Prólogo
El nombre de Alex cayó entre ellos como una piedra en aguas quietas. Isabella sintió el familiar dolor punzante en el pecho, pero lo ahogó bajo una capa de entusiasmo forzado que había perfeccionado en los meses desde el accidente.
—Esto me ayudará —mintió, con una voz que intentaba sonar convincente, como si repitiera líneas de una obra que ya nadie creía—. Alex siempre decía que debía vivir más aventuras. ¿Recuerdan?
Mentira. Alex decía muchas cosas, pero principalmente decía "ten cuidado" y "no corras riesgos tontos" y "espérame, Bella, voy contigo". Alex, con sus dieciocho años eternos y sus manos seguras, nunca la habría enviado sola a una casa en ruinas en medio de ningún bosque.
Pero invocar su nombre seguía siendo el hechizo más efectivo que conocía. La palabra "Alex" era la llave que seguía abriendo todas las puertas cerradas, incluso las que sus padres habían intentado trancar para protegerla.
Roberto suspiró, derrotado no por el argumento de su hija, sino por el fantasma que ella había convocado entre los restos del desayuno. —Una semana. Sólo una semana, Isabella. Y si ese lugar resulta ser inseguro, nos volvemos inmediatamente.
—¡Gracias! —Isabella saltó de su silla para abrazarlos a ambos, sepultando su rostro en el hombro de su madre para evitar que vieran la repentina humedad en sus ojos—. No se arrepentirán, lo prometo.