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Sinopsis

La historia sigue a un científico que, tras verse involucrado en un atentado terrorista, es forzado por el gobierno a colaborar en la búsqueda del líder del grupo responsable. Al mismo tiempo, la propia organización terrorista lo manipula para convertirlo en un doble agente. En medio de este conflicto, una voz extraña comienza a guiarlo desde dentro, influyendo tanto en su vida personal como en su investigación científica. A lo largo de la historia, su motivación se vuelve cada vez más íntima: en medio del caos político, la violencia y los dilemas éticos, lo único que realmente desea es volver a ver a la persona que ama. La obra tiene un enfoque profundamente introspectivo. En muchos momentos se acerca más al monólogo interno que a una narrativa tradicional, utilizando elementos oníricos y extraños para explorar temas como la religión, la identidad y la psique del protagonista, evitando descripciones emocionales convencionales. Es una obra densa, tanto por su complejidad conceptual como por los temas que aborda No es una historia apta para todos los públicos. Incluye contenido explícito y en ocasiones visceral, aunque este no es gratuito: busca tener un propósito narrativo y una carga simbólica dentro del desarrollo de la obra.

Genero:
Scifi
Autor/a:
Isaac Cazares
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Cap I:El ojo público

Robert estaba frente a ese hombre sin rostro.

No había ojos bajo el ala del sombrero de fieltro. No había boca. Solo la presencia de algo que esperaba, paciente, como lo hace el invierno antes de caer. El viento brumoso los rodeaba a los dos, pero el frío no tocaba a ese ser — lo atravesaba, y eso era distinto. Robert intentó hablar y descubrió que no tenía voz. Intentó retroceder y descubrió que no tenía pies.

El hombre murmuró algo. Las palabras no eran palabras. Eran la forma del silencio antes de que algo se rompa.

Esa imagen — ese hombre, ese sombrero, ese murmullo sin significado — se convirtió con el tiempo en un objeto abstracto dentro de la mente de Robert. No era exactamente un recuerdo. Era más parecido a una herida que el cuerpo ha aprendido a llevar sin quejarse. Una pesadilla que no desaparecía al despertar, sino que esperaba, quieta, dentro de él, a que la noche volviera a abrirle la puerta.

— — —

Antes de desaparecer — antes de la cabaña, antes del bosque, antes de todo lo que vino después — el ojo público estaba siempre frente a Robert.

Las cámaras lo encontraban con facilidad. Tenía ese tipo de presencia que los lentes buscan sin que nadie lo pida: el cabello largo y bastante desordenado cayéndole sobre los hombros, una sonrisa amplia que llegaba antes que las palabras, cierta costumbre de ocupar el espacio sin disculparse por ello. Era reconocido en los corredores de la Gran Academia Humanista y en los estudios de transmisión interestelar. Su apellido — Volkov — llevaba décadas asociado a la ciencia de frontera; él, en cambio, había preferido siempre las discusiones incómodas.

Era un símbolo del nepotismo de la HUSEP, decían sus enemigos. Era la única voz honesta en la sala, decían sus admiradores. Ambos tenían razón en algo, y él lo sabía, y eso tampoco lo perturbaba.

— — —

El estudio de transmisión era pequeño para la importancia que se le atribuía. Dos sillas, una mesa de cristal, lámparas de neón que zumbaban con esa electricidad continua que terminaba por volverse parte del silencio. La cámara, negra y fija, proyectaba su ojo rojo como una advertencia permanente.

Robert se recostó ligeramente en la silla, se aclaró la garganta y se acomodó el traje con un gesto que tenía más de costumbre que de coquetería.

—Bien —dijo—. Hablemos en serio. Dijiste que tenías una pregunta pendiente.

El entrevistador bajó la mirada a su tableta. Era un hombre joven con la seriedad prestada de alguien que aún no ha vivido suficiente para saber que la seriedad no se lleva así.

—Sí. —Levantó la vista.— ¿Por qué estuviste en desacuerdo con las reformas laicas impulsadas por el Partido Imperial?

Robert exhaló por la nariz. Cansado, no sorprendido.

—Porque no son laicas. Son profilácticas.

—¿Profilácticas?

—Sí. No buscan neutralidad. Buscan esterilizar. —Levantó la vista hacia las luces.— Dime algo antes de seguir. ¿En qué siglo estamos?

—Trigésimo.

—Exacto. Y aun así actuamos como si prohibir símbolos, rituales y creencias fuera a desactivar la violencia humana. Eso no es progreso. Es miedo con retórica.

—No es miedo, Robert —replicó el entrevistador—. Es prevención. Llevamos décadas combatiendo fanáticos, mártires artificiales, sectas armadas. La religión se ha convertido en una bomba de tiempo interestelar.

—No. —Robert negó con la cabeza, despacio, como quien corrige a alguien que sabe que tiene razón en una parte y error en lo esencial.— La bomba es el humano. La religión es uno de los muchos detonadores posibles. No el único.

—Eso es una evasión elegante.

—Es una constatación histórica. Glorificamos todo: líderes, ideologías, corporaciones, incluso a la propia razón. ¿O ya olvidamos la dictadura corporativa de Rudolf? No necesitó dioses para cometer atrocidades. Necesitó personas dispuestas a obedecer y un sistema que convirtiera la obediencia en virtud.

El entrevistador frunció el ceño con ese gesto de quien no puede rebatir el argumento pero tampoco quiere concederlo.

—Pero la diferencia es que ahora sabemos más. Tenemos datos, psicología social, ingeniería cultural. El Partido Imperial ha demostrado que los sistemas bajo su control son los más pacíficos de la HUSEP.

Robert sostuvo la mirada. Había algo en sus ojos en ese momento que no era arrogancia, sino algo más sereno y más difícil de tolerar: la certeza tranquila de quien ha pensado en esto mucho más tiempo del que cualquier cámara podría registrar.

—Sí. Y también los más vigilados.

Un silencio incómodo se deslizó por el estudio. El zumbido de los neones se volvió más audible.

—¿Estás diciendo que la paz imperial es una ilusión?

—No. Es real. Y precisamente por eso es peligrosa. —Hizo una pausa, dejó que el silencio trabajara.— Una paz que solo existe si amputas una parte esencial del ser humano no es estabilidad. Es anestesia. Y la anestesia, cuando se acaba, duele más.

—Hablas como si la espiritualidad fuera indispensable.

—No lo es. —Robert inclinó la cabeza.— Pero la necesidad de significado sí. Y cuando se la quitas a las personas, alguien más se la venderá. Más barata. Más violenta. Con menos escrúpulos.

—¿La Nación Sagrada? —preguntó el entrevistador, con un dejo de ironía apenas disimulada.— ¿Ese es tu argumento? ¿Prefieres cyborgs mesiánicos y tecnología disfrazada de milagro?

—No. —La voz de Robert fue firme, sin calor.— No los defiendo. De hecho, me aterran. Pero entiende esto: ellos no prohibieron la fe. La monopolizaron. El Partido Imperial, en cambio, cree que puede erradicarla. Y esa diferencia es fundamental.

—¿Y no puede?

—Nadie puede. —Robert apoyó los dedos sobre la mesa.— Puedes empujarla a la clandestinidad. Puedes radicalizarla. Puedes convertirla en identidad de resistencia, en bandera, en mecha. Eso ya lo estamos viendo. La represión espiritual no produce ateísmo. Produce mártires.

—Estás exagerando.

—¿De verdad? —Robert arqueó una ceja.— Liberaron a los responsables del atentado a la Gran Capilla por vacíos legales. ¿Sabes lo que eso comunicó? Que la ley es más importante que la herida. Que el orden vale más que el duelo. Que hay vidas cuya pérdida el sistema puede administrar sin tener que nombrarla.

El entrevistador respiró hondo. Por primera vez desde el inicio de la conversación parecía genuinamente incómodo, lo cual, pensó Robert, era ya un progreso.

—No todos necesitamos un dios para tener conciencia moral.

—Nunca dije que sí. —Robert endureció apenas el tono.— Dije que eliminar a Dios no elimina el fanatismo. Solo cambia su máscara. Hoy es la fe; mañana será el Estado, la ciencia, o el Partido. El problema no es el objeto de devoción. Es la disposición humana a devolver el pensamiento propio a cambio de certeza.

—Eso suena a relativismo cómodo.

—Suena a advertencia. Y la diferencia importa.

El entrevistador lo observó unos segundos. Luego, con el tono de quien lanza una pregunta que en realidad es una trampa:

—Dime algo, Robert. ¿Eres creyente?

Robert rió. Breve, sin humor, con la expresión de quien acaba de confirmar algo que ya esperaba.

—Eso no lo voy a responder.

—¿Por qué? ¿Te incomoda?

—Porque es irrelevante. Y porque en el momento en que lo responda, dejarás de escuchar mis argumentos y empezarás a juzgar mi identidad. Es más fácil descartarme si me pones una etiqueta. Y tú lo sabes.

El silencio volvió. Esta vez más largo.

—La imparcialidad no existe —continuó Robert, sin esperar respuesta.— Solo la honestidad intelectual. Y hoy es mucho más cómodo culpar a la religión que aceptar que estamos construyendo una hegemonía disfrazada de salvación. Un solo modelo moral para la galaxia entera. Una sola versión de lo que significa ser humano.

—¿Entonces qué propones?

Robert miró a la cámara por primera vez desde que empezó la entrevista. Directamente, como si supiera que había alguien del otro lado que necesitaba escuchar esto con precisión.

—Libertad, no fe prohibida. Pluralidad, no paz impuesta. Porque cuando un solo modelo moral gobierna la galaxia, lo siguiente no es armonía. Es dictadura. Y las dictaduras siempre creen, mientras duran, que son la solución definitiva.

El entrevistador tragó saliva y forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Bien. Creo que hasta aquí llegamos. —Miró a la cámara.— Agradecemos a Robert por esta conversación. Su artículo se publicará este fin de semana en el periódico de la Gran Academia Humanista.

La luz roja de la cámara se apagó.

El estudio permaneció suspendido en esa quietud artificial propia de los espacios donde se fabrican discursos: una calma hecha de cables, superficies limpias y silencios cuidadosamente administrados. El entrevistador dejó escapar un suspiro breve, como quien se desprende de un peso prestado, y empezó a recoger su tableta con manos más torpes de lo que había mostrado frente a la cámara.

Robert no se movió.

Siguió sentado bajo las lámparas de neón, con los codos apoyados sobre los descansabrazos y la mirada fija en un punto cualquiera más allá de la pared. Había algo casi ritual en ese instante posterior a la transmisión, un momento desnudo en el que las palabras seguían vibrando en el aire aunque nadie quisiera reconocerlo.

La verdad, pensó, no era lo que incomodaba. Lo que incomodaba era el tono. La gente soportaba casi cualquier idea mientras se la sirvieran en recipientes familiares. Pero había una forma de decir ciertas cosas que volvía insoportable incluso la verdad más evidente. Él conocía bien ese mecanismo. No era el contenido de sus palabras lo que incomodaba al Partido, sino la serenidad con que las pronunciaba.

No era un agitador. Era peor. Era un hombre razonable.

El joven entrevistador carraspeó.

—Bueno... eso fue intenso.

Robert alzó apenas la vista.

—Eso fue moderado.

El otro sonrió con una rigidez mecánica.

—Sabes que van a recortar varias partes.

—Entonces no era una entrevista.

—Tú sabes cómo funciona esto.

Robert inclinó la cabeza con una sonrisa leve, cansada.

—Precisamente por eso dije lo que dije.

El entrevistador guardó silencio. Había perdido la seguridad performativa de los minutos anteriores. Ahora parecía apenas un empleado atrapado entre jerarquías demasiado grandes para cuestionarlas.

—No entiendo por qué haces esto —murmuró.

Robert se levantó despacio. Tomó la chaqueta del respaldo y avanzó hacia la salida sin prisa. El corredor detrás del estudio era estrecho, iluminado por paneles blancos que borraban las sombras y reducían los rostros a líneas limpias, impersonales. El complejo de transmisiones de la Gran Academia Humanista estaba diseñado para transmitir transparencia, eficiencia, neutralidad.

Atravesó una puerta automática y entró en el área privada reservada para invitados. Allí el ruido era menor. El bullicio técnico del estudio quedaba atrás y solo permanecía el rumor distante de ventiladores y conductos de aire. Un asistente se acercó con una inclinación respetuosa.

—Doctor Volkov, hay alguien esperándolo en su camerino.

Robert frunció levemente el ceño.

—¿Quién?

—No quiso dar nombre. Solo dijo que quiere hablar con usted.

Robert sostuvo la mirada del asistente un segundo más, como si esperara encontrar una explicación adicional en sus ojos, pero no había nada.

Siguió caminando.

El camerino era amplio, sobrio, con la estética impecable de los espacios diseñados para hacer sentir importante a quien los ocupa sin concederle intimidad real. Un espejo vertical cubría casi toda una pared. Una mesa de cristal sostenía una jarra de agua, dos vasos y un arreglo vegetal.

Había un hombre sentado junto al espejo.

No se levantó cuando Robert entró.

Era alto, robusto, vestido de negro, con una gabardina de interior roja, sobria que no llamaba la atención por riqueza sino por exactitud. Tenía la cabeza afeitada, mostrando un rostro marcado por cicatrices finas y antiguas: una sobre la sien, otra cruzando el mentón, otra perdiéndose bajo el cuello de la camisa.

Había en él algo extraño, una densidad difícil de nombrar, como si el tiempo no hubiera pasado sobre su piel pero sí hubiera sedimentado detrás de sus ojos.

Robert cerró la puerta sin apartar la vista.

—Supongo que eres el que quiere hablar conmigo.

El hombre sonrió apenas.

—Eso es correcto, señor Volkov.

Su voz era grave, modulada con una calma sin esfuerzo. No era la voz de alguien que intentara parecer inteligente; era la de alguien demasiado acostumbrado a pensar antes de hablar.

Robert se apoyó contra la mesa.

—No acostumbro recibir desconocidos después de una transmisión.

—Eso puedo entenderlo. Yo tampoco acostumbro buscar a quienes no vale la pena escuchar.

Robert lo observó unos segundos.

No había amenaza visible. Aquel hombre parecía simplemente cómodo, como si el espacio le perteneciera sin necesidad de imponerlo.

—¿Quién eres?

El hombre tomó uno de los vasos y se sirvió agua.

—Wallace.

Nada más.

Robert esperó una explicación que no llegó.

—¿Solo Wallace?

La sonrisa volvió, más leve todavía.

—Los nombres completos importan cuando uno necesita demostrar procedencia.

—¿Y tú no?

—Hace tiempo dejé de necesitarlo.

Robert dejó escapar una breve risa nasal.

—¿Esto es ensayado?

—La experiencia suele sonar así para quienes aún confunden espontaneidad con verdad.

Robert tomó el otro vaso, aunque no bebió.

—Bien, Wallace sin apellido. ¿Vienes a decirme que fui brillante o irresponsable?

Wallace apoyó las manos sobre las rodillas.

—Ninguna de las dos. Vine a decirte que fuiste predecible.

Robert arqueó una ceja.

—Eso sí es nuevo.

—No por mediocre —continuó Wallace—, sino porque las personas inteligentes siempre llegan a la misma pared: descubren las contradicciones del sistema y creen que señalarlas es suficiente.

Robert sonrió sin humor.

—¿Y no lo es?

—No. La lucidez sin acción es una forma elegante de impotencia.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Robert lo miró con mayor atención.

—¿Y tú representas la acción?

Wallace giró el vaso lentamente entre los dedos.

—Represento la experiencia de haber visto demasiadas veces cómo hombres brillantes desperdician su vida describiendo jaulas.

Robert dio un sorbo pequeño al agua.

—Hablas como si hubieras visto siglos de historia.

Wallace alzó la vista.

—He visto suficientes repeticiones para saber que los siglos son menos importantes que los patrones.

Robert sostuvo su mirada.

—No viniste por curiosidad.

—No.

—Entonces dime por qué.

Wallace se puso de pie. La diferencia de altura era leve, pero su presencia creció de inmediato.

—Porque hombres como tú suelen elegir entre dos destinos: convertirse en piezas útiles del sistema que critican o volverse mártires inútiles de ideas que nadie implementará.

Robert dejó el vaso sobre la mesa.

—Suena como una falsa dicotomía.

—La mayoría de las decisiones humanas lo son.

Wallace avanzó un paso.

—Quería ver si eras capaz de imaginar una tercera opción.

Robert sintió un impulso casi infantil de preguntar cuál era esa opción, pero no lo hizo.

Wallace sonrió apenas al notar la contención.

—Bien —dijo

Metió una mano en el bolsillo interno de la gabardina y sacó una tarjeta negra, sin símbolos visibles, solo un numero largo plateado.

La dejó sobre la mesa.

—No necesitas decidir nada hoy.

Robert miró la tarjeta.

—¿Quién eres realmente?

Wallace abrió la puerta.

Se detuvo antes de salir.

—Hablaremos luego

Luego salió.

La puerta se cerró con un chasquido suave.

Robert permaneció inmóvil, mirando la tarjeta negra sobre la mesa de cristal.

— — —

Afuera, en algún lugar del edificio, continuaban las transmisiones, los discursos, las declaraciones reguladas, la maquinaria perfecta del consenso.

Robert quedó solo en el camerino, con una pesades que pocas veces sabría describir. La incomodidad de haberse topado con la persona incorrecta. Y Robert sabía, incluso antes de tocar aquella tarjeta, que esa posibilidad no era inocente.

La tomó entre los dedos. La superficie era fría y pensó en la entrevista y sintió, por primera vez en mucho tiempo, no certeza, sino curiosidad.

— — —

La noche ya había caído sobre la ciudad cuando Robert y Emma regresaron a casa.

La puerta se cerró detrás de ellos con un susurro hidráulico, y el silencio que quedó adentro no era más que la comodidad y complicidad de dos personas que se conocían bien.

Las luces de la sala seguían en tono bajo, ámbar, como brasas contenidas detrás del vidrio. Afuera, la ciudad respiraba con su maquinaria de siempre; adentro, el aire era frio, cómodo e intimo.

Emma dejó el abrigo sobre el respaldo del sofá con un gesto breve, casi alegre. Tenía ese ánimo luminoso que a Robert siempre le había parecido una forma de valentía: no ignorar la oscuridad, sino negarse a darle el último gesto de la noche. Se quitó los guantes, caminó descalza sobre el piso pulido y lo miró con esa expresión en que todo parecía más simple de lo que era.

Robert, en cambio, se quedó quieto un instante junto a la puerta.

Había algo dentro de él, una acumulación muda, una pregunta sin forma que se le había instalado en su cabeza desde que salieron del estudio. Robert se pasó una mano por la nuca.

Emma lo observó desde el centro de la sala.

—¿Estás bien? —preguntó.

Él tardó medio segundo más de lo normal en responder.

—Sí.

Pero la palabra le salió demasiado pulida, demasiado correcta.

Emma inclinó apenas la cabeza.

—No suenas bien.

Robert soltó aire por la nariz, un gesto que no era risa ni desaprobación, sino un modo de admitir que lo habían leído antes de que él mismo supiera organizar el gesto.

—Sólo estoy cansado.

Emma sonrió con una dulzura fácil, de esas que no niegan el cansancio, pero le quitan autoridad.

—Eso sí te lo creo.

Caminó hacia la cocina. Robert la siguió con la vista. Había en ella una quietud alegre, una especie de equilibrio interno que él envidiaba y temía al mismo tiempo.

Él se quitó el saco lentamente y lo dejó sobre una silla.

No sabía cómo decir lo que le estaba rondando por dentro. No sabía siquiera si debía decirlo. Había pensamientos que, una vez verbalizados, dejaban de ser una duda privada para volverse una forma de daño. Y Robert, no tenía la misma habilidad para no romper las cosas que más le importaban.

Emma regresó con una botella en la mano.

El vidrio oscuro atrapó la luz tenue del salón.

Robert alzó una ceja.

—¿Vino?

—Vino.

—No recordaba que tuviéramos.

Emma sonrió con una satisfacción casi infantil.

—Lo compré hace semanas.

Lo dijo como si se tratara de una conspiración pequeña y feliz, de una travesura doméstica que llevaba tiempo esperando el momento exacto para salir a la superficie.

Robert la miró un segundo más.

—¿Por qué?

Emma levantó la botella apenas, como si fuera una respuesta suficiente.

—Porque hoy sí.

Se acercó a la mesa baja, tomó dos copas del armario superior y las dejó con cuidado sobre la madera. El sonido del cristal fue leve, pero en la casa pareció resonar más de lo debido, como si alguna parte de Robert hubiera estado esperando precisamente ese gesto para recordar que estaba vivo y no en otra parte.

Ella sirvió el vino con una destreza tranquila.

El líquido oscuro cayó en espiral, rojo casi negro bajo la luz ámbar.

Robert se quedó de pie observándola.

—No tenemos ninguna razón especial para beber —dijo.

Emma alzó la vista.

—¿Necesitamos una?

Él no contestó.

Ella le entregó una copa y rozó sus dedos con los de él. Fue un contacto breve, casi insignificante, pero Robert sintió ese roce como si el cuerpo recordara algo antes que la mente.

Emma tomó un sorbo, luego otro. Lo estudió por encima del borde de la copa.

—Te estás castigando otra vez —dijo.

Robert no reaccionó de inmediato.

—No estoy haciendo nada.

—Eso mismo dijiste la última vez que estabas lejos de todo el mundo.

Él bajó la vista a su copa.

El vino olía a fruta oscura, a madera y a algo más tibio, casi terroso.

—No sé si debería estar aquí —dijo al fin.

Emma parpadeó, y su expresión cambió apenas, lo suficiente para que él entendiera que la había tocado en un lugar real.

—¿Aquí? ¿Conmigo?

—No. —Robert cerró la mano alrededor del tallo de la copa—. Aquí. En todo esto. En la entrevista, en las preguntas, en la gente que escucha, en lo que espera de mí. En la forma en que uno dice una cosa y ya queda atrapado dentro de ella. Siento que cada vez que hablo, construyo algo que después va a usarme en mi contra.

Emma dejó la copa sobre la mesa y se acercó un poco más.

—Siempre haces eso después de una conversación difícil. Te convences de que dijiste demasiado.

—Porque lo hice.

—No. —Ella apoyó una mano en su pecho, con una suavidad que no exigía nada—. Dijiste lo que pensabas.

Robert la miró.

—Eso no es lo mismo.

—A veces sí.

Él bajó los ojos a su mano.

Emma seguía ahí, firme, real, tibia contra él. Había algo en ese contacto que le desmontaba la necesidad de explicarse con precisión absoluta. Su cuerpo, tan acostumbrado a la tensión, reconocía en ella una seguridad que no tenía que demostrar nada para existir.

—Siento que me observan —dijo, casi en un murmullo—. Como si cada respuesta que doy estuviera siendo medida por alguien que ya decidió qué clase de hombre soy.

Emma retiró la mano despacio y sonrió con una paciencia casi triste.

—Eso siempre va a pasar.

—No debería.

—No. Pero pasa.

Robert se quedó callado.

Emma lo conocía demasiado bien para intentar arrancarle una confesión por la fuerza. En vez de eso, se llevó la copa a los labios, bebió apenas y luego caminó hacia él con esa calma que en ella siempre tenía algo de invitación y de refugio.

—Ven —dijo.

Él no se movió enseguida.

—Emma.

—Ven acá.

Había en su tono una ternura con filo. Robert la reconoció al instante: la clase de ternura que no pide permiso porque ya lo ha recibido demasiadas veces.

Se dejó llevar.

Cuando ella lo tomó por la solapa del saco y lo acercó, Robert percibió de inmediato el cambio en el aire. La casa, el vino, la noche, todo empezó a estrecharse alrededor de ese gesto como si el mundo decidiera hacerse pequeño para darles espacio.

Emma lo besó primero con suavidad.

Luego con intención.

No había prisa en ella, pero sí una decisión clara. Robert sintió el calor de su boca y, con él, una especie de desarme lento, inevitable. Lo que en un principio había sido duda empezó a ceder terreno a otra cosa: la urgencia de no pensar, de no permanecer demasiado tiempo dentro de su propia cabeza.

Emma separó apenas los labios de los suyos y lo miró.

—Deja de mirar hacia adentro por un rato —murmuró.

Él no respondió.

Ella apoyó la frente contra la suya.

—Sólo esta noche.

Y entonces lo condujo hacia el sofá, sin perder ese dominio suave de quien conoce cada una de las resistencias del otro y decide pasar por encima de ellas no con violencia, sino con cariño.

Robert terminó obedeciendo.

El vino les aflojó el borde de las palabras. La noche fue cerrándose alrededor de ellos con la paciencia de una marea. Lo que siguió no necesitó nombrarse con detalle; bastó el modo en que Emma lo tocó, el modo en que Robert dejó por fin de sostenerse entero y permitió que la cercanía lo desarmara. Había en esa intimidad algo más profundo que el deseo: una forma de olvido compartido, una tregua breve contra la ciudad, contra la historia, contra la sensación de que la vida siempre estaba a punto de exigirles una nueva explicación.

Y cuando por fin el cansancio regresó, lo hizo distinto.

Menos feroz.

Más humano.

Más tarde, ya en la penumbra de la habitación, Emma dormía con el brazo sobre su pecho. Robert permanecía despierto, mirando el techo oscuro, escuchando la respiración de la mujer que dormía a su lado.

Robert giró apenas la cabeza, observó a Emma dormir, y sintió algo parecido a la culpa sin saber aún por qué. No una culpa moral. Una culpa anticipada. La clase de culpa que nace cuando el mundo empieza a inclinarse hacia una decisión que todavía no has tomado.

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