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El Consorte del Rey - [omegaverse]

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Sinopsis

Lyssander ha sido coronado rey de Lina, pero el precio del trono ha sido la farsa de su propio matrimonio. Obligado por las leyes de la corona y la estricta autoridad de su abuelo, el Gran Omega, debe tomar como esposo legítimo a Mikhail de la casa Vellacourt, un noble impecable cuyo linaje asegura la estabilidad del reino. Sin embargo, el corazón y el instinto del nuevo monarca pertenecen a un solo hombre: Alys, un omega sin rango ni poder, el amigo de la infancia que Lyssander ha convertido a la fuerza en su concubino real. Entre los muros de un palacio que vive de las apariencias, la obsesión de Lyssander por asegurar que el hijo de Alys sea el próximo heredero desata una guerra silenciosa de humillaciones, crueldad y sumisión obligada. Pero el destino de la corte es implacable. Tras una noche de parto violenta y dolorosa, Alys pierde la vida, dejando una última y desesperada petición en su lecho de muerte: que sea Mikhail, el hombre que tanto lo despreció, quien críe al bastardo para salvarlo de las garras del consejo. Ahora, con un reino de luto y un bebé huérfano en brazos del consorte, las líneas entre el odio, el deber y el instinto más primario comienzan a borrarse. Huérfano de amor y consumido por la rabia, Lyssander tendrá que enfrentarse a las feromonas de un esposo que nunca deseó, mientras Mikhail descubre que la única forma de sobrevivir en una corte rota es ganarse el corazón de un rey que lo odio.

Genero:
Erotica
Autor/a:
inAcacia O'Hara
Estado:
En proceso
Capítulos:
27
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+
Esto es una muestra

Capítulo I

El gran salón del palacio estaba adornado con sedas doradas y guirnaldas de flores blancas, iluminado por miles de velas que bailaban con la suave brisa que entraba por los ventanales altos. Era el día de la Ceremonia de Unión, el evento más importante del año: el momento en que se elegiría oficialmente a la pareja del príncipe heredero, Lyssander. Como alfa destinado a ser el próximo rey, su unión definiría el futuro de todo el reino, y por eso, entre la multitud de la realeza y la nobleza, se encontraban los mejores omegas del territorio, todos vestidos con sus mejores galas, con la cabeza baja y una postura recatada, tal como dictaba la tradición.

Lyssander estaba en el estrado, de pie junto al trono, con la postura erguida y la mirada atenta, aunque por dentro sus nervios casi lo traicionaban. Sus ojos recorrían una y otra vez el mismo punto entre la multitud: allí estaba él. Un omega de cabellos oscuros y porte elegante, que permanecía inmóvil y silencioso, igual que los demás, pero que para Lyssander brillaba con luz propia. Desde hacía meses, el príncipe había puesto toda su esperanza en que fuera ese nombre el que saliera de la boca del Gran Sacerdote. Había soñado con ello, había deseado con todas sus fuerzas que el destino estuviera de su lado.

Cuando el silencio se hizo amplio y el Sacerdote alzó el pergamino real, la respiración de Lyssander se detuvo por un instante. Escuchó cómo se abría el sello, y luego la voz resonó por todo el salón.

—Por voluntad de los ancestros y las leyes de este reino, la pareja destinada al príncipe heredero Lyssander es… el omega Mikhail, de la casa de Vellacourt.

El mundo pareció detenerse para Lyssander. No era el nombre que esperaba. No era el nombre que quería. Una punzada de decepción y amargura le atravesó el pecho, tan fuerte que tuvo que hacer un esfuerzo inmenso para no dejarlo ver en su rostro. Desde su lugar, vio cómo un joven omega de cabellos rubios y ojos claros daba un paso al frente, con una sonrisa de satisfacción y orgullo en los labios; era Valerius.

A pesar del dolor y la frustración que le quemaban por dentro, Lyssander enderezó un poco más la espalda, forzó una sonrisa cortés y perfecta —esa que había aprendido desde niño para las formalidades—, e inclinó la cabeza en señal de aceptación. Pero mientras todos aplaudían y celebraban la noticia, la mirada del príncipe se desvió automáticamente hacia donde estaba el omega que su corazón deseaba.

Alys era el omega que siempre estuvo en el corazón de Lyssander, desde que eran niños y corrían juntos por los jardines del palacio. Eran amigos inseparables, y esa cercanía era la razón principal por la que Lyssander se había fijado en él, mucho más que en cualquier otro candidato.

Por ley y tradición, el heredero podía tener concubinos y concubinas, elegidos por la autoridad real —en este caso, su abuelo, el Gran Omega, quien tenía la última palabra para nombrar a quienes formarían parte de su corte privada. Pero para Lyssander, ninguna elección le importaba si Alys no estaba incluido.

Sabía que su abuelo era muy estricto con las normas y solía elegir personas de familias nobles, poderosas o con gran linaje, buscando siempre beneficios políticos. Sin embargo, también sabía que su abuelo le tenía mucho cariño y respeto, y que escuchaba sus razones. Así que decidió hablar con él directamente.

El banquete de celebración fue eterno. Lyssander sostuvo la mano de Mikhail ante los invitados, brindó con los duques y tragó el vino sin saborearlo, manteniendo la máscara intacta hasta que la última antorcha del patio se apagó. En cuanto pudo librarse, caminó a pasos rápidos por los pasillos de piedra hacia el ala privada del palacio.

Abrió las puertas de la sala de estudio del Gran Omega sin anunciarse. El anciano estaba sentado junto a la chimenea, leyendo unos informes con la luz de las velas. Ni siquiera se sobresaltó por la entrada brusca de su nieto.

—Abuelo —Lyssander se detuvo frente al escritorio, apoyando las palmas sobre la madera—. Tú sabes que Alys y yo crecimos juntos. Conozco su carácter, su lealtad y su forma de ser mejor que a nadie. No es de una familia poderosa, pero es quien realmente me importa. Si vas a nombrar a las personas que formarán mi corte privada, te pido que lo incluyas. No es un capricho, él es el único que merece estar a mi lado.

El Gran Omega cerró el informe con un golpe pausado y levantó la vista. Sus ojos, gastados pero severos, recorrieron el rostro tenso del príncipe.

—No —dijo el anciano—. No importa cuánto cariño le tengas a ese omega, no es apropiado para la corte real. Mucho menos si tu insistencia se basa únicamente en un apego emocional.

—Es el más leal de todos —insistió Lyssander, dando un paso adelante, sintiendo el calor de la rabia subiendo por el cuello—. Me da la estabilidad que ningún otro linaje puede comprar. No puedes dejarlo fuera de la selección de concubinos después de lo que pasó hoy en el salón del trono. Al menos debieron escogerlo como mi pareja, de todas formas no era importante quién esté a mi lado sino la corte que anunciaran como concubinos.

—La lealtad no hereda tierras ni asegura alianzas, Lyssander. Ya he tomado una decisión y no voy a cambiar las listas por un sentimentalismo de la infancia. Retírate.

La mandíbula de Lyssander se tensó. El rechazo de su abuelo terminó de romper el control que había mantenido durante toda la ceremonia. Dio media vuelta, cruzó la estancia a zancadas y azotó la pesada puerta de roble al salir, dejando que el estruendo resonara por todo el pasillo desierto.

Bajó los escalones hacia las galerías exteriores, buscando el aire de la noche para enfriar la furia que le enturbiaba la vista. Se apoyó en la barandilla de piedra que daba a los jardines bajos del palacio. Desde allí, la luz de las antorchas iluminaba el patio donde los omegas no elegidos se dispersaban tras el final del festejo.

Allí estaba Alys, caminando entre los rosales. Lyssander apretó el borde de la piedra hasta lastimarse los dedos al verlo. Alys sonreía débilmente a uno de los guardias que lo saludaba, con tranquilidad, a Lyssander le pareció insultante. Actuaba como si nada hubiera pasado, como si el príncipe heredero no acabara de pisotear su propia dignidad y autoridad ante el Gran Omega peleando por un lugar para él.

Bajó las escaleras del jardín a zancadas, con la capa ondeando detrás de él. El sonido de sus botas pesadas contra el pavimento de piedra hizo que los pocos nobles y sirvientes que quedaban en el patio se tensaran. Al notar la presencia del príncipe heredero, todos bajaron la cabeza de inmediato, apartándose a los lados haciendo una reverencia.

Alys se dio la vuelta al escuchar los pasos. Al ver la expresión enfurecida de Lyssander, reaccionó con la misma sumisión, inclinando el cuerpo y bajando la mirada hacia el suelo.

Antes de que Lyssander pudiera pronunciar una sola palabra o romper la distancia, unos pasos rápidos y secos se interpusieron. La encargada de los omegas, una mujer de la alta sociedad con el rostro perpetuamente agrio y ropajes oscuros, avanzó hacia Alys. Sin mediar palabra, levantó la mano y le asestó una bofetada limpia que resonó en todo el patio.

El golpe giró el rostro de Alys hacia un lado.

—Es indecente —escupió la mujer con desprecio, señalando al guardia con el que Alys hablaba un momento antes—. Que un omega que aspira a formar parte de la corte privada se encuentre hablando de esa forma con un alfa cualquiera. No tienes decoro.

La sangre de Lyssander hirvió. El rastro de furia que traía del despacho de su abuelo explotó en un segundo. Dio un paso largo, apartó a Alys de un manotazo suave y quedó frente a la encargada. Antes de que la mujer pudiera reaccionar, Lyssander le devolvió el golpe con una bofetada que la hizo tambalearse y caer de rodillas sobre la grava del jardín.

Los guardias de los alrededores se quedaron inmóviles, conteniendo el aliento.

—¡Mi señor! —exclamó la mujer, sosteniéndose la mejilla enrojecida, con los ojos abiertos por el pánico—. Yo solo... intentaba explicarle... lo que hacía este omega no era apropiado para las normas del palacio...

—¿Quién te crees que eres para tocarlo? —la voz de Lyssander cortó el aire.

Sin esperar respuesta, Lyssander se giró hacia Alys, que se había quedado completamente callado, estático por la sorpresa y el dolor del golpe. El príncipe lo tomó del brazo con firmeza, atrayéndolo hacia su cuerpo hasta dejarlo protegido entre sus brazos. Alys no se resistió; se tensó al principio, pero luego dejó caer parte de su peso contra el pecho del alfa.

Lyssander barrió la mirada por todos los presentes en el patio, fijándola finalmente en la mujer que seguía en el suelo.

—Él es el primer omega de mi corte —sentenció Lyssander, alzando la voz para que cada sirviente y guardia lo escuchara con claridad—. Mi concubino real. Y nadie vuelve a ponerle una mano encima si quiere conservar la cabeza.

El murmullo de los guardias y el llanto silencioso de la encargada cesaron de golpe cuando las puertas altas de la galería se abrieron. El Gran Omega apareció en el umbral, envuelto en sus mantos pesados. Observó la escena desde lo alto de la escalera: la mujer de rodillas en la grava, su nieto sosteniendo con rudeza al omega contra su pecho y la tensión en el aire del patio. El anciano soltó un suspiro largo, frotándose las sienes con pesadez.

—Este niño salió idéntico a su padre —susurró para sí mismo, antes de dar media vuelta y regresar al interior, dejando que el servicio se encargara de limpiar el desastre.

Lyssander no esperó a que llegaran más guardias. Agarró a Alys de la muñeca y lo arrastró por los pasillos traseros, subiendo los escalones hacia el ala norte, hasta llegar a sus habitaciones reales. Empujó la puerta con el pie y la cerró de un portazo, dejando fuera el ruido del palacio.

Alys se soltó del agarre en cuanto estuvieron solos. Se llevó una mano a la mejilla, que ya empezaba a hincharse y a tomar un color violáceo.

—No debiste haber hecho eso —dijo Alys, con la voz apagada—. Mañana todo el palacio va a murmurar sobre nosotros. Deberías salir de esta habitación ahora mismo o si no las cosas van a empeorar para ambos.

—No me importa lo que murmuren —respondió Lyssander, dándole la espalda para servir un poco de agua en una copa—. A partir de hoy eres mi concubino. Estás bajo mi protección directa.

Alys soltó una risa amarga, corta, y negó con la cabeza mientras miraba el suelo.

—Sé que solo lo dijiste para protegerme de esa mujer, Lyssander, y te lo agradezco. Fue un buen gesto. Pero no quiero meterme en problemas con la corte. Ya envié una carta a mi familia anunciando que volveré a casa junto con el documento de libertad que me darán mañana.

Lyssander dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco. Se dio la vuelta, con las cejas juntas.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué carta? ¿A qué te refieres con que te vas?

—Ya me notificaron oficialmente que no fui elegido para tu corte privada —explicó Alys, manteniendo una calma que a Lyssander le pareció insoportable—. Mañana me entregarán mi carta de libertad para irme del palacio. Eso es lo que pasa con todos los omegas de mi condición que alcanzan la edad de casamiento del príncipe heredero y no son seleccionados. Nos liberan para que podamos rehacer nuestras vidas fuera. Así que podré irme.

—Ya te nombré mi concubino frente a toda la guardia —dijo Lyssander, dando un paso hacia él, cerrándole el espacio—. No te vas a ir a ninguna parte. Mañana ordenaré que anulen ese documento.

—Te pido que digas que solo fue mentira, una reacción del momento para salvarme de la encargada —le rogó Alys, dando un paso atrás—. Por favor. Déjame irme. Déjame volver con los míos.

—No lo haré. No vas a dejar el palacio —replicó Lyssander, sintiendo que la frustración le enturbiaba el juicio—. Si te preocupa tu familia, puedo ordenar que les manden provisiones, tierras, lo que necesiten para estar bien. Pero tú te quedas aquí.

—No, Lyssander, no entiendes...

—Suficiente —lo cortó Lyssander, y su voz bajó varios tonos, volviéndose fría y cortante—. No te estoy hablando como tu amigo de la infancia. Te estoy hablando como tu futuro rey. No tienes permitido desobedecerme.

Alys dio un paso atrás, con los ojos llenos de lágrimas que finalmente desbordaron por sus mejillas. Las rodillas le fallaron y se dejó caer sobre el suelo de madera, frente a las botas del príncipe. Agarró el borde de la capa de Lyssander con las manos temblorosas, apretando la tela con desesperación.

—Tú me lo habías prometido... —sollozó Alys, levantando el rostro húmedo—. Dijiste que podría irme... Cúmplelo, por favor. Dijiste que si no era seleccionado, sería libre.

Lyssander lo miró desde arriba, con la mandíbula rígida y el cuerpo tenso.

—Yo nunca prometí eso, Alys.

—¡Lo hiciste! —exclamó Alys, con la voz rota—. Recuerda mi cumpleaños... lo dijiste esa noche en el jardín. Me prometiste que respetarías mi destino. Por favor... no me dejes atrapado aquí.

—No lo haré —respondió Lyssander, apartando la mirada para no ver los ojos suplicantes del omega—. No vas a dejar el palacio.

Alys soltó la tela de la capa, dejando caer las manos sobre el suelo, vencido por la amargura.

—Fallé a propósito la prueba para ser tu esposo por eso —confesó en un susurro, con la cabeza baja, dejando que el cabello oscuro le cubriera la cara—. Arruiné el examen de protocolo. No quería ganar. No quiero estar aquí.

Lyssander sintió el impacto de las palabras como un golpe en el pecho. La revelación de que Alys había buscado activamente alejarse de él transformó su frustración en una furia. No dijo nada más. Dio media vuelta, cruzó la habitación a zancadas y abrió la puerta principal de sus aposentos.

Salió al pasillo iluminado por las antorchas, dejando a Alys llorando en el suelo, y cerró la pesada hoja de madera con un golpe seco que cortó los sollozos.

Dos guardias de la sección real se cuadraron de inmediato al ver la expresión del príncipe heredero.

—Nadie sale de esta habitación —ordenó Lyssander, con una voz baja—. Custodien la puerta. Si el omega intenta cruzarla, lo detienen.

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