El despertar
Surion, el juego de estrategia móvil que revolucionó la industria de los videojuegos, con un pico máximo de quinientos millones de jugadores en simultáneo, estaba cumpliendo un año desde su lanzamiento. Como comunicó oficialmente la empresa creadora, habría un anuncio oficial en pocas horas.
—¡Joder! ¿Cómo chucha puedo pelear contra eso? ¡Son diez cuentas contra mí! —gritó un joven frente al PC mientras veía su ciudad arder en pantalla.
—Gracias por la donación, El_más_capito_67, se agradecen esos cien puños —dijo al chat con una sonrisa forzada.
—Bueno, gente, hasta acá queda el stream. Voy a ver el anuncio de este juego de mierda. Hasta acá queda Kaelquan.
Kael abrió el stream oficial de Surion en Meetube. Una línea de luz se filtraba por su cortina, demasiado vieja para bloquear el amanecer.
—¡Chucha! ¡Cambios en los héroes! Menos mal que empecé en servidor nuevo —gritó sin pensar.
—¡Oye, cállate! ¡Son las siete de la mañana! —le llegó la voz del vecino a través de la pared.
«Verdad... son las siete y no dormí en toda la noche», pensó mientras se frotaba los ojos.
Dejó los audífonos puestos y se tiró a la cama, que de todas formas estaba a un brazo de distancia del escritorio. Del stream seguía escapándose la voz pausada de un hombre mayor:
—Se viene una gran actualización sobre el realismo del juego, los héroes y los lords...
Las palabras se fueron volviendo cada vez más lejanas. Los párpados pesaban demasiado.
Pasaron las horas.
Kael abrió los ojos.
Frente a él había un joven de postura firme y mirada decidida, con el cabello largo hasta la espalda baja. Sostenía una lanza de madera con la punta tallada en hueso, y lo observaba en silencio con una expresión que mezclaba cautela y urgencia.
—Lonko… Lonko, wüñolpaymi. Weichan müley. Tayiñ ruka müley.
Kael se incorporó despacio, parpadeando. Esas palabras las había escuchado en algún lado, pero no lograba ubicar dónde ni cuándo.
—¿Qué dices? No te entiendo —murmuró.
De pronto, una pantalla negra con bordes naranjas apareció flotando frente a él, silenciosa y precisa, como si siempre hubiera estado ahí esperando.
Bienvenido a Surion, señor número #198766 del servidor chileno.
—¿Qué...? ¿Qué es esto? —preguntó al aire.
Déjame explicarte.
Surion lanzó una gran actualización. Doscientos mil jugadores de cada servidor han sido trasladados a este mundo, una recreación del juego hecha realidad.
—¿Con qué motivo? —preguntó Kael, sin estar seguro de a quién le hablaba.
Sistema: error. Información denegada.
Tu objetivo es sobrevivir. Haz lo que sabes hacer.
Sistema inicializando...
«¿Qué mierda es esto?», pensó, mirando la pantalla, luego al joven, luego otra vez la pantalla.
El guerrero seguía esperando, el ceño cada vez más fruncido.
—Lonko, chem piam? Nielan kimün —repitió, en tono confundido.
—Espera, voy a habilitar la traducción —murmuró Kael, levantando una mano mientras buscaba a manotazos entre los ajustes.
—¿Agora sim você me escuta?
Silencio incómodo.
—No... ese no era.
—Xiànzài nǐ néng tīng dào wǒ ma?
—¡Joder, tampoco!
—Delwa'ti sāmeʿni?
El joven lo miraba ya sin disimular la confusión, con la lanza cada vez más firme en la mano, como si empezara a plantearse si el extraño frente a él era un enemigo o simplemente un idiota.
—Este tampoco...
—¿Señor, me escucha?
Kael cerró los ojos un momento. Los volvió a abrir.
—Sí —dijo, soltando un suspiro largo—. Ahora sí. ¿Cómo te llamas?
—Kütral Aukan —respondió el guerrero.
—Vale, Kütral. ¿Me puedes decir por qué me despertaste?
—Lonko, los vientos traen guerra. ¿Cuál será nuestro camino?
Kael lo miró sin comprender.
—¿Qué estás diciendo? No te entiendo nada.
Quiere decir que una guerra se aproxima, intervino el sistema.
Kael procesó eso en silencio por un segundo. Luego otro. Luego respiró hondo.
—¿O sea que tengo que pelear?
—Sí, Lonko —respondió Kütral con naturalidad, como si fuera lo más obvio del mundo.
—Lonko, venga a la arena —dijo entonces, y sin esperar respuesta lo tomó del brazo y lo arrastró hacia afuera.
Kael no entendía por qué Kütral quería pelear precisamente ahora, con una guerra acercándose desde afuera. Pero lo aceptó. Total, llevaba más de la mitad de su vida en taekwondo, y su cuerpo sabía cosas que su cabeza todavía no había terminado de procesar.
—Elige el arma que quieras —dijo Kütral, con una sonrisa que era casi una burla.
Solo había lanzas. Kael tomó la de hueso. Kütral, la de piedra.
No hubo cuenta regresiva. No hubo señal.
Kael atacó primero, un golpe vertical limpio y directo. Kütral lo esquivó con una facilidad que dolió en el orgullo, reubicándose con los pies firmes y la lanza en guardia.
Pero Kael no le dio tiempo de respirar. Apoyó el asta en el suelo, giró sobre ella y lanzó una patada lateral que conectó con fuerza en las costillas del guerrero.
—¿Cómo sabes esas técnicas raras? —gritó Kütral, retrocediendo un paso.
Kael no respondió. Ni una palabra. Solo siguió avanzando.
Los golpes se acumularon. Kütral aguantó más de lo que cualquiera esperaría, y cuando decidió ponerse serio, se notó de inmediato. Sus contraataques eran más rápidos, más económicos, nacidos de años peleando con lanza en la mano.
Un barrido horizontal. Kael no lo vio venir.
La espalda golpeó la pared y el aire le salió de los pulmones de golpe.
«¿Cómo voy a ganarle si nunca peleé con lanza?», pensó, con el pecho apretado.
Kütral avanzó para liquidarlo.
Kael clavó la lanza en la tierra, se impulsó con los brazos y lanzó una patada baja que dobló las rodillas del guerrero. Antes de que Kütral pudiera reaccionar, un rodillazo le cruzó la cara con un golpe seco.
El guerrero se tambaleó. Intentó recomponerse, levantó la lanza.
Kael ya estaba en el aire.
Se apoyó en el asta clavada en el suelo, giró el cuerpo y descargó una patada de hacha desde arriba que lo mandó al piso.
Kütral no se levantó.
Kael lo remató en el suelo, golpe tras golpe, hasta que el guerrero quedó quieto. Cuando finalmente se detuvo y se incorporó, miró sus propias manos. Los nudillos estaban en carne viva, la piel partida en varios puntos.
No había notado el dolor hasta ese momento.
Mientras Kael veía sus nudillos se escuchaba un cuerno a la distancia...