El Ferretero

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Sinopsis

Esta es la historia de mi primera vez. Antes de comenzar, quiero aclarar dos cosas: no soy escritor; solo relato una experiencia personal. Y lo que van a leer a continuación es una descripción explícita de mi primera experiencia sexual. Dicho esto, espero que disfruten la historia.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Samkzador
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El Ferretero

Esta es la historia de mi primera vez, del día que perdí mi virginidad, pero también es la historia que dio origen a muchas otras historias, fue el día en que se abrió en mi cabeza un mundo de fantasías y deseos. Ese día me fue dado todo de golpe; nada fue descubierto despacio y experimentando. Mucho de lo que pasó esa noche ni siquiera sabía, hasta ese momento, que se podía hacer y que se podía disfrutar.


Era muy chico, no quiero entrar en detalles de mí edad en aquel momento, eran mediados de los años 80, comparados con estos tiempos aquellos eran los años de gloria y descubrimientos, todo era música, películas y inocencia para todos.

Tenía pocos amigos: dos chicos y tres chicas que no se conocían entre ellos. Nunca fui una persona que se manejara en grupos grandes. Recuerdo caminar con mi amigo Miguel, sin rumbo, por las calles de mi barrio, hablando de películas, series y dibujos animados que amábamos ver en aquellos tiempos.

En la esquina de una calle, cerca de la estación Campo de Mayo, había un kiosco y mi amigo decidió comprar galletitas para comer algo. Él entró y yo quedé afuera esperando. Al lado del kiosco había una ferretería vieja y pequeña y, en la puerta, un hombre que en aquel momento tendría unos 50 o 55 años. Estaba vestido con ropa de trabajo azul, típica de mecánicos en aquella época; era grande y gordo, y de mirada seria.

En ese entonces yo sentía atracción por hombres que solo veía en la tele como Lee Majors o Ben Cartwright, pero no reparaba en personas que me rodeaban. Era como una pequeña fantasía secreta, de la cual sentía mucha culpa. Entonces sí puedo decir que, desde pequeño, me gustaban los hombres maduros y robustos.

El ferretero (así lo vamos a llamar durante el relato) estaba en la puerta de su local, parado, mirando hacia la calle y fumando. En un momento se acomodó el bulto; lo hizo con mucha naturalidad, algo que hacemos todos los hombres, disimulando un poco, pero él no: se acomodó los genitales de una manera que me llamó la atención y me quedé hipnotizado mirando la entrepierna de ese hombre. Tan perdido me quedé observando aquella zona que no percibí que el ferretero me estaba mirando y, mientras expulsaba el humo del cigarrillo, dijo: “¿Te gusta?”, y comenzó a reírse.

Fue tanta la vergüenza que sentí que salí corriendo hasta la esquina y, ahí, escondido de la mirada del ferretero, esperé a mi amigo. Miguel salió del kiosco y automáticamente fue hacia la esquina; allí me encontró. Como si nada, continuamos hablando de cosas mientras caminábamos rumbo a mi casa.

Al llegar, nos despedimos. Ya en casa, no dejaba de sentirme avergonzado; tenía la cara roja de la vergüenza. Me sentía humillado porque ese hombre se había reído de mí, pero también me sentía excitado: tenía en mi cabeza la imagen del ferretero, con su uniforme, tocándose la entrepierna, y así continué pensando en él durante una semana, hasta que junté valor y decidí volver a pasar por la puerta de su trabajou. Tenía algo en mi interior que quemaba y me obligaba a ir; todos esos sentimientos de deseo eran nuevos para mí. Claro que ya me masturbaba, pero esa necesidad de sentir aquello que veía en las revistas para adultos y que las mujeres disfrutaban tanto, era una experiencia nueva que me consumia. Solo quería volver a ver al ferretero, pasar por el local y sentirlo cerca; nunca imaginé todo lo aquello que viviría ese día.

Salí de casa a las cinco de la tarde, poco después de llegar del curso, mintiendo que iba a ver a mi amigo. Quince minutos después estaba en la esquina donde me escondí hace una semana. Estaba nervioso; sentía la presión del momento en la rigidez de mi cuerpo. Me obligué a caminar y crucé la calle. Iba a pasar por la vereda de enfrente. Caminé apurado, mirando al piso. Al pasar justo enfrente del local, levanté la mirada y me animé a observar. Lo vi: estaba dentro de la ferretería, tomando mate. No me vio. Caminé toda la cuadra hasta llegar a la ruta 8 y a la estación de tren. Ahí hice tiempo, mirando en dirección al local. Volví caminando, más lentamente. Ahí estaba: seguía tomando mate. Así que llegué a la otra esquina y volví a recorrer el mismo camino. Al llegar a la estación, me detenía, volvía la mirada hacia atrás nuevamente. Hice este camino unas cinco veces y, en una de esas, desde la ruta vi que salió y se quedó en la puerta, como hace una semana atrás. Volví caminando, pero esta vez crucé la calle. Iba a pasar por su vereda. No sabía qué quería lograr con eso, pero ahí estaba, caminando y observándolo a medida que me acercaba. Al llegar cerca de la ferretería, mi mirada se detuvo en su entrepierna, y lejos estaba yo de saber que esa era una manera de llamar la atención de los machos; faltaban muchos años para aprender todas esas técnicas de “levante”, como decimos en el ambiente. Al pasar a su lado nuestras miradas se encontraron; luego volví a mirar su entrepierna. Él lo percibió y seguí caminando. En ese momento no había nadie en la calle. Pasé el quiosco y, llegando a la esquina, sentí un silbido. Sabía que iba dirigido hacia mí. Me di vuelta y él me hizo un gesto con la cabeza, llamándome. Mis piernas se aflojaron, pero volví sobre mis pasos hasta donde él estaba.

Caminé lentamente mirando el piso. No me atrevía a levantar la vista. Al llegar a su lado, me detuve. Él estaba fumando. Su voz gruesa quebró el silencio entre los dos:

—¿Qué estás buscando? —me preguntó.

Yo no pude responder. Estaba mudo; sentía un nudo en la garganta por los nervios. Él volvió a hablar:

—Hace una cosa: volvé a las 8, que cierro el local. Ahora andate.

sin decir una palabra caminé. Sentía la cara ardiendo; seguro estaba todo colorado. Al llegar a la esquina, crucé la ruta y entré en la estación de tren. Fui hasta un banco y me senté. Seguro no pasaba de las 5:30 y faltaban más de dos horas para las 8. Podría haber ido a casa a esperar, pero los nervios no me dejaban pensar con claridad. Así que, mirando los trenes pasar, esperé en el banco de la estación. Lejos estaba de saber que en los baños de aquella estación podría haber pasado el tiempo de una manera bien entretenida y que años después viviría momentos inolvidables.

El tiempo pasó tan lentamente que pareció que esas dos horas fueron seis. Cuando el reloj de la estación marcó las 19:55, me levanté y caminé hasta la ferretería. Ya en la esquina podía ver al macho parado en la puerta del negocio, fumando. Apuré el paso. Al llegar a su lado, percibí que la persiana del local estaba cerrada, dejando la pequeña puerta de salida abierta. Él tiró el cigarrillo e hizo un gesto con la cabeza para que entrara. Yo, temblando, obedecí. Pasé por la pequeña puerta y, dentro del local en penumbras, sentí un fuerte olor a combustible y grasa.

Él entró detrás de mí y encendio otro cigarrillo, con su voz gruesa, me ordenó que me dirigiera hacia el fondo. La ferretería era pequeña. Detrás del mostrador tenía unas estanterías que cruzaban el local de forma paralela en dirección al fondo. Detrás de ellas había un pequeño espacio donde se veía una mesa, una cama y una puerta abierta que dejaba ver un baño pequeño que olía a orina. De forma automática me senté en la cama. Desde ahí escuchaba al ferretero cerrar la puerta del local y echar llave; estaba encerrado. Eso me ponía nervioso, pero también, de alguna extraña manera, me excitaba.

Después de cerrar la puerta, ordenó algunas cosas en el mostrador y se juntó a mí. Con mucha naturalidad, y con el cigarrillo aún en la boca, se abrió la camisa y se sacó el cinturón del pantalón. Con un gesto brusco me agarró con una mano de mi barbilla y me obligó a mirarlo.

—Parece que sos nuevito en esto —me dijo.

Se abrió el pantalón. Yo no podía dejar de mirar sus ojos negros. En mi cara todavía sentía sus manos callosas. Con el dedo pulgar intentó una caricia en mí mejilla; con la otra mano abría su pantalón, metio la mano en su calzoncillo y ponía frente a mí su grande y gordo pene.

Soltó mi cara y dejó caer su pantalón hasta los tobillos. Tenía el pene grande, gordo, pero todavía no estaba totalmente erecto; tenía el glande tapado por mucha piel. Me agarró por los pelos de la nuca y, con la otra mano, tiraba hacia atrás el cuero del pene, dejando ver su gran cabeza roja. Un fuerte olor me invadió. Sentí asco, pero no tuve tiempo de reaccionar. Puso su pene delante de mi boca y, empujandome la cabeza con su mano, lo introdujo en mí.

Sabía qué hacer sin haberlo hecho nunca. Lo había visto en fotografías, en las escasas ocasiones en que llegaban a mis manos esas revistas para adultos. Las mujeres parecían disfrutarlo, pero lo más importante era que ellos lo disfrutaban aún más. Entonces introduje su pene hediondo en mí boca y, por primera vez, mamé. Un sabor metálico impregnó mi boca. Él hacía fuerza con su mano en mi cabeza para que todo entrara dentro de mí, cosa que no era posible. Imité las formas de mamar un pene que vi en aquellas revistas y, de vez en cuando, levantaba la vista para mirarlo; lo veía gozar, y eso me excitaba mucho más aún. De vez en cuando él sacaba su pene de mi boca y lo pasaba entre mis labios.

En algún momento me dijo:

—Si la muerdes, te doy vuelta la cara de una cachetada.

No dije nada. Continuaba con su pene en mi boca. Con la ayuda de la punta de sus pies, se sacó los zapatos y, desde abajo, subió el olor a medias húmedas. Con los pies empujó los zapatos hacia un costado. Me tiró del cabello, obligándome a mirar hacia arriba. Me dolía el cuello por la posición. Bajó mi cabeza hasta sus testículos e intentó depositarlos en mi boca. Eran tan grandes que no podían entrar los dos juntos. El olor era muy fuerte y sentía que me ahogaba. Intentaba respirar por la boca, pero él insistía en que lamiera sus testículos, y eso dificultaba la respiración.

En un momento dio un paso hacia atrás y mi boca quedó libre nuevamente. Se sacó la camisa y se quedó con la musculosa manchada de sudor. Sentado en el borde de la cama, me quité el pantalón, dejándolo a los pies de la cama; todavía tenía la remera y el calzoncillo puestos. El ferretero, con una mano pesada, me recostó en la cama, que olía a humedad y nicotina. Agarró mis piernas con una mano y las levantó. Se ubicó debajo de mi cintura, con el pene erecto justo en la puerta del ano. Subió mi calzoncillo, dejando al descubierto mi ano pero tapando mis genitales. Luego, con los años, entendería que esto es algo que hacen los machos para no verte el pene, pero en aquel momento estaba lejos de esos análisis.

Sentí la cabeza de su verga empujando para querer entrar dentro de mí. Yo estaba aterrado. Ni siquiera me atrevía a pedir que fuera despacio, y caí en cuenta de que, hasta ese momento, no había dicho ni una sola palabra y estaba a punto de ser penetrado...

Estaba tirado en la cama. Él sostenía mis pies, que apuntaban al techo, solo con una mano. Yo, en aquel entonces, era muy flaquito, y a mi lado él parecía un mastodonte. Con la otra mano se agarraba el pene e intentaba penetrarme.

Yo estaba muy nervioso y, lejos de entrar en un clima de relajación o excitación que permitiera una mínima dilatación, nada funcionaba. No entraba; por más que empujara, no había forma.

En un momento se escupió los dedos y trató de lubricarse. Sentí cómo un dedo mojado entraba dentro de mí y gemí, pero de dolor. No podía decir nada. Él hacía más fuerza y yo solo sentía más dolor. Muy lentamente iba abriendo camino.

Con mis manos agarraba sus piernas, como deteniéndolo, para que no hiciera demasiada fuerza ni tratara de penetrarme de golpe. Él me decía:

—Abrite más.

Volvía a escupir sus dedos para lubricarse. Yo estaba muy lejos de haber previsto lo que estaba ocurriendo o de haber traído alguna crema lubricante de mi casa.

En aquel momento el dolor era insoportable, así que comencé a gemir más fuerte. Él, sin piedad alguna, me dijo:

—No se te ocurra gritar.

Pero no podía evitarlo. Sentía la cabeza de su pene casi dentro de mí. Con sus manos abría mis piernas y se sostenía de ellas mientras hacía fuerza con su pelvis. Mis gemidos ya eran casi gritos.

—Te dije que hagas silencio —me dijo.

Soltó una de mis piernas y, con esa mano libre, me agarró del brazo e hizo fuerza para atraerme hacia él. Grité en ese momento. Entonces me dio una cachetada que me hizo girar la cara. Mi mejilla ardió de dolor. Ahogué un grito y me llevé una mano a la cara, como para calmar el ardor. Sentía la piel enrojecer.

Intenté moverme y sentarme en la cama, pero no pude. Él me tenía agarrado de los pies. Percibí que su cuerpo estaba muy junto al mío y, en ese instante, sentí que ya estaba completamente dentro de mí.

Con el tiempo comprendí lo sucedido. Claro que él quería que me callara, porque el local era chico y mis gritos se podrían escuchar desde afuera fácilmente, pero también quería estar dentro de mí a como diera lugar. Me dio una buena cachetada no solo para callarme, sino también para distraerme, porque en el mismo momento en que me golpeó también empujó su verga hacia adentro sin piedad, y yo tenía el rostro tan dolorido que no me di cuenta de lo sucedido.

Con una mano me agarraba la mejilla; con la otra trataba de cubrir mi cara por si me golpeaba nuevamente, pero no lo hizo. Sentí la verga dentro de mí, entrando. Ya no me dolía; solo sentía una leve molestia mezclada con un poco de ardor. Pero, más allá de que en aquel momento yo estaba deseando lo que estaba sucediendo, no me podía relajar ni excitar como para tener una erección. Estaba muy atento a lo que él estaba haciendo conmigo.

Ahora el que gemía era él, y gemía de placer por estar dentro de mí. En un momento, y a causa del movimiento, mis genitales quedaron expuestos. Al percibirlo, él juntó mis piernas y las bajó hacia un lateral, dejándome con el pecho de frente a él pero las piernas hacia un costado. Esta posición ocultaba mis genitales entre mis piernas.

Y ahora, con una mano, sujetaba mis piernas asegurándolas hacia un costado y, con la otra, abría mis nalgas con la intención de ver la penetración. Ni sus gemidos cesaron. Yo solo estaba atento a sus movimientos, a su rostro, a su gran cuerpo. Él me miraba y sacaba su lengua, moviéndola de vez en cuando. Me decía:

—Ahora gusta, ¿no?

Y agarraba mis senos inexistentes, pellizcando mi pezón. En cada estocada yo gemía un poco; ya conocía mis límites y él parecía disfrutarlo. Comenzó a moverse más rápidamente, y ahí comenzó un juego de palabras que hasta el día de hoy me provoca una erección.

—Sos mi puta —me dijo sin anestesia.

No fue una pregunta, pero yo respondí:

—Soy tuya.

Él pareció enloquecer.

—Decime que soy tu macho.

—Sos mi macho —dije yo.

—¿Querés mi leche adentro? —me dijo.

—Dame tu leche.

Su ritmo era casi frenético. Volvió a abrir mis piernas sin importarle mis genitales. Atrajo mi cuerpo más cerca de él y, con movimientos cortos y rápidos, dejó caer su gran cuerpo encima de mí. Si pudiera ver la escena desde afuera, seguramente solo podría distinguir mi cuerpo por las piernitas flacas asomándose por el costado del suyo.

Me agarró del pelo fuertemente y me penetraba rápido y profundo. No me besó; su cara caía sobre mi hombro derecho. Podía sentir su aliento a cigarrillo y alcohol. Con una mano levantaba una de mis piernas; la otra la dejó caer libremente.

Sus gemidos se mezclaban con una única palabra:

—Puta.

Me lo decía, y en aquel momento yo quería serlo para él. Mi placer estaba en complacerlo, en dejarlo hacer lo que quisiera conmigo. Sujetó fuertemente mi cabello y, con su otra mano, abría una de mis piernas. En un momento sus gemidos fueron más fuertes; su cuerpo tembló y su pelvis quedó rígidamente detenida dentro de mí. Había terminado.

Podía sentir su verga hincharse en esa quietud, la contracción de sus testículos cayendo sobre mí. Fueron solo unos segundos, los segundos más intensos de mi vida. Lentamente fue retirando su pene y, al salir completamente, sentí un ligero vacío.

Se arrodilló en la cama, soltando la pierna que sujetaba. Ni me miró. Salió de la cama, prendió un cigarrillo y fue directo al pequeño baño que estaba pegado a la cama.

Yo me quedé mirando el techo lleno de humedad. No podía pensar con claridad. Lentamente subí mis calzoncillos y me senté en la cama con los pies en el frío piso de la ferretería. Al estar sentado, sentí una pequeña molestia en mi ano, pero no le di mucha importancia en ese momento.

Todo había terminado y sentía una vergüenza inexplicable. Tenía que salir de ahí, pero no podía por mi cuenta. Tenía que esperar a que él abriera la puerta, porque él tenía las llaves.

Me toqué la mejilla; todavía me dolía. En ese momento escuché:

—A ver, pibe, vení acá.

Él me llamaba desde adentro del baño.

Me puse de pie y di dos pasos hasta la puerta del baño. Él estaba de pie con las manos en la cintura y su verga todavía gomosa encima del lavatorio, orinando en el mismo lavado. Al principio pensé que él quería que viera cómo orinaba, pero no. Con el cigarrillo en la boca me dice: “Lávamela y lávala bien”, y hace un gesto con la cabeza señalándome su instrumento.

En ese momento me doy cuenta de que tenía toda la verga cagada; hasta algunos pelos estaban sucios. Termina de orinar y hace un leve movimiento con la cintura como para sacudir el pene, pero no logró otra cosa que ensuciar también el lavado de mierda.

Él tenía un jabón todo gastado e intenté agarrarlo, pero él me detuvo.

—Primero lávala con agua —me dice.

Abrí la canilla y dejé salir agua. Traté de lavarla, pero al hacerlo me ensuciaba las manos. Sentí un poco de asco, pero continué. Los pedazos de suciedad caían en el lavado y quedaban tapando el desagüe. Con un dedo trataba de liberar el camino para que circulara el agua.

Luego de un momento, ya con las manos no tan sucias, agarré el jabón. Le enjaboné el miembro y mis manos. El olor era nauseabundo. Él miraba para un costado mientras fumaba.

Cuando terminé, cerré la canilla y salí del baño. Él salió detrás de mí, agarró un desodorante que estaba arriba de la mesa y echó un poco dentro del baño. No cerró la puerta porque no tenía.

Al pie de la cama me cambié. Me puse mis pantalones y mis zapatillas. El ferretero pasó por mi lado y fue para la parte delantera del negocio. Allí escuché ruidos de llaves. Caminé hacia él y vi la pequeña puerta de la cortina abierta.

Él me dice:

—Esperá acá que voy a ver que no pase nadie.

Y sale por la puerta. Es un milagro que su gran cuerpo pueda pasar por un agujero tan pequeño.

Del lado de afuera se escuchaban algunos autos pasar. Todavía no era tarde y era una zona donde la gente camina mucho por causa de la cercanía con la estación de trenes.

En un momento lo escucho decir:

—Ahora salí y caminá para la esquina.

Me agacho para pasar por la puerta y paso delante de él. Ya estaba oscuro. No había nadie en la calle. Sin mirarlo camino hacia la esquina, como hice una semana atrás cuando se rió de mí.

Estaba temblando. Sentía vergüenza y miedo de que alguien me viera. Apuré el paso sin mirar atrás. No me despedí. Ahí caí en cuenta de que en todo el momento que estuvimos juntos yo no hablé en ningún momento.

El camino para mi casa no fue más de diez minutos. Todavía sentía la cara ardiendo. Mi habitación estaba del lado de afuera de la casa principal, así que no tenía que ver a mi familia por ahora, aunque ya estaba cerca de la hora de la cena.

El baño también estaba en la parte exterior. Entré y abrí la ducha. Dejé caer la ropa al piso y percibí que tenía toda la parte de atrás del calzoncillo sucia. Me miré en el espejo y tenía una de las mejillas colorada.

Debajo de la ducha lavé el calzoncillo. Dejé caer el agua fría sobre mi cara, sintiendo un leve alivio. Dejé el calzoncillo sobre el lavado y me enjuagué el cuerpo.

Al lavarme el ano sentí dolor. Tenía miedo de que sangrara, pero me di cuenta de que no, porque en mi mano solamente tenía jabón.

Y recién ahí hice un repaso de todo lo vivido. La sola imagen del ferretero me provocó una erección. Sentía sus palabras en mis oídos, sentía el olor de su respiración, sus manos callosas abriendo mis nalgas.

En ese momento me masturbé y acabé pensando que era suya.