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Ángel, invocaste un demonio

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Sinopsis

Un profesor universitario invoca por accidente a su futuro esposo: un demonio violento que llevaba siglos sellado.

Estado:
En proceso
Capítulos:
11
Rating
4.8 58 reseñas
Clasificación por edades:
16+

Un cadáver en la alfombra

«¿Qué eres?»

No era la pregunta que la gente normal se haría luego de ser sujetada por el cuello y estampada contra una pared con los pies lejos del suelo.

Para Elliot, esa fue la única pregunta que importó.

El segundo pensamiento, bastante más acertado, llegó apenas un instante después.

«Sea lo que sea, va a matarme.»

El hombre medía más de dos metros y sus ojos, rojos como brasas, auguraban un final doloroso.

Y aun así, lo que a Elliot más le urgía no era zafarse. Era saber qué tenía enfrente.

No era la primera vez que la curiosidad tomaba decisiones cuestionables por él.

Los cuernos, había que decirlo, elevaban el problema de físico a metafísico.

Si sobrevivía al siguiente minuto, pensaba averiguar la respuesta completa.

Aquella mañana, el plan de Elliot había sido presentar su primer libro. Nunca lidiar con una criatura que no debería existir.

No tendría que haberle hecho caso a la nota.

Todo había empezado veinte minutos antes, cuando decidió que responder a una amenaza escrita con crayón rojo era una excelente idea.

«Ven al Archivo si no quieres que exponga los errores de tu trabajo».

No era algo que se recibiera todos los días.

Cualquier otra persona habría pensado en el color rojo de la sangre. Elliot Elwood pensó en los taches de un examen reprobado.

Y no le gustó. No había reprobado nunca y no comenzaría en el día más importante de su carrera.

Sonaron dos golpes en la puerta de su oficina y, por reflejo, Elliot cerró el puño alrededor de la nota.

La decana estaba en el umbral, lo miraba con esa suspicacia que reservaba para los alumnos problemáticos, los profesores con escándalos pendientes y él.

—Iniciamos en veinte minutos. Ya llegaron los reporteros y una representante de la UEDD. ¿Son sus notas para la conferencia?

Elliot asintió.

Aunque nunca le diría a la decana que no eran notas sobre qué decir durante la ponencia, sino un arsenal de conversaciones posibles para cuando lo invitaran a celebrar. Porque después de ver su desempeño, no tendrían otra opción.

Estaba seguro.

—Sé que puede ser mucha presión para usted, Elwood. La UEDD financiará parte de las investigaciones del departamento para el próximo ciclo —comentó la decana observando con nerviosismo sus tarjetas—. Apóyese en el profesor Harrow, lo presentará y…

Elliot no escuchaba. Su foco seguía en la nota.

¿Quién se creía con la confianza suficiente para rebatir su investigación?

Su trabajo estaba blindado, no había errores.

—Eso es una acusación metodológicamente indefendible —murmuró.

—¿Perdón? —la decana parpadeó.

Elliot cerró los ojos un segundo, había vuelto a hablar en voz alta.

—La… falta de fondos. Es indefendible —dijo en un intento de encausar la charla.

Ella se mordió los labios y clavó los dedos en el dintel antes de asentir resignada.

—Bien, profesor. No haga que me arrepienta de confiar en usted.

Se alejó. Los tacones repiquetearon hasta perderse.

Elliot volvió a la nota. Necesitaba encontrarse con su potencial némesis, escuchar su absurda acusación y refutarla punto por punto. Además, ¿qué mejor que un hater para practicar?

Elliot salió de la oficina ajustándose la corbata. Esquivó a dos estudiantes que querían revisiones de un exámen que seguro reprobarían.

Solo se detuvo con los que lo felicitaron. Se sentía bien, mejor que nunca.

Si esa presentación funcionaba, sus rarezas dejarían de ser rarezas.

El Archivo Universitario, al que cariñosamente se le conocía como el cementerio del ala este, era una gran bodega con estanterías móviles llenas de documentos que nunca serían digitalizados, cajas sin inventario, mapas incompletos del Epicentro y objetos pre-inundación que todavía esperaban a que un comité decidiera si eran patrimonio, basura o qué.

Los alumnos evitaban el lugar porque la calefacción llevaba décadas muerta, la humedad dejaba estrías en las paredes y los estantes, juraban ellos, susurraban sus nombres después de las seis.

Los profesores preferían el tipo de documentación que no requería desempolvar cajas o andar entre pasillos infinitos.

Elliot lo adoraba.

Lo cual, admitía, decía cosas preocupantes sobre él.

Cruzó la puerta con la nota arrugada en el puño. Se aclaró la garganta.

—Ya estoy aquí. Lánzame tu mejor argumento.

Solo el infinito eco de los pasillos flotantes respondió.

Elliot avanzó siguiendo una franja de luz rojiza que al principio confundió con una lámpara de emergencia. Después vio el círculo trazado junto a la alfombra, a medio metro de una mesa volcada, y todos sus pensamientos sobre reporteros, comités y reputación se detuvieron.

Era un sello pre-inundación.

Frunció el ceño.

—¿Qué clase de loco...?

Alguien había recreado uno de los símbolos documentados en los manuscritos del Epicentro directamente sobre el suelo. Como si aquello fuera un ritual.

Resopló por la nariz. Sabía que algunas personas usaban esos símbolos para estafar a la gente con hechizos de amor, limpias espirituales y cualquier otra superstición rentable.

—Al menos deberían dibujarlos bien.

Los trazos eran meticulosos.

Demasiado meticulosos para que aquel error fuera accidental pues había omitido exactamente las marcas que daban coherencia a la composición.

Aquello era como citar un poema cambiando las únicas dos palabras que alteraban todo el sentido.

Fue entonces cuando vio el cadáver.

El profesor Harrow estaba tirado sobre la alfombra. Una mano extendida hacia el borde del círculo. La cabeza girada en un ángulo antinatural. La mandíbula desencajada. Los ojos a punto de salirse de sus cuencas. Apenas sangre: una línea oscura que salía de su oído y se perdía detrás del cuello de su camisa caqui.

Harrow se sentaba con él en los descansos. No siempre por afecto —Elliot no era tan ingenuo—, pero sí con la frecuencia suficiente para que su presencia resultara familiar.

Ahora estaba muerto.

El estómago de Elliot se contrajo.

Por un momento solo existieron el zumbido de las lámparas, el frío húmedo subiéndole por las plantas de los zapatos y la forma torcida de los dedos de Harrow sobre la alfombra.

Aspiró hondo.

—Doctor Harrow...

No hubo respuesta.

Bajó la vista al círculo.

Luego al cuerpo.

Otra vez al círculo.

No tenía sentido.

Harrow no era el tipo de profesor que dibujaba símbolos antiguos en el suelo esperando que ocurriera un milagro. Era un académico que resaltaba justamente por su carente creatividad.

Entonces...

¿Por qué había un sello pre-inundación en medio del Archivo?

¿Por qué estaba mal reconstruido?

¿Por qué Harrow había muerto a su lado?

Faltaban dos trazos.

Dos.

Elliot cerró los ojos y presionó los dedos contra el puente de la nariz.

Tenía que pedir ayuda.

Sí.

Eso era lo primero.

Dio un paso hacia la puerta.

Se detuvo.

Giró despacio la cabeza hacia el círculo.

Resopló.

No podía dejarlo así.

Sacó la tiza blanca que siempre llevaba en el bolsillo del pantalón —uno nunca sabía cuándo necesitaría explicar algo con apoyo visual—, saltó con torpeza por encima del brazo extendido de Harrow y se acuclilló frente al círculo.

—Si va a fingir un ritual, al menos hágalo bien. No cuesta nada consultar una edición crítica.

Trazó los dos símbolos y enderezó el arco inferior.

—Mucho mejor.

Se sacudió el polvo de tiza de las manos.

El círculo se encendió.

Elliot parpadeó.

La luz roja recorrió cada uno de los trazos como sangre abriéndose paso bajo el suelo.

—Eso...

La voz se le quebró apenas un poco.

—Eso es nuevo.

Un dibujo no debería cobrar vida. Retrocedió a gatas apenas dos pasos.

La luz inundó los símbolos línea por línea, hasta que el suelo en el centro del círculo empezó a derretirse como vidrio soplado.

Del agujero incandescente emergieron dos puntas oscuras, brillantes como obsidiana, filosas y ligeramente curvas, que poco a poco demostraron ser solo el inicio de unos cuernos.

La sangre descendía desde el nacimiento de su cabello oscuro y cruzaba sus cejas espesas, que acentuaban un ceño aparentemente infinito, antes de culminar en una cicatriz bajo unos ojos carmín.

Ojos llenos de un instinto que Elliot solo había visto en bestias.

La aparición gruñía detrás de un bozal de hierro oscuro, ajustado sobre su boca.

Elliot olvidó respirar.

—Entiendo que la situación es poco convencional —consiguió articular.

El hombre se incorporó de golpe.

Su altura imponente y el olor a óxido acentuaron la clara peligrosidad de lo que sea que fuera aquella criatura.

Elliot tuvo el buen juicio de retroceder y la mala suerte de que su falta de coordinación hiciera acto de presencia.

Tropezó con una pila de carpetas, golpeó el borde de una mesa con la cadera y apenas alcanzó a recuperar el equilibrio antes de que el hombre cruzara la distancia entre ambos.

Una mano enorme lo sujetó por el cuello y lo estampó contra la pared.

Los estantes temblaron. Una caja llena de archivos cayó al suelo.

Elliot apenas gimió por el dolor.

El hombre acercó el rostro.

Sus ojos carmín se clavaron en los suyos con una intensidad animal, furiosa, casi hambrienta. La sangre comenzaba a secarse en la línea dura de la mandíbula y en el hierro oscuro del bozal.

La presión en su cuello aumentó. Elliot llevó ambas manos a la muñeca que lo sujetaba, pero no consiguió moverla ni un centímetro.

El hierro del bozal rechinó.

Aquello pareció sorprender al desconocido tanto como a él.

Por primera vez, Elliot tuvo la absurda impresión de que no era el único en problemas.

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Buenos personajes

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Buenos personajes

Diálogos potentes

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Ver 10 comentarios anteriores...
author

VENGO DE TIK TOK

15 días
author

ME GUSTOOOO AAAAA

14 días
author

buaaah, que buen primer capítulo! pensaría que Elliot es... un poco de todas esas opciones jajajaja (vengo de instagram)

14 días

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