Los ojos de Irigoyen estaban completamente blancos; totalmente inexpresivos miraban al vacío. De su boca entreabierta colgaba un chorrillo de baba y en su mente retumbaban las palabras. ¡Debo obedecer su orden! ¡Debo obedecer su orden!
Estaba de pie en la cornisa de la fachada del hospital universitario y el fuerte viento a esa altura le revoloteaba el faldón de su bata médica. Dio un paso al frente y su cuerpo cayo verticalmente al principio, para girar poco a poco durante la caída; hasta quedar al revés por el peso de su cabeza.
Murió instantáneamente al chocar contra el piso. Una mujer lanzó un grito ensordecedor ante el macabro suceso y de pronto pacientes, acompañantes, enfermeras, médicos y estudiantes, todos y todo se volvieron un caos.
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Ilse tenía un serio problema. Temía hablar con las personas. Se resistía a charlar con cualquiera que no formara parte de su círculo cercano. De un tiempo para acá había rehuido la posibilidad de entablar conversaciones con vecinos, compañeros de escuela o hasta con sus propios primos. No ayudaba mucho el hecho de haber sido hija única.
Su única amiga era herencia de su vida pasada. La otra vida. Cuando aún se comunicaba con lo demás. Porque Ilse no siempre fue así. En el jardín de niños tenía una desenvoltura envidiable y una colección de amiguitos abundante. Pero algo cambió al entrar a la escuela primaria.
Los demás dejaron de parecerle confiables y de pronto empezó a recelar de todo aquel que se acercara a ella. El solo hecho de hablar frente a la clase le ocasionaba un estado de angustia tal que rompía a llorar con solo anticiparlo.
Su amiga era su confidente y cómplice de aventuras. Solamente con ella se sentía a gusto para charlar, bromear, reír y sentirse a salvo de la oscuridad. Esa oscuridad que había llegado para quedarse y ensombrecer angustiosamente su capacidad de relacionarse con lo demás. Pero ahora, en el sexto año de medicina, estaba sola. Su amiga acudía a otra facultad, así que no era factible asirse a esa tabla de salvación.
Aquella noche cenaba sola en una de las mesas de la cafetería cuando se acercó una compañera de la guardia. ¡Hola! -Le dijo la otra chica-. ¿Puedo tomar este asiento? Ilse contestó con un casi inaudible y sibilante ¡Sí! Su respiración se agitó y las palpitaciones de su corazón alcanzaron velocidades luz.
No sabía que más decir o de que tema hablar. Ni siquiera conocía algún tema para cotillear. Intento invitarla a tomar asiento, pero lo que salió de sus labios fue una frase atropellada: Eeer... mmmh... ¡Toma un ciento!
En un instante la cara de la recién llegada se tornó blanca como papel. Sus labios tomaron una coloración cerúlea, Sus facciones se convirtieron en una grotesca mueca, como la de un niño que hace puchero y de sus ojos desaparecieron el iris y las pupilas. Había un profundo vacío blanco entre sus parpados.
Como autómata comenzó por tomar la silla ofrecida y arrastrándola busco otra... y otra más. En su mente debía obedecer y tomar cien. Boquiabierta Ilse se puso de pie y le preguntó desconcertada: ¿Que haces? La chica que estaba de espaldas a ella, volteo la cabeza en un giro grotesco e imposible para el cuello humano y contestó balbuceante: ¡Debo obedecerte! Dijiste que tomara cien sillas.
Ilse al darse cuenta que ya todos en la cafetería volteaban a ver la extraña escena le pidió nerviosa, ¡Para ya! ¡Todos están mirando! Y el hechizo, o lo que haya sido, desapareció en un santiamén.
El rostro de la chica volvió a la normalidad y como si regresara de una sesión hipnótica miró en derredor sorprendida por todas las sillas. Sin mediar nada más, soltó una pequeña carcajada y giró los ojos en una graciosa mueca. ¿Qué me pasa? ¡Ya me están afectando las horas sin dormir! Déjame acomodar estas sillas y cenemos antes de que el desagradable de Irigoyen nos llame de nuevo al piso de urgencias.
A partir de ahí ambas continuaron la cena como si nada hubiera pasado. Ilse preguntándose porqué tenía aquel raro poder y su compañera muy contenta y animada por entablar esta nueva amistad.
De regreso a la sala de guardia Ilse no escuchaba la cháchara que brotaba de los labios de su compañera. Solo pensaba: ¿O sea que puedo obligar a las personas a hacer lo que yo les ordene?¡Así que todo este tiempo he podido hacerlo y no me daba cuenta por esa extraña timidez que llegó de pronto!
¿Y si esa era la razón de la timidez? Tal vez por esa causa una fuerza superior se había asegurado de que no usara ese poder para el mal... entonces ¿que debía hacer? Miles de pensamientos atravesaban por su mente y no alcanzaba a entender lo que le estaba pasando.
Irigoyen era bestial en toda la extensión de la palabra. Medía casi dos metros y pesaba por lo menos 140 kilos que apenas podían ser cubiertos por su bata blanca. Era un tipo de modos majaderos y exasperantes, con una especial propensión a maltratar a los estudiantes que pasaban por su departamento médico.
Su esposa lo había abandonado y nunca se había llevado bien con los hijos, por lo que volcaba toda su amargura vejando a los futuros médicos que tenían la mala suerte de ser incluidos en sus guardias. Entre los estudiantes era celebre la frase: ¡Sólo estaremos en paz cuando Irigoyen se tire de la azotea del hospital! Él lo sabía y estaba orgulloso de crear tal aversión entre ellos.
Cuando Ilse y su nueva amiga llegaron a la sala de urgencias, Irigoyen estaba gritándole a una estudiante que estaba hecha un mar de lágrimas. -¡¿Eres estúpida o qué te pasa?! ¡Te dije que debes estar en este piso toda la noche y no puedes moverte de aquí!- Vociferaba colérico.
-¡Pero es que necesito ir al baño! ¡Han pasado diez horas y no he podido ir porque no hay nadie más que me cubra! ¡No aguanto más! Dijo la chica.
-¡Eso a mí no me importa! Contestó él. Te he dado una orden y la sigues o si no ¡despídete de la carrera de medicina ahora mismo! Así que ¡deja de llorar ya y regresa a atender los pacientes que te dije!
Un par de compañeros se acercaron al médico. -¡Nosotros podemos cubrirla unos minutos mientras va al baño!- Sin embargo, fue inútil.
-¡¿Qué no escucharon lo que dije?! O su grado de imbecilidad es tan extremo que no logran entender que ella se va a quedar ahí ¡hasta que yo lo diga!
De pronto los sollozos de la chica se intensificaron y su cara se volvió rojísima de la vergüenza. Estaba parada sobre un charco de su propia orina. Apenas ahogó un sollozo antes de salir corriendo ante la mirada indignada de un par de residentes y de otros estudiantes.
Despectivo y con una sonrisa cínica Irigoyen pregunto desafiante: -¿Alguien tiene algo más que decir o desea reunirse con su compañera, en la lista de los cobardes que renunciaron a la carrera de medicina?
Un calorcillo subió hasta las mejillas de Ilse y la indignación le dio el coraje para desafiar uno de sus peores miedos. De hecho, en esta ocasión Ilse sí se sintió muy segura de hablar frente a todos. Dio un paso al frente y con voz firme y clara le preguntó al Doctor:
-¿Por qué no vas y te tiras del techo del hospital?








