Luna de Verano - Taken by the Beta (Libro 2)

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Después de años bajo los reflectores, Catalina solo quiere una cosa: sol. playa. silencio. El plan era sencillo: una visita a su hermana gemela en Salou, y antes de eso, una última noche salvaje en Madrid con sus mejores amigas. Pero nunca sucede. Porque Elías, el beta de la manada, la reconoce a través de una sola llamada telefónica como su mate— sin haberla visto nunca. Y mientras Catalina cree que todavía tiene el control, de repente un hombre se planta ante ella cuya mirada promete posesión y cuya voz no deja lugar a la elección.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
VitaMia
Estado:
Completado
Capítulos:
33
Rating
5.0 9 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Elías

Tenía los dedos apretados con fuerza alrededor del volante. Tanto que los nudillos se me habían puesto blancos. Sentía cada movimiento del motor bajo mis pies y la suave vibración de los neumáticos sobre el asfalto. Ese zumbido profundo me recorría el cuerpo como una corriente eléctrica.

La autopista se extendía sin fin frente a mí. A los lados, los campos secos y las colinas pasaban volando. El sol estaba bajo y bañaba todo con una luz cálida que teñía el asfalto de tonos rojos y dorados. El aire vibraba suavemente, como si el propio día se estuviera cansando.

Entonces lo vi.

Un cartel azul a un lado de la carretera.

Madrid. Cincuenta kilómetros.

Lo miré solo un segundo, pero algo en mi interior reaccionó al instante. El corazón me empezó a latir más rápido y con más fuerza. Apreté el volante sin pensarlo. Sentí que todo mi cuerpo se tensaba, como si una brújula interna se hubiera fijado en un destino que ya no podía perder.

Estaba cerca de verla.

Catalina.

Nunca la había tocado ni la había visto en persona. Solo conocía su voz y su risa por teléfono. Tenía esa forma de hablar tan segura, como si el mundo fuera suyo. Conocía sus fotos, pero las imágenes no dicen nada sobre esa sensación en el pecho cuando tu lobo despierta de repente.

Lo supe desde el primer momento.

Fue como si mi sangre hubiera reconocido su frecuencia. Como si mi instinto la hubiera olfateado mucho antes de que mi mente estuviera dispuesta a aceptarlo.

Solo con oír su voz se abrió algo dentro de mí que ya no se podía cerrar.

Pisé el acelerador un poco más a fondo. No era solo impaciencia. Es que tenía que hacerlo.

Todo por lo que escuché ayer. Esa maldita llamada de teléfono.

Sus palabras todavía resonaban en mi cabeza, afiladas e imposibles de olvidar.

«Voy a buscarme a un tipo que esté bien bueno para que me dé toda la noche como a una diosa».

Un gruñido ronco y profundo subió por mi garganta. Sentí a mi lobo interior empujando, ansioso por soltarse.

—Elías, cálmate —dijo Leo a mi lado sin quitar la vista de la carretera. Su voz era firme pero estaba alerta.

Giré la cabeza hacia él y le lancé una mirada asesina. Gruñí de nuevo, esta vez más fuerte.

—La vamos a encontrar. Y no va a andar buscando a otro hombre, hermano.

Él asintió una vez. —Lo sé.

Debería haberme ido ayer, pero todavía estaba atado a la manada. Tenía deberes que no podía delegar así como así. Eran responsabilidades que no podían esperar. Al final, Amaro decidió que era mejor que Leo viniera conmigo. Por seguridad y por el bien de todos.

Resoplé al pensarlo. Seguridad.

Ahora mismo solo quería una cosa.

Catalina.

Y estaba a exactamente cincuenta kilómetros.

Por ahora.

El sonido de un teléfono rompió el silencio del coche. Leo metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó el móvil y respondió.

—¿Luna? —dijo secamente.

—Hola, chicos. ¿Por dónde van? —La voz de Eleonora se escuchaba entre las interferencias. Se notaba alerta, directa y curiosa.

—Estamos a unos cincuenta kilómetros de Madrid —respondió Leo con calma, lanzándome una mirada rápida.

—¿Y Elías? —preguntó ella en voz baja.

Leo tocó la pantalla y puso el altavoz.

No respondí de inmediato. Me quedé mirando la carretera, pero los latidos se me aceleraron al oír su tono.

—Todavía tenemos que hablar de cómo piensas convencer a mi gemela para que se vaya contigo —siguió Eleonora. Su voz sonaba divertida, pero también se notaba algo de preocupación.

Solté un gruñido bajo.

—Eleonora —dije con firmeza—, no voy a convencer a Catalina de nada.

Se hizo el silencio.

Luego se escuchó una risita por el altavoz.

—Claro que no —se rió ella—. ¿Cómo se me ocurre que le vas a pedir permiso a alguien?

Leo sonrió a mi lado y sacudió la cabeza casi sin que se notara.

Yo no cambié el gesto.

—Ella se viene con nosotros —dije con calma—. Lo quiera o no.

—¿En qué club va a estar esta noche con sus amigas? —preguntó Leo, todavía atento a la carretera.

—Estarán en Caliente —respondió Eleonora al instante, con tono juguetón. Su risa cálida inundó el coche.

Hubo un momento de silencio.

Luego añadió, aguantándose la risa: —Catalina llevará una peluca rubia o pelirroja.

Leo se echó a reír enseguida, bajito pero entretenido.

Fruncí el ceño. —¿Qué? ¿Por qué lleva una peluca? —pregunté confundido, mirando a Leo, que seguía sonriendo.

—Mi hermana es modelo en Madrid —explicó Eleonora con naturalidad—. La reconocen en todas partes. La peluca es su mejor opción para que no se le queden mirando como si fuera un cartel publicitario.

Ya sabía que mi compañera era modelo. Era imposible no saberlo, Eleonora lo había mencionado.

Había buscado algunas cosas sobre ella. Nada del otro mundo, solo lo básico. Unas fotos, un par de artículos y una entrevista que dio hace tiempo.

No era por acosarla. Simplemente quería saber quién era ella.

Cómo se veía cuando no hablaba y qué clase de persona podía ser.

Eso era todo.

Pero me bastó para saber que no era una mujer fácil. No era callada ni precavida.

Era ruidosa, directa y orgullosa.

Y tenía muchísima curiosidad por ver qué pasaría cuando estuviéramos frente a frente.

La imagen de Catalina con una peluca rubia o pelirroja, riendo y bailando en un club lleno de gente, se me grabó en la mente. Sentí que el pulso se me disparaba y apreté la mandíbula.

—Va a destacar igual, sin importar el color de pelo —mascullé con rabia.

Leo me miró de reojo. —¿Entonces nada de planes discretos esta noche?

Resoplé. —Se acabó la discreción. Me la voy a llevar antes de que a cualquier idiota se le ocurra siquiera mirarla.

Al otro lado de la línea, Eleonora volvió a reír suavemente. —Bueno, pues mucha suerte a los dos.

La llamada terminó.

Leo sacudió la cabeza con una sonrisa. —Me parece que va a ser una noche muy larga.

No le respondí.

Porque solo tenía un pensamiento en la cabeza.

Catalina.

—Vamos primero a su casa para ver si está, antes de tener que poner el club patas arriba, Elías —dijo Leo con calma mientras vigilaba el tráfico.

Los últimos rayos de sol rozaban el parabrisas y tonos naranjas bailaban por el salpicadero. El cielo se había vuelto de un azul profundo y la noche empezaba a caer. Los coches nos pasaban de largo y sus luces brillaban mientras nos acercábamos a Madrid. Faltaban veinte minutos, quizá menos.

Apreté los labios. Tenía la mandíbula tensa y los ojos clavados en la carretera. Cada kilómetro me parecía eterno.

—Si está en casa —murmuré, más para mí mismo—, nos la llevamos directamente. Sin dramas.

Leo sonrió brevemente. —¿Y si ya está en el club?

Sentí esa chispa familiar encenderse de nuevo dentro de mí. Mi lobo estaba inquieto, ansioso y listo. —Entonces Madrid aprenderá esta noche lo que significa interponerse entre un hombre lobo y su pareja.

Leo soltó una carcajada. —Estás perdido, hermano.

No reaccioné. En cambio, mis pensamientos no paraban de dar vueltas. Casi podía oler las luces del club. Alcohol, sudor, manos de extraños y ruido. Y en medio de todo eso, Catalina. Con pelo falso y fuego de verdad.

El corazón me latía cada vez más rápido.

La imagen en mi mente era demasiado clara, demasiado real. Y muy peligrosa.

—Ella ni siquiera te conoce —dijo Leo después de un rato sin mirarme—. ¿Y si se asusta?

Gruñí bajo y suave. —Lo hará, tarde o temprano. Pero su alma conoce la mía. No voy a forzarla, Leo, pero tampoco voy a esperar a que caiga en los brazos de otro hombre.

Leo me miró de reojo. —¿Y cómo piensas hacer eso exactamente?

Aceleré, adelanté a una furgoneta blanca y cambié de carril.

—Le voy a mostrar quién soy yo y quién es ella. Entonces lo sentirá, igual que yo.

Leo se recostó en el asiento, cruzó los brazos y no dijo nada más. La seriedad de su mirada ya no era de burla, sino de alerta.

Sabía que era peligroso, incluso una locura. Pero no tenía elección. El vínculo estaba ahí, era innegable, y se hacía más fuerte con cada kilómetro.

El tráfico se volvió más pesado. Los faros se reflejaban en el parabrisas y las cadenas de luces se extendían como venas brillantes por las calles. Hacía rato que habíamos dejado atrás las afueras. Madrid ya no era solo un nombre en un cartel. Estaba a nuestro alrededor, ruidosa y enorme.

No solo veía la ciudad, la sentía.

Olía a verano, a cemento, a calor y a vida. Los edificios altos se alzaban a ambos lados, aunque no estábamos en el centro sino en un barrio más tranquilo a las afueras. Se notaba elegante y bien cuidado.

No estaba seguro de si me gustaba.

Leo miró la pantalla. —Cuatro minutos.

No respondí. Me limité a observar.

El vecindario era moderno pero acogedor. Había árboles por toda la calle y jardines cuidados tras muros bajos. Hasta el asfalto parecía nuevo. Los edificios eran elegantes, sin bloques de hormigón ni balcones estrechos. Era un lugar donde la gente vivía segura y con dinero.

Giré en una calle lateral, pasé junto a un pequeño parque con flores y entonces apareció un complejo residencial. Tres pisos, paredes blancas, grandes ventanales y balcones de cristal esmerilado.

Aparqué justo delante del edificio y apagué el motor.

Leo abrió su puerta al mismo tiempo que yo. El aire fuera era cálido y estaba en calma. Solo se oía el zumbido lejano de la ciudad como ruido de fondo.

Nuestros pasos sonaban sordos en la acera mientras caminábamos hacia la entrada. Antes de llegar, algo se movió.

Un hombre salió de entre las sombras junto a la puerta. Tenía hombros anchos, uniforme oscuro y una radio en el cinturón. Nos miró de inmediato, tranquilo pero muy atento.

Cruzó los brazos sobre el pecho. —Buenas noches.

Iba a hablar, pero Leo se me adelantó. Con calma y control, usó ese tono de dominio natural que lo hacía parecer alguien importante.

—Buscamos a Catalina.

El guarda parpadeó y entrecerró los ojos. No dijo nada durante un momento. Entonces Leo levantó la barbilla y lo miró fijamente.

El tono del hombre cambió. —Vinieron a buscarla hace como una hora.

Sentí que todo se me tensaba por dentro.

—¿Quién? —pregunté más brusco de lo que quería.

El hombre no apartó la vista, pero noté que cambiaba de postura. Había un toque de cautela en él, quizá incluso de respeto.

—Dos mujeres. Muy llamativas. Una rubia y la otra pelirroja. Iban riendo, parecía que salían de fiesta.

Apreté los puños. La imagen se formó en mi mente al instante. Catalina en algún lugar de esta ciudad, sonriendo y riendo en un club lleno de desconocidos. Sin saber que yo ya estaba aquí.

Leo dio un paso atrás y me miró. —¿Caliente?

Asentí.

No hicieron falta más palabras ni hubo dudas.

Dimos media vuelta, volvimos al coche y nos subimos. Ni siquiera me había abrochado el cinturón cuando el motor ya estaba rugiendo.

Leo se recostó en su asiento. —Tenía la sensación de que esperabas encontrarla aquí.

No dije nada.

Porque en el fondo, eso era exactamente lo que quería. Esperaba que me abriera la puerta, mirarla a los ojos y llevármela antes de que todo se complicara.

Pero el destino tenía otros planes.

Y ella estaba ahí fuera, en la noche, en una ciudad llena de posibilidades.

Ahora solo quedaba una.

Yo.