PRÓLOGO
—¿Pero tu no crees en los fantasmas?— El apuesto rostro de Jungkook era serio. Sus ojos azules se abrieron con sorpresa ante la sola idea.
Estaban en su habitación, la habitación de Jungkook, tumbados en la cama de Jungkook—un estante lleno de trofeos de fútbol americano apiñados en el estante de arriba, los mandos de los juegos al alcance de la mano por si alguien llamaba a la puerta. Eso era poco probable. Las gemelas estaban en la escuela y nunca se le ocurriría a la Sra. Jeon cuestionar lo que Jungkook y Jimin hacían a puerta cerrada. De hecho, nunca se le ocurriría a nadie que el quarterback de los Tigres de He-Kaum High, Jungkook Jeon, no fuera cien por ciento heterosexual. Jimin no estaba seguro de si a Jungkook le había calado del todo.
—¿Yo? —Jimin se burló.
Jungkook sonrió. —Por un momento temí que la locura fuera contagiosa.
—No digas tonterías.
La verdad era que Jimin no estaba totalmente convencido ni a favor ni en contra del tema de la otra vida. Había una parte de él que habría querido creer que en algún lugar había un par de espíritus bondadosos que aún velaban por él, que lo cuidaban. Nunca lo habría dicho en voz alta. Jungkook pondría esa mirada suave y comprensiva, y Jimin no soportaba que nadie sintiera lástima por él. En particular Jungkook, cuya idea de la tragedia sería sin duda perder un partido en casa.
De todos modos, aún no había visto ninguna señal de interés sobrenatural en él o en su vida. Claro que la ausencia de pruebas no era prueba de ausencia, como solía decir John.
Pero a los diecisiete, Jungkook estaba cómodamente seguro de saber todas las respuestas. Tal vez eso venía de ser hijo del jefe de policía. Tal vez venía de que nunca te salía nada mal.
Después de todo, el tutor de Jimin, John Song, era médico, lo que significaba que tenía formación científica, y John creía incondicionalmente en lo sobrenatural. Todos ellos lo hacían: el círculo íntimo de John, los miembros fundadores de la Sociedad Paranormal de Anpanmanton. Leo Hok era asesor financiero colegiado y Priscilla Beik era abogada. De acuerdo, sí, el profesor Azizi era prácticamente un chiflado, pero los otros eran ciudadanos tan sólidos como se podía encontrar, y todos eran Creyentes Acérrimos.
Y sí, era bastante divertido verlos tropezar con sus cámaras IR y termómetros, sus detectores de CEM. Como una pandilla Scooby geriátrica. Pero demonios, seguían siendo más interesantes que casi cualquier otra persona en este pueblo.
Exceptuando a la persona presente. Por muy molesta que fuera la inquebrantable confianza de Jungkook en, bueno, todo, a Jimin le gustaba. Mucho.
—¿Entonces vendrás? —insistió.
—Sí, si quieres que vaya. Claro. —Jungkook besó a Jimin, su boca cálida y con un sabor dulce de la Coca-Cola que habían compartido. Era un muy buen besador. Sus labios eran suaves pero firmes, ni demasiado húmedos, ni demasiado secos. Le había dicho a Jimin que tenía mucha práctica, y Jimin le creía. Hacían otras cosas además de besarse—tonteaban mucho ese verano—pero los besos eran lo que se sentía más íntimo. Los besos lo hacían real. Cuando Jimin besaba a Jungkook, casi podía creer que podría quedarse en Anpanmanton. Que podría ir a la Universidad del Suroeste de Gyeonggi-do con Jungkook pasado mañana en lugar de a la Estatal de Busán.
Casi.
Susurró: —Quiero que estés allí.
Jungkook sonrió como si Jimin le hubiera hecho un gran cumplido. —Nunca he ido a una de las caminatas de fantasmas. Será divertido.
—De una forma u otra —convino Jimin con picardía.
—Mmm. Me gusta eso. —Jungkook lo besó de nuevo.
Era tan buen chico. Tan bueno como apuesto, lo que hacía que fuera aún más ridículo que pensara que iba a dedicarse a la aplicación de la ley. Era lo suficientemente inteligente. Probablemente. Difícil saberlo porque, acostumbrado a salir adelante con su físico, su encanto y el fútbol americano, Jungkook rara vez se esforzaba académicamente. Jimin se lo había dicho, pero Jungkook solo se reía. Bien, pero ni en un millón de años Jungkook Jeon iba a ser policía. Era demasiado bondadoso, para empezar. Bondadoso. Considerado. Un buen deportista. Todo eso. No era ambicioso. No era imaginativo. No... tenía inclinaciones intelectuales. Pero si todas las demás cosas.
Las cosas que importaban en Anpanmanton, sin duda.
Jungkook no podía imaginar vivir en ningún otro sitio. Lo había dicho muchas veces. Pensaba que Jimin solo hablaba cuando decía que se iba, que saldría de Gyeonggi-do en cuanto pudiera. Pero Jimin lo decía en serio. No era infeliz aquí, en general, pero había todo un mundo ahí fuera, y él quería estar en el, ser parte de el. No se conformaba con estar enterrado vivo en Anpanmanton.
De todos modos, pasado mañana aún estaba muy lejos. Podían pasar muchas cosas en un año. Jimin lo había aprendido por las malas.
Devolvió el beso a Jungkook.