Capitulo 1: Estoy Perdiendo
Han pasado un año bajo este horrible estrato imposible de escapar. Suficientes para aceptar que estoy frente a un monstruo que espera que fallezca en ese lugar.
Se alza ante mí, imponente, bajo una mirada de reptil. Su cuerpo escamoso refleja el resplandor de la lava que rodea la cueva; una cola larga, encendida en fuego, golpea el suelo con furia contenida. Sus colmillos, enormes, se iluminan como si bebieran directamente del magma que brota de las entrañas de este estrato.
Este dragón es el gobernante de este lugar. Me ha exigido más de lo que creo posible. Me ha empujado a convertirme en algo violento, en un ser que busca sangre para silenciar el miedo... o quizá la desesperación. Los días no bastan para rescatar a mi amada, que me espera en algún punto de este infierno.
Vuelvo al presente. Respiro con furia. Aprieto el hacha entre mis manos y observo a mis compañeros, que intentan distraerlo. Corren alrededor de la cueva gigantesca, arriesgando la vida solo para darme tiempo. Tiempo para pensar. Tiempo para decidir cómo sobrevivir.
Los ritos de esta criatura siempre han sido claros: los poderosos no se enfrentan a un solo enemigo. Prefieren tres. La prueba final exige sacrificio.
Aurora dispara flechas envenenadas. Se clavan con violencia contra su torso... pero no penetran. Rebotan, inútiles, y caen sobre el suelo de ceniza y piedra volcánica.
Carlos, sin dudarlo, clava su espada en el suelo. El hielo se expande alrededor, congelando la superficie durante unos instantes. Funciona. Pero no es suficiente.
La cola del lagarto golpea el suelo con brutalidad y el impacto nos derriba. Perdemos la postura. Caemos.
Sin haber comprendido aún cómo ganar esta batalla, intentamos retirarnos. Pero el dragón no lo permite. Está furioso. Las amenazas lo han provocado.
Sujeto mi hacha y corro hacia el interior de la cueva, provocándolo. Mi intención es clara: atraerlo a un espacio cerrado, sofocarlo con la falta de oxígeno. Avanzo hacia la oscuridad, hacia una cueva que parece no tener fin.
Lanza bolas de fuego desde su hocico. El calor me envuelve, me quema... pero no entiende mi maldición. No comprende que puedo morir una y otra vez.
Entonces lo veo.
Un nido, no muy lejos. Dragones bebés. Se mueven con torpeza, buscando comida entre los restos.
No tengo elección.
Agarro a uno de ellos por las alas y lo coloco frente a mí, apuntándolo con el hacha.
El dragón me alcanza. Antes de que dispare fuego, le hablo.
—Entrégame la llave de este estrato... —mi voz vacila apenas—. Dame el objeto brillante que guardas en la montaña de huesos. O de lo contrario...
Retrocede. Me observa. Analiza. Busca un punto débil.
—Déjala en la entrada de la cueva.
Intenta negarse, pero mi mirada lo deja claro. No me importa quién esté frente a mí. Puedo arrebatar vidas. Puedo destruirlo todo.
Acepta.
Mientras espero, noto escamas rojas esparcidas por el suelo. Las recojo. Son durísimas, imposibles de romper. Un material desconocido, capaz de soportar un peso inhumano. Las guardo. No desperdicio nada.
El dragón regresa. Cada paso hace temblar la cueva. Deja la llave frente a mí. Me rodea, vigilante. Me alejo hacia la salida.
Aprieto con fuerza mi hacha.
No es la primera vez que me enfrento con este dragón. He fracasado muchas veces contra este obstáculo que no comprende la verdadera realidad de este mundo, aunque no quiero admitirlo, he tardado mucho en intentar asesinar o arrebatr la llave a este monstruo.
—No vuelvas a acercarte a nosotros —digo con frialdad—. O asesinaré a tus crías.
Coloco al bebé en el suelo y me marcho. Mis compañeros me siguen, aún sorprendidos por la forma en que casi nos destruyen... y por cómo sobrevivimos.
Miro mis manos.
—No tengo mucho tiempo —Susurro para mi mismo.
Mis venas se cubren cada vez de un color negro, una piel blanca que em cubre la piel, mientras mi fuerza ha superado mis limitaciones.
Tengo miedo de perderme antes de conseguir rescatar a mi amada esposa.
Cierro los ojos volviendo hacia aquella voz que me ama por quien yo era.
…
En el pasado con Marta, mi esposa. Nuestros días eran felices, siempre compartimos los dos juntos bajo los cánticos de nuestra tribu que a pesar de tanta oscuridad bna los susurros de misteriosos fantasmas en mi cabeza, mi amada siempre me acompañaba en mis días sombrios para sobrevivir.
Ella es todo para mi.
Sin ella quien carajos puedo llegar a ser. La única mujer que me ha mantenido consciente y valiente a pesar de tantas pruebas que ha pasado que nunca tiene un descanso, me siento cada vez más agotado. Cansado de mi futuro, derribado de mi pasado y condenado a un lugar donde jamás pedí reencarnar.
No obstante, mirando de frente. Me encuentro con Marta a mi lado durmiendo.
La abrazo como si su solo contacto conmigo fuera suficiente para superar este lugar donde no existe paz ni tregua.
—Estoy cansado de una vida llena de pelear, sobrevivir y comer. Quiero algo más…
Marta con los ojos entreabiertos, su cabeza se dirige hacia mi para verme de frente.
Me besa en los labios.
—A veces necesitamos esperar. —Me acaricia la cabeza como si fuera un niño pequeño —Quiero cerrar los ojos e imaginar que por un momento. No existan esas criaturas, esos lugares vacíos, y muertes por donde quiera que vamos…
Me mira con esos ojos que cualquier petición que me hiciera fuera lo correcto aun si fuera maligno.
—Tenemos que esperar un poco antes de que nos volvamos salvajes.
—¿Salvajes?
—Los niños confían en sus padres. Y los hijos harían cualquier cosa por ellos…
El silencio nos rodea a los dos.
—Existe un abismo grande entre el amor y la oscuridad.
Ambos nos abrazamos, no sin antes tocar la panza de mi esposa que está embarazada.
Mi hijo crece.
Mi pequeño niño espera que su padre lo rescate.
Mi bebe jamás olvidaría a su padre.
¿Padre?
…
Abro los ojos y vuelvo al presente.
—Tengo que darme prisa por mi hijo.
Con la llave en mano, me dirijo al herrero. El fuego de su fragua parece capaz de derretir el mundo. Le entrego el material.
Lo examina en silencio. Su barba, cargada de años y sabiduría, se mueve apenas cuando golpea la escama con su martillo. Sus ojos se abren.
—¿Qué quieres? ¿Pantalones? ¿Un brazalete? ¿Una pechera?
Lo miro con furia.
—¿Tengo que explicártelo? —gruño—. ¿No ves lo que le falta a la armadura que me hiciste? Está agrietada. Y me costó demasiado.
Sonríe. Una sonrisa cargada de algo oscuro.
—Si me trajeras mejores materiales, no tendría que soportar tu cara...
Levanto el brazo para golpearlo. Aurora y Carlos me detienen.
Aprieto los dientes. Lo soporto. Es el mejor herrero del estrato.
—Quiero una mejora —digo, y me doy la vuelta.
Al alejarme, noto que sigue trabajando sin prestar atención al material que le entrego.
Descendemos por los senderos de piedra.
Paso por paso.
Mientras la inseguridad de mi destino cada vez se cierne sobre mi.
—Compréndelo, Abelardo —dice Carlos—. Es el único que nos ha armado contra estas tribus.
Lo ignoro.
—Lo que hiciste estuvo mal... —Aurora intenta tomarme la mano.
La aparto.
No soporto su actitud. Sabe que estoy comprometido. Y aun así insiste. Carlos quiere controlarme. Aurora quiere que la proteja, que la quiera.
¿En serio puedo querer a Aurora después de lo que ocurrió con Marta?
¿Acaso no entienden? No soy su ideal. No soy su salvador. Yo también he pasado por cosas peores.
Y aun así creen que con palabras pueden salvarme.
Sin responderles, me acerco hacia la anciana que nos ha dado techo y comida para sobrevivir en este lugar. Siempre está acompañada por pequeños reptiles que no parecen verse afectados por los cambios de temperatura. Permanecen cerca de ella, como si la protegieran de cualquier amenaza.
Al entrar en la carpa, lo veo. Al bebé que salvamos. Descansa con torpeza sobre una hamaca improvisada, respirando con calma.
Me dejo caer en el suelo, agotado por todo lo que ha pasado. Carlos y Aurora me observan con confusión.
—¿Qué quieren? —pregunto sin mirarlos.
Carlos vuelve a hablar de gemas y coliseos. No lo escucho.
—¡Estoy cansado!
Intentan acercarse. Rechazo sus manos y salgo de la carpa buscando silencio.
Minutos después, ambos salen para confrontarme.
—No te gusta estar con nosotros... —dice Aurora.
—¡No! —gruño—. Mi vida era más sencilla cuando estaba solo.
El silencio se vuelve espeso.
—La gente empieza a temerte —dice Carlos—. Si esto te supera, quédate. Yo pelearé.
Intenta alejarse. Sin querer, una sonrisa amarga se me escapa.
—Hablas de madurez —digo—, pero tú escapaste de la batalla. No luchaste conmigo hasta el final. Eres —Se da la vuelta y me golpea.
No lo veo venir.
Caigo al suelo. Me sujeta del cuello.
—Yo perdí a mis padres —dice con rabia—. Rescaté humanos. Perdí todo.
—No actúes como mi padre —escupo—. Tú no eres Noctis. Detesto que intentes imponer orden cuando nuestro mundo se está viniendo abajo.
Levanta el puño, pero se detiene.
—Nunca quise reemplazarlo... —respira con dificultad—. Somos compañeros. Hablemos adentro.
La gente sale de las carpas. Nos rodean.
Me ofrece la mano. La observo: pálida, igual que la mía. La sangre de la entidad corre por ambos. Esa condena que compartimos desde que nacimos.
No la tomo. Me levanto solo.
—Renuncio a este equipo.
Aurora intenta acercarse.
—Podemos hablarlo juntos...
—No.
Carlos interrumpe, severo.
—¿Crees que puedes avanzar sin nosotros? —pregunta, mostrando la llave del estrato—. Si quieres demostrar que no te importamos, pelea conmigo. Si ganas, disuelvo el grupo. Si pierdes, te irás de este pueblo.
Llevo la mano a mi hacha.
—A puño. —Dice Carlos.
Acepto.
Luego, abandono mi arma.
Nos acercamos despacio. Su patada golpea mi costilla y me deja sin aire. Me levanto como puedo. Lanzo un golpe al estómago. Lo esquiva. Su puño impacta en mi mentón.
Todo se oscurece. Me ha derribado.
Pero a pesar de ello, no voy a perder. Les demostraré lo suficiente capaz que soy.
Sujeto arena entre mis palmas y lo lanzó contra Carlos.
Sin previo aviso le lanzó una patada justo en su estómago, pero lo esquiva retrocediendo y dándome un puñete en el rostro.
Caigo al suelo.
Es extraño, porque veo a mi padre y a mi madre intentando cruzar el décimo estrato conmigo. Una puerta gigantesca nos separa. Los humanos me sujetan de las piernas, arrastrándome hacia la oscuridad de la que escapé.
No sé cuantas horas pasaron, pero estoy agotado.
El olor a carne asada.
El agua que impacta mi rostro, provoca que despierte.
Levanto mi cabeza.
Estoy de rodillas. Mis armas han sido lanzadas frente a mí. Hakim me observa con dureza mientras me coloco la armadura con dificultad.
Carlos me mira con desprecio.
—Márchate de este pueblo. Esta no es tu casa.
Me doy la vuelta. La gente me observa con miedo.
—Él no es humano...
Eso me rompe por dentro.
Aprieto los dientes, guardo el dolor en la garganta y camino hacia un mundo donde pelear es la única forma de existir.