𝘾𝙖𝙢𝙞𝙨𝙖 𝙖 𝙟𝙪𝙚𝙜𝙤 ┆𝙂𝙞𝙩𝙖𝙚 𝙭 𝙂𝙤𝙤┆𝑳𝒐𝒐𝒌𝒊𝒔𝒎

Sinopsis

Goo tiene una particularidad un tanto extraña. Le gusta tomar prestadas —como él dice— prendas de vestir o accesorios. No importa si es una camisa o unos lentes de sol; si le gusta y lo quiere, lo obtiene. Para algunos es más que extraño, y en más de una ocasión lo ha metido en problemas. Y le divierte. Lo que comienza como una simple provocación en un café pronto se convierte en un juego de poder donde cada gesto significa territorio y cada silencio pesa más que las palabras. Decidido a probar que puede tomar lo que desea, Goo imita, desafía y cruza límites que no entiende del todo. Pero Gitae no es un hombre que compita por lo que le pertenece. Cuando finalmente se encuentran a solas, queda claro que no se trata de una prenda ni de orgullo. Se trata de quién cede. Y quién decide. ∘₊✧──────✧₊∘ セックスだけ 𝑬𝒔𝒕𝒆 𝒕𝒓𝒂𝒃𝒂𝒋𝒐 𝒄𝒐𝒏𝒕𝒊𝒆𝒏𝒆 𝒅𝒊𝒇𝒆𝒓𝒆𝒏𝒕𝒆𝒔 𝒉𝒊𝒔𝒕𝒐𝒓𝒊𝒂𝒔 𝒄𝒐𝒓𝒕𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒅𝒊𝒇𝒆𝒓𝒆𝒏𝒕𝒆𝒔 𝒔𝒉𝒊𝒑𝒑𝒔 𝒅𝒆 𝑮𝒐𝒐 𝑲𝒊𝒎. 𝑳𝒂 𝒎𝒂𝒚𝒐𝒓𝒊́𝒂 𝒄𝒖𝒆𝒏𝒕𝒂 𝒄𝒐𝒏 𝒄𝒐𝒏𝒕𝒆𝒏𝒊𝒅𝒐 𝒉𝒐𝒎𝒐𝒆𝒓𝒐́𝒕𝒊𝒄𝒐, 𝒆𝒔𝒄𝒆𝒏𝒂𝒔 𝒆𝒙𝒑𝒍𝒊́𝒄𝒊𝒕𝒂𝒔 𝒆𝒏𝒕𝒓𝒆 𝒉𝒐𝒎𝒃𝒓𝒆𝒔. ──────⊹⊱✫⊰⊹────── 𝑈𝑠𝑢𝑎𝑟𝑖𝑜 𝑑𝑒: ᴡᴀᴛᴛᴘᴀᴛ: Markgun ᴀᴏ3: Itzy_zmm133 ɪɴᴋɪᴛᴛ: Jinrang13 ɪɴksᴘɪʀEᴅ: Markitzy33 𝑪𝒂𝒅𝒂 𝒉𝒊𝒔𝒕𝒐𝒓𝒊𝒂 𝒔𝒆 𝒑𝒖𝒃𝒍𝒊𝒄𝒂 𝒊𝒏𝒅𝒊𝒗𝒊𝒅𝒖𝒂𝒍 𝒆𝒏 𝒕𝒐𝒅𝒂𝒔 𝒍𝒂𝒔 𝒑𝒍𝒂𝒕𝒂𝒇𝒐𝒓𝒎𝒂𝒔, 𝒆𝒙𝒄𝒆𝒑𝒕𝒐 𝑾𝒂𝒕𝒕𝒑𝒂𝒕

Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

𝕮𝖆𝖕í𝖙𝖚𝖑𝖔 Ú𝖓𝖎𝖈𝖔


Goo tiene una particularidad un tanto extraña.

Le gusta tomar prestadas —como él decía— prendas de vestir o accesorios. No importaba si era una camisa o unos lentes de sol; si le gustaba y lo quería, lo obtenía. Para algunos era más que extraño, y en más de una ocasión lo había metido en problemas.

Y le divertía.

Le gustaba provocar reacciones. Utilizando su naturaleza coqueta, bastaban unas cuantas miradas sostenidas o risitas “inocentes” para salirse con la suya.

Disfrutaba las sonrisas nerviosas, los toqueteos sutiles que quedaban en sus brazos, y los más atrevidos que se acercaban demasiado a su espacio personal.

Era divertido. La mayoría de las veces.Las ocasiones en que sus tácticas no funcionaban se debían a un tonto aburrido: su ex compañero de trabajo. Lo golpeaba por tocar sus cosas, y por supuesto, Goo devolvía los puñetazos hasta terminar destruyendo el departamento. Y aun así, nunca dejó ese hábito de tomar lo que no le pertenecía.

Y parece que nunca va a cambiar.

Aunque ahora... quiere cambiar un poco las reglas de su propio juego.

Hace unos días fue a conocer al que, al parecer, será su nuevo socio. La primera impresión de Gitae hacia Goo fue simple: aterrador.

No solo por su impresionante altura, sino por esa expresión impenetrable y esa voz grave que parecía vibrar directo en la columna. A Goo le recorrió un torrente de adrenalina al escucharlo.

Justo como su tipo.

Pero lo que más llamó su atención fue algo más simple.

Una camisa roja, rayada. Hermosa. Vieja. Ajustada sobre un cuerpo demasiado firme.

Le gustó tanto que su único pensamiento fue uno. Ponérsela.

Y hará lo que sea para que eso suceda.Pero primero necesita conocerlo. Convivir más con él. Entrar en su espacio.

Así que, utilizando la excusa de hablar sobre trabajo, lo invita a un café. Al principio el ambiente es incómodo, tenso. Llevaban allí veinte minutos y Goo no había dicho nada relevante sobre el que mereciera la atención de Gitae, es entonces que el hombre más alto toma la iniciativa de negociar.

Era exactamente como lo había imaginado Goo, e incluso peor. Se veía más grande sentado, con los hombros y ese pecho grande llenaban la camisa de manera casi ofensiva, Y esa camisa...roja rayada, tan apretada en sus músculos definidos... Goo sintió el impulso de estirar la mano y acariciar la tela, pasar sus dedos por el cuello de la tela, sentir el calor de Gitae a través de ella.

—Entonces, ¿la propuesta no te interesa? — La voz de Gitae era baja, pero segura. Era un tono que sacudió a Goo de sus ensoñaciones.

Aparentando que puso atención a la conversación, sonrió socarronamente, el tipo de sonrisa que desarmaba a la mayoría.

—La propuesta es interesante. Pero tú y esa prenda... —Señaló con su cuchara su apariencia, se inclinó sobre la mesa, bajando la voz a un murmullo conspirador. Sus ojos se clavaron en su pecho, en la camisa más bien. —son más interesantes. El rojo te queda.

Gitae frunció el ceño, su postura se tenso. No le estaba gustando la dirección de la conversación. Y antes que pudiera decir algo, Goo lo interrumpe.

—¿Te molestaría si consigo una parecida?

Silencio.

La mirada de Gitae se endureció. Un aviso silencioso que dejaba en claro que si seguía hablando, lo acabaría. Goo satisfecho con la acción, sonrió encantado. El miedo era otra forma de excitación.

—Me encantaría tener esa camisa puesta —dijo Goo, de golpe, rompiendo más su profesionalismo. —Solo un ratito, se ve cómoda.

Hubo una pausa. Gitae no dijo nada, pero sus ojos se oscurecieron. No era de ira, era de una curiosidad genuina. Lo evaluó de arriba abajo, lento, sopesando el advenimiento. La audacia.

Y entonces, las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente hacia arriba. Casi imperceptible, pero Goo no se perdió del gesto, Era como la risa de un depredador encontrando a su presa, una audaz como el.

—Me gustaría verte intentándolo —dijo Gitae, y su voz se atenuó. —Y dime por qué crees que la consiguieras.

El silencio que siguió fue denso. No era el mismo silencio incómodo de antes. Era eléctrico.

Gitae no se movía, pero su presencia parecía expandirse, ocupando todo el espacio entre ellos. Goo sintió un escalofrío recorrerle la espalda, una mezcla de anticipación y una excitación que le erizaba la piel.

Goo sonrió sin apartar la mirada. Se recostó en su silla, adoptando una pose que pretendía ser relajada, aunque en el fondo era un desafío.

Su sonrisa se volvió más amplia. Más pícara.

—¿Eso es un reto? —ladeó apenas la cabeza—. Bien. Conseguiré una parecida... y después...

Hizo una pausa deliberada, saboreando lo que estaba por decir.

—Después obtendré la tuya.

Gitae levantó una ceja. Un gesto mínimo, cargado de una arrogancia tranquila.

Se inclinó ligeramente hacia adelante y, de pronto la mesa pareció encogerse. La distancia entre ellos se volvió peligrosamente pequeña.

—Eres muy seguro —murmuró Gitae, observándolo con una calma que no prometía nada bueno.

Goo sostuvo la mirada. Se negaba a retroceder.

—Siempre consigo lo que quiero.

Gitae no sonrió.

Tomó su billetera con movimientos precisos, dejó el dinero sobre la mesa sin siquiera mirar cuánto era y se puso de pie con la misma serenidad con la que había manejado toda la conversación.

Goo lo siguió con la vista.

Gitae dio un paso hacia él.

Luego otro.

Se inclinó lo justo para invadir su espacio sin tocarlo directamente. Su sombra cayó sobre Goo como una advertencia elegante.

—Tómalo como quieras —dijo en un tono bajo, firme—. Pero te lo advierto...

Su mano se alzó con lentitud.

El pulgar rozó la comisura de los labios de Goo, limpiando una pequeña mancha de glaseado que él ni siquiera había notado.

El gesto fue lento. Su dedo permaneció allí un segundo más de lo necesario.

—No tomarás lo que es mío.

El pulgar descendió apenas, rozando el labio inferior antes de apartarse. Goo sintió cómo el aire se quedaba atrapado en su pecho.

Y entonces, dijo más bajo todavía:

—Ven a buscarme la próxima vez... si crees poder intentarlo.

Y sin mirar atrás. Se marchó.

Dejando a Goo sentado, con el pulso acelerado, la piel ardiendo donde había sido tocado y una sensación nueva, incómoda y deliciosa instalándose bajo sus costillas.

No era solo anticipación.

Era hambre.

Goo se llevó dos dedos en sus labios sin pensar, como si todavía el calor de los dedos de Gitae siguiera ahí. Presiono ligeramente donde el pulgar de Gitae estaba.

Sonrió.

—No tomarás lo que es mío.






Repitió la frase en voz baja.

Durante los días siguientes, intentó convencerse de que no le importaba tanto. Trabajó. Salió. Coqueteó con normalidad.

Pero cada vez que veía algo rojo... recordaba la presión firme sobre su boca.

Cada vez que alguien invadía su espacio... no era suficiente.

Nada lo era.

Hasta que entró en una tienda.

No buscaba nada en particular.

O eso quiso creer.

Recorrió los estantes con distracción, deslizando la mano entre telas hasta que se detuvo.

Negra con rayas finas.

El corte era parecido. La caída, elegante. Más sobria. Justo lo que estaba buscando.

La miro con detenimiento, no era roja, pero se veía bien y se imaginó usándola, entonces entro al probador sin pensar demasiado.

Cuando se la puso, el cambio fue inmediato.

El negro apagaba la chispa evidente que siempre llevaba encima. Lo hacía ver más serio. Más calculador.

Más cercano a él.

Se miró en el espejo.

Alisó la tela sobre su pecho.

Giró ligeramente para ver cómo se ajustaba a sus hombros. Y por un instante, imaginó la mirada de Gitae descendiendo por las rayas oscuras.

Evaluando. Midiendo. Aprobando.

Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. Salió del probador y la compró sin dudar.

Esa misma noche necesitaban reunirse para completar los términos para la siguiente misión en Busan.

Al menos, esa era la excusa.

Goo llevaba horas mirando el reloj con impaciencia mal disimulada, ahí recargado sobre el capo de su auto recordaba el pulgar en su labio, el cosquilleo y la advertencia.

El “ven a buscarme”.

Y, como si fueran palabras mágicas, de pronto, esperar hasta la reunión le pareció ridículo.

Tomó su teléfono.

—Necesito la dirección del lugar donde se está quedando Gitae.

Del otro lado hubo silencio.

—¿Para qué?

Goo sonrió.

—Trabajo.

Colgó antes de dar explicaciones.

Cinco minutos después tenía la ubicación.

Y una decisión tomada. Una la cual estaba seguro, nunca se arrepentiría.

-------

Goo toca la puerta gris oscuro del departamento de Gitae, con una bolsa de papel en su brazo, no había duda ni daría vuelta atrás.

La puerta se abre y Gitae no se ve sorprendido.

Gitae se recuesta contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados. Su expresión es de evaluación pura, como si estuviera a punto de presenciar un experimento fascinante.

—Sabía que vendrías.

No pregunta como consiguió su dirección, tampoco parecía enojado.

Eso lo desconcierta, pero no dice nada al respecto tampoco, así que sonríe.

—¿Eso significa que me estabas esperando?

Gitae se hace a un lado.

—Entra.

Goo pasa a lado de el en un rose que parecía casi íntimo, respira profundamente, con discreción.

Puede sentir la figura de Gitae detrás de él, evaluándolo. Voltea a mirarlo lo más tranquilo.

—Pensé que deberíamos hablar de la misión... más cómodamente.

Gitae se acerca.

Sin prisa.

Su mirada baja hacia la bolsa en su antebrazo.

Se detiene frente a él.

—Viniste por eso.

No era una pregunta, era una afirmación. Y cuando estira la mano para tocar la bolsa...

—Cruzas límites con facilidad.

Hizo una pausa, bajando la mano y mira directamente sus ojos.

—Muéstramela. —dice, su voz en un mormullo bajo que retumba en el pecho de Goo

Goo tiembla mientras sonríe, la expectativa le recorre el cuerpo. Saca la camisa, desenvolviéndola despacio. La sostiene frente a él.

—¿Qué te parece? Creí que te gustaría la simetría.

Puede sentir el calor que emana de Gitae al tenerlo tan cerca. Con un movimiento suave, se quita la camisa que lleva puesta, dejando su torso al descubierto. La piel se le eriza bajo la mirada fija y sin parpadear de Gitae.

Lentamente se pone la camisa negra. El tejido nuevo se siente suave en su piel. Se la abrocha con calma, cada botón un pequeño desafío.

Cuando el último botón está abrochado, Goo alza la vista.

Goo alisa la prenda con sus manos, lento, dando un pequeño espectáculo.

Gitae no dice nada todavía. Su respiración se ha vuelto más profunda. Da un paso adelante, invadiendo el espacio personal de Goo, y levanta una mano, arrugando la tela apenas.

Lo acerca más a su cara, y lo hace retroceder contra la pared, se inclina y dice cerca de sus labios:

—Te lo advertí.

Goo siente la pared fría contra su espalda y el calor del cuerpo de Gitae demasiado cerca hicieron un contraste existo para su mente abrumada para este punto.

Traga saliva pesadamente.

—¿Advertirme de qué? —murmura, intentando recuperar el control de su lengua.

Pero su voz lo delata, ya no es tan ligera como antes. Gitae no responde de inmediato. Sus dedos siguen cerrados sobre la tela negra.

La examina como si evaluara la calidad de algo que podría servir... o no.

—De que no tomarás lo mío.

Presiona un poco más la tela sin hacerle daño, solo dejando en claro quién sostiene a quien.

Goo sonríe, respirando más lento de lo normal.

—Aún no la tomo.

Gitae lo nota.

Su mirada baja un instante hacia la camisa.

Luego vuelve a sus ojos.

Oscura.

Calculadora.

—Viniste a mi espacio. —su voz baja otro tono—. Usando algo que imita lo mío. Su pulgar se desliza por la línea de los botones. Lento.

Sin prisa.

—Y aún crees que controlas esto.

Ahí es donde Goo empieza a perder terreno. Porque quiere responder, pero no sabe qué.

Quiere burlarse.

Pero el calor que le sube por el cuello no lo deja.

Gitae se inclina un poco más.

Su aliento apenas roza su boca.

—No eres tú quien decide cuándo probarla. Sino yo.

Y entonces lo suelta.

Pero no se aparta.

La retirada mínima es más devastadora que cualquier empujón.

Goo traga saliva. No aparta la mirada.

Eso ya es una decisión.

Su respiración todavía está desacompasada, pero fuerza una sonrisa.

—¿Ah, sí? —murmura—. Entonces demuéstralo.

Ahí está.

Gitae no responde con palabras.

Su mirada cambia apenas. Su mano vuelve a la camisa negra, esta vez sin arrugarla. La alisa. Desciende lentamente por la línea de los botones como si evaluara la costura.

—Te gusta que te reten —dice con calma. Sus dedos se detienen a mitad del torso.— Pero no sabes cuándo dejar de hablar.

Goo abre la boca para responder. Gitae lo calla acercándose más.

No lo besa, al menos no todavía.

Solo invade cada centímetro de aire entre ellos.

—Viniste hasta aquí —continúa, voz baja, controlada—. Entraste sin permiso real. Te desnudaste frente a mí. Su pulgar roza el borde del último botón.— Y sigues fingiendo que esto es un juego.

Silencio.

Goo no responde esta vez.

Y eso lo cambia todo.

Su mano sube hasta el cuello de la camisa negra. Desabrocha el primer botón con lentitud deliberada.

Uno.

No mira lo que hace, lo mira a él.

Segundo botón.

—Si quieres probar la mía... —su voz es apenas un murmullo firme— primero tienes que entender lo que implica.

Tercer botón.

Goo ya no sonríe.

Su pecho sube y baja más lento.

—¿Y qué implica? —pregunta, esta vez sin burla.

Gitae se inclina. Su frente casi roza la suya.

—Que no eres tú quien toma. —su mano desciende otra vez, firme. —Eres tú quien espera.

Gitae entonces suelta la camisa negra, dando un paso atrás.

Goo siente el vacío inmediato.

Y lo odia. Porque quiere que vuelva a tocarlo. Quiere que continúe.

Pero no lo dice.

No puede.

Y Gitae lo sabe.

—Terminala de desabrochar. —ordenó con suavidad.

Goo no se movió. La orden de Gitae colgó en el aire entre ellos, más poderosa que cualquier grito. Sus dedos temblaban ligeramente cuando se acercaron al cuarto botón. La obediencia no era su naturaleza, pero en este momento, desobedecer no se sentía como una opción, sino como la pérdida de algo que anhelaba sin saberlo.

Con movimientos lentos, casi reverenciales, desabrochó el resto de los botones. La camisa negra se abrió, revelando su torso pálido y la piel erizada por la anticipación. No la quitó. Simplemente se quedó ahí, con la prenda abierta, ofreciéndose a la mirada fija de Gitae.

Gitae dio un paso hacia él, y esta vez no se detuvo. Pasó a su lado, tan cerca que su hombro rozó el de Goo, y habló junto a su oído, su voz un murmullo grave y caliente.

—Sígueme.

No tomó su mano. Caminó hacia el pasillo, seguro de que Goo lo seguiría. Y lo hizo.

El dormitorio era igual que el resto del apartamento: minimalista, oscuro, dominado por una cama grande con ropa de color carbón. Gitae se detuvo junto a la cama y se giró para mirarlo. La luz de la ciudad entraba por la ventana, dibujando siluetas duras en su rostro.

—Acércate.

Goo obedeció, deteniéndose justo frente a él. Gitae levantó sus manos, pero no fue para quitarle la camisa. Sus dedos se deslizaron por los hombros de Goo, empujando suavemente la tela negra para que se deslizara por sus brazos y quedará colgando de su espalda, atrapada por sus codos. Dejó su torso completamente expuesto.

—Quédate así —ordenó Gitae.

Sus manos descendieron entonces, con una lentitud tortuosa, hasta la cintura de Goo. Desabrochó el botón de sus pantalones y la cremallera bajó con un sonido sordo que pareció resonar en toda la habitación. Gitae se sentó sobre la cama frente a él, y el gesto fue tan inesperado y poderoso que a Goo le faltó el aire.

Con movimientos precisos, Gitae se quitó los zapatos y los pantalones, dejándolo en ropa interior. La diferencia de altura era ahora abrumadora. Incluso sentado, Gitae , aún podía dominarlo con solo su presencia.

—Mírame —dijo Gitae.

Goo bajó la vista y encontró los ojos de Gitae fijos en los suyos, oscuros y llenos de una posesión que no necesitaba palabras. Gitae pasó sus manos por los muslos de Goo, subiendo lentamente hasta la banda elástica de su boxer. Se la bajó con la misma calma, liberando su miembro ya erecto.

Goo sintió una oleada de vergüenza y excitación. Estaba desnudo de cintura para abajo, con la camisa negra colgando inútilmente de sus brazos, completamente expuesto y vulnerable frente al hombre arrodillado a sus pies.

Gitae no lo tocó allí. En su lugar, se levantó con una fluidez felina. Lo tomó de los hombros y lo inclinó sobre el colchón, dejándolo expuesto ante su mirada hambrienta.

La respiración de Goo se aceleró un poco, era un poco humillante estar inclinado. Dejando su parte privada ser expuesta, pero la excitación en su cuerpo se elevo mas.

Era lo que quería, por eso estaba ahí.

Sintió los dedos de Gitae recorriendo su entrada, lento, tan lento que lo hizo arquear la espalda.

Gitae tomó la camisa negra que colgaba de los brazos de Goo y, con un movimiento rápido y experto, la tiró de sus hombros. Goo pensó que por fin la quitaría, pero Gitae tenía otros planes.

—Pon tus manos sobre la cama y abre las piernas —ordenó.

Confundido pero acata la bediente, Goo hizo lo que le pidió, acomodándose.

—Gitae... —susurró Goo, su voz ya no tenía ni una pizca de su arrogancia habitual.

—Cállate —replicó Gitae, y el tono fue final.

Y dejando una mano sobre su espalda para que no se moviera.

Gitae se quedó de pie, mirándolo por un largo momento, despojándose de su propia camisa roja y arrojándola a una silla. Su torso era una obra de arte de músculos bajo la tenue luz.

Se tendió sobre Goo desde atrás, cubriéndolo con su peso, apoyándose en los antebrazos a cada lado de su cuerpo. El calor de su piel contra la de Goo fue un shock eléctrico.

—Ahora sí —murmuró Gitae , levantando su cuello hacia arriba para verlo un poco mejor — Ahora vamos a probar de verdad.

Y entonces, lo besó. No fue un beso tierno. Fue un acto de reclamación. Sus labios se cerraron sobre los de Goo con fuerza, su lengua invadió su boca sin pedir permiso, explorando, dominando. Goo devolvió el beso con la misma ferocidad, mordiendo el labio inferior de Gitae, ganando un gruñido bajo de aprobación.

Una de las manos de Gitae descendió por su pecho, pasando por sus pezones, que se endurecieron al instante bajo su toque. Siguió bajando, por su abdomen, hasta rodear su miembro. La presión fue firme, seca, perfecta. Goo arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta.

—¿Así? —preguntó Gitae, su voz un ronroneo sádico mientras su mano comenzaba a moverse arriba y abajo con un ritmo lento y tortuoso—. ¿Es esto lo que querías?

Goo solo podía gemir, empujando sus caderas hacia arriba, buscando más fricción, más velocidad. Pero Gitae mantuvo el ritmo lento, disfrutando de cada momento de su desesperación.

—No. Aún no —dijo Gitae, y soltó su miembro.

Se apartó lo suficiente para abrir el cajón de la mesita de noche. Sacó un small bottle de lubricante y un condón. Goo lo observó con la respiración entrecortada, el corazón martilleándole en el pecho. Esto era real. Estaba sucediendo.

Gitae se preparó con una eficiencia que no dejaba lugar a dudas. Se colocó entre las piernas de Goo, que se abrieron para él de manera instintiva. Levantó las más las caderas de Goo. La posición lo dejó aún más expuesto, más vulnerable.

Sus dedos, fríos y lubricados, encontraron su entrada. Goo inspiró bruscamente. Gitae no esperó. Introdujo un dedo, lentamente, permitiéndole sentir cada centímetro de la penetración. Luego un segundo. El estiramiento era una mezcla de dolor y placer tan intenso que hizo que los ojos de Goo se cerraran con fuerza.

—Ábrelos —ordenó Gitae—. Mírame mientras te preparo.

Goo los abrió, y la mirada que encontró fue casi su derrota final. Gitae lo estaba observando con una concentración absoluta, como si Goo fuera el único que existía en el mundo. Se movió dentro de él, abriendo sus dedos, estirándolo, preparándolo.

Cuando Gitae retiró sus dedos, Goo sintió un vacío que gritaba por ser llenado. Gitae entonces lo voltea, para ver sus reacciones mejor. Recorre con sus manos todo su cuerpo aun vestido por la camisa abierta.

Su cara era una de obra de arte llorosa, sus mejillas sonrojadas y su boca jadeante lo desarmó por completo.

Gitae se posicionó, la punta de su miembro lubricado presionando contra su entrada.

—Última advertencia —dijo Gitae, su voz tensa por el esfuerzo de contenerse—. Si te quedas con mi camisa, te quedas conmigo.

Y sin más, se hundió dentro de él en una sola embestida lenta y profunda.

Goo gritó. No fue de dolor, sino de pura sobrecarga. La sensación de ser llenado por completo lo dejó sin aliento, con los ojos vidriosos y la boca abierta en un gemido ahogado. Gitae no se movió por un momento, permitiéndole sentir cada pulgada de su miembro pulsando dentro de él, caliente y rígido.

—¿Sientes eso? —murmuró Gitae junto a su oído, su voz áspera por el deseo—. Es lo que pasa cuando tomas lo que no te pertenece.

Sus manos descendieron por los costados de Goo, aferrándose a sus caderas con una fuerza que dejaría marcas. Con un movimiento lento, casi cruel, comenzó a retirarse, dejando que Goo sintiera cada centímetro de la pérdida antes de volver a hundirse con más fuerza esta vez. El golpe hizo que el colchón crujiera y que un gemido gutural escapara de la garganta de Goo.

—Gitae... —susurró, con los ojos cerrados, las manos agarrando las sábanas hasta dejar sus nudillos blancos—. Más rápido.

Gitae río bajo, un sonido vibrante que se transmitió directamente al cuerpo de Goo a través de su pecho pegado a su espalda.

—Tú no decides el ritmo —dijo, y demostró su punto con una serie de embestidas lentas pero profundas, cada una golpeando ese punto dentro de Goo que hacía que arqueara la espalda y que sus piernas temblaran incontrolablemente.

Una de las manos de Gitae subió por la espalda de Goo, hasta la nuca, donde sus dedos se enredaron en su cabello sudado. Tiró suavemente, forzando a Goo a estirar y exponer su cuello.

Gitae se inclinó y mordió la piel sensible donde el cuello se encuentra con el hombro, no demasiado fuerte como para romper la piel, pero suficiente para dejar una marca oscura que sería visible mañana. Goo gritó, esta vez con una mezcla de dolor y placer puro que lo hizo estremecerse.

—Eso... eso es —jadeó Goo, empujando hacia atrás para encontrar cada embestida—. Así.

Gitae aceleró el ritmo, sus caderas moviéndose ahora con una fuerza deliberada que hacía que las rodillas de Goo se resbalaran apenas sobre el colchón. Su mano libre descendió hasta rodear el miembro de Goo, que estaba tan erecto que goteaba preseminal sobre las sábanas oscuras.

Comenzó a moverlo al mismo ritmo que sus embestidas, apretando con cada golpe hacia adentro. La doble estimulación fue demasiado para Goo, que sintió un calor familiar acumulándose en la base de su columna.

—Gitae... voy a... —no pudo terminar la frase, interrumpida por un gemido cuando Gitae apretó más fuerte y se inclinó para lamer la marca que había dejado en su cuello.

—Entonces hazlo —ordenó Gitae, su voz tensa por el esfuerzo pero llena de un poder que hizo que Goo se rindiera completamente—. Ven por mí. Ahora.

Y Goo obedeció. Con un grito ahogado, su cuerpo se tensó mientras el orgasmo lo recorría en olas intensas, liberándose sobre la mano de Gitae y las sábanas. El contracción de sus músculos internos llevó a Gitae al borde, y con una última embestida profunda, se vació dentro de él con un gruñido bajo y prolongado.

Se quedaron así por un momento, Gitae todavía dentro de Goo, ambos sudados y jadeando en el silencio de la habitación. Gitae fue el primero en moverse, besando suavemente la nuca de Goo antes de retirarse con cuidado.

Goo se desplomó sobre el colchón, completamente satisfecho y exhausto.

Gitae no le permitió descansar. Antes de que Goo recuperara completamente el aliento, lo giró sobre la espalda con una fuerza que le robó el aire. La camisa negra, que aún colgaba de sus brazos, se enredó momentáneamente antes de que Gitae la tomara por los bordes.

—Levanta los brazos —ordenó, su voz un murmullo grave que vibró en el pecho de Goo.

Goo obedeció, y Gitae deslizó la prenda por encima de su cabeza, pero no la quitó por completo. En su lugar, la dejó caer sobre el torso de Goo, cubriéndole las manos en un nudo improvisado. La tela oscura empapada en sudor.

—Así —murmuró Gitae—. Ahora solo puedes sentir.

La camisa negra se convirtió en una barrera y un puente a la vez.

Gitae se posicionó entre sus piernas, elevando sus caderas con manos firmes. Esta vez, no hubo preparación lenta. Se hundió dentro de Goo en una sola embestida profunda que hizo que arqueara la espalda y gritó hacia el cielo.

Cada golpe era más profundo que el anterior, un ritmo implacable que sacudía todo su cuerpo. Gitae tomó sus piernas y las envolvió alrededor de su cintura, cambiando el ángulo de penetración hasta que encontró ese punto que hizo que las lágrimas se recorrieran sus mejillas sonrosadas.

—Gitae... —gimió, sus manos buscando desesperadamente algo que agarrar, gruño al no poder desatar rápido sus manos de la camisa enredada.

—Sí —gruñó Gitae, acelerando el ritmo, cada embestida más forceful que la anterior—. Tómalo todo.

Una de las manos de Gitae descendió entre sus cuerpos, rodeando el miembro erecto de Goo con una presión firme. Comenzó a moverlo al mismo ritmo que sus embestidas, una doble estimulación que llevó a Goo al borde casi instantáneamente.

—No... no puedo... —jadeó Goo, con el cuerpo tenso como un arco a punto de romperse.

—Ven —ordenó Gitae, y su voz fue lo que finalmente lo deshizo.

Con un grito ahogado, Goo se liberó, su esperma caliente salpicando no solo su propio abdomen sino también la tela negra que aún cubría parte de su pecho. El contraste del blanco sobre el negro era visualmente impactante, un testimonio tangible de su rendición.

Gitae continuó moviéndose dentro de él por varios momentos más, prolongando el placer de Goo hasta que él mismo alcanzó su clímax con un gruñido profundo, vaciándose dentro de él con una fuerza que hizo temblar todo su cuerpo.

Se quedaron así por un largo momento, con Gitae todavía dentro de Goo, ambos jadeando en el silencio de la habitación. Finalmente, Gitae se retiró con cuidado y se acostó a su lado.

Goo se llevó las manos a la camisa negra, que ahora estaba manchada con su propia esencia. La retiró lentamente de su torso, volteo a verlo. Revelando sus ojos vidriosos y sus mejillas sonrosadas.

Gitae observó la mancha blanca sobre la tela negra con una expresión de satisfacción pura.

—Quedo mejor —dijo, casi bromeando.

Goo bufo, dándole la espalda para cubrir su vergüenza.

—Oh cállate.

Sentía su cara caliente, no solo por la actividad anterior, sino por la vergüenza satisfactoria.

Estaba a punto que quedarse dormido, cuando una tela suave cae sobre de él, cubriéndolo de su desnudez.

curioso abre los ojos, y lo que lo cubría era la camisa roja de Gitae. Levanta su vista para mirar a Gitae a su lado de la cama.

—Es lo único que vas a conseguir de esa camisa. Es mía.

Goo solo ríe.

—Tarado.