Capítulo:1
El sol de Cancún entraba por los ventanales de la mansión de los Sánchez-Gallardo con una insolencia que a Rosario Guerrero le pesaba en el alma. Ya no era la muchacha que cantaba por propinas en el bar Garibaldi; ahora, a sus 42 años, el reflejo en el espejo le devolvía la imagen de una mujer elegante, de mirada firme y hombros curtidos por la responsabilidad. Pero bajo el traje sastre de seda, seguía latiendo el corazón de la hija del mariachi. Rosario suspiró, ajustándose el reloj, y caminó hacia el despacho de su marido. Sabía lo que iba a encontrar antes de abrir la puerta: el silencio.
Dentro, rodeado de carpetas legales, estados de cuenta y la pesada herencia que su padre le dejó, estaba Emiliano. No era el "Príncipe de México" que ella recordaba, ni el Francisco Lara que cruzó fronteras por amor. Era un hombre roto por el luto. La muerte de su madre, había sido el golpe de gracia que lo hundió en una depresión que ni el dinero ni el éxito lograban curar.
—Emiliano... dijo Rosario con suavidad, acercándose a la mesa. El abogado de la familia llamó tres veces a la puerta del despacho. Hay que firmar la cesión de los terrenos.
Emiliano ni siquiera levantó la vista del vacío. Sus manos, las mismas que antes levantaban un micrófono, ahora solo apretaban una pluma con desgano. En un rincón del despacho, su viejo traje descansaba en un estuche abierto, con una fina capa de polvo.
—Hazlo tú, Rosario... Respondió él con una voz que parecía venir de otra vida. Tú sabes mejor que yo cómo va el negocio ahora.
Rosario sintió una punzada de dolor. Se amaban, de eso no había duda; el hilo que los unía era de acero, pero el roce constante de la monotonía y la tristeza lo estaba oxidando. Ella era ahora la cabeza de familia, la que tomaba las decisiones duras mientras él se perdía en sus fantasmas.
—No puedo ser tu voz siempre, Emiliano... Susurró ella, poniendo una mano sobre su hombro. Él se dejó tocar, pero no hubo chispa, solo una resignación melancólica. Lupe volvió a llegar tarde anoche.
—Es joven, Rosario... es como tú... Murmuró él, finalmente mirándola. Pero no había fuerza en sus ojos.
—No, Emiliano. Yo cantaba rancheras para salvar a mi familia. Guadalupe está buscando algo en los calles que no va a encontrar con música. Se junta con gente que no usa guitarras, sino pistolas y rimas de odio. Francisco está haciendo lo imposible por mantener el apellido en alto, estudiando administración hasta el amanecer, pero tiene los ojos llenos de envidia hacia su hermana porque ella se atreve a ser libre mientras él carga con tu herencia.
Emiliano no respondió. Volvió a mirar el mar. Rosario salió del despacho con el corazón apretado. Sabía que la tormenta no estaba afuera, en el Caribe, sino dentro de esas paredes.
Reclusorio Sur de máxima seguridad - Horas antes.
El frío de la ciudad de México calaba hasta los huesos, especialmente para alguien que llevaba veinte años viendo el cielo tras las rejas. Miguel Corona cruzó el portón de salida con una pequeña maleta y un odio que el tiempo no había logrado enfriar, sino destilar.
Un coche negro lo esperaba a pocos metros. Al bajar la ventanilla, un rostro conocido pero envejecido le devolvió la mirada. Javier Macías.
—Bienvenido a la libertad, doctor Corona... Con una sonrisa torva.
Corona no sonrió. Sacó de su bolsillo un recorte de periódico amarillento donde se veía a Rosario y Emiliano inaugurando una fundación en México.
—La venganza es un plato que se sirve frío Emiliano... Sentenció, subiendo al auto. El mariachi cree que ya cantó su última canción. Pero yo voy a escribirle una que no va a poder terminar.