando que ni un segundo se perdiera. Suguru nuevamente tiró de tu blusa, esta vez un poco más fuerte.

Ni siquiera te dedicaste a darle una mirada, cerrando la puerta principal rápidamente, para luego arrastrarlo hasta tu habitación. Durante días, te encontrabas tus pensamientos plagados por la belleza del pelinegro, el cual habías topado de pura casualidad.

Tus ojos vagaban de un rasgo a otro, memorizando los detalles más pequeños, obsesionándote con la más mínima curva, sumergiéndote en su silueta, pero esa mirada de asco se quedó contigo para siempre, queriendo que te viera como si fueras la única cosa que él quisiera.

Y aquí lo tenías, tal y como lo deseaste.

Geto apretó la mandíbula al sentir tus labios bailando sobre su cuello y cómo su cuerpo pegó con brusquedad la puerta cerrada de tu habitación. Suaves mordiscos y pequeños besos comenzaban a decorar su piel, aun cuando una parte “sana” de su mente le advertía que no lo hiciera; no te paró.

Inhaló con fuerza, sintiendo como si estuviera parado en el borde del cielo cuando le mordiste la unión entre el cuello y el hombro; coros pecaminosos amenazaron con salir de su garganta mientras tus manos lentamente bajaban por su torso, la boca continuando su cruzada divina hacia sus clavículas.

Tus uñas rozaron la piel cubierta de sus caderas, bailando a lo largo de su ligera curva hacia adentro; podías sentir cómo su cuerpo temblaba. Dentro de ti sabías que si lo llegabas a soltar, se resbalaría contra la puerta hasta caer al piso, no soportando su propio peso.

Amabas esa parte tan inocente de él; nunca había experimentado algo como esto, haciendo que la caliente sensación de lujuria solamente dominara más tu cuerpo. No pasó mucho tiempo para que terminaran arriba de tu cama, Suguru desnudo sobre esta, sintiendo escalofríos por su cuerpo al contacto de tus manos frías sobre su cuerpo cálido.

Tus manos envolvieron suavemente los muslos del hombre, colocándolos sobre tus caderas, llevando un largo recorrido de besos, empezando desde sus labios hasta su abdomen bajo, la mano dejando suaves, casi invisibles toques por todo su cuerpo.

Suguru mordió su puño cerrado, gemidos bajos atrapados en la garganta del hombre, tu mano suavemente envuelta alrededor de su base, moviéndote en un ritmo casi tortuoso, ensuciando sus muslos tonificados con besos y mordidas prolongadas, asegurándote de que solo tú pudieras verlas la siguiente vez.

T/N: Tan bonito —ronronear—.

Su mente revoloteaba en la idea que tenía de un mundo perfecto; había cambiado en el momento que hablaste sobre su muslo antes de hundir tus dientes en este mismo, músculos tensándose debajo. Un gemido bajo se filtró del pecho de Suguru mientras veía la escena hipnotizado.

Suguru: ¡Ah-mphm! —jadeo en llanto—.

Lloriqueos simultáneos salían de él, tirando su cabeza hacia atrás cada que tu pulgar recorría la glándula de su pene. Lo habías estado molestando ya hace un tiempo, sin dejar que se acercara al borde del clímax; tan pronto como comenzaba a sentir la espiral en su estómago, cambiabas de ritmo.

Nuevamente te miro; la frustración era transmitida por todo su cuerpo, haciéndole temblar las piernas. Resiste maliciosamente mientras sacudes tu cabeza, yendo nuevamente hacia su muslo y mordiendo con fuerza, leyéndolo gritar.

T/N: ¿Qué? Si quieres algo, debes usar tus palabras —dijiste burlonamente—.

Moviste tu boca con una sonrisa burlona sobre la marca morada en el interior del muslo de Geto; todo su cuerpo comenzaba a tomar color por tus acciones anteriores, de rojos a morados, colocados cuidadosamente para que fueran ocultados del resto del mundo por su habitual atuendo que hacía en el piso.

Suguru: Quiero devolverte el favor —mencionó quebrado—.

Sin que tú le dijeras una sola orden, se arrodilló en el suelo ante ti, mirándote con la adoración y lujuria brillando en sus ojos. No lo dudaste y sacaste el strap-on, acomodándolo rápidamente en tu pelvis, agarrando el suave cabello del pelinegro, guiándolo.

Gemidos bajos y ahogados salían del hombre, muy apenas llegando a tus oídos; ojos pegados a su forma, dedos enredados en las rastas negras y sedosas de Suguru. Mirabas con atención sus labios suaves y rojos por el maltrato que le habías dado antes, cómo estos se envolvieron suavemente alrededor de tu correa.

Su cabeza se balanceaba hacia arriba y abajo, lágrimas amenazando con derramarse por el rabillo de sus ojos; todo se veía tan morbosamente inocente. Inhaló con dificultad cuando llegó a la base, llevando sus ojos a los tuyos; sin embargo, entre esa cara de dificultad, hubo un latido inconfundible entre sus piernas.

T/N: Te encanta esto, ¿no es así? —susurraste—.

Moviste tus caderas hacia la boca de Suguru, enterrando nuevamente la correa hasta lo más que su garganta te permite, ahogando a Suguru en el proceso, manos yéndose rápidamente a tus muslos como soporte; de cierta manera, no era físicamente placentero para ti.

Pero había algo sobre ver a Getou así, tan vulnerable, sumiso, que hizo que tus ojos se dilataran como loca, oyendo cómo el budista gimió cuando el dolor entre sus piernas se volvió insoportable. Has estado usando la garganta de Suguru como un fleshlight durante ya un tiempo.

Su cuero cabelludo ardía por tu agarre mortal, el cual obligaba su cabeza a moverse de arriba a abajo; casi se sentía como si su subconsciente estuviera nadando a través de la realidad; sin embargo, le encantaba.

Dios, el hombre sentía que podía correrse sin siquiera ser tocado; la lujuria de Suguru era insaciable, como una bestia voraz con un pozo sin fondo por el estómago…

Estaba mal… Oh, tan mal.

A una edad más temprana, hubiera tratado de dar pelea desde el principio, trataría de reprimir esa parte de él por completo, pero había algunas cosas que no se pueden dejar por debajo de la superficie; en cualquier momento, sus verdaderos deseos saldrán a la luz.

Ninguna cantidad de oraciones, ideales, pláticas, prácticas, sofocaría jamás lo que yacía en su mismo núcleo. Se había resignado desde el momento en que se topó contigo; habías dejado la impresión en él como él lo había hecho en ti y, aun cuando mandó la idea hasta lo más profundo de su mente, terminó aquí.

Entonces, si había follado sentido hacia su conciencia, él te adoraría a ti en su lugar, se pondría de rodillas para estudiar tu figura como las escrituras, porque ahora tú eras la única que podía ayudarlo a alcanzar la divinidad absoluta.

Getou sollozó alrededor de la correa mientras su pene se contraía, tan cerca; la bobina en su estómago estaba imposiblemente tensa, su cuerpo se sentía como si estuviera a punto de desmayarse de placer, pero él no quería venirse de esta manera, necesitaba más, más de ti, más de tu sabor, más de tu calor.

T/N: Aaaw~ ¿Acaso no puedes mamarlo hasta el fondo? —Te burlaste—.

Diste un fuerte tirón al cabello de este, dejando escapar casi un sonido animal. Tan pronto como la correa dejó sus labios, un gemido y un “pop” salieron del menor; el rostro rojo cereza del hombre estaba cubierto de lágrimas, labios brillando de su propia saliva.

Era casi como ver a un animal en celo, con el pecho agitándose mientras jadeaba.

Suguru: Necesito… necesito correrme —jadeo— T/N-san, por favor.

Logró decir entre jadeos la belleza del pelinegro que tenía de frente, Getou ni siquiera se molesta en mantener su cuerpo en alto, completamente inerte en tu agarre. Se podían distinguir casi todos los músculos y venas de los muslos tonificados del budista mientras abría sus piernas como invitación.

Lentamente, tus dedos se desenredan de las rastas alborotadas del hombre; la palma de tu mano acariciaba suavemente la mejilla de Getou, acunando como si estuviera hecho de porcelana fina, inclinándose hacia el cariñoso acto, ojos dilatados como si viera lo más que adoraba en el mundo.

Era casi de otro mundo ver a un hombre de su estatura, alguien que fácilmente podía tomar el control, entregar su alma a ti de este modo.

T/N: Si quieres venirte —sonreíste burlonamente— tendrás que trabajar para ello tú mismo, puta.

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El golpe de piel contra piel recorrió toda la habitación; estabas rodeada del calor que irradiaba del cuerpo de Suguru como una fuente termal, una capa de sudor formándose en el hombre.

Getou lloró mientras empujaba sus caderas hacia atrás. Un ligero dolor onduló a través de él mientras lo asimilaba todo. Su cuerpo se estremeció debajo de ti, amenazando con acelerar el ritmo por el mismo; gemidos de frustración y placer brotaron de la garganta del hombre.

Su cuerpo estaba tan, tan tenso; el pecho subía y bajaba mientras jadeaba; casi se sentía como si el fuego del infierno corriera por sus venas, por los pecados que estaban cometiendo, pero el infierno era absolutamente delicioso.

T/N: Mírate, sonando como una gata en celo —reíste jadeando—. Patético.

Una ligera capa de sudor también espolvorea tu piel, pero no era nada como la brillante piel de Suguru. Optaste por recostarte sobre tus codos, observando con más detalle al impalpable hombre arriba de ti, intentando (y fallando) enviarse a sí mismo al éxtasis.

Era como tu show personal; cada tensión de su músculo, cada gemido y quejido estaba en perfecta exhibición, todo hecho solamente por ti.

Suguru gimió cuando tu correa rozó su punto dulce; crujidos de tu cama contra la pared llenaron la habitación cuando el menor se concentró en ese sentimiento, moviendo sus caderas aún más rápido para venirse. Honestamente, a este punto, la cama se rompería.

Como un ruin, Suguru continuó tomando más y más de ti; aun así, no era suficiente y jamás sería suficiente. No te soltaría por nada en el mundo; desde que era adolescente siempre necesitó más de todos los demás y ahora que lo tenía, no te soltaría.

Lo observaste todo desde abajo, el cuerpo temblando con cada uno de los rebotes que daba el hombre sobre tu regazo, su pene se encontraba palpitando, su cuerpo se retorcía incontrolablemente; el clímax de Getou era inminente y tu mente entró en locura en el pensamiento.

Suguru era tan bonito que mantuvo tu mente como rehén por meses; como la manzana que tentó a Eva, querías hundir tus dientes en el hombre y nunca dejar que se fuera, querías que su cuerpo fuera solo tuyo, para usarlo cuando quieras.

Ambos ciertamente sentían como si hubieran pecado a sus legados; un océano de lujuria y codicia era como tu santuario, ambas almas perdidas en la corriente, como dos almas atormentadas, insaciables, hundiéndose el uno al otro.

Sin siquiera pensarlo, tu mano izquierda se estiró y agarró el cuello de Suguru, presionando solamente lo suficiente para que gimiera de gusto. Lo atrajiste hacia ti, labios siendo atrapados por los tuyos, uno contra el otro en un beso violento, brusco.

Getou casi solloza cuando tus uñas se hundieron en su muslo, justo a punto de romper la piel.

En este ángulo, la punta de tu correa presionaba justo contra su punto más dulce, finalmente derrumbando al hombre sobre ti. Una cadena de gemidos pecaminosos brotó de sus labios hinchados, llevando toda su fuerza a sus caderas, moviéndose a un ritmo desesperado hasta que finalmente la tensión de su abdomen se rompió.

Aun así, no se detuvo; seguía moviéndose insaciablemente mientras su orgasmo lo golpeaba como una roca cayendo al agua con fuerza. Temblores se propagaron a lo largo de todo el cuerpo del hombre; sin embargo, el balanceo de su cadera nunca cesó.

Mente completamente en blanco mientras perseguía un subidón de emociones sin fin, uno que podría llevarlo directamente a las puertas del paraíso que siempre soñó con explorar.

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Suguru se levantó de su pesado sueño, volviendo a la realidad. Su rostro estaba enterrado en la unión entre tu cuello y hombro; el olor a sexo y sudor aún permanecía en el aire, pero el calor que antes le molestaba se había disipado.

Una suave brisa recorrió la espalda desnuda del hombre. Estaba desnudo; se preguntaba a dónde se había ido su uniforme. Un quejido bajo retumbó a través de su pecho mientras escaneaba la habitación, dejando que su memoria recopilara todo. Se había desmayado sobre ti de placer.

Su rostro se volvió completamente rojo al encontrar su conjunto arrojado en el suelo y tu cuerpo desnudo al lado de él. ¿Cómo le explicaría a Manami dónde estaba, cómo había manchado su atuendo de una sustancia “sospechosa”, como si no supiera lo que era?

Pero tal vez ahí era donde él pertenecía. Suguru no era un gran budista de todos modos, era un pecador a sus creencias de ahora en adelante, no sentía culpa y no anhelaba la redención. Miró hacia la ventana donde no llegaba casi nada de luz al cuarto, pensando seriamente en regresar a casa.

Te miro a ti nuevamente y las marcas que podía notar en tu cuerpo, decidiendo que se quedaría hasta la mañana siguiente y mientras se acurrucaba nuevamente al lado de ti, entendiendo que todo lo que quería hasta ahora era el dulce néctar de la fruta prohibida que había dejado en el olvido hace meses.

A ti.

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