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Luego de la tormenta de flores.

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Sinopsis

Una flor misteriosa transporta a Valeria a un mundo moribundo donde las flores son más valiosas que el oro y la esperanza está prohibida. Allí, junto a un enigmático exsoldado imperial, descubrirá un poder capaz de cambiar el destino de un reino... o condenarlo para siempre.

Genero:
Fantasy/Romance
Autor/a:
Rumile
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: Claveles, espadas y un exceso de clorofila

El aroma del café por la mañana solía ser el ancla de Valeria a la realidad. Ese día, sin embargo, el café fue reemplazado por un olor penetrante a tierra mojada, ozono y algo que olía sospechosamente a peligro.

Valeria parpadeó, sacudiendo la cabeza. Lo último que recordaba era estar en la parte trasera de su floristería, *La Camelia Alegre*, rellenando los jarrones de agua. Había tocado una rosa extraña, una que un cliente misterioso de gabardina había dejado olvidada en el mostrador; una flor cuyos pétalos parecían cambiar de color, del azul noche al dorado. Al rozar sus dedos con las espinas, el mundo se había sentido como si se derritiera dentro de una lavadora en ciclo de centrifugado.

Ahora, ya no estaba en el suelo de baldosas de su tienda en Madrid. Estaba sentada sobre un manto de musgo grisáceo, bajo un cielo de un color violeta tan intenso que le hizo dudar de la graduación de sus gafas.

—A ver, Valeria, respira —se dijo a sí misma, palmeándose las mejillas—. Claramente te desmayaste por el calor y estás teniendo un sueño muy vívido producto de inhalar demasiado fertilizante orgánico.

Se puso de pie de un salto, y ahí fue cuando ocurrió la primera rareza.

Al apoyar las manos en el suelo para impulsarse, una oleada de calor le recorrió los brazos. Un hormigueo eléctrico, rápido como un parpadeo, viajó desde su pecho hasta las yemas de sus dedos. Cuando retiró las manos, del musgo gris habían brotado instantáneamente tres margaritas gigantescas de un color amarillo fosforescente.

—Vale… eso no lo hace el fertilizante —murmuró, dando un paso atrás.

Con cada paso que daba en su intento de huir del susto, el suelo reaccionaba. Su cuerpo absorbía el aire de ese nuevo mundo a una velocidad vertiginosa. Sentía los latidos de los árboles gigantes que la rodeaban; podía *escuchar* el crujido de las raíces bajo la tierra. Era como si sus cinco sentidos se hubieran multiplicado por cien en cuestión de tres minutos. Su cuerpo no solo se estaba adaptando al cambio de dimensión, estaba devorando la energía del lugar. A su alrededor, una alfombra de enredaderas con flores rojas comenzó a crecer a un ritmo acelerado, siguiéndola como cachorros entusiastas.

—¡Alto! ¡Dejen de seguirme! ¡Soy florista, no su madre! —les gritó a las plantas, completamente histérica.

—No te moverás si aprecias tu vida.

La voz que cortó el aire no era la de una planta. Era una voz profunda, rasposa y tan fría que a Valeria se le congeló la sangre.

Al darse la vuelta, se encontró con la definición de “fuerte, guapo y probablemente peligroso”. El hombre que bloqueaba el sendero vestía una armadura negra desgastada, con el emblema de un sol partido grabado en el hombro. Tenía el cabello oscuro, alborotado, y unos ojos grises que la analizaban con la precisión de un halcón. En su mano derecha sostenía una espada ancha que intimidaba con solo mirarla.

Valeria, que lo más peligroso que había enfrentado era una plaga de pulgón en los pensamientos, levantó las manos.

—¡No dispares! ¡O sea, no me cortes! ¡Soy civil! ¡Solo vendo plantas!

El hombre no respondió. La miró de arriba abajo, deteniéndose en sus zapatillas deportivas, sus vaqueros y, finalmente, en el rastro de flores exóticas e hiperactivas que brotaban a sus pies. Sus cejas se juntaron. Su expresión era severa, implacable. Parecía el tipo de soldado que desayuna clavos y cena tácticas militares.

En realidad, por dentro, Kaelen estaba teniendo un ataque de pánico absoluto.

*¿Qué es esto?*, pensaba Kaelen, con el corazón latiéndole en el gaznate. *¿Una espía del Imperio? No, la ropa es absurda. ¿Una hechicera de la flora? Están extintas. Es hermosa. No, concéntrate. Di algo imponente. Algo que demuestre que eres el excomandante del Tercer Escuadrón Imperial. No la mires a los ojos, te vas a trabar*.

—Tú. Identifícate. Extraña de las flores —logró decir Kaelen, forzando su tono más rudo, aunque por dentro rezaba para que ella no notara que le sudaban las manos dentro de los guanteletes.

—Me llamo Valeria —dijo ella, tratando de mantener la compostura a pesar de que el corazón le iba a mil—. Y no sé qué es este lugar, pero mis plantas están teniendo un ataque de crecimiento y tú me estás apuntando con algo que claramente no es un cortasetos.

Kaelen dio un paso adelante, intentando mantener su fachada de guerrero impasible.

—Este sector está bajo vigilancia militar. Los de tu clase… los que manipulan la vida… están prohibidos por el Emperador. Eres un peligro político. Camina.

Intentó sonar amenazante, pero al dar el paso, su bota aplastó sin querer una de las margaritas fosforescentes que Valeria había creado. Kaelen se detuvo en seco. Miró la flor aplastada, luego miró a Valeria, y una oleada de pura vergüenza social lo invadió. *¡Maldita sea, aplasté su trabajo!*, pensó, horrorizado. *¿Debo pedir perdón? No, los soldados no piden perdón. Se ve enfadada. Di algo autoritario*.

—La flor… obstaculizaba el paso táctico —soltó, con la cara completamente rígida y la voz más monótona que pudo fingir.

Valeria arqueó una ceja. El miedo empezó a dejar paso a la confusión. El tipo medía casi dos metros, portaba un arma letal y hablaba de política imperial, pero acababa de ponerse extrañamente rígido por pisar una margarita.

—¿El paso táctico? Es una flor, Termina-tor, no una mina antipersona —replicó ella, cruzándose de brazos.

Antes de que Kaelen pudiera idear una respuesta que no lo hiciera sonar como un idiota, un silbido agudo cortó el viento.

Kaelen reaccionó por puro instinto. Agarró a Valeria por la cintura con un brazo de acero y la arrastró al suelo justo cuando una flecha con punta de fuego pasaba rozando el lugar donde ella había estado un segundo antes.

—¡Ay! ¡Mi columna! —protestó Valeria, aplastada contra el pecho blindado del soldado, que olía a metal, pino y a un calor sorprendentemente reconfortante.

—Silencio —ordenó Kaelen, su timidez evaporándose instantáneamente al entrar en modo de combate. Sus ojos grises se afilaron—. Rastreadores imperiales. Nos han encontrado. Tu rastro de energía vegetal es como un faro para ellos.

Tres figuras embozadas con armaduras ligeras del Imperio saltaron desde las copas de los árboles, desenvainando dagas que brillaban con una luz mágica.

—¡Entreguen a la intrusa y el excomandante Kaelen recibirá una muerte rápida! —gritó uno de los atacantes.

Kaelen se puso en pie de un solo movimiento fluido, interponiéndose entre los soldados y Valeria.

—Inténtenlo —dijo, con una frialdad que esta vez sí era real.

Valeria, desde el suelo, vio cómo el cuerpo de ella volvía a reaccionar. El peligro hizo que su adaptación dimensional se acelerara al límite. No sabía usar una espada, no sabía pelear, pero sentía la urgencia de la tierra bajo sus pies pidiendo ser liberada.

—Bueno —murmuró Valeria, levantándose mientras sentía que la energía verde florecía en la punta de sus dedos como un torrente indomable—. Supongo que es hora de ver si mi pulgar verde sirve para la defensa personal.

​Kaelen se lanzó hacia adelante como un torbellino de acero negro. Su espada chocó contra las dagas del primer rastreador imperial con un estallido de chispas. A pesar de haber desertado, sus movimientos seguían teniendo la precisión quirúrgica del mejor soldado del imperio. Sin embargo, tres contra uno eran malas apuestas, especialmente cuando los atacantes usaban magia rúnica que hacía que sus armas fueran más veloces.

​—¡Quédate atrás! —rugió Kaelen, bloqueando una estocada que iba dirigida al cuello de Valeria. Su voz sonó como un trueno, pero por dentro estaba aterrado de que una de esas hojas la tocara.

​—¡Créeme, no tengo intenciones de ir al frente! —gritó Valeria, esquivando una raíz seca que un segundo rastreador había lanzado en su dirección.

​Pero el cuerpo de Valeria ya no respondía a las leyes de la Tierra. Al ver a Kaelen recibir un corte superficial en el brazo que empezó a manchar de sangre su hombrera, una furia desconocida y caliente le recorrió las venas. La adaptación dimensional llegó a su punto de ebullición. Sintió la energía del bosque entero como si fuera una extensión de sus propios brazos.

Necesito algo grande. Algo con espinas, pensó desesperadamente.

​Abrió las manos y las plantó con fuerza contra el suelo.

​Un temblor sacudió la tierra gris. Delante de Kaelen, el suelo se resquebrajó y brotaron tres enredaderas del grosor de troncos de árbol, cubiertas de espinas del tamaño de dagas y coronadas por unas flores gigantescas de pétalos carmesí. Las plantas no solo crecieron, sino que se movieron con la velocidad de serpientes látigo, golpeando al rastreador que acosaba a Kaelen y lanzándolo a diez metros de distancia contra un árbol.

​Kaelen se congeló a mitad de un ataque, con la espada levantada. Miró a la planta gigante, que ahora siseaba levemente soltando un polen brillante, y luego miró a Valeria.

​—¿Qué… qué clase de magia de la tierra es esta? —logró articular, con los ojos como platos.

​—¡No tengo idea, pero creo que no les caemos bien! —respondió ella, sudando por el esfuerzo. El uso de tanta energía de golpe la dejó mareada, y sus piernas flaquearon.

​El tercer rastreador, viendo que la situación se salía de control, sacó un cristal rúnico del bolsillo para dar la alarma general al Imperio. Si lograba activarlo, todo un batallón caería sobre ellos en minutos.

​—¡No lo dejes! —gritó Kaelen, recuperando el sentido militar.

​Valeria fijó su mirada en la mano del soldado. Concentró la poca energía que le quedaba y apuntó con el dedo índice. De su uña brotó, disparada como un proyectil, una semilla dorada. Al hacer contacto con la mano del rastreador, la semilla floreció instantáneamente en una densa enredadera trepadora que le envolvió el brazo por completo, atrapando el cristal rúnico antes de que pudiera activarse.

​Kaelen no desaprovechó la oportunidad. Con un movimiento rápido del pomo de su espada, noqueó al último enemigo.

​El silencio volvió a reinar en el bosque violeta, roto solo por la respiración agitada de ambos. Las plantas que Valeria había invocado comenzaron a retraerse lentamente hacia la tierra, dejando un rastro de pétalos brillantes a su paso.

​Valeria se dejó caer sentada sobre el musgo, completamente exhausta. Su cuerpo aún temblaba por la brutal y rápida adaptación.

​—Dime que tienes un chocolate o algo… Siento que corrí una maratón —gimió, apoyando la cabeza en sus rodillas.

​Kaelen envainó su espada con elegancia, aunque por dentro seguía temblando. Se acercó a ella lentamente, manteniendo las distancias. Su mente militar procesaba la información: Esta mujer acaba de derrotar a soldados de élite usando flores. Es una amenaza. Es un peligro. Su mente personal procesaba otra cosa: Está pálida. Se va a desmayar. Quédate quieto. No la asustes con tu cara de pocos amigos.

​Se arrodilló frente a ella, manteniendo la espalda recta como una estaca. Buscó en su cinturón táctico y sacó una pequeña ración de marcha: una barra de pasta de frutos secos deshidratados que parecía un trozo de arcilla.

​—Toma. Energía —dijo con su habitual tono monótono y cortante, extendiendo el brazo como si le estuviera entregando un explosivo activo.

​Valeria levantó la mirada, vio la barra grisácea y luego la cara seria del exsoldado.

​—Gracias, Terminator. ¿Esto se come o se usa para tapar grietas en la pared? —bromeó ella, tomándola. Al rozar sus dedos con los de él, Kaelen retiró la mano tan rápido como si se hubiera quemado, poniéndose aún más rígido.

​—Es alimento de campaña. Alta eficiencia —respondió él, mirando hacia otro lado, con las orejas ligeramente rojas bajo el cabello oscuro—. Tu técnica de combate… es deficiente. Pero el resultado fue aceptable.

​Valeria soltó una carcajada que casi hace que se atragante con la barra de frutos secos (que, efectivamente, sabía a cartón húmedo).

​—¿Aceptable? ¡Acabo de salvarte de ser convertido en un pincho moruno por esos tipos! Un “gracias, Valeria, eres genial” no te vendría mal.

​Kaelen apretó los dientes. ¡Maldita sea, la ofendí!, pensó en pánico. Quise decir que fue increíble, pero soné como un sargento instructor. Intentó arreglarlo, pero su falta de habilidades sociales no ayudó.

​—Un soldado no necesita dar las gracias por el cumplimiento del deber mutuo de supervivencia —soltó, cruzándose de brazos y poniendo su expresión más severa para ocultar que se moría de la vergüenza—. Además, tu rastro nos ha expuesto. El Imperio sabe que un canalizador de vida está aquí. Buscarán al “Monstruo de Hierro”… es decir, a mí, y te encontrarán a ti. Debemos movernos a mi refugio. Ahora.

​Valeria notó la pequeña pausa que él hizo. ¿Monstruo de Hierro?, pensó, observando de reojo las cicatrices que asomaban por el cuello de su armadura y la profunda tristeza oculta tras sus ojos grises. Detrás de toda esa fachada de tipo duro y órdenes militares, había alguien profundamente herido... y sumamente torpe para comunicarse.

​—De acuerdo, capitán Amargado —dijo Valeria, levantándose con cuidado. Sus sentidos aún zumbaban, captando el pulso del nuevo mundo, pero ahora también captaban algo más: el latido acelerado del corazón de Kaelen, que no cuadraba en absoluto con su rostro de piedra.

​Ella sonrió para sus adentros mientras sacudía el polvo de sus vaqueros. El viaje interdimensional había sido una locura, su cuerpo estaba haciendo cosas imposibles, y estaba atrapada con un guardaespaldas que parecía preferir enfrentarse a un ejército antes que mantener contacto visual con ella.

​La aventura, por lo menos, no iba a ser aburrida.

​—Guía el camino, Kaelen —dijo ella con suavidad—. Pero si volvemos a pelear, yo elijo las flores.

Fin capítulo. 1

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