Mundo Felino : Aventuras Bajo las estrellas

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Sinopsis

En Paysandú, un experimento secreto provocó un error que cambiaría mucho más que la Tierra. En el espacio, un asteroide dio origen a una nueva forma de vida, creando un mundo tan fascinante como desconocido. Mientras ese fenómeno crece en silencio, un grupo de felinos, junto a otros animales, se verá envuelto en una serie de aventuras que los llevará a descubrir secretos, enfrentar desafíos, encontrar su propósito… y enfrentarse a seres de su misma especie que intentarán cambiar el rumbo de todo. Porque no todos buscan lo mismo: paz y armonía, sino también el caos. Y algunas decisiones en el camino podrían alterar su destino para siempre.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
MatiasTheOmega
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

El mundo creado a través de una falla


En algún lugar de América del Sur, en Uruguay, se encontraba la ciudad de Paysandú. Más concretamente, en los Montes del Queguay, una estructura extraña se camuflaba casi a la perfección con el entorno natural. A simple vista parecía una formación más del paisaje, una irregularidad cubierta de vegetación y sombras. Sin embargo, allí funcionaba un laboratorio secreto.

Sus pasillos eran fríos y pulcros. Las losas de mármol blanco del suelo reflejaban la luz artificial con un brillo tenue y distante, mientras las paredes de hormigón pulido, también blancas, devolvían ecos suaves que acompañaban cada paso. Más profundo en ese misterioso lugar se extendía una fila de cápsulas cilíndricas que contenían líquidos burbujeantes de un verde espeso y mucoso. En algunas reposaban animales disecados suspendidos en el fluido; en otras, minerales en su estado más bruto, semillas de árboles y objetos que parecían imposibles de encajar bajo una misma lógica.

En medio de todo aquello destacaba una cápsula mayor. Su interior estaba ocupado casi por completo por una masa de pelaje. Parecía pertenecer a un mamífero, aunque resultaba difícil adivinar cuál. Había algo inquietante en ella, como si guardara un secreto que aún no estaba listo para revelarse.

Cerca de allí, alguien había pegado una gran hoja repleta de garabatos que semejaban la forma de un planeta. Líneas curvas, flechas y anotaciones caóticas parecían describir procesos todavía incomprendidos. Minutos después, un científico con bata blanca, lentes rectangulares y una tableta negra en la mano se acercó a otro hombre que vestía una bata gris con tres siglas bordadas en el pecho: C.V.E., Creación de Vida Espacial. Aquellas letras no solo representaban un proyecto, sino una ambición.

—Jefe, ya está todo preparado para el lanzamiento —dijo el joven con un leve tartamudeo.

El hombre de la bata gris giró lentamente. Sus ojos brillaban con una alegría descontrolada.

—En ese caso... ¡preparad los láseres! Con esto haremos que los animales se vuelvan seres inteligentes. Algunos incluso desarrollarán habilidades maravillosas... esto será algo revolucionario.

A lo lejos, sentado frente a una consola y con auriculares puestos, otro técnico intervino con voz firme.

—Jefe, los láseres ya están calibrados.

El hombre asintió satisfecho y dio una señal con la mano, juntando dos dedos para ordenar el disparo. Apenas unos centímetros fuera de la estructura, dos alargadas armas emergieron del camuflaje metálico. Entre sus extremos comenzó a formarse una esfera de energía color cian que crecía con intensidad, vibrando como si tuviera vida propia. Un instante después, un rayo gigantesco surcó la atmósfera terrestre.

Todo parecía ir bien.

Hasta que simplemente dejó de hacerlo.

—¡Jefe... estamos perdiendo potencia! —anunció el técnico de los auriculares, esta vez con la voz quebrada.

—Inclina la palanca al máximo —respondió el hombre de la bata gris con un tono ronco.

—¿Seguro? Si hacemos eso existe la posibilidad de que—

—¡DIJE QUE INCLINES LA PALANCA AL MÁXIMO!

El grito rompió la serenidad del lugar. El técnico, asustado, obedeció y empujó la palanca hasta el límite. El mecanismo se salió del encastre y, con aquel movimiento, una sobrecarga recorrió toda la instalación como un latigazo eléctrico.

—Oh no... —murmuró el técnico para sí, con las manos temblando.

El rayo de energía atravesó la atmósfera y siguió su camino hacia los confines del espacio exterior. Dentro del laboratorio comenzó a sonar una alarma ensordecedora. Las máquinas se sobrecalentaron y empezaron a prender fuego por la sobrecarga general. La gente huyó en pánico.

Sin embargo, el hombre de la bata gris se quedó quieto.

Clavó la mirada en el rayo como si contemplara una obra de arte y esbozó una sonrisa de extraña satisfacción.

—Esto no resultó, para nada, como estaba planeado... pero... ¿realmente habrá sido en vano?

No prestó atención a la cuenta regresiva que comenzaba a sonar a lo lejos. Tres, dos, uno.

En menos de tres segundos, el laboratorio explotó.

Cuando el humo se disipó, quedaron escombros por todas partes. Cuerpos inertes yacían tendidos en el suelo; algunos presentaban heridas visibles, otros no. Los árboles cercanos ardían, y lo que quedaba de las máquinas continuaba envuelto en llamas. El hombre de la bata gris no estaba entre los restos. Había desaparecido.

Mientras tanto, el rayo seguía su trayectoria por el espacio.

Mucho tiempo después, chocó contra un gran asteroide. La colisión provocó una explosión silenciosa que iluminó brevemente la oscuridad infinita. A simple vista, el impacto no pareció alterar la roca. El asteroide quedó intacto...incluso parecía más fortalecido, como si la energía lo hubiera transformado desde dentro.

En la Tierra no hubo cambios perceptibles, casi como si el planeta mismo recordara aquella sensación desde tiempos remotos... o al menos una similar. Ovejas, vacas y cerdos continuaron con su rutina; las gallinas siguieron poniendo huevos; los perros permanecieron siendo los mejores amigos del hombre.

Lo que se había pensado como un intento por cambiar el mundo terminó convirtiéndose en una explosión que nadie jamás escuchó.

Pasaron días. Luego semanas. Más tarde, meses enteros.

Enel asteroide, sin embargo, comenzó a suceder algo extraordinario. Una capa tenue, casi invisible al principio, empezó a rodear la roca. Con el tiempo se volvió más densa, parecida a una atmósfera primitiva que abrazaba aquella masa errante. Como si obedeciera a una voluntad silenciosa, la superficie empezó a transformarse.

Primero brotaron pequeñas manchas verdes.

Luego el pasto creció en mechones suaves que se extendían lentamente, cubriendo grietas y llanuras de piedra. La humedad apareció sin explicación visible: diminutos charcos se formaron en depresiones naturales del terreno, y más tarde surgieron estanques donde el agua parecía girar en círculos, siguiendo reglas propias que nadie había dictado.

Los años pasaron en un suspiro astral.

Árboles jóvenes alzaron sus troncos hacia un cielo que no existía antes. Algunas aves se posaron sobre sus ramas. Peces diminutos comenzaron a nadar en las aguas recién nacidas. Conejos saltaron entre la hierba. Gallinas picoteaban el suelo como si hubieran vivido allí toda la vida.

Aquella roca errante dejó de ser solo un asteroide.

Se convirtió en algo más.

Un pequeño planeta.

Una isla flotante en el vasto océano del cosmos.

En el corazón de su bosque creció un claro natural. Allí, rodeado por árboles encorvados y raíces que parecían querer protegerlo, se encontraba un pozo de roca oscura que aparentaba no tener fondo. Su interior era una sombra profunda, inmóvil, como si escondiera secretos anteriores incluso al nacimiento de aquel mundo.

De repente, algo se movió dentro.

Una pequeña patita felina emergió desde la oscuridad. Dudó unos instantes, aferrándose al borde con torpeza. Luego apareció la otra. El cuerpo entero hizo fuerza y salió arrastrándose hasta quedar tendido sobre el césped. Rodó sin control unos metros y terminó chocando contra el tronco de un árbol.

Una manzana madura cayó desde lo alto y aterrizó sobre su vientre.

El impacto lo hizo incorporarse rápidamente, quedando en cuatro patas, algo mareado.

A primera vista era un gatito pequeño y tierno, con un pelaje amarillo claro que recordaba la luz tibia del amanecer. El viento suave movía los mechoncitos de su lomo, dándole un aspecto esponjoso y delicado. Durante un instante parecía simplemente un gato doméstico cualquiera.

Pero tras unos segundos de observación, quedaba claro que no lo era. Sus ojos eran ligeramente grandes y brillaban con un encanto infantil. El derecho tenía el color cálido del maíz, dulce y sereno. El izquierdo era distinto: alrededor de ese ojo tenía una gran mancha circular oscura, como si la noche le hubiera dado un beso y hubiera dejado allí su sombra. En el centro, el iris amarillo relucía tenuemente, como una luciérnaga atrapada.

Llevaba un collar curioso formado por perlitas amarillentas que tintineaban suavemente cada vez que levantaba la cabeza. En el centro colgaba una pequeña estrella que parecía brillar tímidamente, como si guardara luz propia.

Su cola, esponjosa como una nube joven, se movía con ritmo alegre. Sus bigotes se doblaban de una forma extraña, vibrando como si recibieran pequeñas chispas invisibles cada vez que algo despertaba su emoción.

El gatito miró a su alrededor con cautela.

Aquel lugar era nuevo para él.

Caminó despacio entre la hierba, observando todo con una mezcla de curiosidad y timidez, propia de quien pisa un hogar desconocido.

—¿Qué es este lugar tan verde...? —se preguntó en voz baja.

Un batir de alas respondió a su duda.

Desde lo alto descendió un guacamayo de plumaje intenso y vibrante. Sus colores parecían demasiado brillantes para pertenecer a un mundo recién nacido. Se posó sobre una rama cercana y lo observó inclinando la cabeza con interés.

Era un Guacamayo de Spix, una especie que en nuestro planeta se creía extinta.

—Este es nuestro mundo, amigo peludo —graznó con tono amistoso—.Llegamos aquí... y comenzamos a habitar este bosque. Por ahora no hemos visto otros seres semejantes a ti. Respóndeme una cosa... ¿Cuál es tu nombre?

El gatito bajó la mirada.

—Yo... no tengo nombre.

El guacamayo soltó un chillido alegre.

—¡No hay problema! Me llamo Plumas, pero puedes decirme de cualquier otra forma por el momento, eso sí es lo que quieres.

El felino levantó la vista nuevamente, un poco más tranquilo.

Mientras conversaban, dirigió su mirada hacia el cielo. Miles de luces pequeñas brillaban en la inmensidad oscura.

—¿Qué son esas cosas? —preguntó.

Plumas desplegó las alas y voló hasta posarse a su lado.

—Esas son estrellas. ¿Por qué lo preguntas?

El gatito dudó unos instantes antes de responder.

—No lo sé, diría que por mera curiosidad... Mi collar tiene algo parecido a esas formas.

La pequeña estrella colgante tintineó suavemente.

Sin decir más, ambos comenzaron a caminar juntos por el bosque.

El guacamayo y el pequeño felino continuaron su caminata entre los árboles. El sendero se volvía cada vez más hermoso y extraño. Troncos encorvados formaban una especie de túnel natural, como si el propio bosque los estuviera guiando hacia algún lugar especial. La luz que se filtraba entre las hojas dibujaba manchas doradas sobre el suelo húmedo.

Tras atravesar aquel pasaje vegetal, llegaron a un claro amplio y silencioso.

En el centro se extendía un arroyo de forma circular. Su corriente giraba lentamente sobre sí misma, creando suaves remolinos que reflejaban el cielo estrellado como si fuera un espejo vivo. A su alrededor, numerosos animales se reunían en calma absoluta. Algunos bebían agua con tranquilidad; otros observaban el entorno con serenidad. Peces saltaban ocasionalmente formando pequeñas ondas luminosas. Conejos inquietos movían sus narices sin cesar.

Todo parecía existir en perfecta armonía.

El gatito sintió sed al ver aquella escena, pero algo dentro de él lo detuvo. La timidez lo envolvió como una sabana invisible. Se mantuvo quieto unos segundos, dudando.

Plumas, notando su inseguridad, le dio una pequeña palmada con el ala.

Un gesto simple, pero lo suficiente como para darle cierto nivel de ánimos.

El felino asintió con nerviosismo y comenzó a acercarse lentamente.

Un oso robusto, de pelaje espeso y mirada tranquila, se acomodó junto a él. Su voz era grave, pero amable.

—Hola. Soy Berto. ¿Y tú?

El gatito bajó la cabeza.

—Yo...no tengo nombre.

Los animales cercanos intercambiaron miradas llenas de curiosidad. Algunos comenzaron a susurrar propuestas improvisadas.

—Amarillo...

—Pelusa...

—Estrellita...

Un conejo despreocupado alzó la voz con entusiasmo:

—¿Y si mejor se llama “Gato”?

En lugar de aprobación, recibió una mueca colectiva de total indiferencia y absoluta desaprobación.

Plumas voló hasta una roca cercana y levantó el pecho con autoridad.

—Bien, escúchenme todos. Entiendo la emoción que sienten, pero en lugar de ayudar, lo están poniendo más nervioso. Les pido un momento de silencio para que él mismo elija su nombre.

El murmullo fue apagándose poco a poco hasta convertirse en un silencio absoluto.

El pequeño felino miró la estrella de su collar.

Luego alzó la vista hacia el cielo.

Las constelaciones brillaban con una intensidad tranquilizadora, como si lo estuvieran observando... esperando.

Sintió algo nuevo dentro de su pecho, algo a lo que los humanos llaman...valor.

Apenas susurró:

—Star... Starlet...

Nadie lo oyó, excepto Plumas, que soltó un chillido alentador.

El gatito respiró hondo. Reunió toda la fuerza que creía no tener y proclamó con voz firme:

—¡Mi nombre es... STARLET!

La reacción fue inmediata.

Los animales celebraron con pequeños saltos y chillidos alegres. Algunos golpeaban suavemente el suelo con sus patas. Otros agitaban alas o colas en señal de bienvenida.

Por primera vez desde que había salido del pozo, Starlet sintió que pertenecía a algún lugar.

Poco después, los animales comenzaron a despedirse uno a uno. La calma volvió al arroyo circular. Solo quedaron Starlet, Plumas y Berto.

E loso soltó un rugido amistoso antes de marcharse entre los árboles.

Plumas descendió hasta el felino y le picoteó suavemente una oreja con cariño.

—Conque Starlet, ¿eh? —graznó divertido, soltando una pequeña risa antes de extender las alas— Nos veremos pronto, amigo.

Y se fue aleteando hacia la espesura.

Starlet permaneció solo durante unos instantes.

Miró el bosque, luego el cielo, y por último, miró al arroyo.

Aquel lugar ahora era su hogar. Su mundo.

Un mundo lleno de misterios por descubrir y aventuras por vivir.

Emprendió su primer paseo exploratorio entre árboles y claros, sin saber que tarde o temprano aquel sitio le pediría resolver enigmas y enfrentar pruebas. Pero por ahora, la isla flotante lo recibía con calma.

Un nuevo hogar que comenzaba a latir al ritmo de sus pequeñas y peludas patas.

Pero, mientras Starlet caminaba, la isla tembló ligeramente.

Algo estaba sucediendo allí mismo.

Algo imperceptible para los animales que la habitaban...

Algo que podría mostrar un reflejo de la verdadera naturaleza de las cosas.