Prólogo
El tintineo de la campana sobre la puerta de The Rusty Mug fue un sonido insignificante para todos, excepto para él. Faruk Bin Ghazali cruzó el umbral con la seguridad de quien no está acostumbrado a pertenecer a ningún lugar y, aun así, termina dominándolo todo; el aire olía a grasa vieja, café recalentado y madera húmeda, un sitio olvidado en medio de la nada que no merecía su atención, y sin embargo bastó un solo instante, una sola inhalación, para que todo dentro de él se detuviera de forma abrupta.
No fue el humo ni el calor lo que llenó sus pulmones, fue algo vivo, algo que no debería existir en ese lugar y que aun así se aferró a su pecho con una fuerza brutal: vainilla silvestre mezclada con lluvia fresca, un aroma imposible que atravesó cada una de sus defensas y despertó a la bestia que llevaba siglos en silencio. Su pulso se descompuso, sus pupilas devoraron el tono miel de sus ojos y un gruñido bajo vibró en su garganta mientras su lobo se levantaba con violencia, no como algo que despierta, sino como algo que ha sido privado demasiado tiempo de lo que le pertenece.
Mía.
La palabra no fue un pensamiento, fue una certeza que se impuso por encima de todo lo demás, y por primera vez en más de trescientos años, Faruk sintió cómo su control se tensaba al límite. No avanzó de inmediato; sus dedos se cerraron lentamente, clavando las uñas en la palma mientras obligaba a su respiración a mantenerse estable, pero el impulso ya estaba ahí, creciendo, presionando, exigiendo que actuara, que reclamara, que destruyera cualquier cosa que se interpusiera entre él y aquello que acababa de encontrar.
Cuando finalmente se movió, lo hizo con una calma engañosa, cada paso medido, pesado, como si caminara hacia algo inevitable. Se sentó en la barra sin apartar la mirada de la mujer que trabajaba de espaldas, completamente ajena a su presencia, sirviendo café con movimientos mecánicos, simples, humanos. No había nada en ella que coincidiera con lo que había esperado durante siglos: ni poder, ni presencia, ni la más mínima señal de la grandeza que su Luna debía poseer; era pequeña, de hombros ligeramente caídos, con una fragilidad aparente que chocaba de frente con la certeza salvaje que rugía dentro de él.
Una humana. La negación se formó con claridad en su mente, pero su lobo la destrozó sin dudar.
Cuando ella se giró, el mundo perdió forma; sus ojos se encontraron apenas un instante y no hubo nada en su expresión que indicara que entendía lo que tenía enfrente, no hubo reconocimiento, ni miedo, ni siquiera curiosidad, solo una indiferencia que resultó más perturbadora que cualquier desafío. Lo miró como se mira a un desconocido más, como si él no fuera el centro de todo lo que existía.
—¿Qué le sirvo?
La pregunta fue plana, automática, y ese vacío en su voz tensó algo oscuro en su interior. Faruk la observó sin responder de inmediato, recorriendo cada detalle de su rostro, cada pequeño gesto, buscando una grieta, una señal, cualquier indicio de que aquello no era un error, pero no encontró nada, solo una mujer que no lo reconocía.
—Café. Negro —respondió al final, con una voz más áspera de lo que pretendía.
Ella asintió sin prestarle verdadera atención y se dio la vuelta, exponiendo la línea de su cuello en un gesto tan simple que desató algo brutal en su interior. El impulso fue inmediato, visceral: cruzar la distancia, sujetarla, hundir los dientes en esa piel y marcarla frente a todos, dejar claro que le pertenecía sin importar quién estuviera mirando. Su cuerpo se inclinó apenas hacia adelante, traicionando su control, mientras sus manos se tensaban hasta doler y el calor en su sangre se volvía insoportable; podía hacerlo, nadie en ese lugar sería capaz de detenerlo, y el pensamiento no lo alarmó, lo sostuvo durante un segundo más de lo necesario antes de obligarse a retroceder, a quedarse quieto, a observar en lugar de actuar, porque algo en el fondo le decía que esta vez la fuerza no sería suficiente.
Ella regresó con la taza y la dejó frente a él con la misma indiferencia, una gota de café deslizándose por la madera sin que ninguno de los dos le prestara atención.
—Son veinticinco pesos.
Faruk no apartó la mirada de su rostro, esta vez sosteniéndola con más intención, como si pudiera arrancar una reacción a la fuerza, pero cuando sus ojos se encontraron, lo único que obtuvo fue un segundo de contacto vacío antes de que ella volviera a cerrarse. Dejó el dinero sobre la barra con lentitud, sin romper ese breve vínculo.
—¿Cómo te llamas?
El roce de sus manos fue inevitable, apenas un instante, pero suficiente para recorrerlo como una descarga violenta, una confirmación que no dejaba espacio a dudas. Ella, en cambio, retiró la mano con rapidez, frunciendo ligeramente el ceño, como si el contacto le resultara desagradable, como si él fuera el problema, y ese gesto hizo que algo frío se asentara en su interior.
—El nombre viene en la cuenta —respondió ella, señalando el ticket antes de girarse sin darle más importancia—. Que tenga buen provecho, señor.
Señor.
La palabra no lo irritó; se clavó en él de una forma distinta, más profunda, como un error que debía corregirse. Faruk permaneció inmóvil, observándola alejarse, ignorándolo por completo, retomando su rutina como si él no hubiera cambiado nada, como si no acabara de marcar el inicio de algo que ella aún no podía comprender.
El ruido del local continuaba, pero para él ya no significaba nada; su mundo se había reducido a su figura moviéndose al otro lado de la barra, a la forma en que respiraba, a cada pequeño detalle que su mente comenzó a memorizar con una precisión inquietante. Tomó la taza y bebió el café de un solo trago, sin registrar el calor, sin apartar los ojos de ella ni un instante.
No había duda, no había error; después de siglos, la había encontrado, y ella no tenía idea de lo que eso significaba.
Una calma peligrosa se instaló en su expresión, mucho más inquietante que cualquier pérdida de control, porque esta vez no había impulso, había decisión.
—No sabes lo que eres —murmuró en voz baja, más para sí mismo que para el mundo—, ni a quién perteneces.
Se levantó con la misma lentitud con la que había entrado, imponiendo su voluntad sobre la bestia que seguía exigiendo reclamarla en ese mismo instante, pero ya no se trataba de un impulso que necesitara satisfacer de inmediato; era algo más profundo, más oscuro, más paciente, porque ella podía ignorarlo, podía rechazarlo, podía huir, pero nada de eso cambiaría una verdad que él ya había aceptado sin cuestionarla.
Ella era suya.
Y Faruk Bin Ghazali siempre terminaba reclamando lo que le pertenecía.









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¡Me gusto el inicio d la historia, la guardaré es increíble, saludos cordiales!! .
Ya estoy al tanto de la historia, ahora sí que vengan más capitulos que ya me emocioné y mucho .... Muchísimas gracias...