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Redkill

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Sinopsis

Hola… mucho gusto :3 La historia tratará de un adolescente donde tendrá una vida difícil, horrible, y llena de desafíos… pero que por las personas que lo apoyen o la gente a su alrededor aprenda a vivir, y a ser el escudo de Tultitlan…

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1 El escudo de tultitlan


El sol caía suavemente sobre las calles detierra de Tultitlán, Estado de México, y el aire olía a humo y a tortillasrecién hechas. Julio, un niño de ocho años con el pelo revuelto y una sonrisaque iluminaba todo lo que tocaba, corría por el patio trasero de su casa con uncómic en la mano. Era una edición vieja, desgastada por el uso, de losVengadores, creada por ese hombre al que él admiraba más que a nadie: Stan Lee.

Julio: —¡Mira, papá! ¡Mira lo que me regaló el tío! —gritó Julio,corriendo hacia un hombre alto, de manos callosas y rostro amable, quearreglaba unas herramientas en su banco de trabajo. Era su papá, Jorge.

Jorge levantó la vista, sonriendo conternura.

Jorge: —¡Vaya, hijo! Esos son los mejores. ¿Cuál es tufavorito de todos?

Julio respondió lleno de felicidad.

Julio: —¡El Capitán América! —respondió sin dudar,señalando la portada—. Porque protege a los que no pueden defenderse. Algún día yo seré así.Seré un héroe, igual que ellos.

Su madre, Karla, salió de la cocina,secándose las manos en el delantal, y lo abrazó por los hombros.

Karla: —Mi niño ya es un héroe para nosotros —dijo con vozdulce—. ¿Verdad, princesa?

Su hermana pequeña, Lupita, de apenas cuatroaños, se acercó corriendo y se aferró a la pierna de Julio.

Lupita: —¡Sí! ¡Mi hermano esel más valiente del mundo!

Julio se agachó y le dio un beso en lafrente. En ese momento, no le faltaba nada. Tenía todo lo que un niño podíadesear: amor, familia y la certeza de que el mundo era un lugar bueno, lleno dehistorias de héroes que siempre ganaban al final.

No sabía que esa noche, las páginas de supropia vida se mancharían de tinta oscura y dolor. Todo pasó rápido, demasiadorápido. Unos golpes fuertes en la puerta, gritos, luces de linternas quecortaron la oscuridad de la sala. Hombres con rostros duros, armas en las manosy miradas vacías entraron como si fueran dueños de todo. Julio se quedóparalizado en una esquina, escondido detrás del sofá, viendo cómo arrastraban asus padres y cómo su madre gritaba su nombre, desesperada, mientras trataba deproteger a Lupita.

Jorge: —¡Por favor! ¡No les hagan daño! ¡Son solo niños!—suplicaba su padre, con la voz rota.

Uno de los hombres, alto, con una cicatrizque le cruzaba la mejilla y una cadena de oro gruesa en el cuello, dio un pasoal frente. Era el jefe. El nombre que todos en el pueblo susurraban con miedo:El Tuercas.

El Tuercas: —Aquí no hay reglas —dijo con vozgrave y fría—. Y quien se cruza en mi camino, desaparece.

Julio vio, con los ojos llenos de lágrimasque no salían, cómo su corazón se convertía en piedra.

El miedo se fue, reemplazado por algo nuevo,algo que sentía que se movía en su interior: oscuro y pesado, como un monstruoque hasta ese momento había estado dormido. Sin hacer ruido, sus manos pequeñasbuscaron a tientas en el suelo y encontraron un palo grueso, duro y pesado. Loapretó contra su pecho y se deslizó entre las sombras, esperando el momentoexacto. Uno de los hombres se alejó un poco del grupo para vigilar lasventanas. Fue suficiente. Julio salió de la oscuridad como una sombra, levantóel palo con todas sus fuerzas y lo golpeó con furia en la cabeza del hombre. Elcuerpo cayó sin hacer ruido.

Julio levantó el palo de nuevo, dispuesto aseguir, pero unas manos enormes y ásperas lo agarraron del cuello de repente,levantándolo del suelo hasta que sus pies quedaron colgando en el aire. Era ElTuercas. Lo pegó con fuerza contra la pared, tan fuerte que Julio sintió quesus costillas se rompían. Le faltaba el aire y la visión se le nublaba. Elnarcotraficante lo apretaba, disfrutando del miedo, pero luego acercó su boca asu oído, bajando la intensidad de la presión, aunque sin soltarlo.

El Tuercas: —Eres pequeño... muypequeño —susurró con una voz que le heló la sangre—. Y yo no perdono alos niños. Pero tengo que decirte algo, escúchame bien: te tengo todo elrespeto. No muchos hombres hechos y derechos tienen los huevos de enfrentarse auno de los míos y acabar con él. Tú sí.

Apretó un poco más, viendo cómo los ojos delniño se llenaban de lágrimas y rabia.

El Tuercas: —Pero hoy aprendes lalección más importante de la vida: nadie, y digo nadie, se pone frente a mí. Ypara que te quede grabado en esa cabecita tuya... mira.

Con una mano libre, señaló hacia el centro dela sala. Julio, con el aire cortado, vio con horror lo que hacían. Frente a susojos, frente a su rostro, terminaron con la vida de sus padres y de su hermanapequeña. Los gritos que él quiso dar se quedaron atrapados en su garganta. Enun arranque de desesperación y odio, Julio reunió la poca fuerza que le quedabay le golpeó con el puño en plena cara al hombre que lo tenía sujeto.

El Tuercas retrocedió un poco por lasorpresa; se tocó la nariz y vio que sangraba, ¡por culpa de un niño! Peroinmediatamente devolvió el golpe con la misma violencia, multiplicada por diez.Luego, con un movimiento seco y cruel, puso su pie sobre el brazo izquierdo y,con una fuerza que aterraba, lo torció hasta que se escuchó un crujido seco ydoloroso. Lo tiró al suelo como si fuera basura, dejándolo casi muerto, justoal lado de los cuerpos de su familia.

El Tuercas: —Vive —le dijoescupiendo al suelo—. Vive y recuérdame siempre. Porque ahora eres un fantasma, igual queellos, y si en algún momento regresas a enfrentarme. Te estaré esperando.

Julio no supo cuánto tiempo estuvo tiradoahí. Solo supo que, cuando la conciencia volvió a él, lo único que sentía noera dolor, ni tristeza, ni miedo. Era odio. Un odio profundo y ardiente que lerecorría las venas y le gritaba una sola cosa: Vivirás. Te harás fuerte. Y undía... le harás pagar cada segundo de este infierno.

Se arrastró fuera de su casa, lejos deTultitlán, hacia las montañas cercanas, donde nadie lo buscaría. Encontró unacabaña vieja, abandonada, con las paredes agrietadas y el techo de lámina. Allíempezó su nueva vida.

Su brazo izquierdo, el que le habían roto,nunca sanó bien. Le dolía cada vez que se movía, cada vez que intentaba agarraralgo. Pero Julio no se quejó, o al menos eso era lo que quería demostrar. Conpedazos de metal que encontraba en la basura, con herramientas que robaba oconseguía a cambio de trabajos pesados, construyó algo que nadie hubieraimaginado: un exoesqueleto. Una estructura de metal rudo, soldada a mano, quecubría su brazo desde el hombro hasta la mano.

No era perfecto; tenía tornillos visibles ymarcas de golpes, y no fue sencillo de hacer. Al principio le incomodabausarlo, debía ejercitar su brazo durante horas para poder moverlo por sí mismocon el apoyo de la estructura. A veces, el metal se pegaba a su piel,haciéndolo sufrir más, pero con el paso del tiempo lograba mejorarlo hastahacerlo parte de sí mismo. Aquella coraza cumplía dos funciones: le daba unafuerza sobrehumana y ocultaba lo que sentía por dentro. Ese brazo de metal eraahora su protección, tal como las que siempre quiso tener en los cómics.

Los años pasaron. Julio creció, se hizo alto,musculoso, de mirada profunda y silenciosa. Aprendió a sobrevivir de la peormanera posible: en las calles. Pero él no solo sobrevivía; se preparaba.Escalaba los tejados de las casas donde había escuelas de defensa personal, seescondía entre las tejas y miraba por las ventanas desde arriba, memorizandocada movimiento, cada golpe, cada forma de caer y levantarse. No sabía leer niescribir, así que su memoria era su única herramienta, y la entrenó hasta quecada técnica quedó grabada en su mente como si fuera una página impresa,también sufría al aprender, aveces estába al punto de caerse de los tejados, subrazo que tanto le dolia no lo dejaba agarrar fuerza al subir las escaleras, yaveces que lo confundian con un ladrón se lograba esconder, pero no importabacuantas dificultades le daban al niño, el lograba aprender, entender, y ponerloa prueba. 

Aunque Julio entrenaba con mucha fuerza yenergía, su cuerpo fallaba por falta de alimento, salía de la cabaña yaprovechaba los tejados para buscar donde comer, al revisar su dinero solotenía muy poco dinero, no le alcanzaba ni para un taco, hasta que mientrasbuscaba casi arrastrándose por el cansado, un señor de buen corazon le diodinero a julio, y al ver que julio era fuerte y haría lo que sea parasobrevivir, lo contrato para ayudarle con los albañiles, a cambio por dia ledaba 20 pesos, algo que julio acepto, al principio le era difícil porque pesabay más porque no comía, ya la siguiente semana que ya se alimentaba y tenía másfuerzas, ya trabajaba bien, pero aun en su mente Seguia en mente su objetivo.

Un día saliendo del trabajo con sus veintepesos listos para los tacos, encontró un teléfono viejo en un contenedor debasura. Estaba roto, sucio, casi inservible, pero logró hacerlo funcionar unpoco. No sabía usarlo bien, no entendía nada de las letras ni los menús, perocon mucha paciencia, apretando botones al azar y recordando imágenes que habíavisto en otros lados, logró llegar a los videos. Videos de artes marciales, demanejo de armas, de estrategia... Pasaba las noches enteras mirando la pequeñapantalla y la poca electricidad que tenía para que no se quede sin pila,también complicándose porque aveces la electricidad se iba o el teléfono setrababa que se enojaba, incluso aveces el internet de la colonia no lealcanzaba a su cabaña que le costaba a julio ir a los tejados donde podríallegar el internet y seguir aprendiendo, al final logrando dominar las artesmarciales con todo lo que aprendió incluso haciendo sus propios movimientosviendo a jóvenes haciendo breakdance.

Pasaron los años hasta que julio tenía 19años, llegó el día en que sintió que estaba listo. Regresó a su antigua casa.Todo estaba cubierto de polvo; las telarañas colgaban de las vigas y el aireestaba cargado de recuerdos. Entró a su habitación, la que había sido suyacuando era niño. Todo seguía igual, tal como lo dejaron ese día fatal. Seacercó al viejo cajón de madera que estaba al lado de la cama y lo abrió concuidado.

Ahí estaban. Sus cómics. Los de Stan Lee,doblados, guardados como un tesoro. Julio los tomó entre sus manos grandes yásperas, y por primera vez en años, sintió que las lágrimas querían salir,quemando sus ojos. Pero no lloró. No podía.

Debajo de los cómics, había algo más. Unacaja larga de madera, al abrirlo julio sintio que lo golpeó el pasado, Dosmachetes de hoja ancha, bien cuidados, con empuñaduras de madera desgastada porel uso. Eran de su padre. Julio recordó perfectamente, como si fuera ayer, eldía que su papá se los mostró, enseñándole a sostenerlos, hablándole conorgullo.

— Estos no son para hacer daño sin razón, hijo —le había dicho supadre, poniendo las manos del niño sobre el mango—. Los usaremos paratrabajar la tierra, para sacar adelante a nuestra familia. Pero recuerda bien:llevan el apellido de nuestros antepasados. Están en tus manos, y tú debeshonrarlos siempre.

Julio apretó los mangos con fuerza. El metalfrío le dio una sensación de seguridad que no sentía desde hacía mucho tiempo.

Julio: —Papá... mamá... Lupita... —susurró con vozronca—. Hoy cumpliré con el apellido. Y haré justicia.

Salió de la casa con los dos machetescruzados en la espalda, su brazo de metal brillando bajo la luz del sol, y lamente puesta en un solo lugar: la hacienda donde vivía El Tuercas.

Llegó hasta el portón principal, alto ycerrado. Esperó escondido entre los arbustos hasta que escuchó el motor de unacamioneta grande acercándose. Era una camioneta negra, sin placas, de esas quetodos en Tultitlán conocían y temían: la que se llevaba a la gente. Julio nodudó. Cuando el vehículo se detuvo para que abrieran las puertas, trepóágilmente y se metió en la parte trasera, mezclándose entre un grupo depersonas asustadas, rehenes que acababan de ser raptados.

Julio: —¡Silencio! —les susurró él convoz firme pero baja, sacando un pequeño pedazo de metal afilado—. No vengo ahacerles daño. Vengo a sacarlos de aquí.

Antes de que pudieran reaccionar, Julio semovió rápido y silencioso, tal como había aprendido en los tejados y en losvideos. En unos minutos, los dos hombres que vigilaban la parte trasera estabanen el suelo, inconscientes. Abrió la puerta de la camioneta y ayudó a todos abajar.

Julio: —¡Corran! ¡Vayan lejos! —les dijo—. Ya estánlibres.

Pero uno de los hombres, mayor y con la caramarcada por el miedo, lo agarró del brazo de metal, deteniéndolo. Otros dos sele acercaron, con lágrimas en los ojos.

Hombre: —¡No podemos irnos! —dijo elhombre, con la voz rota—. ¡Aún no! Ahí adentro... en la hacienda... hay mujeres. Jovencitas.Son nuestras hijas, nuestras hermanas. Se las llevaron hace días. Las tienenahí adentro, como sirvientas, obligadas a servirles... a hacer lo que ellosquieran. Son niñas, muy jóvenes para estar en ese infierno.

Julio sintió que la rabia subía por sugarganta, esa misma rabia que sentía de niño, pero ahora multiplicada por todolo que había vivido. Miró hacia la hacienda, una construcción grande y lujosarodeada de muros altos. Se volvió hacia ellos, serio y decidido, y les dio losdos machetes de su padre.

Julio: —Tomen. Quédense aquí, escondidos, en esacamioneta que dejé lista. Cuídense y vigilen. Si salen, protéjanlas. Estosmachetes sirven para defender a la familia, tal como me enseñaron a mí. Yo voya entrar. Voy por ellas.

Sin esperar respuesta, se escurrió entre lassombras, entrando por el patio trasero. Se movía como un fantasma, dejandoatrás a cualquier guardia que se cruzara en su camino: unos con golpes precisosen el cuello, otros con llaves que los dejaban inmóviles. No quería matarlos,no eran su objetivo. Solo quería llegar hasta el jefe.

Llegó a una puerta grande de madera, con unapequeña grieta en el marco. Se acercó con cuidado y miró adentro. En el centrode la habitación había una mesa redonda, grande y pesada. Alrededor de ellaestaban sentados El Tuercas y otros hombres: rostros conocidos en todo el paíspor ser los criminales más buscados, peligrosos y crueles. Jugaban a lascartas, apostando dinero y tierras, riéndose fuerte y bebiendo tequila como sinada pasara.

Pero lo que hizo que la sangre de Juliohirviera fue lo que vio detrás de ellos. De pie, con las manos temblando, habíavarias jovencitas. Eran las que le habían dicho. Llevaban muy poca ropa, solosu ropa interior, con los cuerpos encogidos por la vergüenza y el frío,sosteniendo botellas y vasos para servirles. Eran niñas, apenas creciendo, conla mirada perdida y llena de terror.

El monstruo que vivía dentro de él, ese quehabía despertado cuando tenía ocho años, rugió con fuerza. Pero ahora no era unniño indefenso. Ahora era un hombre hecho de dolor y acero. Julio dio un pasoatrás y, usando toda la fuerza acumulada en su brazo de metal, golpeó la puertacon un solo empujón furioso. La madera crujió y se partió en dos, abriéndose degolpe con un estruendo que hizo que todos los hombres se levantaran de unsalto, sacando sus armas.

Narcotraficante: —¡¡Disparen!! —gritó uno.

Las balas empezaron a silbar por todo elsalón. Julio levantó la mitad de la puerta rota como escudo y cubrió su cuerpocon el brazo de metal. Sintió cada impacto, el dolor agudo que recorría suhombro y su espalda, pero no se detuvo. Resistió, apretó los dientes y avanzó.En un movimiento rápido, agarró el arma de uno de los guardias que había caídoantes, apuntó con una precisión que había perfeccionado mirando desde lostejados, y disparó. Una, dos, tres veces. Cayó a los hombres de apoyo,eliminando la amenaza sin dudar.

El Tuercas intentó correr hacia una salidalateral, pero Julio vio la mesa redonda que antes servía para sus juegossucios. Con la misma fuerza que de niño usaba para lanzar sus juguetes, peroahora con la furia de años de sufrimiento, levantó la pesada mesa de madera conuna sola mano y la lanzó por el aire. Voló pesada y recta, golpeando alnarcotraficante justo en la cadera y las piernas, derribándolo y dejándoloatrapado e indefenso en el suelo.

Julio caminó hacia él, lento y pesado,ignorando el dolor de sus heridas. Se acercó al hombre que le había quitadotodo, que le había arrebatado su vida.

El Tuercas, casi apretando los dientes por eldolor, intentaba levantar su arma para disparar, pero Julio, con un solomanotazo, se la quitó de las manos. El miedo apareció en los ojos del villano.

El Tuercas: —¡Por favor! Déjame vivir… te darélo que quieras: dinero, terrenos, mujeres… solo te pidopiedad.

Julio solo lo veía con enojo, aunque algo decompasión cruzó por su mente. Por dentro quería perdonarlo, pero al recordarlas súplicas de su familia, su padre rogando por piedad, que para El Tuercas nohabían valido nada, apretó el cuello del hombre y le dijo con una voz seria ygrave:

Julio: —¿Piedad?… ¿Acaso tú le diste piedad a mipadre? ¿A mi madre? ¿Y a mi hermanita?… Tú no tuviste corazón hacia ellos… yono la tendré contigo.

Levantó su puño de metal, el mismo queconstruyó para protegerse, y con un solo golpe, con toda la rabia, todo elllanto y todo el odio acumulado, rompió el cráneo de aquel ser malvado. Cuandoapartó la mano, el mal había terminado. El silencio que siguió fue absoluto.

Respiró hondo, tratando de calmar el fuegoque ardía en su pecho. Entonces se volvió hacia las jovencitas.

Estaban ahí, temblando, mirándolo con unamezcla de miedo y esperanza. Eran hermosas, muy hermosas, y al verlas así, sucuerpo reaccionó de forma natural, como reacciona cualquier hombre sano ante labelleza. Pero esa reacción fue solo física. Por dentro, lo único que sentía eraun deseo inmenso de protegerlas, tal como hubiera querido que protegieran a suhermana Lupita. Eran niñas, igual que ella.

No dijo nada. Solo caminó hacia las cortinaspesadas que cubrían las ventanas, las rasgó de un tirón fuerte y las cortó entiras. Se acercó a las chicas con movimientos suaves y bajos, para que notuvieran miedo, y las cubrió con las telas, envolviéndolas como si fueranmantas, para que al menos pudieran cubrir su cuerpo y recuperar su dignidad.

Julio: —Ya pasó —les dijo con voz ronca pero suave—. Ya están asalvo. Nadie les va a hacer nada más.

Las guió fuera de la hacienda, hasta dondeestaban los otros rehenes. Ellos habían logrado encender uno de los autos delos captores, y al ver llegar a las chicas cubiertas, corrieron a recibirlas,abrazándolas y llorando de alegría al verlas vivas.

Julio se quedó un poco aparte, apoyado contrauna pared, viendo todo eso. Y en ese momento, mientras veía a esas familiasreunirse, a esas personas respirar tranquilas por primera vez en mucho tiempo,entendió su propósito. Ya no era solo un niño que quería venganza. Era algo másgrande.

Julio: —Redkill —se dijo a sí mismo en voz baja, probando elnombre—. Ese seré. Porque eliminar el mal es mi trabajo, pero mi verdaderonombre significa que mi vida, mi dolor, todo lo que soy, se lo entrego a ellos.Seré su escudo.

Se subió a la parte trasera del auto,acompañando a todos, asegurándose de que nadie los siguiera, de que llegaranbien. Al llegar de nuevo a las calles de Tultitlán, los autos fueron rodeadospor patrullas de policía. Los oficiales apuntaban con sus armas, listos paradisparar, porque reconocían los vehículos: eran los que usaba la banda pararaptar gente.

La puerta se abrió. Julio bajó primero. Sehabía puesto una máscara que cubría su rostro, hecha de cuero y metal, dejandover solo sus ojos oscuros y profundos. Su brazo de metal brillaba bajo lasluces de las patrullas. Detrás de él bajaron las familias, las chicas, todoslos que había salvado, protegiéndose detrás de él como si fuera un muro.

Uno de los oficiales dio un paso al frente,sorprendido.

Policía: —¿Quién eres tú? —preguntó convoz firme, pero bajando un poco el arma al ver a la gente sana y salva.

Julio levantó la cabeza, mirando a todos: asu pueblo, al lugar donde había nacido y sufrido. Su voz resonó fuerte, clara,llegando a todos los presentes.

Redkill: —Soy alguien que sabelo que es perderlo todo —dijo, y en sus palabras había verdad, mucha verdad—. Nadie sabrá quiénestá detrás de esta máscara. Nadie conocerá mi nombre, ni mi historia, ni eldolor que cargo en este brazo y en este corazón. Pero todos ustedes sabránalgo: Tultitlán ya tiene quien lo cuide. —Hizo una pausa, señalando hacia las calles,hacia el horizonte—. Y no solo Tultitlán. Todo México necesitaba un escudo. Y aquí está.Mientras yo siga respirando, ustedes respirarán en paz. El miedo se acaba hoy.

Dio un paso al frente, caminando con pasofirme, mientras la gente a su lado empezaba a sonreír, a llorar de alivio, agritar de alegría. Julio, ahora Redkill, el hombre que quería ser un héroe decómic y se convirtió en la realidad más dura y valiente, sabía que el caminosería largo, difícil y lleno de sangre. Pero también sabía algo más: cada golpeque recibiera, cada dolor que sintiera, cada recuerdo que lo atormentara...valdría la pena, con tal de que ningún otro niño en este país tuviera que vivirlo que él vivió.

Porque al final, tal como decían los cómicsque tanto le gustaban: Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y éltenía el poder, el dolor y la fuerza para cargar con ella.

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