Prólogo
Hay una regla no escrita entre las familias que controlan el dinero de este país: la sangre no se gasta, se invierte.
En las mesas de caoba pulida donde se reparten los monopolios de Seúl no existen los juramentos de lealtad ni las palabras de honor. Solo existen dos cosas: balances contables que no perdonan y apellidos dispuestos a devorarse entre sí antes de admitir que se están desangrando.
A las tres de la madrugada, en el despacho principal de la residencia Jeon, el silencio no era de paz; era el zumbido sordo que queda después de que una bomba revienta los cimientos.
Sobre el escritorio descansaba una carpeta de cuero negro grabada con el escudo en relieve del Grupo Kim. No era una notificación de embargo, aunque habría dolido menos. Era algo mucho peor: una oferta de rescate. O, para ser exactos, una sentencia de compraventa redactada con una caligrafía impecable sobre papel timbrado de cien gramos.
—Rómpelo —escupió Yoongi.
Estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a la lluvia que golpeaba con furia contra el cristal blindado. Llevaba la camisa arrugada, las mangas remangadas hasta los codos y los nudillos amoratados de haberle pegado un puñetazo a la pared del pasillo media hora antes. Sus ojos, inyectados en sangre por tres días enteros sin dormir, eran dos brasas ardiendo en pura rabia.
—Yoongi, por favor... —susurró Jimin, sentado en el borde del sofá de cuero con las manos entrelazadas entre las piernas. Tenía las mejillas húmedas y los ojos hinchados, pero se mordía los labios para no sollozar con fuerza—. Tiene que haber otra forma. Los bancos... los inversionistas extranjeros...
—No hay ningún inversor extranjero, Jimin —cortó Yoongi con una frialdad amarga que apenas lograba tapar la desesperación—. Los Kim se encargaron de cerrar cada maldita puerta antes de mandarnos esta mierda. Compraron las deudas secundarias, bloquearon las líneas de crédito en Suiza y asfixiaron a nuestros socios en Hong Kong. Nos acorralaron durante seis meses solo para obligarnos a poner esto sobre la mesa.
Yoongi dio dos zancadas hacia el escritorio, estampó la palma de la mano sobre el documento y miró fijamente a la figura que se mantenía en penumbras al otro lado de la habitación.
—No vas a firmar esa basura, Jungkook. Prefiero que nos declaren en quiebra, prefiero que nos quiten las acciones, la casa y el apellido antes de venderte a esa manada de hienas.
En el rincón más apartado del despacho, sentado en un sillón orejero con las piernas cruzadas y la mirada perdida en las sombras del techo, Jungkook no se había movido en más de una hora.
A sus veintidós años, Jungkook sabía exactamente lo que significaba ser un doncel en la cúspide de la sociedad coreana. No era el cuento de hadas que la prensa rosa vendía a las masas. Para la aristocracia, los donceles eran una anomalía genética bendecida y codiciada, un tesoro biológico capaz de gestar herederos de sangre pura cuando la endogamia de las grandes familias empezaba a esterilizar sus linajes. Eran tratados como reliquias sagradas... y protegidos con la misma violencia con la que se vigila una bóveda de banco.
Durante años, Yoongi y Jimin habían construido una muralla alrededor de él para mantenerlo lejos de los ojos hambrientos de los conglomerados. Pero las murallas cuestan dinero, y a los Jeon se les había acabado el tiempo.
Jungkook bajó la mirada lentamente hacia sus propias manos. Eran delgadas pero firmes, con callos suaves en los dedos por las horas que solía pasar dibujando antes de que el mundo real se le viniera encima. No le temblaban. La angustia se le había secado en el pecho hacía horas, dejando en su lugar un vacío frío y lúcido.
—Si no firmo, ¿qué pasa el lunes a primera hora? —preguntó Jungkook. Su voz sonó baja, limpia, extrañamente serena en medio de la tormenta que consumía la habitación.
Jimin desvió la vista, incapaz de responder.
—El lunes a primera hora nos embargan hasta el aire que respiramos —respondió Yoongi apretando la mandíbula—. Y que lo hagan. Nos iremos a Daegu, empezaremos de cero. Yo trabajaré el doble, Jimin también. No nos vamos a morir de hambre.
—¿Y las demandas penales contra papá? —insistió Jungkook, clavando sus ojos oscuros en su hermano mayor—. ¿Y los cargos fraudulentos que la junta directiva le fabricó cuando colapsaron las filiales?
Yoongi no contestó. El silencio fue la respuesta más destructiva.
—Los Kim tienen a los jueces, tienen a los fiscales y tienen a los ministros en su nómina —continuó Jungkook, poniéndose de pie con una calma que le desgarró el corazón a Jimin—. Si no aceptamos, papá pasa el resto de sus días en una celda de máxima seguridad y ustedes dos terminan vetados de cualquier corporación del país de por vida. Nos destruyen, Yoongi. No nos dejan empezar de cero. Nos borran del mapa.
—¡Me importa un carajo! —estalló Yoongi, acortando la distancia y sujetando a Jungkook por los hombros con desesperación, sacudiéndolo apenas un milímetro—. ¡No entiendes con quién te estás metiendo! No es solo la familia Kim... ¡es Kim Taehyung!
El nombre cayó en la habitación como plomo derretido.
Todo el mundo en Seúl conocía los rumores sobre el menor de los herederos Kim. Mientras Namjoon manejaba las leyes y Jin las relaciones públicas del imperio, Taehyung era el brazo ejecutor: el hombre que no negociaba, el que absorbía empresas rivales sin pestañear y al que nadie en el bajo mundo ni en las altas esferas se atrevía a contradecir. Se decía que no tenía escrúpulos, que su carácter era impredecible, voraz y oscuro como un pozo sin fondo. Un hombre acostumbrado a poseer todo lo que miraba y a desechar lo que ya no le servía.
—Dicen que está loco, Jungkook —insistió Yoongi con la voz rota, perdiendo por primera vez la compostura—. Ese tipo no busca un esposo; busca un trofeo para callar a su padre y asegurar el linaje principal de la dinastía. Cuando entres a esa mansión, no vas a salir. Te van a encerrar en una jaula de oro y te van a arrebatar hasta el nombre.
Jungkook miró las manos de Yoongi sobre sus hombros. Podía sentir el temblor de la rabia y el miedo genuino de su hermano, ese que siempre había puesto el pecho por él ante cualquier amenaza. Sintió también la mano tibia de Jimin acercándose por detrás para entrelazar sus dedos con los suyos, rogándole en silencio que no lo hiciera.
Una punzada ardiente le atravesó el estómago. Claro que tenía miedo. El pánico le arañaba la garganta como vidrio molido. Pero debajo de ese miedo había algo más antiguo, más obstinado: el orgullo de no dejarse quebrar.
—No soy un adorno frágil, Yoongi —dijo Jungkook con firmeza, retirando con suavidad las manos de su hermano de sus hombros—. Y no voy a dejar que nos entierren vivos por orgullo.
Dio dos pasos hacia el escritorio. La luz tenue de la lámpara iluminó la última página del contrato, donde las cláusulas estipulaban la absorción total de las deudas de los Jeon, el retiro inmediato de todos los cargos legales y la inyección de capital suficiente para restaurar el honor de la familia.
Al pie de la página, solo faltaba una firma debajo de la tinta negra y angulosa que ya ocupaba el lado izquierdo: Kim Taehyung.
Jungkook tomó la pluma estilográfica de plata. El metal estaba helado contra sus dedos.
—Jungkook, no... por favor —suplicó Jimin con la voz ahogada en llanto, cubriéndose la boca.
—Es solo un papel —mintió Jungkook, sabiendo perfectamente que era una condena—. Voy a entrar a esa casa, voy a cumplir el acuerdo y voy a asegurarme de que nunca más puedan tocarnos. Pero si ese bastardo cree que me va a domesticar... se va a llevar una sorpresa.
Apoyó la punta de la pluma sobre la línea punteada.
El trazo fue rápido, limpio, definitivo.
En cuanto la tinta se secó sobre el papel, un trueno lejano retumbó sobre el cielo de Seúl, iluminando la habitación por una fracción de segundo.
El pacto estaba sellado. La dinastía Kim había comprado su precio de sangre. Y Jeon Jungkook acababa de dar el primer paso hacia el infierno más elegante, peligroso y sofocante que jamás hubiera imaginado.
«En el juego de las grandes dinastías, el corazón es la primera pieza que se sacrifica...»