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Aión

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Sinopsis

Las aventuras de Tabita y Aión.

Genero:
Scifi
Autor/a:
luchibonfico
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Desperté en una tierra desconocida. Tardé unos segundos en entender que estaba acostado sobre una superficie húmeda. Me incorporé de a poco y todo se movió como la cubierta de un barco; el estómago se me cerró como si una boa se enroscara adentro. El aire entró con dificultad y me dejó en la boca un gusto mineral, amargo. Parpadeé varias veces hasta que un cielo nuevo empezó a verse más nítido sobre mí: una cicatriz vieja, extendida de extremo a extremo. Una claridad enferma, sin nubes, caía sobre todo y se me adhería a la piel como una segunda piel.

Me quedé quieto, respirando despacio, tratando de entender dónde estaba. Pero la pregunta no tenía dónde apoyarse. La tierra tenía un color irreconocible, igual que las elevaciones a lo lejos y esas estructuras retorcidas que brotaban del suelo como raíces y ramas al mismo tiempo. A pocos metros, tendida de costado entre lianas gruesas que trepaban por una formación rocosa negra, la vi. El pelo le cubría parte del rostro. Un brazo descansaba sobre el pecho, inmóvil. Fui hacia ella de inmediato. Cada paso lo sentía como negociar con un suelo esponjoso y traicionero que cedía apenas bajo mis pies. Caí de rodillas a su lado y le aparté el cabello de la cara con la mano temblorosa.

—Tabita...

Su nombre me salió con la naturalidad de algo que conocía desde siempre. Pero apenas lo pronuncié entendí que no recordaba quién era yo, de dónde veníamos ni cómo habíamos llegado ahí. Solo sabía su nombre. El mío ni siquiera aparecía.

—Tabita —repetí más fuerte con desesperación.

Le toqué el cuello. Tenía pulso, débil pero firme. El alivio duró menos de un segundo, porque en ese mismo instante algo cambió alrededor. Fue como si el lugar entero hubiera estado dormido y acabara de abrir un ojo. Le sacudí el hombro con cuidado; después, con más fuerza.

—Tabita, despertate.

Sus párpados temblaron. Inspiró de golpe, como quien vuelve de un pozo profundo, y se incorporó con una violencia que casi me hizo caer hacia atrás. Abrió mucho los ojos y miró a su alrededor como un animal acorralado.

—¿Dónde estamos?

La pregunta quedó suspendida entre los dos. La miré y ella me sostuvo la mirada; en su cara vi lo mismo que debía de haber en la mía: desconcierto, sí, pero también algo más oscuro, la intuición de que no estábamos perdidos, sino que nos habían puesto ahí. Tabita se incorporó del todo y retrocedió un paso. Ambos respirábamos agitados, con el aire llenándonos los pulmones como si hubiera que arrancárselo al planeta.

—¿Vos te acordás de algo? —preguntó.

—No.

Tenía la mente vacía; ciudades y rostros habían sido arrancados con prolijidad. Entendía los conceptos, pero no podía recordar nada específico. Solo quedaban restos: el nombre de Tabita, mi idioma, el modo en que mis manos sabían cerrarse y la sospecha de haber sido alguien, aunque ese alguien ya no existiera. Una forma del color de la ceniza se movió entre la vegetación alta. No alcancé a distinguirla: apenas una vibración mínima en la trama del paisaje. A mi lado, Tabita se quedó rígida.

—Hay algo ahí —susurró.

No respondí, porque en ese mismo momento escuché otro sonido, esta vez detrás de nosotros; el planeta nos estaba rodeando con el sigilo de un engranaje de carne. Las estructuras vegetales se mecían apenas, aunque no corría viento. Desde algún lugar subió un olor ácido, a podrido mezclado con savia rota. El corazón empezó a golpearme en el pecho con una violencia tal, que temí que su latido atrajera a lo que sea que nos observaba. Tabita se acercó a mí, sin dejar de mirar al frente.

—Decime que esto es un sueño —susurró.

La miré de perfil. Tenía los ojos clavados en la espesura; el cuerpo listo para correr sin saber hacia dónde.

—No lo es.

Lo supe en cuanto las palabras salieron de mi boca. Los sueños tenían algo de trampa; la realidad ahí era brutal. Una gota me cayó en la frente. Levanté la vista y vi descender del cielo hilos oscuros, finos como venas, que se deshacían antes de tocar el suelo, como si esa cicatriz supurara algo que no terminaba de caer.

—Nos están mirando —murmuró Tabita.

Había una atención posada sobre nosotros, como si fuéramos intrusos o alimento. Las lianas pegadas a la roca se contrajeron apenas, como dedos que probaban moverse después de un sueño largo. Agarré a Tabita del antebrazo.

—Tenemos que movernos.

La solté y miré alrededor, pero la pregunta seguía ahí, como un cuchillo sin mango. A la derecha había una formación de piedra negra, hendida por la mitad. Más allá, una pendiente descendía hacia una bruma azulada. A la izquierda, la vegetación se cerraba en una masa espesa y torcida. Detrás, unas terrazas cubiertas por un musgo gris latían apenas. Había demasiados caminos y ninguno parecía seguro.

—Por allá —dije al fin, señalando la piedra abierta.

Porque quedarse quietos empezaba a sentirse como rendirse. Tabita asintió y dimos el primer paso. Entonces el grito nos atravesó, cargado de hambre cruda. El sonido rebotó en las piedras y se filtró entre la vegetación hasta quedar temblando dentro de mí. Tabita me clavó los dedos en el brazo.

—Aión...

La miré de golpe.

—¿Qué?

—Eso... tu nombre.

La palabra me golpeó por dentro con una familiaridad extraña, como si perteneciera a alguien que yo había sido. En la espesura, delante de nosotros, algo muy alto empezó a incorporarse. Primero vimos la vibración de unas ramas; después, una silueta imposible recortándose contra la luz enferma, acompañada del sonido húmedo de un cuerpo enorme despegándose del reposo. Retrocedimos como si hubiéramos visto ponerse de pie a una pesadilla. Sentí en la boca el gusto exacto del miedo. Lo que emergía no tenía apuro. Esa fue la peor parte: la certeza de que no necesitaba correr, como si el mundo entero trabajara para él.

Apreté los dientes. No sabía quién me había traído allí ni por qué nos habían arrancado de todo. No sabía qué clase de lugar era ese, pero entendí algo con una claridad brutal:

No habíamos despertado en un planeta. Habíamos despertado en la cicatriz de algo monstruoso.

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