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El casero, los amigos y yo — Relato corto intenso

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Sinopsis

Cuando Camila Ferreyra escuchó la propuesta de su casero, sintió asco. Pero esa misma noche no pudo dejar de pensar en sus manos. Este relato erótico explora el descenso de una joven orgullosa hacia las profundidades del deseo prohibido y la obsesión. Ricardo, un hombre maduro de autoridad silenciosa, le ofrece una forma de pagar el alquiler que ninguna chica decente aceptaría. Ella dice que no. Pero el edificio respira, las cañerías gemis y el morbo empieza a filtrarse por las rendijas de su orgullo. Lo que sigue es una historia erótica +18 donde los límites se borran uno a uno. Donde la tentación se disfraza de necesidad económica. Donde las relaciones intensas con hombres maduros se vuelven adicción. Donde las orgías y el sexo swinger aparecen como escenarios naturales de una noche que empieza con una copa de vino y termina con una fila de desconocidos esperando su turno. Camila creía que podía controlarlo todo. Pero la lujuria no negocia. Y Ricardo, el dueño del edificio, sabe exactamente qué botones apretar para convertir una chica inocente en su nena. Secretos. Obsesión. Pasión sin red. Bienvenides a un mundo donde el placer tiene precio... y el alquiler se paga con el cuerpo. Aviso para lectores Esta obra es un producto de ficción. Todos los personajes, situaciones y eventos narrados son inventados o utilizados de manera ficticia. El contenido está destinada exclusivamente a personas mayores de 18 años. No se busca promover ni glorificar conductas de explotación, coerción o violencia; el relato explora dinámicas de poder, deseo y transgresión dentro de un marco puramente erótico y psicológico. La intención es entretener, provocar reflexión y sumergir al lector en una atmósfera decadente y sensual. Disfrutá con responsabilidad.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Nicole Hot
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El despertar

El timbre sonó a las siete y cuarto de la tarde, justo cuando Camila acababa de secarse el pelo y se ponía el short de entrenamiento. Sabía quién era antes de mirar por la mirilla. Nadie más subía hasta el séptimo sin avisar antes. 

—Buenas noches, señorita Ferreyra.

Ricardo Ledesma llenaba el marco de la puerta con esa autoridad tranquila que no necesitaba apretar el traje gris para intimidar. El saco estaba desabrochado, la panza asomaba apenas sobre el cinturón, el pelo raleado peinado hacia atrás con fijador. Casi cincuenta y cuatro años. Nada atractivo. Pero cuando apoyó la mano en el marco, justo por encima de su cabeza, Camila sintió que el pasillo se achicaba.

—Dos meses —dijo él, sin preámbulos—. Más las multas por atraso.

Ella cruzó los brazos, apoyó la cadera en el marco contrario, la pose de fierecita que le había salido natural desde los quince. La que decía no me vas a ver doblarme.

—El próximo jueves cobro. Puedo darte la mitad del primero y…

—No es así como funcionan los contratos, nena.

El “nena” le raspó la nuca. Como si le hubiera pasado la lengua. Camila apretó la mandíbula.

—No soy tu nena.

Ricardo sonrió. Una mueca lenta, sin apuro. No se inmutó. Metió la mano al bolsillo del pantalón, sacó un sobre marrón, lo golpeteó contra su propia palma dos veces.

—Hay otra forma de saldar la deuda. Si te interesa.

El silencio se hizo más denso que el olor a fideos que subía del quinto piso. Camila parpadeó. Primero no entendió. Después sí. El calor le subió desde el escote hasta las orejas.

—¿Me estás jodiendo?

—Te estoy ofreciendo una solución. No hace falta que te ofendas tan rápido.

Su voz no cambió de tono. Eso fue lo peor. Si hubiera sido un viejo verde riéndose, Camila lo habría mandado a la mierda con la puerta en la nariz. Pero Ricardo la miró fijo, sin picardía, con algo más parecido a la paciencia de un tipo que ya había hecho esta misma oferta antes. En otros departamentos. A otras chicas.

“Qué asco”, pensó ella. Pero las piernas no se movieron para cerrar.

—No soy ese tipo de mina —dijo, y la frase le sonó hueca hasta en sus propios oídos. ¿Qué tipo de mina era? Una que no podía pagar el alquiler. Una que hacía dos semanas comía arroz blanco porque la plata no alcanzaba para el pollo.

Ricardo asintió, guardó el sobre en el bolsillo interior del saco.

—Pensalo. La oferta sigue vigente hasta el martes. Después empiezo con las cartas documento.

Se dio vuelta. Camila lo miró caminar por el pasillo alfombrado. Las nalgas anchas, los hombros caídos, el paso pausado de alguien que sabía que ella lo estaba viendo. Justo antes de doblar hacia el ascensor, él volvió la cabeza.

—Dormí bien, señorita Ferreyra.

Y se fue.

La puerta tardó una eternidad en cerrarse.

Cocinó unos fideos. Los comió parada en la mesada. La cocina minúscula tenía un solo ventanal que daba al pulmón, y el ruido del extractor no lograba tapar los pensamientos. “Viejo asqueroso”. “Gordo de mierda”. “A quién se cree”.

Pero mientras bajaba los platos a la pileta, se quedó mirando el sobre de las expensas sin abrir. El papel de las cuentas de luz que había escondido abajo del colchón para no verlas. El alquiler. Siempre el alquiler.

Se bañó con el agua más caliente que pudo soportar. El vapor empañó el espejo chiquito que ella misma había pegado con ventosas. Se pasó la esponja por los muslos, por las costillas marcadas del poco musculo que le quedaba después de abandonar el vóley. Se tocó sin querer, y se sacó la mano como si le hubiera dado un calambre.

“Estás enferma”.

Pero la curiosidad ya estaba ahí, abajo de la furia. Pequeñita. Húmeda. Preguntándose cómo sería eso. Dejarse usar por alguien que no la atraía. Por un tipo que olía a cigarrillo barato y tenía los dientes manchados por el café.

“Solo estoy pensando en la plata”, se mintió.

Salió de la ducha. Se secó. Se puso el camisón viejo, el de algodón desteñido, nada de encaje. Se metió en la cama —la de una plaza, la que él le había alquilado con el departamento amueblado— y miró el techo mientras se mordía el labio.

Las dos de la mañana.

Camila prendió el velador y agarró el celular. Tenía el número desde el primer día, por cualquier emergencia. Escribió y borró tres veces. Cuatro. A la quinta, los dedos se movieron solos.

“¿Cuál sería el arreglo exactamente?”

La respuesta llegó a los treinta segundos.

“Una visita por cada mes de deuda. Una hora. Sin compromiso.”

Sin compromiso. Qué manera elegante de decir te voy a coger en silencio mientras pensás en la plata que te ahorrás.

“¿Qué tengo que hacer?”, escribió ella. Y se odió un poco por no poner qué tenemos que hacer nosotros.

“Dejarme hacer. Nada más.”

Camila apagó la pantalla. La reacción de su cuerpo fue inmediata: los pezones duros contra el algodón, un temblor seco entre los muslos. Cerró los ojos y quiso sentirse indignada. En cambio, sintió un vacío caliente justo donde terminaba su orgullo y empezaba la desesperación económica que hace un mes la había llevado a robar dos sobres de puré en el chino.

“Está bien”, escribió. “Mañana.”

“Buena nena.”

Esa noche Camila no durmió. Dio vueltas en la sábana manchada, sintiendo el ruido de las cañerías viejas del edificio gemir como si las paredes supieran lo que había aceptado.

Llegó vestida para correr, aunque sabía que no iba a correr. Zapatillas negras, calza larga, musculosa gris. Sin corpiño. Ricardo llamó a las siete otra vez. Cuando abrió la puerta, él entró sin pedir permiso, como si ya hubiera pagado.

—¿Preparada? —preguntó, y ahí sí hubo un dejo de burla. Solo un dejo.

Camila asintió sin hablar. Tensa. Los brazos pegados al cuerpo.

Él cerró la puerta con llave. La llave dio dos vueltas. Después él se sacó el saco, lo colgó en la percha de la entrada, y Camila notó que no usaba camisa abajo. Solo una remera blanca vieja, manchada de transpiración en las axilas. El olor a hombre llegó antes que las manos.

—Miralo así —dijo Ricardo, parándose frente a ella—: es solo sexo. No tenés que quererme. No tenés que finjir nada. Solo dejarte.

—No necesito que me expliques —respondió Camila, y su voz tembló justo en la última sílaba.

Él la miró. La recorrió entera. Primero los ojos castaños de ella, después la boca, el cuello, la musculosa delgada que dejaba ver el bulto de los pechos sin sostén, la calza que marcaba el triangulo oscuro del medio.

—Andá a la cama —dijo.

Ella no se movió. El orgullo todavía le agarraba los pies, los pegaba al piso de madera.

—No te voy a repetir.

Fue la misma voz tranquila de siempre. La voz de quien sabe que el otro no tiene opciones. Camila sintió el estómago apretarse y se odió por eso. Por odiarlo. Por querer besarlo al mismo tiempo.

Caminó hacia la cama. Se sentó en el borde.

Ricardo la siguió. No corrió. Sus movimientos eran pesados pero seguros. Se sacó la remera por la cabeza y Camila vio la panza grande, los pechos caídos cubiertos de pelo gris, la espalda ancha. Cerró los ojos. Los abrió.

—Mirá —ordenó él.

Los mantuvo abiertos.

Él se arrodilló frente a ella, le separó las rodillas con las manos ásperas y sin miramientos. Camila jadeó cuando la calza empezó a bajar por sus caderas. No ayudó, pero no se resistió. El aire estaba pesado, caliente. El edificio entero parecía contener la respiración.

La dejó desnuda de cintura para abajo. Se quedó mirando el vello oscuro, los labios cerrados, y Camila sintió una vergüenza tan aguda que se le escapó un gemido antes de que él siquiera la tocara.

—Tan mojada ya —dijo Ricardo, pasando un dedo grueso por la entrada. Su voz era la misma de siempre. Como si estuviera cobrando un recibo. —Y pensabas que esto iba a ser un sacrificio.

Ella quiso contestar algo. Quiso decir “no es para tanto” o “hacelo rápido”. Pero de su garganta solo salió un ruido ronco cuando él metió dos dedos adentro y los movió sin suavidad, buscando el punto, sabiendo exactamente dónde quedaba.

—¿Ves? —dijo Ricardo, los dedos dentro de ella, la otra mano apretándole la nuca—. Tu cuerpo ya sabe lo que quiere. Soltá la cabeza.

Ella la soltó.

La empujó hacia atrás, la cama la recibió despatarrada, y él se puso arriba sin sacarse los pantalones todavía. La besó en el cuello con la boca pastosa, dejando un rastro de saliva y dientes. Camila gimió en voz alta. Se odió por el gemido. Lo necesitó.

—Sacate el resto —dijo él.

Se incorporó. Se sacó la musculosa por la cabeza, los pechos chicos apuntando al techo, los pezones duros como piedras. Ricardo la miró ahí, desnuda del todo, y por un segundo pasó por su mirada algo parecido a la sorpresa. Después volvió a ser el dueño del edificio.

Él se paró. Se bajó el pantalón. Después el calzoncillo gris. El pene era grueso, no demasiado largo, pero venoso, oscuro, ya erecto. Camila pensó “no va a entrar”, justo antes de que él la agarrara de las caderas y la corriera hacia el borde del colchón.

—Boca abajo —ordenó. Pero ella no se dio vuelta rápido.

—Te dije boca abajo.

El golpe no fue un golpe. Fue una palmada seca en el costado del muslo, justo donde nacía la nalga. No dolió. Pero el sonido retumbó en los vidrios de la ventana. Camila obedeció. Se dio vuelta. Hundió la cara en la almohada que todavía olía a su propio shampoo.

Él entró por atrás. Con dos empujones, sin miramientos, con un gruñido grave que Camila sintió en los dientes. Ella gritó contra la tela. No de dolor —no exactamente— sino de sorpresa. De sentir cómo la abría por completo, cómo llenaba un lugar que ella ni siquiera sabía que esperaba ser llenado.

Y entonces él empezó a moverse.

Las envestidas eran lentas al principio, profundas, con una pausa al fondo que dejaba a Camila sin aire. Después se hicieron más rápidas. El sonido húmedo llenó el departamento. La cama chocaba contra la pared. El cabezal de madera golpeaba una y otra vez como un corazón incesante.

—Así —dijo él, sin dejar de empujar—. Así, nena.

—No me —ella ahogó las palabras— no me digas así…

Ricardo la agarró del pelo. No tiró fuerte, pero la suficiente para levantarle la cabeza de la almohada.

—Te digo como se me canta. ¿Entendido?

—Entendido.

La soltó. La agarró de los hombros y la empujó hasta ponerla de espaldas sin salirse de adentro. Camila sintió las sábanas pegajosas en los omoplatos, el sudor comenzando a brotarle de la frente. La lampara del velador temblaba.

Él la miraba desde arriba. La cara roja, el pelo gris pegado a las entradas, la boca entreabierta. Sudor cayendo de su mentón al pecho de ella.

—Mirá cómo te gusta —jadeó él, bajando la velocidad pero no la intensidad—. Cómo te duele y te gusta.

—No es —Camila intentó armar una frase— no es que me guste.

—¿No? —apretó las manos en sus caderas—. ¿Por qué estás apretándome así, entonces?

Ella cerró los ojos. “Porque sí”, quiso decir. Porque el cuerpo es una puta traidora. Porque la diferencia entre la humillación y el placer a veces es solo un segundo, un ángulo, una forma de moverse. Porque él apestaba a cigarrillo y a cebolla y a viejo, y ella ya estaba al borde del orgasmo y no sabía si reírse o llorar.

La empujó contra la pared de la cocina. Le puso las manos en la mesada fría, la espalda apoyada en el borde de la pileta. El ruido del agua goteando. Ricardo entró otra vez, empujándola contra los azulejos que ella misma había limpiado tres días antes. Sus tetas rebotaban con cada embestida. Camila agarró el borde de la mesada con los dedos, las uñas raspando la fórmica.

—Así me gusta —dijo él, casi en su oído—. Cuando dejás de pelear.

Y después, ya en el piso, alfombra peluda raspándole los riñones, él la hizo gemir hasta que la garganta se le secó. El orgasmo llegó como una ola que no pidió permiso. Camila se arqueó, los dedos de los pies contra el zócalo, la boca abierta en un grito mudo. Ricardo la siguió tres embestidas después, con un ruido grave, aullido ahogado contra su cuello.

Se quedaron así un minuto. El peso de él aplastándola. Las gotas de sudor de la frente de él cayendo en la comisura de los labios de ella. El edificio entero crujiendo como si hubiera presenciado todo.

Después él se levantó. Se vistió sin mirarla. Sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y se limpió las manos.

—Queda saldado el primer mes —dijo, la voz otra vez neutra, como si acabara de sellar un contrato—. El martes que viene, sin falta.

La puerta se abrió. Se cerró.

Las dos vueltas de llave desde afuera.

Camila quedó desnuda en el medio de su departamento minúsculo. La alfombra quemándole la espalda. El olor a sexo mezclado con el del extractor que ella había olvidado apagar. Los muslos marcados por las manos de él. El sexo inflamado, latiendo todavía.

“Disfrutaste”, dijo una voz adentro suyo. “Disfrutaste más que nunca con ninguno de los pibes de tu edad.”

“No”, respondió otra voz. “Disfrutaste porque estabas asustada.”

Se quedó en el piso un rato largo. Hasta que el cuerpo se le enfrió y empezó a tiritar. Se incorporó despacio. Fue al baño sin mirarse al espejo. Abrió la ducha. El agua caliente le ardió en la entrepierna, en las marcas de las uñas de él en sus costillas.

Se metió a la cama ya de madrugada, otra vez sola. Pero esta vez no pudo cerrar los ojos sin ver la panza de él moviéndose sobre la suya. Sin recordar el momento exacto en que había dejado de pensar en la plata y había empezado a pensar en él. Sin preguntarse cómo iba a mirarse al espejo el martes que viene, sabiendo que iba a abrir la puerta otra vez.

El edificio gimió en las cañerías.

Camila se tapó la cara con la almohada y sonrió. Una mueca chiquita, temblorosa, que no llegó a ser felicidad ni tristeza. Solo el escalofrío de saberse al borde de algo oscuro.

Y caliente.

Mierda, qué caliente.

Continuara...

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