01 Crayolas
Yoongi gimoteó al escuchar la alarma de su celular anunciando que era hora de levantarse. Desearía poder dormir un poco más, aunque sea unos cinco minutos, pero sabe lo que implica. Si lo hace, se convertirán en diez y con ello habrá perdido toda su mañana.
Deslizó el botón de "apagar alarma", se giró en la cama quedando boca arriba y suspiró. Quitó la sábana de su cuerpo, se incorporó para sentarse en el borde de la cama y arrastró los pies al baño. En tan solo veinte minutos, estaba completamente limpio.
Se colocó un pantalón de mezclilla, una playera beige con un estampado de crayolas que decía "el mejor maestro del mundo", tenis blancos con flores y unos aretes en forma de lápiz que sabía que sus alumnos amaban con toda el alma.
En la mini cocina se preparó unas quesadillas que envolvió en un pedazo de aluminio y guardó en un compartimento del tupper, picó unas fresas junto a uvas verdes, colocándolas en el otro lado de las quesadillas. Lo guardó en su lonchera azul del famoso personaje come galletas y en un termo se sirvió café.
Subió al baño a lavarse los dientes, ponerse un poco de tinta en sus pequeños labios, arregló su cabello y se echó un poco de loción.
Revisó que en su bolsa fuera cada uno de los materiales para usar ese día y tomó su lonchera, cerrando con llave la pequeña casa en la que vivía. Guardó las maletas en la cajuela de su auto, se subió al asiento del conductor y puso marcha hacia la escuela.
Tarareó la música de la radio, pero la llamada de la directora Park lo hizo bajar el volumen y responder el celular.
—Buenos días maestra Jihyo. —saludó con una sonrisa que no pudo ver, maniobrando el volante para doblar en la esquina.
—Buenos días Yoon. Necesito con urgencia un favor. —el omega se mordió el labio para no responder con una grosería—Olvidé comprar foami azul y blanco para decorar la dirección, y quería pedirte si podías pasar a la papelería a comprar.
—No se preocupe, en mi salón tengo foami de sobra. —maldijo por lo bajo cuando un coche se metió de golpe en su carril—¿Es para los payasitos?
—¡Justo!—la mujer sonó aliviana—Entonces ¿tú me regalas el material?
—Claro que sí, también tengo un molde y silicona. —aprovechó el semáforo rojo para beber de su termo, odiaba no tener tiempo de desayunar en casa—¿Algo más que necesite? No quiero ser grosero, pero estoy manejando.
—¡Lo siento mucho, Yoongi-ah!—reprimió una sonrisa al escucharla apenada—Solo como último dato, siempre si tendrás nuevo alumno.
—Es raro que haya entrado a casi medio curso. —murmuró por lo bajo—Pero está bien, llegando hablamos.
La mujer se despidió y Yoongi colgó la llamada, regresando a la música de la radio. Semanas atrás le había comentado la directora que un padre estaba interesado en meter a la escuela a su hijo de cuatro años, pero no regresó por más información, así que lo descartaron de inmediato. Aunque ahora parecía ser que habían cambiado de opinión.
Llegó al preescolar justo a las ocho y media, aparcó el auto y bajó de él junto a sus bolsas. Saludó a Shelly, la intendente del jardín, y al maestro Chan de educación física.
—¡Buenos días a todos!—detrás detrás de él venía llegando la maestra Lee de arte y música—Buen día maestro Yoon, ¿si le pidió a sus niños el pandero?
—Claro que si maestra Chae. —firmó su entrada y le extendió el lapicero—En caso de que no, tengo en el salón.
Salió de la dirección y cruzó el patio para entrar a su aula. Era maestro de segundo año, tenía once alumnos y parecía ser que ahora serían doce, lo que no era problema para él. El año pasado le tocó primero con veinte niños, casi se vuelve loco cuando fue el primer día de clase y todos llegaron llorando porque extrañaban a sus papás.
Buscó en el armario del material lo que la directora le había solicitado y lo guardó en una bolsa de plástico, dándoselo a Shelly para que se lo entregara a Jihyo. También aprovechó a sacar su bata de maestro. Ese día trabajarían con pintura, así que necesitaba cubrirse la ropa o sería un caos.
Cuando faltaban diez minutos para las diez, el portón se abrió. Era el primer salón, así que tenía acceso directo para observar a sus alumnos entrar.
—Buenos días maestro Min. —saludó Chaewon, colgando su mochila en el gancho.
—Buenos días cariño. —le sonrió—¿Trajiste tu tarea?
—Si, pero no hice la última página. Mi mamá no le entendió.
Yoongi sonrió de lado. Muchas veces los papás querían lucirse con la tarea de sus hijos y olvidaban que un maestro necesita evaluar el desempeño de los niños para saber lo que necesitan mejorar. De nada sirve llevar una tarea perfecta si sabes, como padre, que tu hijo no comprende el tema. Lejos de ayudarlo, solo lo perjudicaban.
Los once niños tomaron asiento en sus sillitas, platicándole a su maestro lo que hicieron el fin de semana. El omega tuvo que intervenir en algunos momentos cuando un par de niños comenzaba a enseñarse la lengua o decir alguna grosería.
—Maestro Min, este es su nuevo alumno.
Yoongi se giró a la entrada del salón y saludó a Jihyo, quien llevaba de la mano a un pequeño de cuatro años. El niño tenía la nariz roja, los ojos hinchados y las mejillas húmedas de tanto llorar. Su cabello castaño iba peinado de lado, resaltando sus pequeños ojos rasgados.
—Hola pequeño. —se acercó hasta él y se agachó a su altura. Para hacer sentir cómodo a un niño, lo mejor era estar al mismo nivel—Yo soy el maestro Min Yoongi, y creo que hoy trabajaremos juntos. —señaló sus orejas—¿Ya viste? Tengo unos lápices colgando de aretes.
El pequeño miró tímidamente y asintió. Aún tenía ligeros espasmos por el llanto de la mañana al llegar a la escuela, pero el maestro se veía confiable, y bonito. A él le gustaban las cosas bonitas como a su papá.
—Vente, vamos a conocer a tus amigos. —el niño dudó unos segundos en tomar su mano, pero finalmente lo logró—Yo ya me presenté ¿Te parece bien si ahora es tu turno?
El pequeño castaño apretó la tela de su suéter azul entre sus pequeños deditos. Su labio empezó a temblar y parpadeó rápido, señal de que en cualquier momento iba a llorar. Yoongi estuvo por intervenir, pero uno de sus alumnos fue más rápido.
—¡Yo soy Han Jisung!—se levantó para acercarse a él—Y tengo así de años. —extendió cuatro deditos.
—Yo me llamo Jungwon. —otro pequeño habló en el fondo—Yo tengo más años. —levantó la mano con los cinco dedos en alto.
Poco a poco el resto de la clase empezó a presentarse. Yoongi solo miraba cruzados de brazos y con una sonrisa, era increíble como los niños lograban controlar solos la situación sin ayuda de un adulto. Si el mundo estuviera en manos de los pequeños inocentes, jamás habría guerras y maldad.
El pequeño niño miró al maestro con ojos de ayuda, así que el omega se agachó a su lado para ser su soporte.
—M-Mi nombre es Jungkook. —susurró tan bajo que una compañera jadeó al no entender nada.
—Mi amor, nadie te escuchó. —acarició su espalda con suavidad—Quítate los dedos de la boca y habla un poco más fuerte. Te subiré el volumen. —fingió girar una rueda en su espalda, provocando risas en los niños y una pequeña sonrisa en el pequeño a su lado—Anda, habla.
—Mi nombre es Jungkook y tengo cuatro años. —sonó más fuerte y claro, pero de inmediato se giró a abrazar al maestro para esconder el rostro en el hueco de su cuello y hombro.
—¿Ya escucharon como se llama?—los once niños asintieron—Bien, ahora les diré las reglas. El pequeño Jungkook es nuevo y aún no conoce a nadie, así que por favor sean amables con él. También lo acompañarán cuando vaya al baño y le enseñarán los juegos. —apartó al pequeño de él y lo guió a una mesa con otros dos niños—Hoy te sentarás aquí con Shuhua y Keeho.
La primera actividad, que estaba diseñada para trabajar con números, fue sustituida por un juego de integración. Con una bola de estambre jugaron a presentarse; dijeron su nombre, edad, color favorito y lo que más les gustaba hacer en el día. Terminaron formando una telaraña, así que para deshacerla, debían regresarla diciendo ahora lo que no les gustaba.
Por fortuna, para la segunda actividad, Jungkook logró incorporarse con facilidad. Sacó los útiles que llevaba en la mochila para dejarlos ahora en su casillero, el cual tendría que decorar otro día con stickers para identificarlo.
En el recreo no hubo problema alguno. El omega hacía su guardia en los columpios mientras que su nuevo alumno corría por toda la cancha junto a niños de tercer grado. Estaba seguro que no sabía los nombres, pero cuando le preguntara diría que eran amigos. Porque en el preescolar todos los niños lo eran, y eso era lo bonito de no crecer.
—Yoon, en la salida su padre entrará al salón para que hagas la entrevista. —el hombre asintió—Lo único que me platicó es que su hijo está pasando por un proceso difícil porque ha tenido problemas con su esposa, así que necesitará muchos apapachos.
—No te preocupes por eso. —le sonrió mientras columpiaba a una niña de primer año—Espero que llegue puntual, hoy tengo que irme temprano.
—Ay Yoongi, hablas como si fueras todo un padre de familia.
Sabía que Jihyo no lo decía en burla, porque ella era tan amable y bondadosa que no notaba cuando algún comentario estaba fuera de lugar.
Yoongi tenía treinta y tres años recién cumplidos, y estaba soltero. De joven tuvo solo un amor al cual adoró con toda el alma, pero por motivos personales se vieron obligados a separarse —en muy malos términos— lo que provocó que todo deseo de ser padre, muriera.
Había amado con una locura desmedida a aquel hombre, tanto que olvidó cómo amarse a sí mismo. Se entregó en cuerpo y alma, así que, cuando su novio decidió que era tiempo de mirar a otros horizontes, le destrozó el corazón.
Jungkook logró participar con entusiasmo en la clase de arte y música, sorprendiéndolo por su capacidad para tocar el pandero. Eso provocó que se ganara una estrellita, la cual todos sus compañeros le aplaudieron.
Los números eran un pequeño problema para el niño. Comúnmente los infantes suelen confundir el uno con el siete, y el dos con el cinco. Pero el pequeño de cuatro años confundía absolutamente todos, como si no conociera ninguno. Tampoco sabía contar en orden, se brincaba números o simplemente los omitía.
Cuando el timbre sonó a las doce en punto, indicando la hora de salida. Los niños bajaron sus mochilas de los percheros y guardaron las botellas de agua que colocaban en la repisa especial. Otros descolgaron el suéter que se había quitado en el recreo por el exceso de calor.
Los padres entraron para escuchar las indicaciones de la tarea de la otra semana. Maldijo internamente cuando no vio al papá de Jungkook, eso significaba que debía explicar de nuevo. Odiaba la impuntualidad, porque los maestros no estaban a la disponibilidad de los padres.
Mientras el hombre llegaba, le prestó un rompecabezas al niño y aprovechó a poner en orden las hojas para la entrevista. También escribió en un post-it lo que le iba a pedir de material, porque aunque había llegado a medio curso no significaba que no hicieran falta ciertas cosas.
El sonido de unos pasos en el pasillo llamó su atención. No levantó la mirada de inmediato. Terminó de acomodar los papeles, alineó las hojas con cuidado y tomó su pluma, listo para comenzar la entrevista en cuanto el padre entrara.
—Disculpe la tardanza.
El mundo de Yoongi se detuvo cuando escuchó aquella voz. Firme, suave, nostálgica. Un pequeño escalofrío le recorrió el cuerpo al recordar al hombre que muchas veces había usado ese tono mientras lo llenaba de besos o caricias. Pero era imposible que se tratara del mismo; o eso quiso creer, hasta el olor a madera le acarició la nariz.
Le llenó los pulmones sin permiso, se le subió directo a la cabeza y le revolvió el estómago. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, como si algo muy dentro de él despertara después de años dormido.
Yoongi apretó la pluma entre sus dedos, tratando de convencerse de que su mente le estaba jugando en contra, que todo era producto de su imaginación y de que aquel olor junto a la voz solo era pura coincidencia.
Levantó la mirada y ahí estaba Kim Seokjin. De pie en la puerta, con una mano aún sobre el marco, como si no supiera si entrar o salir. Más alto, más ancho, más... adulto. Pero era él. Era inconfundible. Y olía igual. Malditamente igual.
—¿T-Tú eres el maestro de mi hijo...? —la voz de Seokjin salió apenas, quebrada, incrédula.
Yoongi no respondió de inmediato porque en ese instante no estaba en el salón, estaba diez años atrás. En promesas rotas, en discusiones sin cierre, en un departamento lanzándole lo primero que se le cruzaba en el camino mientras lloraba y gritaba preguntándole si no había sido suficiente su amor durante esos tres años.
—¿Él es tu hijo? —preguntó al fin, más bajo de lo que pretendía.
Jungkook, ajeno a todo, levantó la vista desde el rompecabezas y una sonrisa de felicidad se formó en su rostro.
—¡Papá!—dejó lo que estaba haciendo y corrió al hombre en la puerta, abrazando sus piernas con sus cortos brazos—Papi, te extrañé mucho.
La palabra cayó pesada entre ellos como una verdad que ninguno estaba listo para sostener.
Yoongi tuvo que sostenerse fuertemente del escritorio cuando la cabeza le dio vueltas. Ahora que veía mejor al pequeño, era obvio que se trataba de su hijo. Mismo color de cabello, misma forma de labios y de nariz; fruncía las cejas y sacaba la lengua cuando se concentraba. Era la viva imagen de Seokjin.
Su aroma a mandarinas, suave y dulce, pareció intensificarse en el aire. Dejó de ser dulce para volverse ácido, pero tenía que guardar la compostura. Ya no tenían veinte años, y mucho menos, eran cercanos.
—Siéntese. —dijo al final, señalando la pequeña silla frente a su escritorio, aferrándose a lo único que le quedaba: su papel de maestro—Tenemos que hacer la entrevista.
Su mano tembló al pasar la hoja, y no era por nervios. Llevaba diez años de servicio, había hecho entrevistas a al menos cien padres de familia diferentes, el hombre tenía que estar acostumbrado a esto. Pero era imposible, y más cuando se trataba del alfa con el que casi se compromete.
Por primera vez en años, el mundo que había arreglado en crear para ser feliz, se acababa desordenar otra vez.









hermosa,espero el siguiente capítulo