Capítulo 1
Itadori: Veamos.... Veamos... Oye Kugisaki que quieres para comer.
Preguntó el peli rosa viendo el ramen y luego la carne con el arroz sin saber que elegir.
Nobara: Idiota hoy toca comer saludable recuerdalo.
Itadori: Si si.
Dijo desanimado. Agarró una bandeja con verduras y pollo a regañadientes, mientras Nobara ya llevaba una ensalada y una sopa clara. Caminaron hacia las cajas registradoras, y Itadori colocó todo en el área de empaque mientras la cajera, una señora mayor de unos sesenta y tantos, escaneaba los productos. La cajera miró a Itadori, luego a Nobara, y sonrió con ternura.
Cajera: Ay, señora, qué nieto tan espectacular tiene. Tan guapo y bien portado. Se nota que usted lo ha criado con mucho amor.
Nobara abrió los ojos como platos. Su orgullo, intacto desde los dieciséis años, crujió por dentro como un vidrio al que le cayó una piedra.
Nobara: ¿Nieto...?
Dio media vuelta sin siquiera recoger el vuelto.
Nobara: No es mi nieto.
Salió del centro comercial con paso firme, aunque un poco más rápido de lo normal. Itadori agarró las bolsas, le sonrió a la cajera y asintió con la cabeza.
Itadori: Gracias por el cumplido, señorita. Que tenga buen día.
Y salió detrás de Kugisaki, que ya estaba llegando al auto.
Itadori: Kugisaki esperaaaaaaa.
Él la tomó de la muñeca. Ella lo miró de reojo un momento con una expresión muy seria que lo hizo casi cagarse del miedo.
Itadori: Jejeje no... No estás molesta verdad?
Nobara no respondió. Solo se zafó del agarre de un tirón, abrió la puerta del acompañante y se metió al auto sin mirarlo. Itadori suspiró, fue hasta la parte trasera, abrió el baúl y acomodó las bolsas de las compras. Luego se subió al asiento del conductor, ajustó el espejo y arrancó.
Manejo en silencio por unas calles hasta que llegaron a la autopista. Pero ahí el tráfico estaba completamente detenido. Se oían sirenas a lo lejos y algunos coches intentando dar la vuelta. Itadori se asomó por la ventanilla y entre los edificios alcanzó a ver una masa deforme retorciéndose en el aire.
Itadori: Es una maldición. Categoría dos, diría yo.
Nobara, todavía con el ceño ligeramente fruncido, cruzó los brazos.
Nobara: Bueno, hazte cargo de una vez. Así llegamos rápido a casa.
Itadori asintió rápido con la cabeza, abrió la puerta y en un instante ya estaba fuera. Dio un fuerte salto hacia arriba, elevándose por encima de los autos y la multitud que miraba asustada desde lejos.
Itadori: ¡Sangre penetrante!
Disparó un rayo láser de sangre directo hacia la maldición. El haz atravesó el cuerpo de la criatura de lado a lado, perforándola por completo. La maldición se convulsionó un segundo y luego explotó en una enorme nube de energía negra que se disipó en el cielo sin dañar a nadie ni un solo auto.
Itadori cayó de vuelta al suelo con un movimiento ágil, se sacudió las manos y volvió caminando al auto mientras algunos conductores aplaudían sin entender bien qué había pasado. Se subió, ajustó el cinturón y miró a Nobara.
Itadori: Listo. Ya podemos seguir.
Nobara no dijo nada, pero el tráfico empezó a moverse de nuevo.
.................
Al llegar al hogar de Kugisaki, una gran mansión gracias a sus contactos y todo lo que ha hecho en hechicería en todo este tiempo, ambos bajaron del auto. Ella caminó con pasos elegantes y furiosos por las escaleras hacia la entrada mientras que él estaba detrás de ella cargando las compras. Itadori, sin querer, notó su gran trasero y rápidamente desvió la mirada hacia el otro lado debido a que ella lo miró de reojo.
Kugisaki: (.... Me vio el culo?... No.. no lo creo...)
Entraron a la mansión. El recibidor era amplio, con pisos de madera brillante y un par de cuadros antiguos en las paredes. Apenas cruzaron la puerta, una chica de unos dieciséis años bajó corriendo las escaleras y se lanzó a abrazar a Nobara.
Noriko: ¡Abuela! Ya llegaste.
Nobara relajó un poco la expresión y le pasó la mano por el cabello. La chica soltó a su abuela y luego vio a Itadori parado ahí con las bolsas del supermercado. Inmediatamente hizo una pequeña reverencia, con mucho respeto.
Noriko: Señor Itadori, gracias por acompañar a mi abuela.
Itadori soltó una risa baja y negó con la cabeza mientras dejaba las bolsas en una mesita cercana.
Itadori: Eh, tranquila. Ya sabes que no me gustan los honoríficos. Llámame Itadori, como siempre.
La chica sonrió y asintió, mientras Nobara ya caminaba hacia la cocina sin mirar atrás. Ya en la cocina, Nobara se sentó en una de las sillas cerca de la isla central y cruzó las piernas. Itadori comenzó a sacar las bolsas y a colocar las verduras y el pollo en la encimera.
Nobara: Cocina.
Itadori la miró, luego asintió sin rechistar. Agarró una tabla de cortar y empezó a lavar los vegetales. El sonido del agua y el cuchillo contra la tabla fue lo único que se escuchó por un rato.
Itadori picaba el pollo en tiras cuando, sin dejar de mirar lo que hacía, habló.
Itadori: Oye... ¿Sigues molesta por lo de la cajera?
Nobara resopló desde su asiento.
Nobara: Obvio que sí.
Itadori: Pero si fue solo un error, ella no sabía.
Nobara: No importa cuántas veces pase, Itadori. Siempre pasa. Sesenta años y la gente sigue confundiéndome con tu abuela. Tenemos la misma edad, ¿recuerdas? Casi ochenta años los dos, pero tú ahí parado con esa cara de niño y yo con estas malditas arrugas.
Itadori bajó la mirada y dejó el cuchillo a un lado. Se sintió culpable, aunque sabía que no era su culpa.
Itadori: Lo siento, Kugisaki. Yo no...
No terminó la frase. Nobara se levantó de su asiento, caminó hacia él y le dio un pequeño golpecito en la frente con los nudillos. No fuerte, solo lo justo para llamar su atención.
Nobara: Oye, no te pongas culpable por no envejecer. No es tu culpa ser un caso raro.
Itadori la miró, frotándose la frente donde ella le había golpeado.
Itadori: ¿Entonces ya no estás molesta?
Nobara volvió a su silla y se sentó de nuevo.
Nobara: No dije eso. Cocina.
Itadori soltó una risa baja, negó con la cabeza y retomó el cuchillo. Nobara apoyó la cabeza en una mano y miró por la ventana. La luz de la tarde entraba suave, iluminando su perfil. Se quedó en silencio unos segundos, suspiró y habló sin dejar de ver el jardín.
Nobara: Es que antes no era así, ¿sabes? Hubo un tiempo en que los hombres hacían fila para saludarme. Solo para saludarme. Y ahora mira, casi nada.
Itadori siguió picando las verduras, pero sin levantar la vista respondió calmado.
Itadori: Pues a mí aún me parece una belleza.
Nobara giró lentamente la cabeza hacia él. Una sonrisa juguetona se dibujó en sus labios, esa misma sonrisa que usaba cuando iba a molestarlo o a sacarle algo.
Nobara: ¿Ah, sí? ¿Y qué tan bella soy, Itadori?
Itadori dejó el cuchillo por un momento, se quitó un poco la capucha hacia atrás y la miró directamente. Sin titubear, soltó la frase.
Itadori: Eres igual de bella que Jennifer Lawrence.
Nobara abrió los ojos de par en par. Por un momento no reaccionó. Luego, un sonrojo intenso le subió por las mejillas hasta las orejas. No dijo nada. Solo giró la cara hacia la ventana de nuevo, pero no pudo ocultar la pequeña sonrisa boba que se le escapó. Se mordió el labio inferior para disimular, pero fue inútil.
Itadori la vio de reojo por un instante, sonrió para sí mismo y retomó la cuchilla. Siguió picando en silencio mientras ella, sin mirarlo, seguía sonrojada y con esa sonrisa tonta pegada en la cara viendo hacia el jardín.
Nobara se giró de nuevo hacia la mesa cuando Itadori sirvió la comida. Verduras salteadas con pollo, arroz blanco y una sopa ligera. Comenzaron a comer en silencio por un rato, solo se escuchaba el tintineo de los palillos contra los platos.
Itadori masticaba despacio, mirando la pared frente a él. De repente soltó una risa baja.
Itadori: ¿Te acuerdas cuando Gojo-sensei nos llevó a comer a todos después de nuestra primera misión juntos? Te emborrachaste con ese cóctel de frutas porque pensaste que no tenía alcohol.
Nobara resopló, pero una sonrisa se le escapó mientras llevaba el arroz a la boca.
Nobara: Cállate. Yo no me emborraché, solo estaba un poco alegre. Además, el muy idiota se rió de mí toda la noche.
Itadori rió más fuerte y negó con la cabeza.
Itadori: Sí jajajaja. Extraño esos días.
Nobara asintió despacio, con la mirada perdida en la ventana por un momento.
Nobara: Él siempre decía que seríamos los más fuertes. Y mira, aquí estamos. Bueno, tú sí eres el más fuerte. Yo ya estoy para puro retiro.
Itadori dejó los palillos y la miró serio.
Itadori: No digas eso. Sin ti no habría llegado hasta aquí. Lo sabes.
Nobara lo miró, luego desvió la mirada y siguió comiendo sin responder, aunque sus mejillas se tiñeron ligeramente de rosa. Pasaron unos minutos. Itadori tomó un poco de sopa y luego preguntó sin mucho énfasis.
Itadori: Oye, ¿y cómo le está yendo a Fushiguro? Hace tiempo que no sé nada de él directamente.
Nobara masticó despacio, tragó y luego respondió.
Nobara: Bien, dentro de lo que cabe. Es el líder del clan Zenin, aunque todavía le cuesta cargar con todo ese peso. Pero lo está logrando. Ha preguntado mucho por ti, por cierto. Cada vez que hablamos, suelta tu nombre en algún momento.
Itadori sonrió con sinceridad y bajó la mirada hacia su plato.
Itadori: Qué bueno. Me alegra que esté bien. Algún día tendré que ir a visitarlo.
Nobara asintió y tomó un poco más de verduras con los palillos.
Nobara: Deberías. No está tan lejos.
Itadori asintió y agarró su taza de té verde. Dio un sorbo lento, la dejó sobre la mesa y miró a Nobara con una sonrisa pícara.
Itadori: Oye, ¿te acuerdas cuando sin querer manchaste la camisa favorita de Gojo-sensei con café en la cafetería?
Nobara estaba llevándose la taza de té a los labios, pero apenas escuchó la pregunta, soltó una risa que le hizo casi escupir todo. Dejó la taza rápido y se limpió la boca con el dorso de la mano, todavía riendo.
Nobara: ¡Sí! Jajajaja. Me acuerdo. Fue un desastre. Jajaja era una camisa de edición limitada muy costosa. Y nosotros tratando de secarla con servilletas como locos.
Itadori ya estaba riendo también, moviendo la cabeza.
Itadori: Y luego tratamos de esconderla metiéndola en la camisa de Fushiguro jajajajaja.
Nobara: Sí parecía como si tuviera busto jajajaja.
Ambos estuvieron riendo por un buen rato recordando los viejos tiempos.
Unas horas después, Itadori estaba en la cocina lavando los platos. El agua corría mientras restregaba los últimos trastes y los colocaba en el escurridor. Secó sus manos con un trapo, lo colgó en su lugar y salió de la cocina.
Caminó hacia la sala. Nobara estaba acostada en el sofá viendo televisión, con una manta ligera cubriéndole las piernas. Itadori se acercó y se sentó a su lado en el sofá, dejando un espacio entre ellos.
Itadori: ¿Y Noriko? Ya no la veo.
Nobara: Acaba de irse a casa de sus padres. Se fue hace un rato.
Itadori asintió. Se quedaron en silencio por un momento, solo se escuchaba el ruido de fondo de la televisión. Nobara jugaba con el borde de la manta sin mirarlo, hasta que habló en voz baja.
Nobara: Oye... ¿Es cierto que ya no quieres ir a más funerales?
Itadori bajó la mirada. La sonrisa que había tenido horas antes desapareció por completo. Se quedó viendo sus manos apoyadas en sus rodillas y asintió despacio.
Itadori: Sí.
Nobara se inclinó hacia un lado y apoyó su hombro en el pecho de él. Levantó la vista para mirarlo desde abajo, con una expresión triste que rara vez mostraba.
Nobara: ¿Acaso no irás al mío?
Itadori abrió la boca para responder, pero no salió nada. Solo la miró a los ojos, sintiendo el peso de la pregunta, y no supo qué decir.
Itadori: No sé.
Quiso echar el cuerpo hacia un lado para evadir la conversación, pero al moverse, su mano derecha cayó sobre algo blando y grande. Algo que hizo que sus dedos se hundieran ligeramente. También sintió algo durito en el centro. Bajó la vista y vio su mano completamente apoyada en uno de los pechos de Nobara.
Ambos abrieron los ojos como platos. Itadori levantó las manos al instante, como si estuviera haciendo algo malo.
Itadori: ¡Lo siento! ¡Lo siento! Fue sin querer, de verdad, no fue mi intención, yo solo...
Nobara lo miró fijamente por un segundo. Luego, una sonrisa juguetona se dibujó en sus labios. En lugar de apartarse, se acercó más a él y presionó sus pechos, sus enormes pechos, contra el pecho de Itadori. Él se quedó tieso, sin saber qué hacer. Nobara sintió los músculos firmes de él a través de la ropa y una chispa recorrió su cuerpo.
Sin dejar de mirarlo a los ojos, llevó sus manos al abdomen de Itadori y deslizó las palmas lentamente sobre los duros músculos. Itadori tragó saliva, sin atreverse a moverse.
Itadori: K-Kugisaki... ¿Qué haces?
Kugisaki: ¿En serio soy tan anciana que ni puedes verme?
Preguntó con un tono serio mirando hacia arriba. Itadori realmente no sabía qué responder, jamás había visto a Kugisaki de esta forma tan... Atrevida.
Itadori: ¿Acaso la edad ya te está afectando o qué?
Nobara apretó los dientes con ira. Rápidamente bajó una de sus manos y la llevó directamente hacia el miembro de Itadori, pellizcándolo con fuerza. No era una caricia, era un pellizco de advertencia.
Itadori: ¡Aaaghh! ¡Duele! ¡Perdón, perdón, perdón!
Se encogió ligeramente por el dolor, pero no se atrevió a apartarla del todo. Nobara mantuvo el pellizco un par de segundos más y luego soltó. Separó su mano de él y lo miró fijamente.
Nobara: No es eso, idiota.
Itadori se frotó la zona adolorida con cuidado, aún sin entender bien qué estaba pasando.
Itadori: ¿Entonces qué? No entiendo.
Nobara suspiró hondo, negó con la cabeza y se recostó de nuevo en el sofá, alejándose un poco de él.
Nobara: Eres tan tonto que no te das cuenta.
Itadori la miró confundido, frotándose todavía donde ella le había pellizcado.
Itadori: ¿Darme cuenta de qué?
Nobara no respondió. Solo giró la cara hacia la televisión y se quedó en silencio, con una expresión entre molesta y decepcionada. Itadori parpadeó un par de veces, todavía sin tener idea de a qué se refería.
Hasta que de repente recordó un vago recuerdo de hace tiempo, una explicación de Mei Mei.
Flashback
En el aula de clases solamente se encontraban la señorita Mei Mei e Itadori.
Itadori estaba sentado en una de las sillas, con la mano levantada como en la escuela.
Itadori: Profesora, ¿por qué tienes que explicarme estas clases a mí?
Mei Mei, apoyada contra el escritorio con los brazos cruzados, lo miró con esa sonrisa tranquila que siempre tenía.

AUTOR: MI VIEJAAAAAAA
Mei Mei: Porque yo se lo expliqué a Fushiguro y a algunos hombres hechiceros. Es parte de su formación, aunque no lo crean.
Itadori inclinó la cabeza sin entender, pero asintió. Mei Mei se giró hacia un pizarrón pequeño que había detrás de ella y comenzó a dibujar unos esquemas simples con un marcador.
Mei Mei: Verás, Itadori. La biología de las hechiceras es un poco distinta a la de las mujeres comunes. No solo por la energía maldita, sino por cómo el cuerpo reacciona a ella con el paso de los años.
Itadori la escuchaba atento, aunque sin soltar del todo su expresión de confusión.
Mei Mei: Cuando una hechicera envejece, su energía maldita sigue acumulándose en su interior. Y esa energía, al no tener un desfogue constante como en la juventud, comienza a afectar otras partes de su cuerpo y mente.
Dibujó unas flechas en el pizarrón que conectaban el cerebro con otras partes del cuerpo.
Mei Mei: Mientras más envejecen, su libido crece más y más. Es una reacción natural del cuerpo al tener tanta energía acumulada durante décadas. Por eso muchas hechiceras mayores suelen buscar pareja o tener encuentros esporádicos. No es solo deseo, es una necesidad fisiológica para liberar el exceso de energía.
Itadori abrió los ojos un poco, procesando la información.
Itadori: ¿En serio? ¿O sea que mientras más viejas, más...?
Mei Mei asintió sin inmutarse.
Mei Mei: Exacto. Más calientes, por decirlo de manera vulgar. Así que si alguna vez una hechicera mayor se te insinúa, no es que haya perdido la cabeza. Es su cuerpo pidiendo equilibrio.
Mientras hablaba, Mei Mei se separó lentamente del escritorio y comenzó a caminar hacia él. Sus pechos se balanceaban suavemente con cada paso, al igual que sus caderas con un movimiento lento y calculado. Itadori se quedó quieto en la silla, sin saber bien qué hacer.
Mei Mei se detuvo frente a él y apoyó ambas manos en sus piernas, justo encima de las rodillas. Itadori tragó saliva sin querer. Desde ese ángulo podía ver cómo, debajo de la tela de su blusa, los pezones de ella ya estaban erectos, marcando claramente la tela.
Mei Mei se inclinó un poco más, acercando su rostro al de él. Rozó casi sus labios con los de ella mientras sus pechos presionaban suavemente contra el pecho de Itadori. Con una voz baja y aterciopelada, susurró:
Mei Mei: ¿Quieres ayudarme a equilibrarme, Itadori?
Fin del flashback
Itadori volvió al presente de golpe. Parpadeó varias veces mirando a Nobara, que seguía viendo la televisión con el rostro ladeado, evitando mirarlo. De repente, todo hizo clic en su cabeza. Las miradas de ella últimamente, los acercamientos, lo del sofá... y ahora esto. Itadori tragó saliva y habló con voz un poco temblorosa.
Itadori: Ku... Kugisaki... ¿Estás en esa etapa?
Nobara no respondió de inmediato. Solo apretó los labios y siguió viendo la televisión, pero sus mejillas estaban visiblemente sonrojadas. Después de un largo silencio, habló sin mirarlo.
Nobara: Y aunque así sea, ¿qué?
Itadori se quedó callado. No sabía qué decir. Nobara giró lentamente la cabeza hacia él, con una mezcla de vergüenza y desafío en los ojos.
Nobara: ¿Qué vas a hacer, Itadori? ¿Te vas a escapar como siempre? ¿O vas a ayudarme?
Itadori la miró fijamente. El peso de la pregunta quedó flotando en el aire de la sala, solo acompañado por el ruido lejano de la televisión.
Itadori: Bueno...
Nobara abrió los ojos con sorpresa y lo miró fijamente, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Itadori levantó las manos un poco, intentando ir despacio, con calma.
Itadori: Oye, vamos con calma, solo digo que...
Pero no pudo terminar la frase. Nobara se lanzó encima de él como un animal, su cuerpo ardiente y caliente presionándose contra el suyo. Terminaron los dos en el sofá, ella encima de él con sus piernas enredadas alrededor de la cintura de Itadori. Antes de que él pudiera reaccionar, Nobara lo besó con una pasión y un fervor que lo dejaron paralizado.
Itadori abrió los ojos de par en par, sorprendido por lo salvaje que estaba siendo ella. Sus manos quedaron suspendidas en el aire sin saber dónde ponerlas. Nobara separó los labios lentamente, un hilo de saliva quedó uniendo sus bocas por un instante antes de romperse. Ella lo miró con una sonrisa pícara y provocadora.
Nobara: Deja de ser tan tímido y tonto.
Tomó las manos de él y las llevó directamente a sus caderas, presionando sus palmas contra la curva de su cuerpo. Itadori sintió el calor de su piel a través de la ropa y tragó saliva, sin apartar la mirada de esos ojos que brillaban con deseo.
Nobara volvió a besarlo, pero esta vez con más desespero. Sus labios se movían contra los de él con una urgencia que no había mostrado en años. Mientras lo besaba, sus manos comenzaron a bajar lentamente por el pecho de Itadori, recorriendo cada músculo, hasta llegar a su abdomen. Los dedos de ella presionaron ligeramente contra esa pared dura de músculo, sintiendo cada fibra tensa debajo de la tela.
En medio del beso, Itadori recordó algo de repente. Un dato que Mei Mei también había mencionado en aquella clase, pero que en su momento no le había dado importancia.
Flashback
Mei Mei seguía frente a él, con esa sonrisa tranquila, cuando de repente agregó algo más mientras se apartaba ligeramente.
Mei Mei: Ah, y otra cosa. El cuerpo de una hechicera tarda mucho en envejecer. Mientras más experimentada y fuerte sea la hechicera, más tarde su cuerpo muestra los signos de la edad. Es como si la energía maldita actuara como un conservador natural.
Itadori había asentido sin darle mucha importancia en ese momento, solo quería que la clase terminara pronto.
Fin del flashback
Itadori abrió los ojos mientras Nobara seguía besándolo. De repente entendió todo. La razón por la que el rostro de Nobara no estaba tan arrugado como debería para alguien de casi ochenta años. La razón por la que su cuerpo aún se veía tan firme.
Bajó la mirada lo más que pudo mientras ella seguía encima. Sus pechos, apretados contra él, se sentían turgentes y llenos, nada que ver con lo que uno esperaría de una mujer de su edad. Sus caderas, su cintura, incluso ese culo que había notado antes sin querer... Todo se mantenía joven, firme, intacto.
Nobara sintió que él se distraía y separó los labios del beso. Lo miró desde arriba con una ceja levantada.
Nobara: ¿En qué piensas?
Itadori tragó saliva y negó rápidamente.
Itadori: Nada, nada.
Nobara sonrió con picardía, apoyó sus manos en el abdomen de él y comenzó a mover sus caderas lentamente contra las de él, presionándose con suavidad pero con intención clara.
Nobara: ¿Quieres ir a la cama?
Itadori asintió con la cabeza sin dudar. Nobara soltó una risa baja y se incorporó un poco sobre él.
Nobara: Bueno, como eres un caballero, tendrías que llevarme.
Itadori la tomó con cuidado, la cargó al estilo princesa y caminó hacia la habitación. Ella enredó sus brazos alrededor de su cuello y apoyó la cabeza en su pecho, sintiendo los latidos fuertes y rápidos de él. Itadori empujó la puerta con el hombro y entró al cuarto.
La habitación era amplia, con una cama grande y esponjosa en el centro, sábanas claras y luz tenue de una lámpara en la mesita de noche. Itadori se acercó con cuidado y la puso suavemente sobre la cama, como si fuera algo frágil.
Nobara se sentó en el borde de la cama y lo miró fijamente. Llevó sus manos a la bata que llevaba puesta y lentamente comenzó a desatarla. La tela resbaló por sus hombros y cayó sobre la cama, dejando ver su cuerpo desnudo.
Itadori se quedó sin aire. Sus pechos eran grandes, firmes, con pezones erguidos que pedían ser tocados. Su cintura marcada, sus caderas anchas, su piel suave y sin una sola arruga visible. Era un cuerpo que no había envejecido en absoluto, como si el tiempo se hubiera olvidado de ella.
Nobara lo vio paralizado y sonrió con satisfacción. Luego señaló la sudadera de él con un movimiento de cabeza.
Nobara: Quítatela.
Itadori obedeció sin pensarlo. Agarró el borde de la sudadera y se la quitó por la cabeza en un solo movimiento. La tiró a un lado sin importarle dónde caía.
Nobara abrió los ojos de par en par. El torso de Itadori era una obra de arte. Músculos perfectamente definidos, abdominales marcados, pectorales firmes, brazos venudos y fuertes. Casi ochenta años y su cuerpo seguía siendo el de un veinteañero en su mejor momento.
Sin darse cuenta, Nobara sintió que algo le resbalaba por la comisura de los labios. Llevó la mano y se tocó. Baba. Literalmente estaba babeando como una adolescente viendo a su ídolo.
Itadori notó eso y soltó una risa baja, tímida, pasándose una mano por la nuca.
Itadori: ¿Qué? ¿Te gusta lo que ves?
Nobara se limpió rápido con el dorso de la mano y lo miró con fingida indignación, aunque sus mejillas rojas la delataban por completo.
Nobara: Cállate y ven aquí.
Extendió una mano hacia él, con los ojos brillando de deseo. Itadori tomó su mano y ella lo jaló hacia atrás, cayendo él encima de ella, directamente sobre esos enormes pechos. La piel suave y caliente de ella contra la de él. Nobara lo miró desde abajo con una sonrisa provocadora.
Nobara: ¿Vas a quedarte mirando o vas a hacer algo al respecto?
Itadori sonrió, una sonrisa suave pero decidida. Bajó la cabeza y comenzó a besar su abdomen lentamente, sintiendo cómo la piel de ella se erizaba bajo sus labios. Subió despacio, marcando el camino con besos suaves, recorriendo cada curva hasta llegar a sus pechos.
Nobara contuvo el aliento cuando sintió sus labios sobre la piel sensible. Itadori besó sus pechos con cuidado al principio, luego con más intensidad, subiendo lentamente hacia la clavícula de ella. Nobara soltó un gemido bajo, apenas un suspiro, mientras sus manos se enredaban en el cabello rosado de él, acariciando y tirando suavemente.
Itadori siguió subiendo, besando su cuello, su mandíbula, hasta llegar por fin a sus labios. La besó con suavidad al principio, luego con más profundidad. Nobara respondió al beso mientras sus dedos se hundían en su cabello, acariciando su nuca, sintiendo la textura de su pelo entre sus manos.
Unos minutos después, Nobara estaba encima de él, jadeando ligeramente. Ambos estaban completamente desnudos, la piel de ella brillaba con un ligero sudor y su cuerpo se movía con pequeñas oscilaciones mientras su pene rozaba una y otra vez la entrada de su vagina. Era un roce suave, tentador, que la hacía morderse el labio cada vez que la punta pasaba cerca de donde más lo necesitaba.
El juego previo había sido corto pero intenso. Itadori la había tocado por todas partes, besado cada rincón de su cuerpo, hasta que ella ya no pudo más y lo montó con desesperación. Pero ahora estaba ahí, detenida en el momento justo antes de la penetración, saboreando la anticipación.
Nobara bajó una mano y alineó el pene de él contra su entrada. Era grande, muy grande, y ella tragó saliva al sentir el grosor contra sus dedos. Lentamente, comenzó a bajar.
La cabeza entró primero y Nobara soltó un suspiro tembloroso. Siguió bajando despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo cada parte de él la iba llenando por completo. Itadori apretó las sábanas con las manos, sin atreverse a moverlas, dejando que ella llevara el ritmo.
Nobara siguió bajando, el pene deslizándose dentro de ella con una lentitud casi cruel. Cuando por fin lo tuvo todo dentro, hasta el fondo, soltó un gemido fuerte, ronco, que resonó en la habitación. Itadori gruñó bajo, apretando las caderas de ella con fuerza mientras sentía lo apretada que estaba, lo caliente, lo húmeda. Era un calor que envolvía cada centímetro de él, una presión perfecta que lo hacía querer moverse ya.
Nobara se inclinó hacia adelante, buscando sus labios, y lo besó con desesperación entre gemidos ahogados. Las lenguas se encontraron mientras ella se movía ligeramente sobre él, apenas unos roces. Luego se separó y volvió a erguirse, poniéndose derecha sobre él.
Itadori levantó las manos y agarró sus pechos, comenzando a masajearlos con sus dedos, jugando con los pezones, apretando la carne suave y firme. Nobara cerró los ojos un momento, disfrutando la sensación.
Nobara: ¿Acaso tienes un fetiche con los pechos?
Preguntó entre jadeos, con una sonrisa burlona en los labios. Itadori siguió masajeando, apretando un poco más.
Itadori: Me gustan las mujeres altas con un trasero grande. Pero los pechos no están nada mal.
Dicho eso, pellizcó ambos pezones con fuerza al mismo tiempo. Nobara soltó un pequeño grito y luego rió entre gemidos.
Nobara: ¡Idiota! Pellizcas muy fuerte. No va a salir leche de ahí, ¿eh?
Itadori rió también y siguió jugando con sus pechos mientras ella comenzaba a moverse lentamente arriba y abajo, iniciando por fin el ritmo que ambos necesitaban.
Nobara empezó a cabalgar sobre él con más fuerza, subiendo y bajando mientras sus pechos se balanceaban al ritmo de sus movimientos. Itadori no podía dejar de mirarlos, esos dos enormes pechos que subían y bajaban con cada embestida de ella, rebotando suavemente, tentadores. Estaba tan apretada, tan caliente, que Itadori sintió que no iba a durar mucho.
Agarró sus caderas con fuerza y comenzó a empujar hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba, aumentando la intensidad. Nobara gemía sin parar, con la cabeza hacia atrás, el cabello sudado pegado a la frente. Los pechos seguían rebotando, marcando el ritmo.
Itadori sintió que llegaba. Apretó los dientes, dio un último empujón profundo y se quedó ahí, incrustado hasta el fondo, mientras su semen comenzaba a salir a borbotones, inundando el útero de ella.
Nobara abrió los ojos y se mordió el labio inferior con fuerza, sintiendo cada chorro caliente dentro de ella. Aguantó la respiración un momento, hasta que su propio cuerpo no pudo más y explotó también.
Un chorro caliente salió de ella, empapando el abdomen de Itadori y su propio pene, mezclándose con el sudor. Nobara jadeó fuerte, temblando sobre él.
Pero Itadori no se detuvo. Rápidamente la volteó, poniéndola boca abajo sobre la cama. El trasero de ella quedó levantado, sus pechos enormes aplastados contra las sábanas. Itadori se colocó detrás y sin perder tiempo la penetró de nuevo con fuerza, directo, profundo. Nobara soltó un grito ahogado contra la almohada.
Nobara: ¡No pares! ¡Sigue, sigue!
Itadori la penetraba con fuerza, una y otra vez. Con un brazo lo rodeó alrededor del cuello de ella, apretando suavemente pero con firmeza, atrayéndola hacia atrás. Nobara apretó los dientes, sintiendo la presión en su cuello, y levantó un poco la cara de la cama.
Con la mano libre, Itadori alcanzó uno de sus pechos. Lo agarró y lo llevó hacia arriba, estirándolo gracias a la gran elasticidad que tenía. Llevó su boca al pezón y comenzó a chupar con fuerza, mordisqueando, succionando mientras seguía empujando dentro de ella.

Nobara gemía sin control, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba de nuevo, lento pero seguro. Itadori también lo sentía, esa presión acumulándose en la base.
Ambos llegaron al mismo tiempo. Itadori se enterró profundo y soltó todo dentro de ella otra vez, mientras Nobara apretaba las sábanas con los dedos y gemía largo, temblando bajo él. Se quedaron así un momento, respirando agitados, antes de que Itadori soltara su cuello y su pecho y cayera a un lado de ella en la cama.
Pasaron las horas. El sol ya se había ocultado y la luna brillaba afuera cuando ambos seguían en ello. Habían pasado de la cama al baño, donde Itadori la había empujado contra la pared de azulejos mientras el agua caliente caía sobre ellos.
Después fueron a la cocina, Nobara apoyada contra la encimera mientras él la penetraba por detrás, agarrando sus caderas con fuerza. En el pasillo, en las escaleras, en cualquier rincón de la casa, no dejaron un solo lugar sin marcar.
En algún momento, ya entrada la noche, escucharon la puerta principal abrirse y voces conocidas.
Yamato: ¿Mamá? Ya llegamos.
Era Yamato, el hijo de Nobara, un hombre de unos cuarenta años, junto a Noriko que acababa de llegar también. Caminaron hacia la sala, donde se escuchaban ruidos extraños.
Cuando entraron, la escena era clara. Nobara estaba en el sofá, boca arriba, con las dos piernas de ella alzadas y apoyadas sobre los hombros de Itadori, que la penetraba con fuerza y sin pausa. Los cuerpos sudados, los gemidos de ella, el sonido de los cuerpos chocando. Yamato abrió los ojos como platos y reaccionó al instante.

Yamato: ¡Noriko no mires!
Tapó los ojos de su hija con una mano mientras ella intentaba ver qué pasaba.
Yamato: ¡Perdón por interrumpir!
Salió corriendo llevándose a Noriko de la mano, casi arrastrándola. La puerta se cerró de golpe. Nobara, lejos de detenerse, echó la cabeza hacia atrás y gimió con más fuerza todavía, apretando las piernas alrededor de Itadori mientras él seguía empujando sin parar, indiferente a la interrupción.
Itadori: ¿Oíste algo?
Preguntó mirando a los alrededores y luego miró a Nobara la cual estaba con una expresión perdida completamente perdida la lengua afuera su ojo casi en blanco.
Itadori se encogió de hombros y siguió. La abrazó con más fuerza, hundiéndose profundo, la punta de su pene casi yendo más allá de la entrada de su útero. Nobara arqueó la espalda de golpe y pegó un fuerte gemido con su nombre.
Nobara: ¡ITADORIIIIIIIIIIIIIII!~
Se quedó temblando mientras él la llenaba otra vez con fuerza, sintiendo cómo el calor se extendía dentro de ella. Nobara cayó en el sofá con las piernas abiertas, completamente rendida. De su vagina salió un chorro espeso de semen junto con sus fluidos, escurriendo lentamente sobre la tela del sofá.

Itadori se incorporó un poco, todavía con el pene erecto, y se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Miró el desastre que habían hecho y luego a Nobara, que respiraba agitada con los ojos cerrados.
Itadori: Bueno es hora del 15 round.
Nobara abrió los ojos lentamente y lo miró con una sonrisa un tanto boba en el rostro. Extendió los brazos hacia él, como pidiendo que volviera a su lado, y habló con voz entrecortada pero firme.
Nobara: Si quieres ir hasta más de 100 rounds, hazlo. Yo empecé esto y lo voy a terminar todo. Aunque en el proceso salga embarazada.
Itadori sonrió y se lanzó de nuevo sobre ella. Pasaron los días. Diez días completos encerrados en esa mansión, sin salir, sin atender llamadas, sin importar nada más que el uno para el otro. La cama, el sofá, el piso, la cocina, las escaleras, la ducha, cada rincón fue testigo de su frenesí. Nobara perdió la cuenta de las veces, pero Itadori sí llevaba registro. Más de 200 rounds en total.
Para el décimo día, Nobara yacía en el suelo de la habitación principal. Su cuerpo estaba completamente tirado boca arriba, temblando con convulsiones incontrolables. Destellos negros de energía maldita salían de su piel, residuos de la acumulación de poder liberado durante tantos días. Su sonrisa era boba, la lengua colgando ligeramente hacia un lado, su ojo vidrioso mirando al techo sin ver nada.
Todo su cuerpo estaba cubierto de semen seco y fresco, mezclado con sudor, formando capas sobre su piel. Sus pechos aplastados contra el piso, sus piernas abiertas sin fuerza, su vagina todavía goteando lentamente el exceso.
Itadori estaba sentado en el borde de la cama, completamente desnudo también, con una sonrisa en el rostro. Se estiró hacia atrás, bostezando un poco, y luego la miró con expresión tranquila y agradecida.
Itadori: Caray, tenía mucho estrés acumulado. Gracias, Kugisaki.
Dijo con una sonrisa grande e inocente, como si hubiera terminado una sesión de entrenamiento ligera. Nobara, desde el suelo, no pudo responder. Solo siguió temblando, con destellos negros saltando de su cuerpo de vez en cuando, completamente perdida en el éxtasis acumulado de más de 200 rondas.
2 meses después
Yamato: ¡¿QUEEEEEE?!
Kugisaki le dio un zape a su hijo en la cabeza haciendo que este se sentara en el sofá llevándose las manos a la cabeza la cual le dolía como un infierno.
Kugisaki: Que estoy embarazada no es para qué exageres hijo...
Yamato se masajeaba la cabeza aún adolorido, pero su expresión de incredulidad no desaparecía. Parpadeó varias veces, abrió la boca, la cerró, y volvió a abrirla sin que salieran palabras por unos segundos.
Yamato: ¿Cómo que embarazada? Mamá, tienes casi ochenta años. Eso no es... o sea, no puede ser... ¿Estás segura? ¿Fuiste al médico? ¿Qué dijo el médico? ¿Cómo pasó? Bueno, eso último no quiero saberlo, pero ¿cómo?

Nobara no respondió ninguna de sus preguntas. Solo se llevó una mano a la mejilla, sonrió ligeramente y desvió la mirada hacia un lado, con un leve sonrojo en las mejillas.
Yamato la miró fijamente, esperando una respuesta que nunca llegó. Solo veía a su madre, la mujer fuerte y ruda que siempre había sido, sonrojada como una adolescente.
Yamato: Mamá... ¿Me estás escuchando? ¡Mamá!
Nobara siguió en silencio, con esa sonrisa boba y la mirada perdida, acariciándose suavemente la mejilla.
Itadori: Ah hola Yamato cuánto tiempo.
Apenas escuchó esa voz, Yamato sintió un escalofrío recorrerle toda la espalda. Una presión densa, pesada, comenzó a envolver el ambiente. Era energía maldita, pero no cualquier energía. Era una cantidad abrumadora, asfixiante, que llenaba cada rincón de la sala como si el aire se hubiera vuelto sólido.
Yamato se quedó paralizado. Tragó saliva con dificultad y, muy lentamente, comenzó a girar el cuello hacia atrás. El movimiento era pausado, casi mecánico, como si temiera lo que iba a encontrar. Sus ojos se abrieron de par en par cuando finalmente vio la figura detrás de él.
Itadori estaba ahí, de pie en la entrada de la sala, con una mano levantada y una sonrisa amistosa en el rostro. Su expresión era cálida, inofensiva, la misma de siempre. Pero a su alrededor, la energía maldita emanaba en ondas visibles, distorsionando ligeramente el aire como si el calor extremo ondulara el espacio. Era imposible no sentirla, no percibir ese poder inmenso que lo envolvía todo.
Yamato no podía moverse. Su cuerpo le pedía salir corriendo, pero sus piernas no respondían. Solo atinó a abrir la boca y soltar un susurro tembloroso.
Yamato: Ita... Itadori-san...
Itadori bajó la mano y dio un paso adelante, todavía con esa sonrisa amable.
Itadori: ¿Qué pasa? ¿Te sientes bien? Te ves pálido.
Yamato negó lentamente con la cabeza, sin apartar la vista de él, sudando frío mientras la energía maldita del hechicero más fuerte de la historia lo envolvía por completo sin que Itadori siquiera lo intentara.
Itadori: Wow ¿Así de grande fue su reacción cuando se lo dijiste?
Yamato: Espera... Tu lo sabías.
Su miedo inicial se fue al escuchar que él sabía sobre el embarazo de su madre.
Itadori: Jejejeje pues claro yo soy el padre jejejejeje.
Yamato abrió la boca, pero no salió nada. Su rostro perdió todo el color. Se quedó completamente pálido, petrificado, con los ojos fijos en Itadori sin pestañear. Parecía una estatua de sal.
Itadori pasó a su lado caminando tranquilo, como si nada, y al llegar donde estaba Nobara le dio un beso en la mejilla. Ella ya tenía en las manos algunas cosas que le había pedido, pequeñas bolsas con compras. Itadori las tomó y las dejó en una mesita cercana.
Luego volvió a donde estaba Yamato, que seguía inmóvil, y pasó una mano frente a su cara, moviéndola de un lado a otro. Yamato ni siquiera parpadeó. Itadori soltó una risa baja y se giró hacia Nobara.
Itadori: Creo que lo rompimos.
Nobara se rió también, tapándose un poco la boca con la mano, mientras miraba a su hijo completamente ido.
Fin