Chapter 1
Un leve chirrido llena la habitación cuando Jerry, el mayordomo de mi familia, abre las puertas dobles de madera. Se hace a un lado y me hace un gesto para que pase. Una sensación que solo puedo describir como miedo y desesperación se instala en la boca de mi estómago, pesada como una roca.
Salto de la silla mientras mis dedos siguen jugueteando con la fría correa metálica de mi bolso.
Me falta el aire al entender lo que me espera al otro lado de la puerta. Gano tiempo colocando mi bolso negro sobre la silla roja de terciopelo. Pierdo aún más tiempo examinando el contraste que he creado entre el negro y el rojo.
Un gemido fuerte se escapa tras las grandes puertas y sé que se me ha acabado el tiempo. Exhalo suavemente, aliso las arrugas inexistentes de mi minifalda negra y entro en la habitación.
Las luces están apagadas y la única claridad proviene de las cortinas entreabiertas a la derecha del escritorio. Mi padre está sentado detrás de él. Tiene el rostro entre las manos y los hombros caídos.
—¿Era él, papá? —pregunto en voz baja.
Él emite sonidos ininteligibles, algo entre gemidos suaves y murmullos. Exhala sobre sus palmas y las aparta de la cara. —Lance, sí. —Entrelaza las manos sobre el escritorio, justo frente a él.
No hace falta que le pregunte cómo fue la llamada o qué le dijeron. Su actitud derrotada lo dice todo.
Jugueteo con las perlas de mi collar. —¿Mamá lo sabe?
Él resopla. —Tendríamos que sedarla antes de darle la noticia.
—Cierto. —Me quedo mirando el despacho de papá para no tener que mirarlo a él. Todo en la habitación sigue igual que ayer.
Los armarios de 300 años de antigüedad que bordean las paredes, los muebles heredados, las cortinas de color morado oscuro que cubren las ventanas. ¿Por qué me parece todo tan extraño?
Una repentina oleada de asco me inunda y siento ganas de vomitar. —Debería prepararme para la cena.
No espero a que me despida; salgo de la habitación a toda prisa y recorro los suelos cubiertos por alfombras pesadas. La náusea se intensifica y me sujeto a las paredes para no caer al suelo. Intento practicar todos los ejercicios de respiración que me enseñó mi terapeuta. Nada sirve. Mi corazón intenta escaparse de mi pecho y cada respiración es una lucha.
Llego al final del largo pasillo y giro a la derecha. Subo dos tramos más de escaleras y recorro otros pasillos hasta llegar a mi dormitorio. Entro corriendo al baño y caigo de rodillas. Apenas tengo tiempo de levantar la tapa del inodoro antes de empezar a vomitar. No he ingerido nada sólido en dos días, así que lo único que sale es vino y batidos.
Me limpio las comisuras de los labios con una toalla pequeña y tiro de la cadena para deshacerme del contenido de mi estómago. Me siento sobre las frías baldosas blancas y apoyo la espalda en la pared. Mirar el papel pintado me reconforta un poco. Es un diseño precioso de hojas marrones cayendo con un lago azul en la parte inferior.
Al poco tiempo, los sentimientos negativos regresan. Me obligo a ponerme en pie y camino tambaleándome hacia el lavabo. Me agarro al mármol para apoyarme y observo mi reflejo en el espejo.
Examino mis facciones con atención: pómulos marcados, grandes ojos negros como los de un ciervo, labios carnosos y unas cejas negras perfectamente perfiladas que combinan con mi cabello oscuro.
Veo el punto donde se me ha corrido el delineador de labios marrón. Me costó bastante conseguir el tono perfecto.
Recuerdo mi bolso, que sigue fuera del despacho de papá. Ahí está mi delineador.
No pasa nada. No lo necesito.
Me coloco el cabello ondulado detrás de las orejas y frunzo los labios frente al espejo. Con un pincel pequeño y una pasada de un delineador viejo que encontré en los cajones, cubro el hueco.
Aliso los pliegues de mi falda negra e inspecciono los botones de mi camisa blanca.
Todo está en su sitio.
Salgo del baño, del dormitorio y me dirijo a toda prisa al vestíbulo principal, dos pisos más abajo.
Una vez que mi ritmo cardíaco se estabiliza, salgo por la puerta principal de la casa hacia el Porsche blanco que espera al final de la calle sin salida.
—Maddy —exhalo—. ¿Cómo estás, cariño?
Maddy levanta la vista del móvil. —Ellie —dice, y se pasa una mano por su cabello rubio y liso—. ¿Por qué has tardado tanto?
Me abrocho el cinturón. —Es una estupidez. Vamos a comer.
Ella guarda el móvil y conduce hacia la puerta. Presiono un botón de mi llavero y las puertas plateadas se abren de golpe.
Mientras recorremos la carretera, Maddy llena el coche con los últimos chismes de Londres.
Intento prestar atención, pero fracaso. Ella hace preguntas durante todo el trayecto y me cuesta articular alguna respuesta.
—Por cierto, Wes Hawthorne está en la ciudad —dice.
Eso capta toda mi atención. Resoplo y pongo los ojos en blanco.
Maddy se ríe. —Sabía que escucharías eso.
Apoyo la espalda en el asiento. —Por su propio bien, espero que me evite mientras esté aquí.
Le llega una notificación al móvil y la mira con una mano. —Dudo que lo veas. —Los ojos de Maddy oscilan entre la carretera y la pantalla—. Se va a reunir con un grupo de accionistas. Quizá esté buscando compradores. —Maddy quita la otra mano del volante y escribe un mensaje rápido—. Quizá se pase por tu casa. Para convencer a tu padre de que invierta un par de millones en acciones.
Se me hace un nudo en la garganta. Lucho por ocultar lo tensa que estoy. —Sí, quizá.
Un coche nos adelanta y Maddy pisa el acelerador.
—Mads —le arrebato el móvil de las manos—. Conduce.
—Perdona. —Pone ambas manos en el volante y estabiliza el coche. Pronto aparece una sonrisa pícara en sus labios—. Weston Hawthorne.
—No digas su nombre. —Metó la mano en su bolso y saco unas gafas de sol blancas.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —Gira a la izquierda sin previo aviso—. ¿Un año? ¿Quizá más?
—No lo sé. —Fue hace exactamente 11 meses. Yo estaba de vacaciones en St Anton con mis amigos y él se alojaba en el mismo complejo. Hicimos todo lo posible por evitarnos.
Pero en su última noche, nuestros grupos de amigos coincidieron en la cena.
—Fue muy grosero conmigo esa noche —me quejo.
Maddy no me contradice. —Puede que solo tuviera un mal día.
—Siempre tiene un mal día cuando estoy cerca. —Coloco las gafas de sol sobre el puente de mi nariz—. No sé por qué me odia tanto.
Maddy no tiene tiempo de responder. Llegamos al restaurante y ella aparca el coche justo delante.
Bajamos y el aparcacoches corre hacia nosotros mientras otros conductores pitan y gritan insultos.
—Sabes que has dejado el coche a medias en la carretera —digo mientras alguien nos abre la puerta.
Ella mira hacia atrás un segundo. —Ya sabes lo que me agobian los espacios estrechos.
Caminamos hasta nuestra mesa habitual al fondo y nuestros amigos nos saludan.
Los abrazo rápidamente y me siento. Pasan un par de minutos y recibo un mensaje de mamá.
Quiere verme en cuanto llegue a casa.
Ella lo sabe.
La charla trivial de mis amigos llena la mesa. A qué desfile de moda tienen más ganas de ir. A qué isla ir para una escapada. No puedo prestar atención.
Hace unos meses, yo estaba tan encantada como ellos por esas charlas vacías. Ahora, solo puedo pensar en una cosa. La única cosa que puede, no, que va a destruir mi vida.