1.Demasiado dulce para ser casualidad.
Escena 1
JESSE
Despierto con la sensación poco glamorosa de haber perdido una pelea contra mi propio volante.
Mala señal.
Muy mala.
La mejilla pegada. La marca seguro me va a quedar horas.
El sol me pega de lleno, sin ningún tipo de delicadeza, como si hubiera decidido que hoy es un buen día para castigarme por mis malas decisiones.
Gimo bajito y parpadeo varias veces, esperando que el mundo vuelva a su lugar.
No lo hace de inmediato, pero tampoco tengo apuro.
Si algo aprendí, es que despertarse rápido nunca mejora la situación.
Estoy en mi auto.
Perfecto.
Podría ser peor.
Intento incorporarme y no me muevo.
Ah.
—¿En serio? —murmuro.
Miro hacia abajo y confirmo lo que mi cuerpo ya sospechaba: estoy esposado al volante.
Metal frío, bien cerrado, sin margen para discutirlo.
Me quedo mirándolas unos segundos, evaluando si esto es una broma elaborada o una advertencia.
Ninguna de las dos opciones me gusta demasiado.
—Bueno —murmuro —Esto es nuevo.
Las esposas me resultan… familiares.
Hay cosas que el cuerpo reconoce antes que la cabeza y ésta, es una de ellas.
Decido no profundizar, todavía.
La cabeza me late, pero no lo suficiente como para entrar en pánico.
El pánico es para gente con margen de maniobra.
Yo, por ahora, tengo tiempo.
Dejo caer la frente otra vez contra el volante, con cuidado de no tocar la bocina.
Sería una forma bastante triste de anunciar mi presencia. Tuve bastante atención por hoy.
Respiro hondo y observo alrededor.
Nada.
Absolutamente nada.
Campo, asfalto, silencio.
Ni una estación de servicio fantasma como para darle dramatismo a la escena.
Lo único estratégicamente colocado, como un regalo envuelto con moño, es mi celular.
Demasiado prolijo para ser casualidad.
Claro…
Danthe.
No me dejó tirado. Me dejó encaminado.
Qué considerado.
No puedo evitar sonreír.
—Qué detallista.
Esto definitivamente no estaba en la agenda de mi día libre.
Tenía planes.
Café, cero estrés, tal vez no estar esposado a un volante en medio de la nada.
Pero bueno. Supongo que nadie es perfecto.
Exhalo.
Estoy metido en un lío monumental, eso está claro. Pero sigo vivo, más o menos lúcido y con un teléfono.
He salido de peores con menos.
Hay una sola persona a la que puedo llamar…
Samuel.
Que seguramente va a reconocer esas esposas en medio segundo.
Y ahí está el verdadero problema: demasiadas preguntas, demasiadas explicaciones, demasiado “¿qué carajo hiciste ahora, Jesse?”.
Me río solo.
—Bueno, Jesse… —me digo —Es momento de sacar a pasear todo ese encanto natural.
Si voy a estar en problemas… que al menos sean problemas con estilo.
Tomo el celular con la mano libre y marco.
La muñeca ya empieza a entumecerse . Debo llevar así más tiempo del que recuerdo.
Mientras el tono suena, dejo la mirada perdida más allá del parabrisas.
El sol cae perfecto, casi obscenamente hermoso para el contexto.
El cielo está limpio, azul, como si el mundo hubiera decidido tener un buen día a propósito, solo para llevarme la contra.
No me siento una víctima.
Me siento… en problemas.
Y curiosamente, sigo siendo yo.