Disidente (Ren Giyuu) por Dulce de Luna en Inkitt
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Disidente (RenGiyuu)

Sinopsis

Tomioka Giyuu, el hombre que representaba todo lo que Rengoku decía odiar en público, estaba sentado a horcajadas sobre él. Sus caderas se movían con lentitud tortuosa, frotándose contra la evidente erección del político mientras sus dedos largos se enredaban en el cabello rubio. Rengoku gruñía contra su boca, devorándolo en un beso brutal, desesperado, como si quisiera tragárselo entero. Sus manos manoseaban sin pudor el culo firme de Giyuu, apretándolo, separando sus nalgas por encima de la tela fina del pantalón, clavándole los dedos con posesión salvaje. Giyuu separó sus labios hinchados solo lo suficiente para morder el lóbulo de Rengoku y susurrarle con esa voz baja y ronca que lo volvía loco: —¿Qué dirían tus compañeros en la Cámara de Diputados si te vieran ahora mismo…? —sonrió, victorioso, arrogante, con esa curva lenta y peligrosa de labios que Rengoku había empezado a desear solo para él—. A punto de cogerte a otro hombre… a punto de ¿Cómo le dicen ustedes? Ah, si, sodomizarme. Rengoku soltó un gemido ronco y hundió los dientes en el cuello pálido de Giyuu, chupando con fuerza, marcándolo. El sabor de su piel y el pequeño jadeo que escapó de esa boca lo hicieron perder la cabeza.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Dulce de Luna
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: Línea Partidista. 

Capítulo 1: Línea Partidista.

Nuevamente estaba viendo altecho de un hotel, escuchando el Tik-Tak de su propio reloj.

“Maldita sea” pensó,molesto.

A su lado había una mujer,hermosa, de grandes senos redondos, de caderas anchas y una cintura pequeña yfácil de rodear con ambas manos, de labios rojos cual carmín y cabello castañoclaro, casi rubio, con una piel tersa que solo le otorgaba la gran cantidad decolágeno que había en su tierna piel de 19 años de edad.

Era una mujer perfecta entodos los aspectos, y si era así ¿Por qué no había sido capaz de venirse?

Había intentado todo. Cerrarlos ojos. Concentrarse. Pensar en otra cosa. Pensar en nada. Dejar quesu cuerpo hiciera lo que se suponía que debía hacer de manera instintiva,mecánica, sin necesidad de que él pusiera de su parte más allá de losmovimientos correctos. Y aun así ahí estaba: mirando el techo, con un orgasmoque nunca llegó y una mujer que creía que lo había satisfecho porque él habíasido lo suficientemente convincente como actor.

Treinta y dos años.Dieciocho de esos años intentando curarse. Y lo único que habíaaprendido era a fingir mejor.

—¿En qué piensas, cariño? —Preguntó la joven, acercándose a su pecho, dispuesta a recostarse sobre él. YRengoku supo que la odiaba. Su cabello, su perfume, el aroma de su sudor, elaroma de su aliento, la suavidad de su piel, la fragilidad de su cuerpo. Nadade eso le gustaba, quiso apartarla, pero considero que sería demasiado crueldemostrar tanto repudio considerando que esa mujer le había entregado su cuerpohacía unos momentos — Estás muy callado…

—En que me dapena dejarte sola —dijo, acariciando el cabello castaño oscuro que habíatratado de describirse mentalmente como chocolate durante toda la noche, porqueel único cabello que no podía sacarse de la cabeza era castaño oscuro.Brillante. Corto por los lados. El cabello del joven que acababa de entrar comoguardia en el senado, un joven tan atractivo que a Rengoku le costaba trabajono mirar…

“No.”

Se prohibiócontinuar ese pensamiento antes de que pudiera tomar forma. Lo había hecho todala noche y eso era exactamente el problema: había pasado la última hora con esamujer intentando no pensar en un hombre específico, y su cuerpo traidor,enfermo, inaceptable, había tomado eso como razón suficiente parano responder como se suponía que debía responder.

—¿Te irás? — agregó la chicalevantándose un poco, sus senos colgaron de una forma que, se suponía que seríaerótica, pero que a él no le llamaba en absoluto la atención. — ¡No puedesdejarme sola! Además es mi primera vez, se supone que debe ser especial.

Ah, ese puchero, esa vozdulce y chillona, esa expresión que imitaba al berrinche de una niña…

Rengoku odiaba todoeso.

Pero fingía demaravilla.

La tomó de las mejillas y lededicó una sonrisa.

— Te lo compensare después,lo juro — Dijo, acariciando su nariz con la de ella, la joven lanzó una risita— Lo lamento, hoy debo dirigirme a firmar unos documentos.

Las mejillas de la mujer sesonrojaron, mientras asentía, fingiendo timidez.

Rengoku no esperó ni unsegundo más. Se levantó de la cama casi corriendo, dirigiéndose a la ducha,duchándose en tiempo récord y vistiéndose tan rápido que estaba seguro quehabía abotonado mal su camisa, pero no tenía tiempo de rectificarlo.

No quería estar cerca de esamujer (ni de ninguna otra) un segundo más.

—¡Espera…! — Chillo ellacuando lo vio salir por la puerta, ya con su traje sastre hecho a la medidapuesto, pero Rengoku no la dejó continuar, cerró la puerta tras de sí,caminando hacia el ascensor tan rápido como podía sin verse ridículo. Noplaneaba regresar a esa habitación, había sido demasiado iluso al creer que esajoven no se daría cuenta de que en ningún momento le había dado siquiera sunúmero.

Solo pudo respirartranquilamente cuando llegó a su auto y se puso el cinturón de seguridad,agradecido de haberse alejado de aquella mujer lo más posible.

Rengoku Kyojuro tenía unenorme defecto del que no había podido deshacerse jamás: No le gustaban lasmujeres.

Jamás supo por qué, perosiempre había sido consciente de eso. Lo sospecho desde la primaria, cuando susamigos hablaban sobre qué “les gustaba una niña” y él no podía dejar desonrojarse al ver a su maestro de educación física sonreír con aquella encantadoramenteperfecta fila de dientes blancos como perlas.

Lo confirmó en lasecundaria, cuando tuvo su primer sueño húmedo con un compañero de susalón.

Y lo terminó de confirmar enla preparatoria, cuando, en medio de intentar “curarse” de aquel terrible defectose forzó a sí mismo a tener una novia, y cuando ella le exigió que su relaciónse volviera física, su pene simplemente no reaccionó. Un gatillazo a todaregla. Humillante cuando eres adulto, devastador cuando eres un adolescente de17 años.

— No quería decírtelo— Dijoesa vez, cuando los ojos sorprendidos de su (en ese momento) novia no dejabande ver su miembro, flácido, como si fuera algo inconcebible. — Pero has subidoun poco de peso, la verdad es que un cuerpo gordo como el tuyo no me pareceatractivo, las mujeres deberían ser un poco más cuidadosas con su peso ¿Sabes?

No era cierto, ella medía157 centímetros y pesaba apenas 44 kilos. Era todo, menos gorda.

Aquello había sido unaexcusa vacía, una de esas con las que las mujeres de su actual edad se reiríany lo mandarían directo a la mierda, pero que en los oídos de una adolescente de17 años significaban un trauma atroz.

Ella comenzó a vomitartiempo después, al punto que dejó de ir a la preparatoria, lo que le dio laexcusa perfecta para terminar con ella por falta de atención.

—No te pedí ser mi noviapara que me descuidaras de esta manera, el deber de una mujer es cuidar de supareja y has sido deficiente en ello. — Le dijo, escuchándola llorar al otrolado de la línea, ni siquiera había tenido la consideración de terminar conella en persona — Terminamos, no vuelvas a buscarme.

Había provocado que unachica tuviera un TCA, y le importaba más bien poco. Porque sabía que esa era laúnica forma que tenía para que ella se sintiera tan avergonzada por lo quehabía ocurrido que no se lo contará a nadie. Para que jamás contara como él noera capaz de tener erecciones pensando en un cuerpo femenino.

Suspiró cuando las callesvolvieron a sentirse familiares, estaba a punto de llegar a casa.

Y como si de un espía setratara, el nombre de Uzui apareció en la pantalla de su auto, anunciado unallamada, respondió sintiéndose más relajado, hablar con su mejor amigo siemprelo animaba.

—¡Tengo actualización delcaso Himejima! — Gritó el albino al otro lado de la línea, y Rengoku tuvo quebajar el volumen del estéreo para que su estridente voz de su mejor amigo no leperforara los oídos.

—¿Himejima terminó con lahija de los Abe? — Pregunto, Uzui tenía la manía de meterse en la vida personalde todos sus amigos, recientemente, en especial en la vida personal de su sociode negocios.

—¡No! Pero ya comenzó aquejarse, ¡¿Sabes que dijo ahora?! ¡Que la pobre quiere que él la acompañe a unviaje familiar junto a sus padres y sus hermanos! ¡Y el bastardo le dijo queno! ¡No le importó que su padre fuera básicamente uno de los políticos másreconocidos de Japón, la mandó a la mierda a ella y a su viaje familiar! Noqueda mucho tiempo para que se harte y la termine ¿Apostamos?

Rengoku lanzó unarisita.

— Honestamente no puedopensar en Himejima como un hombre hogareño, es demasiado superficial para serfeliz con una vida de familia tradicional. Va a terminar solo como Scrooge —Respondió Rengoku sin dudar — Le doy dos meses con esa pobre mujer.

—Le tienes demasiada fe aese bastardo — Dijo Uzui fingiendo sorpresa — Le doy dos semanas. El que pierdale dará 500 dólares al ganador — Rengoku apenas pudo responder con un “Tratohecho” antes de estacionarse en el garaje de su edificio de apartamentos ysalir con rumbo al ascensor— por cierto ¿Ya conseguiste secretaria?

Cierto, Rengoku Kyojuro,senador del partido Liberal Democrático, se había quedado sin secretariarecientemente.

Su anterior secretaria eraencantadora, eficiente, y, sobre todo, casada.

Aquel era un atributoincreíblemente difícil de conseguir en el trabajo de secretaria, pero que a élle convenía mucho. Si su secretaria estaba casada nadie cuestionaría porque nohacía comentarios sobre su cuerpo, o porque no se aprovechaba del factor“poder” que ejercía sobre ella para llevársela a la cama. ¡Era altamenteconveniente tener a una mujer casada cerca!

El problema radicaba en quemuchas mujeres casadas dejan de usar anticonceptivos. Y si dejas de usaranticonceptivos pues…

La maldita se habíaembarazado, y con ello su esposo le pidió quedarse en casa para “cuidar de lafamilia”. Solo los dioses sabían cuánto odio Kyojuro al marido de su secretariacuando ella le entregó su carta de renuncia, hasta tuvo la intención de decirleque no debía renunciar solo porque tendría a un bebé, que podía seguirtrabajando y que su marido no era quien para obligarla a nada.

Lastimosamente eso ibatotalmente en contra de lo que su partido predicaba. Las mujeres estaban mejoren la casa, limpiando, cocinando, cuidando de los niños y elevando la tasa denatalidad Japonesa por los aires teniendo mínimo dos hijos con menos de 3 añosde diferencia entre ellos.

Así que descarto rápidamentela idea y le dio las gracias. Nunca mejor dicho.

—No, aun no, ningunacandidata me convence — Dijo, entrando a su departamento, encendiendo las lucesy viendo a lo lejos como se dibujaba el Japón nocturno que tanto le gustaba porel ventanal — ¿Alguna de tus esposas quiere el trabajo?

—¡Ni lo sueñes idiota! —Respondió Uzui riéndose— Las tres son dueñas de su negocio ¿Crees que van aquerer ser secretarias cuando son prácticamente CEO’s de su marca de joyería?Además Suma acaba de firmar con una editorial, pedirle que fuera secretariacuando está a punto de convertirse en la editora en jefe de Kodansha es comoescupirle en la boca, y no de la forma divertida.

Rengoku lanzó una risa,quitándose los zapatos y él saco, listo para entrar en casa y comenzar aprepararse algo para cenar.

— ¿Al menos por untiempo?

—¡Ni siquiera por un tiempo!— Soltó Uzui, divertido. —¿Por qué no le dices a tu padre que te consiga unasecretaria? Estoy seguro que en tu partido político debe haber gente que sededique a reclutar personal, no se porque te empeñas en hacerlo todo tú,¡Delega, idiota!

Rengoku chasqueó la lenguaante la mención de su padre.

—Le diré después— dijo conuna sonrisa, como si Uzui pudiera verlo. La realidad es que no planeabahacerlo. — Por la mañana Obanai me llamó. Dice que padre ha comenzado a buscarprospectos para arreglar un matrimonio.

— ¿Pero la serpiente no estáfelizmente casada? Pensé que dijiste que estaba buscando tener un hijo con suesposa…

— Es obvio que está buscandoesposa para mi, Tengen — Rengoku escuchó un suave “Aaaaahhh” al otro lado de lalínea, y trato de no reír al escuchar lo inocente que podría ser su amigo entemas familiares

—Normal que tu padre estépreocupado, cumples 33 este año, ya es momento de que le presentes a tus padresa tu novia… ¡Eso es!!— Exclamó Uzui, y se escuchó como golpeaba la mesa — ¡¿Porqué no le pides a tu novia que sea tu secretaria?! Así matamos tres pájaros deun tiro, obtienes secretaria, tu padre conoce a tu novia y el juego de “La secretariay el licenciado” será más realista ¿Has pensado en hacerlo en tu oficina? Laotra vez Makio y Hinatsuru me visitaron en la mía mientras Suma las cubría ensu oficina, fue de verdad…

—Oh, ¿No te enteraste?Terminé con ella hace una semana. — y Uzui lanzó una carcajada. — ¿Apostaste deesto con Himejima?

—¡Pero claro que aposte deesto con Himejima! ¡Y con Iguro! Ganó la víbora, por mucho, yo les daba austedes dos 3 meses más antes de terminar. Quien menos fé te tiene es Himejima,dijo que ustedes durarían una semana.

A la semana Rengoku habíaquerido terminar con ella. Pero había sido fuerte y soporto la grotescacantidad de tiempo de 4 meses más.

Fue cuando ella cometió unerror que decidió que era el momento de terminarla. El error fue algo pequeño:dejar un cepillo de dientes en su casa.

Rengoku no era idiota, sabíaperfectamente como funcionaba; comenzaba con algo pequeño como unas sandalias yun cepillo de dientes, después ropa interior, luego el shampoo, y antes dedarse cuenta sus ropas se lavaban juntas, y en la estantería habría fotos depareja. Y estaría viviendo junto a ella sin darse cuenta.

No quería eso.

Y cuando se lo dijo a Uzuieste no hizo más que burlarse.

—¡¿Es que no te quierescasar, imbécil?! — Chillo entre risas — ¡¿Sí sabes que el noviazgo es paracasarte con una persona?! ¡Ya sienta cabeza, animal!

“Casarme” pensó Rengoku, ysu cara dejó escapar una poco disimulada expresión de desagrado.

Toda su vida le habíaninculcado eso, que debía casarse, formar una familia tradicional, donde suesposa fuera ama de casa, hablara en voz baja y le diera tantos hijos comofuera biológicamente posible.

“La familia es lo único quepuede darte plenitud” decía su padre.

“Debes casarte con una buenamujer, que te escuche, que se deje guiar por ti, que te atienda a ti y a tushijos, que sea educada, limpia, que pueda organizar perfectamente todas lascosas de la casa” Decía su madre.

Pero eso no era lo que élquería. No realmente.

¿Por qué sacrificar sulibertad? ¿Por qué amarrarse eternamente a una vida llena de sexoinsatisfactorio, con un montón de hijos que siquiera deseaba?

No tenía sentido.

—Quizá lo mío no seacasarme. —Admitió.

—No digas esas cosas,hombre, algún día llegará la persona indicada, y vas a querer casarte, tenerhijos y todo eso, solo dale tiempo al tiempo y…

—No, me refiero — Kyojuro seaflojo el nudo de la corbata con la mano mientras hablaba —- quizá lo mío, solosea tener algo casual con alguien. Las relaciones son mucho trabajo, y en estemomento estoy enfocado en mi carrera.

Rengoku no supo que pensóUzui, cuando estaban frente a frente Tengen tenía ese tipo de rostros que eranfáciles de leer, con grandes ojos rojos y mejillas expresivas que dejaban enclaro que es lo que estaba pensando, era como si a su cara le salieransubtítulos.

Pero por teléfono era otrahistoria.

Aquel silencio duró algunosminutos, hasta que él albino lo rompió.

—Bueno, ¡De todas formas yoya me case suficientes veces por los dos! ¡Si eso es lo que quieres entoncesdebes comenzar a salir más! — Hablo Uzui por fin, haciendo que Rengoku soltarauna risita — Eres de los solteros más cotizados de Japón, estoy seguro de quemuchas mujeres se acostarían contigo al menos por la anécdota.

— Por un momento pensé quedirías que ya no estaba en edad de eso.

—¡Siempre se está en edad decoger! — Grito el albino — Y aunque me encantaría la idea de que encontraras aalguien con quien sentar cabeza ¡Que tengas una amiga con derechos es aún másescandaloso! Y quién sabe, tal vez hasta conozcas a alguien especial y teenamores ¡Es como esos libros que edita Suma!

Y Kyojuro solo bufo por lanariz con aprobación.

—Escucha — Continuó Uzui —¿Por qué no haces lo que hacia Iguro cuando era joven?

—¿Ir a bares de mala muertea ver quien se acuesta conmigo? ¡Yo paso! — A pesar de todo Rengoku tenía unareputación que mantener, y ninguna vagina valía lo suficiente para arriesgar sureputación — Él debería agradecer que no se contagio de ninguna ETS.

— ¡Y aun así ahora estácasado con una hermosa mujer! Por eso te digo que deberías probar esto ¡Asíconoció a Mitsuri! ¡Quizá así conozcas también a tu media naranja! — se burlóel mayor— Obviamente no irás a bares de mala muerte ¡Tienes más estándares queese cabrón! Mira, te enviare la dirección de unos bares donde podrás conocergente de nuestro tipo ¡Ya dependerá de ti cuantas amigas con derecho tienes!¡Eso sí! ¡Tendrás que contarme todo con detalles!

La conversación terminó nomucho después de eso.

Kyojuro lanzó un suspiro ala par que dejaba caer su corbata por el cuello de su camisa.

Aquello era bastante simple;tener “amigas con derechos” de vez en cuando. Hacerse poco a poco la reputaciónde “casanova” o “Don Juan”. Aferrarse a esa vida lo más que pudiera, quizásoltando uno que otro discurso misógino del valor de la mujer y como “Ya no haymujeres buenas” para justificar el no querer casarse.

Y cuando su carrera en lapolítica estuviera suficientemente consolidada retirarse sin escándalo.

Eso sonaba genial.

Nadie tenía que enterarse desu verdadera orientación sexual. Nadie tenía que saber cuan reprimido se sentíasexualmente. Nadie tenía que saber cuánto se odiaba.

Y cuando Uzui le mandó unmensaje con las ubicaciones de 4 bares de lujo, pensó que quizá sí teníasuficientes amigas con derecho por fin podría curarse.

***

El primer bar al que fueresultó ser un fiasco. Si, habían varias mujeres bellas, ninguna llegó a llamarlo suficiente su atención como para intentar algo más. Ninguna era interesante,o suficientemente guapa, o suficientemente estúpida para no darse cuenta de quela tocaría con asco.

El segundo bar erabásicamente un antro de élite, y cualquier mujer ahí estaría dispuesta aacostarse con el mejor postor sin ningún problema. Pero si RengokuShinkuro se enteraba de que su primogénito había tenido sexo con una mujer conuna moral tan distraída como para recurrir a la prostitución se volvería loco yprobablemente lo desheredaría.

Así que, cuatro semanasdespués de la llamada con Uzui, decidió probar suerte con el tercer bar, no pornada en específico, simplemente su amigo había estado jodiendo demasiado esatarde con que le diera detalles sobre cuántas amigas sexuales había conseguido.

Se suponía que era un hombreheterosexual, poderoso, con suficiente dinero para considerarse unmaldito burgués de mierda, el que no tuviera sexo cada semana con diferentesmujeres podría hacer que la gente sospechara o de su virilidad o de su orientaciónsexual.

Cualquiera de las dos cosaslo ponía en serios aprietos.

El día pasó lentamente, comoel día de todas las personas que no tenían una secretaria pasándole lasllamadas. Al final del día Kyojuro podía jactarse de, realmente, no haber hechonada.

Pero a veces así era lapolítica, lenta, desgastante, sobre todo en un país como Japón.

Así que en cuanto dieron las6 tomó su saco y se dispuso a salir de la oficina rumbo a la dirección queencontró en Google Maps.

El bar era un lugarelegante, definitivamente muy alejado de los bares de mala muerte que habíafrecuentado, con techos altos con arañas de cristal que proyectabanconstelaciones de luz ambas sobre paredes de mármol negro, y sofás deterciopelo distribuidos en rincones estratégicamente oscuros.

Era obvio cuál era elobjetivo de todos los que frecuentaban aquel lugar.

Sus ojos recorrieron ellugar, evaluando su próxima cacería. Había una mujer vestida de rojo en laesquina, demasiado llamativa para su gusto, con ese tipo de cuerpo que grita akilómetros “Cirugía estética” e “instagram” mientras fumaba de su vapeador moradocomo si fuera un gesto seductor. Descartada.

Una mujer vestida depúrpura, con un elegante escote en la espalda, de esos que las mujeres gustanadornar con collares que parecen haber sido puestos deliberadamente hacia atráscruzó miradas con él por un momento. Pero su labial velvet le hizo mirar rápidamentehacia el otro lado. Ese tipo de labiales que manchaban las camisetas y gritabana los cuatro vientos que tan mal gusto tenía tu amante le repelían físicamente.Totalmente descartada.

Exhalo rodando los ojos.Había más mujeres a su alrededor, pero nada que pudiera presumir con susamigos, ninguna mujer despampanante, digna de la portada de una revista,ninguna mujer que se esperaría para él.

A veces cumplir con lasexpectativas de los hombres con los que trabajaba era más difícil que cumplircon sus propias expectativas.

— Ni hablar — Se dijo,encogiéndose de hombros y dirigiéndose a la barra de ónice pulido que brillabacomo un río congelado bajo las tenues luces que buscaban iluminar las botellascomo si fueran elixires, dispuesto a ordenar algo fuerte. Un “embellecedor” queal menos le ayudará a ver en aquellas mujeres tan genéricas algo digno dellevarse a la cama.

El bartender, un hombre decabello rosado que Rengoku juraba haber visto en algún lugar apenas y se acercóa él cuando se sentó, mirándolo por encima del hombro antes de desaparecerhacia la bodega trasera. Rengoku apenas y se inmutó, tamborileando los dedossobre la barra, revisando su teléfono sin ver realmente la pantalla, Quizá enun afán de que nadie se le acercara antes de poder intoxicar sus sentidos conalcohol.

— Disculpe la espera —Escuchó una voz a su izquierda, levantó la mirada…

Ohh, Santo Dios”

Y el mundo se detuvo.

El mundo literalmente dejó de tener sentidopor unos segundos mientras Kyojuro procesaba, célula por célula, la existenciadel hombre que había aparecido detrás de la barra.

El hombre que habíaaparecido detrás de la barra no tenía derecho a existir. No así. No en esemomento.

No cuando él había pasado 32años de su vida construyendo murallas alrededor de pensamientos impropios queni siquiera se atrevía a nombrar en la oscuridad de su propia mente.

Era alto, quizá mediocentímetro más bajo que él, con una camisa blanca remangada hasta losantebrazos que revelaban músculos definidos que, de algún modo lograban lucirelegantes, como si hubieran sido esculpidos por alguien que entendía elequilibrio entre la fuerza y la elegancia. Su piel tenía ese tono blanco quehablaba de la nieve y su cabello oscuro caía con un descuido tan estudiadamenteperfecto que Rengoku supo, con certeza absoluta, que ese hombre era conscientedel efecto devastador que causaba.

Pero fueron sus ojos,maldita sea, fueron esos malditos ojos…

Azul intenso, como lasprofundidades del abismo Challenger enmascarados en pestañas negras y largasque proyectaban sombras cuando parpadeaba.

Esos hermosos ojos azules lomiraban con curiosidad que, por alguna razón incomprensible, hacía que Kyojurosintiera como si fuera la única persona en el bar. En la ciudad. En todo elputo mundo.

Al cabo de unos segundos elbartender sonrió de forma traviesa, una curva suave y devastadora de labiosperfectamente delineados, mientras sacaba un vaso de cristal con movimientoshipnóticos.

— ¿Te sirvo algo?

Rengoku abrió la boca. Perono salió nada.

Intento de nuevo, sintiendocomo ese hombre, con un parpadeo de esas hermosas y negras pestañas desmoronabaaños de estudio en oratoria, discursos y respuestas. Sintió casi desesperadocomo su cerebro, que consideraba una máquina calculadora que le había ganadodos elecciones consecutivas se había convertido en estática.

El bartender enarco unaceja, con algo muy parecido a la diversión reflejándose en sus ojos, y esperócon paciencia, que de algún modo se sentía condescendiente.

— Yo… Un Bourbon, por favor…— Logró articular, pero su voz sonaba extraña, no como la suya — Neat.

— Excelente elección… — dijoel hombre de cabello azabache, sosteniéndole la mirada un segundo de más.Deliberadamente. Como una firma al pie de una declaración de guerra.

Cuando el hombre se girópara alcanzar la botella del estante superior, Rengoku pensó que podía respiraren paz.

Ohhhh, no, no podía respiraren paz en presencia de ese hombre.

Porque ese hombrede espaldas era, si acaso, peor que de frente.

La camisa blancano servía absolutamente de nada para disimular esa espalda: ancha, masculina,con músculos que se movían bajo la tela con cada gesto, como si la tela fuerauna segunda piel que se negaba a mentir. Su cintura estrecha contrastaba demanera casi indecente con la amplitud de sus hombros, invitando a que los ojosbajaran, y cuando bajaron, Rengoku tuvo que morderse el interior de la mejillapara no hacer nada vergonzoso.

Ese par de nalgasno debería estar cubierto por ninguna tela en ninguna circunstancia. Queestuvieran cubiertas era casi una ofensa al buen gusto. Una tragediaarquitectónica. El pantalón negro se ceñía a ellas con una fidelidad devota quea Rengoku le generó, de manera simultánea, gratitud y una desesperación sorda.

“¿Qué sesentiría…?”pensó, y se odió a sí mismo antes de poder terminar el pensamiento.

Lo terminó detodas formas.

¿Qué se sentiríatener a ese hombre debajo de su cuerpo? ¿Qué ruidos haría esa voz aterciopeladacuando no pudiera contenerlos? ¿Sería tan controlado en la cama como lo eraaquí, o todo ese hielo se derretiría?

Rengoku sintiócalor en la cara y en el cuello, y agradeció las luces tenues del bar.

En ese momentosupo que podía ponerse de rodillas por ese hombre. Con gusto. Sin que nadietuviera que pedírselo.

Su respiración se atoró ensu garganta al verlo servir la bebida, como si un maldito Dios, extraídodirectamente del Takamagahara le estuviera haciendo un elixir.

El bartender colocó la copafrente a él, con un suave “Click” contra el ónice y Rengoku noto sus manos:Dedos largos, elegantes, unas manos perfectas con algunos cayos en la parte delrodete dígito palmar, que de algún modo parecían el único defecto en ese hombrecasi onírico.

— ¿Día difícil? — Preguntóel hombre, con esa voz aterciopelada, con ese timbre grave, que le acariciabalos tímpanos. Aquella voz era indiscutiblemente la voz de un hombre. Sinninguna pisca de feminidad y le encantaba.

Rengoku tomó un sorbo largodel Bourbon, necesitando algo que hacer con sus manos y con la boca, con elcaos en el que se había convertido su mente.

— Algo… algo así — Murmuró,dándose cuenta de que sus ojos seguían sobre ese hombre.

El bartender no se alejo, sequedó allí, apoyando las manos sobre la barra, inclinándose apenas losuficiente para que Kyojuro captará un rastro de su colonia, que olía a madera,con notas de bergamota, que se le incrustó directo en el cerebro ycortocircuito cualquier pensamiento coherente.

— No te había visto… aquí— Dijo el joven, y había algo en su tono, algo juguetón y conocedor, como sisupiera exactamente el efecto que estaba causando — ¿Es tu primera vez en estelugar?

— Si… — Susurro Rengoku,tratando de desviar la mirada, porque de repente hablar como un jodido serhumano se sentía imposible cuando esos profundos ojos azules lo miraban como sipudiera leer cada secreto escrito en su piel.

— Que suerte tengo entonces— Respondió el hombre, haciéndolo estremecer.

Y entonces sucedió:

Kyojuro volteó hacia él,como corroborando que lo que había dicho era real, como corroborando que lo quehabía escuchado era cierto, Y sus miradas se encontraron.

Y permanecieron.

Fue deliberado, eléctrico,como un cable de alta tensión tendido entre ellos que chisporroteaba con cadasegundo adicional que pasaba. Los ojos del bartender recorrieron su rostro conuna lentitud estudiada, frente, ojos, nariz, y se detuvieron en sus labios conuna intención que no pretendía disimular, luego subieron de vuelta a sus ojos ybajaron en línea recta hacia su mandíbula, como si lo estuviera catalogando.Tomando una decisión sobre él.

Y por primera vez en su vidaKyojuro se sintió como una pequeña presa, como un conejito indefenso frente aun león especialmente sádico.

“Dios santo” pensó,perdiendo miserablemente ante aquella mirada, teniendo que desviarlamiserablemente hacia su bebida, como un jodido adolescente cohibido.

Y pareció que ganar esepequeño duelo encendió algo en el hombre frente a él, porque se enderezó conuna lentitud calculada, esbozando una sonrisa pequeña y devastadora. La sonrisade un depredador que acaba de identificar exactamente hasta dónde llegan loslímites de su presa.

— Déjame prepararte algoespecial — Dijo, bajando el tono de voz con cada palabra, llamandodeliberadamente la atención del rubio, haciendo que cada neurona en su cerebrose centrara únicamente en el terciopelo de su voz — Algo que vaya más contigo.

Rengoku solo asintió,incapaz de confiar en aquella erótica voz.

Lo observo moverse detrás dela barra: Cada gesto era una invitación más que obvia, cada movimiento habíasido diseñado para ser visto. El azabache tomaba botellas con dedos seguros,media líquidos con precisión artística y cada tanto, cada maldito tanto,levantaba la mirada y lo encontraba mirando, y sonreía como si acabara de ganaralgo.

Rengoku no debía de verlo.Su piel, pálida, lo invitaba a tocar, y la forma descarada en la que losúltimos dos botones de su camisa blanca se abrían de forma seductora lo estabanvolviendo loco.

Rengoku se encontró sudando,aterrado de si mismo, aterrado de sus pensamientos, mientras no podía evitarimaginar a ese hombre desnudándose frente a él, usando esos mismos movimientosensayados y casi rítmicos que bien podían usar en un baile erótico.

Y cuando estos movimientosterminaron, el azabache deslizó el vaso a través de la barra.

Kyojuro extendió la manopara tomarlo.

El bartender no losoltó.

Sus dedos se rozaron, uncontacto que no debería significar nada, apenas un rose de piel contra piel,pero fue como tocar el infierno. Un relámpago de sensación recorrió el brazo deKyojuro, explotó en su pecho y se dispersó por todo su cuerpo con una intensidadque lo dejó sin aire.

El hombre mantuvo los dedosallí, presionando apenas contra los suyos, sus ojos azules brillaban con algooscuro y prometedor. Cómo si estuviera a punto de devorar un dulce.

— Ten cuidado— Murmuró elhombre, y Rengoku tuvo que morderse los labios para evitar salir corriendo enun episodio vergonzoso de pánico gay — Esto podría ser… demasiado fuertepara ti.

No estaba hablando de labebida.

Rengoku lo supo con cadaputa célula de su ser.

El bartender se alejóapenas, retirando su mano lentamente, dejando un rastro de su ausencia que ledolió físicamente.

No tocar a ese hombre, pensócon una claridad aterradora, eso sería el verdadero pecado, eso sería laverdadera traición a sí mismo, a la única vida que no podría tener jamás.

— ¿Puedo ayudarte en algomás? — Pregunto, y había una promesa implícita en esas palabras, una preguntadentro de la pregunta.

Kyojuro tomó un sorbo de labebida.

Era perfecta, por supuestoque era perfecta, como todo lo que debía hacer ese hombre. Y entonces tomó unadecisión.

Iba a quedarse. Iba atener una probada de ese mundo. Iba a probar por solo una noche lo quesiempre había reprimido, aquel deseo enfermo que crecía dentro de él. Solo unavez. Solo una noche. Y después…

Abrió la boca, dispuesto ahablar con el bartender, preguntarle su nombre, pedirle su número, lo que seacon tal de hablar con él un poco más, pero…

—¡Ahh! ¡Tomioka! ¿Trabajabasaquí hoy? — preguntó un hombre, llegando desde la derecha, sentándose a unascinco sillas de distancia de él. El bartender caminó hacia el hombre, y susonrisa desapareció por completo.

— Masachika, bienvenido —agregó Tomioka, — ¿Qué haces aquí? Pensé que habías dejado debeber.

— Si, lo deje — Dijo elhombre sonriendo — ¿Cómo está Sabito? No contesta mis llamadas, y bloqueo mismensajes… ¿Podrías decirle que…?

— No — Sentenció Tomioka,mirando al hombre con una expresión neutra, casi aburrida — Si no vas a pedirnada…

—¡Un tequila, un tequila!¡Pero por favor dile que…!

— No.

Y el azabache sedio la vuelta para preparar el pedido, dejando al pobre Masachika hablándole asu nuca.

Rengoku observóla escena con algo que tardó un segundo en identificar como celos. Ridículos,irracionales, completamente desproporcionados para alguien cuyo nombre nisiquiera sabía hace veinte minutos. Y sin embargo ahí estaban, instalados en supecho como si tuvieran derecho.

Así que hizo loúnico razonable: comenzó a hacer preguntas. Sobre las botellas, sobre losingredientes, sobre la diferencia entre un Bourbon de maíz y uno de centeno,preguntas que no le importaban en lo absoluto pero que funcionaban comoanzuelos, llamando la atención del bartender cada vez que el otro hombreintentaba reabrir su monólogo sobre el tal Sabito.

Y Tomioka no lodetuvo. Al contrario.

Le seguía eljuego con una complicidad que no necesitaba palabras, quedándose más tiempo delestrictamente necesario frente a él, respondiéndole con esa voz grave que hacíaque Rengoku perdiera el hilo de sus propias preguntas, sonriéndole de esamanera que se sentía exclusiva, privada, como si esa sonrisa existieraúnicamente en el espacio entre ellos dos y el resto del bar fuera solodecorado.

Al cabo de unosdiez minutos, Masachika leyó el ambiente con la dignidad de quien sabe cuándosobra, pagó su tequila y se retiró sin mucha ceremonia.

Hasta que funcionó, elhombre pareció leer el ambiente, y al cabo de unos 10 minutos decidió dejarlossolos, retirándose de la barra.

El bartender volteo haciaél, con esos ojos azules ocultos detrás de aquellas negras pestañas deobsidiana. Rengoku tuvo que tragar saliva ante la vista, aquel hombre erasimplemente un pecado andante.

“Tomioka” pensó, saboreandoaquel apellido.

— Entonces — Dijo elbartender sirviendo un trago para sí mismo por primera vez en la noche, como sila barra completamente sola le diera algún tipo de seguridad, Sus movimientoseran lentos, con aquella gracia felina que hacía que Kyojuro olvidara como respirar.— Ahora que estamos solos ¿Me dirás tu nombre?

Rengoku lo pensó por unmomento, mientras bebía de su trago.

La verdad era unaopción que descartó en milésimas de segundo. No porque creyera que un hombretan hermoso tuviera necesariamente opiniones formadas sobre política, sinoporque si lo buscaba en redes sociales todo terminaría antes de empezar. YKyojuro, que llevaba 32 años sin permitirse empezar nada, descubrió enese momento que haría casi cualquier cosa por no ver terminar esto todavía.

Por un beso. Porun segundo de esa piel bajo sus dedos. Por lo que fuera.

La mentira salió suave,ensayada, como si hubiera mentido con su identidad anteriormente.

Era la primera vez quesintió vergüenza de su propio nombre.

— Haruka… — Era el nombredel nuevo guardia del senado, y era una estrategia sucia en si misma, pero dealgún modo fue el primer nombre que se le ocurrió porque joder, usar el de Uzuipara algo así haría que su mejor amigo lo matara si se enteraba — HarukaYuto

El hombre frente a la barraenarco una ceja negra, con una expresión divertida y tomó un sorbo de subebida, por un momento Kyojuro tuvo la sensación de que bebió para contener unarisa, pero aquella expresión era tan bella que decidió no decir nada.

—¿Haruka? —repitió, como silo estuviera sopesando—. Te queda. Tiene ese aire de… hombre importante.

Rengoku por primera vez tuvoganas de jalar su corbata nerviosamente. No lo hizo.

— ¿Y el tuyo? — Preguntó,inclinándose sobre la barra, permitiéndose finalmente cerrar la distancia quehabía mantenido toda la noche. Como si ese hombre fuera un enorme imán que loatraía terriblemente, como si no pudiera hacer nada en contra de aquellaatracción que sentía.

— Tomioka Giyuu — Respondióy sus ojos brillaron con algo que Rengoku no supo descifrar — Aunque puedesllamarme Giyuu si quieres sentirte un poco más… cercano.

El doble sentidono pretendía ser sutil. Y sin embargo el calor subió por el cuello de Kyojurode todas formas, traicionero, como si tuviera diecisiete años y no treinta ydos, como si fuera la primera vez que alguien le coqueteaba en un idioma que sucuerpo finalmente entendía.

Porque lo era.

Necesitaba a ese hombre,necesitaba sentirlo contra su piel, necesitaba recorrer su cuerpo con lasmanos, necesitaba morderlo, marcarlo, tomarlo, hacerlo suyo. No quería parar.La sola idea de detenerse se sentía como un pecado.

— ¿Y qué tan cercatendría que estar para ganarme ese privilegio? — Era la primera vez quecoqueteaba con un hombre, y de algún modo se sintió orgulloso de no dejarseintimidar, a pesar de sentir su pulso golpeando frenético contra cada pedazo desu piel, su garganta, su pecho.

Tomioka se inclinó sobre labarra también, hasta que sus rostros quedaron a centímetros de distancia.Kyojuro pudo ver aquella perfecta piel, pálida como las nubes, pudo ver lasnotas celestes en aquellos ojos azules, contar cada una de sus pestañas…

— Buena pregunta. Aunque loque realmente importa aquí… — murmuró Giyuu, permitiendo que su aliento conaroma a Whisky acariciara los labios del menor — ¿Que tan cercanoquieres estar, Ha-ru-ka?

El nombre falso en esoslabios perfectos sonaba como una puta blasfemia deliciosa. Rengoku se mordiólos labios, imaginando lo que sería escuchar a ese hombre gemir su nickname enla intimidad de algún hotel del amor.

— Más cerca de lo que debería— admitió, con la voz ronca, sorprendiéndose a sí mismo con honestidad.

Una sonrisa surco aquelloslabios perfectos que poseía el azabache, su sonrisa resplandecía como perlaspulidas que se asomaban traviesas entre esa rosada carne.

— Bien dicen que lo prohibidosiempre sabe mejor ¿No? — Tomioka deslizó un dedo por el dorso de la mano deRengoku, haciéndolo estremecer, Rengoku trató de regular su respiración, aunquela realidad es que su corazón latía histérico en su pecho. — Apuesto a que eresel tipo de hombre que siempre sigue las reglas. Mírate: corbata perfecta,comportamiento impecable, esa manera de mirar todo como si estuvierasevaluándolo antes de tocarlo.… se ve que eres de esos que jamás da un pasofuera de lugar.

Rengoku trago saliva,siguiendo con su mirada el movimiento de los labios de Giyuu, ese movimientotan hipnótico y sensual que despertaba tantas cosas en su cuerpo.

— ¿Tan obvio soy?

— No solo obvio, más bien… reprimido— Tomioka giro la mano de Rengoku, trazando lineas invisibles sobre su palma,viendo divertido como aquellos rubios vellos en los brazos del hombre seerizaban — Eres como una botella de champagne a demasiada presión: Fascinantede observar justo antes de que el corcho salga disparado. De ese tipo debotellas que sabes que harán un desastre en cuanto esa presión seademasiado.

— ¿Y qué te hace pensar queel corcho va a salir disparado? — preguntó Rengoku, aunque su voz ronca lotraicionaba.

Tomioka sonrió, lento,letal.

— Porque llevas toda lanoche mirándome como si fuera agua, y tú llevarás décadas en el desierto.

Rengoku lanzó una risa,sorprendido.

— Eres muy directo ¿Siempre coqueteasasí?

—Si. La vida es demasiadocorta para juegos. — Giyuu entrelazó sus dedos con los de Rengoku — Además,algo me dice que tu también estás cansado de jugar. De pretender ser algoque no eres.

Había demasiada verdad enesas palabras.

Rengoku sintió algo en supecho aflojarse, algo que había estado apretado durante tanto tiempo que habíaolvidado como respirar sin ese peso.

— No tienes ni idea —Susurro.

—Entonces deja depretender. Al menos por esta noche. —Giyuu llevó la mano de Rengoku a suslabios, presionando un beso lento, deliberado, contra sus nudillos, sin apartarlos ojos azules de los suyos ni un segundo.

Y Kyojuro sintióese beso en cada terminación nerviosa de su cuerpo.

Fue la primeravez en su vida que los labios de otro hombre tocaban su piel, y no fue suave nifue fácil: fue como abrir una compuerta que llevaba décadas cerrada a presión.Todo lo que había reprimido, todo lo que había negado, todo lo que habíaenterrado con excusas y mujeres que no le gustaban y discursos sobre valorestradicionales que él mismo no creía, lo recorrió de pies a cabeza en una solaola que lo dejó sin palabras, sin defensa, sin la más mínima gana de tenerninguna.

Por primera vezen su vida quiso besar a alguien. Quiso enredar sus dedos en ese cabello negroy no soltarlo. Quiso tomar todo lo que ese hombre estaba ofreciendo con esasonrisa y esos ojos y esa voz, y guardárselo para él.

—Dime qué quieresrealmente, — Continuó Tomioka — Ha-ru-ka.

El nombre falso de nuevo.Pero esta vez Rengoku casi lo agradeció, le permitía ser alguien más, alguienlibre, alguien que podía sentir sin consecuencias.

Porque sabía que lo quehacía estaba mal. Desear a otro hombre estaba mal, desear recorrer su carne conlos dedos, besar sus labios, enterrarse en su interior estaba mal. No importabaque tan hermoso, fascinante, seductor, o delicioso fuese ese hombre.

— Te quiero a ti — Dijo, yfue como saltar a un acantilado, aterrador y liberador al mismo tiempo —Quiero… esto… lo que sea que esto sea.

Los ojos de Tomioka seoscurecieron.

— ¿Si? ¿Y qué harías con estosi lo tuvieras? — se burló el azabache — Desde mi punto de vista pareces de esetipo de hombres que son más palabras que acción.

Rengoku apretó los dedos delhombre de vuelta, volviendo a entrelazar sus dedos como si se aferrase a lavida. El bartender no retrocedió. Al contrario, apretó sus dedos, en un agarredeseoso, como si pudieran comunicarse únicamente con la piel. Mirándolo con esasonrisa que era mitad desafío, mitad invitación y en esos ojos azules había unfuego que hacía sentir a Rengoku como si pudiera quemarse en el infierno conuna sonrisa satisfecha.

Era la mirada del mismolucifer tentándolo a pecar. Y Rengoku quería ese pecado, quería ser un malditopecador que ardiera eternamente en el averno, mientras eso significara poderperderse en esos ojos mas tiempo.

— No necesito palabras —Susurro Rengoku — No tienes idea de las cosas que quiero hacer contigo.

— Palabras muy valientes —Giyuu deslizó un dedo por la corbata roja de Rengoku, tirando suavemente, comosi quisiera desordenarla — Pero primero tenemos que dejar un par de cosas enclaro: ¿Tienes novia? ¿Esposa? ¿Alguien esperándote en casa? No planeo metermecon un hombre comprometido, no es mi estilo.

La pregunta era razonable.Rengoku negó con la cabeza.

—Nadie. No tengo anadie.

Otra mentira, había unpartido político entero esperándolo, una familia conservadora, una baseelectoral que lo crucificaría si supiera donde estaba y que quería. Si supieranquién era realmente. Un puto homosexual reprimido de 32 años que había tardadotres décadas en pararse frente a algo que le gustaba de verdad .

— Bien — Tomioka sonrió —¿Qué quieres hacer ahora?

Rengoku trago saliva. Ya nohabía vuelta atrás, no cuando sentía que podía morir de deseo, no cuando yaestaba saboreando el sentir esa piel entre sus labios y sus dedos, no cuando yaestaba deseando enterrarse en el fondo de aquel hermoso y sensual cuerpo.

— ¿A qué hora sales? Podemosir a un lugar más… privado.

— ¿Tienes condones? —preguntó Tomioka, luciendo más divertido de lo que debería.

— Los tengo.

— ¿Lubricante?

— Podemos pasar a comprar auna farmacia — dijo sin dudar.

Y Tomioka lanzó una risita,acercándose más, hasta que sus labios estuvieron a centímetros dedistancia.

— ¿No es esto difícil parati? ¿Coquetear con un hombre? ¿Buscar sexo casual con un bartender que acabasde conocer?

— Pienso que hay cosas quedebes hacer al menos una vez en la vida. — Susurro Rengoku, saboreando el besode ese hombre, sintiéndose temblar — Aunque honestamente no sé si pueda tenersuficiente de ti con solo una vez.

El silencio quesiguió fue de esos que tienen peso.

Y entoncesTomioka se echó a reír.

No una risita.Una carcajada real, plena, anticlimática de una manera tan brutal que tardó unsegundo en registrarse: el sonido equivocado en el momento equivocado, fríocomo un balde de agua sobre todo el calor que habían estado construyendo. Seseparó de él con un movimiento fluido, sin urgencia, sin drama, como si acabarade terminar una actuación y estuviera volviendo al camerino.

Rengoku parpadeó.

Antes de quepudiera articular nada, la mano de Tomioka desapareció bajo la barra.

Y volvió con unteléfono.

En la pantalla sereproducía un video. La cámara de seguridad ubicada justo sobre ellos, grabandoen ángulo perfecto, con un REC rojo parpadeando en la esquina superior, y elaudio activo. Toda la noche. Desde el primer trago. Cada palabra, cada rozón dededos, cada mirada sostenida, cada cosa que Kyojuro había dicho creyendo queexistía únicamente en el espacio íntimo entre dos personas.

La sangre deRengoku se convirtió en hielo.

Ojala hubierasido de manera metafórica. Pero no. Fue físicamente. El calor que habíaacumulado en la última hora se retiró de su piel como una marea, dejando atrásalgo frío y quieto que tardó un segundo en identificar cómo terror.

—¿Qué…?

Tomioka balanceo el teléfonocon su mano, como si llamara su atención, como si quisiera que lo viera.Después lo acercó al rostro del rubio, sosteniéndolo entre ellos como unarma.

—Creo que teequivocaste un poco el día de hoy. —Su voz ya no tenía ningún rastro de esecalor aterciopelado. Era fría. Afilada. Cada palabra colocada con una precisiónque desarmaba—. "Haruka Yuto" no es tu verdadero nombre.

La sonrisa que lohabía estado volviendo loco toda la noche había desaparecido por completo. Loque quedaba en su lugar era un rostro neutral, cerrado, tan frío como la nievey tan impenetrable como el mármol: la cara de alguien que nunca fue el hombre queRengoku creyó encontrar en ese bar.

—Eres el senadorRengoku Kyojuro. Del Partido Liberal Democrático.

El mundo se inclinó derepente.

No de manera figurada.Literalmente: la barra, las botellas, las luces tenues del bar se inclinarontodos a la derecha al mismo tiempo mientras Kyojuro retrocedía, casi tirando lasilla, aferrándose al borde del mueble con una mano porque sus piernas habíandecidido dejar de ser confiables. Rengoku retrocedió, casi tirando lasilla.

—Yo no… —intentódecir. Su boca se sentía como cartón. Su cuerpo entero como estar adentro deuna pesadilla de las malas, de las que uno sabe que son pesadillas pero de lasque no puede salir—. No sé de qué hablas.

—Ahórratelo.

Tomioka nisiquiera alzó la voz. No necesitó hacerlo. La cortó con dos palabras y el tonoexacto de alguien que tiene todo el tiempo del mundo porque ya ganó.

—Te reconocí enel momento en que cruzaste esa puerta. —Sus ojos azules, que hace diez minutosardían con algo que Kyojuro había interpretado como deseo, ahora erancompletamente planos. Vacíos de calor. Vacíos de todo lo que él había creídover—. El honorable senador Rengoku Kyojuro. Quien votó contra el matrimonioigualitario hace dos semanas. Autor de la propuesta para prohibir la adopción aparejas del mismo sexo. Ese discurso sobre "proteger los valorestradicionales de la familia" que diste el mes pasado fue especialmente…memorable. Totalmente contrastante con lo que estabas a punto de hacer conmigoen un hotel.

El suelo se abrióbajo sus pies.

O eso sintió. Lasensación física de caer sin haberse movido un centímetro le revolvió elestómago de forma brutal.

— Tu… lo sabias…

—Desde el primersegundo.

Tomioka levantóel teléfono de nuevo, con la misma calma con la que habría levantado cualquierotra botella detrás de la barra.

—Grabé cadamomento. Cada mirada. Cada vez que te rozé la mano y no pudiste respirar. Cadapalabra que salió de tu boca. —Una pausa breve, calculada—. El senadorconservador cazando hombres en un bar, la misma semana en que votó en contra desus derechos. Es un titular bastante llamativo para cualquier revista ¿No?

—Eso no es… yo noestaba cazando a nadie —tartamudeó Rengoku, y odió el sonido de supropia voz, odió lo patético que sonaba, odió que la única defensa que sucerebro había podido producir fuera esa.

Tomioka río, pero fue unsonido sin humor.

— ¿No? ¿No acabas de pedirmeir a un hotel del amor? ¿No hablamos de comprar lubricante en una farmacia? ¿Enserio? Ay Rengoku, ¿O debería decir, “Haruka”? — El nombre falso sonó como uninsulto, casi como si escupiera — Siempre son los más conservadores ¿Verdad?Los que gritan más fuerte contra nosotros son los que más ganas tienen decogernos. Fascinante patrón. Ya debería dejar de sorprenderme.

— No… yo no soy… — Kyojuroapenas podía formar palabras, el pánico le trepaba por la garganta.

Por un momento tuvo el deseode someter a ese hombre, de lanzarlo contra el suelo, quitarle el celular delas manos y romperlo a pisotones contra el suelo, pero las cámaras se veíanprofesionales, del tipo de cámaras que iban dirigidas a un equipo de seguridadfuera, aunque lanzará ese teléfono, probablemente la grabación seguiría dentrode algún servidor de una empresa. Y además tendrían una grabación de élagrediendo a alguien. Maldita sea.

— ¿Qué? ¿Gay? ¿Homosexual?¿Desviado?... ¿Maricon? — Tomioka enumero, cada palabra estaba formulada conuna precisión cruel, y se clavaban sobre Rengoku como si le perforaran la piel— Usa la palabra que quieras, senador, el video no miente. Tus ojos nomintieron, tus manos temblando cuando nos tocamos no mintieron. No eresprecisamente heterosexual. Y este video lo comprueba.

Y cuando Tomioka guardo elteléfono la desesperación burbujeo en el estomago de Rengoku, supo entonces queno le quedaba mas que negociar con Tomioka (si es que ese era su verdaderonombre, joder, en ese momento dudaba hasta de eso).

—¿Qué quieres?—La pregunta salió desesperada. Volteó en todas direcciones: el bar seguíafuncionando, nadie los miraba, nadie estaba suficientemente cerca, pero esopodía cambiar en cualquier momento y necesitaba resolver esto ahora, en lospróximos treinta segundos, antes de que la situación se le escapara del todo—.¿Dinero? ¿Cuánto quieres? Dime una cifra y la tienes.

Tomioka lo miró.

Con algo quepodría haber sido lástima, si su expresión no fuera tan absolutamente neutra.Con algo que podría haber sido desprecio, si hubiera necesitado demostrar algo.Pero no era ni una cosa ni la otra: era la mirada de alguien que ya ha ganado ysimplemente está observando las consecuencias.

—¿Sabes lo quequiero? —dijo, recargándose sobre la barra con los brazos cruzados, con lamisma postura relajada de hace diez minutos, como si la conversación no hubieracambiado de naturaleza en absoluto—. Quiero que millones de personas como yopuedan caminar por la calle sin miedo. Quiero que las parejas contra las que túvotaste puedan casarse, adoptar, existir sin que políticos como tú lesexpliquen que son una aberración. —Una pausa—. Por ahora me conformaré consaber que tengo el poder de destruir tu carrera con un clic. Eso es suficientepor esta noche.

Y ahí fue cuandoel miedo se convirtió en rabia.

Rabia sucia,irracional, la rabia de alguien que sabe que no tiene razón y la siente detodas formas porque necesita ponerla en algún lugar.

—Hijo de perra—escupió—. Me tendiste una trampa. Todo esto fue una maldita operación baratade…

— Trampa implicaría que teengañe — Giyuu cruzó los brazos a la altura del pecho, Rengoku apartórápidamente el pensamiento de que se veía atractivo — Yo no te obligo a mirarmecomo lo hiciste. No puse palabras en tu boca. Tu querías esto. Lo único quehice, fue grabarlo.

— Eres un maldito bastardo.— Kyojuro busco insultos, palabras que pudieran herirlo, que pudierandevolverle algo de la humillación que sentía en ese momento — Un mero resentidocon un complejo de venganza ¿Esto te hace sentir poderoso? ¿Destruir vidas?

—Tú llevas años destruyendolas nuestras desde una tribuna. —Los ojos azules señalaron brevemente lacámara—. Yo solo estoy nivelando el campo.

Rengoku no podía escucharmás de esa mierda.

Agarró su saco del taburete,aunque casi se le cae porque sus manos temblaban de furia y terror. Necesitabasalir. Necesitaba aire que no oliera a bergamota y madera y a todo lo que habíaquerido y no podía tener. Necesitaba que todo aquello dejara de ser real.

— Vas a arrepentirte de esto— Amenazó, pero aquello sonaba vacío, quizá porque ambos sabían que él no eraquien tenía poder ahí, que todo su mundo podría colapsar con un video de menosde 30 minutos.

— Lo dudo — Respondió Giyuu,con una calma que sonaba amenazante — Pero tu si vas a arrepentirte. Cada vezque votes en contra de nosotros, vas a recordar esta noche, vas a recordarexactamente que eres lo que odias. Que también eres un maldito maricon demierda, a los que tanto aborreces. Debe ser horrible ser tu, y verte en unespejo.

Rengoku norespondió.

Su garganta sehabía cerrado de una manera que no tenía nada de metafórica, y hablar en esemomento habría significado que salía algo que no eran palabras.

Caminó hacia lapuerta con pasos que eran más huida que retirada, con la mandíbula apretada ylos ojos fijos al frente, sin mirar atrás porque no podía permitirse ver laexpresión de ese hombre ni un segundo más.

Llegó al umbral.Se detuvo.

— Vete a la mierda — Dijo, sinvoltear.

—Si me entero que volviste avotar contra nosotros —respondió Tomioka, con una calma que era la cosa másamenazante que Kyojuro había escuchado en su vida—, es ahí exactamente a dóndeirás tú.

Salió.

La puerta secerró detrás de él con un click que sonó pequeño y definitivo, como el últimoengrane de algo que termina de romperse.

El aire nocturnolo golpeó en la cara y Kyojuro caminó hacia su auto casi corriendo, sin saberexactamente de qué estaba huyendo porque todo lo que perseguía estaba adentrode él: el video en algún servidor que no podía destruir, la voz de Tomiokaenumerando sus votos con la misma precisión con la que antes le había servidoun trago, y debajo de todo eso, más profundo y más aterrador que cualquiergrabación, el recuerdo de lo que había sentido cuando esos labios tocaron susnudillos.

Lo que habíasentido y lo que había querido.

Se encerró en elauto.

Contó hasta diez.Luego hasta veinte. Luego dejó de contar.

Y entonces lanzóun grito que llenó todo el habitáculo y se quedó vibrando en el aire, un sonidoque no era rabia ni era llanto sino algo anterior a ambas cosas: el sonido dealguien a quien acaban de mostrarle, con evidencia irrefutable, exactamente quiénes.

Tembló con elmiedo más viejo de su vida: el de que el mundo viera finalmente lo que habíapasado todos estos años escondiendo.

***

Esa noche Rengokuno durmió.

Se pasó las horasmirando el techo de su departamento con el teléfono boca arriba sobre el pecho,esperando que vibrara. Que sonara. Que el mundo se acabara de una vez y leahorrara la espera. Cada notificación (un correo, un mensaje de Uzui, unaalerta de noticias sobre el clima) le provocaba un salto cardíaco que le dejabalas manos frías durante los siguientes cinco minutos.

Así, hora porhora, pasó la noche.

Cuando el solcruzó el ventanal lo encontró exactamente donde lo había dejado la oscuridad:tumbado en la cama, vestido, con los ojos secos de no haber parpadeado losuficiente y el estómago convertido en un nudo que llevaba horas apretándose.Esperó. Con las manos sobre el pecho y la respiración contenida, esperó que suteléfono comenzara a sonar histérico, que los mensajes de su jefe de campaña,de su padre, de su partido, llovieran todos al mismo tiempo.

Su teléfono no sonó.

Ya al mediodía, sintiendo sucuerpo lo suficientemente entumecido por no haberse movido de la cama en tantashoras, decidió encender el televisor para ver las noticias. Pasaron las horas,y su rostro jamás se vio en las noticias.

Fue entonces que por findecidió tomar su celular, y buscar su nombre directamente a sus redes sociales:Nada.

Sus redes sociales estaban limpias.Nada fuera de lugar, solo él, haciendo su trabajo y en noticias esporádicas delas cosas que hacía o de las conferencias de prensa en las queparticipaba.

Nada del video. Nada deaquel bartender.

Aquella noche tampocodurmió, pero por la mañana aún no hubieron noticias sobre el video. Y porprimera vez Rengoku se permitió suspirar.

El bartender no habíapublicado aquel video.

“Pero tu si vas aarrepentirte. Cada vez que votes en contra de nosotros, vas a recordar estanoche, vas a recordar exactamente que eres lo que odias.” Y si solo se permitíaconfiar en aquella frase, probablemente Tomioka no publicaría aquel video amenos que viera noticias sobre sus votos en el senado.

— Entonces ¿Esto es todo? —Se preguntó a sí mismo cerrando su laptop. — ¿Me amenaza y guarda ese videocomo arma para la posteridad?

La realidad es que habíaforma de ocultar sus propios votos, si bien la transparencia japonesa eraincreíble, podría persuadir a su partido político de dejar de publicar por queleyes votaba cada congresista y comenzar a publicarlas como un conjunto de “Conx cantidad de votos a favor, la ley x es aprobada”

Si lo pensaba así. Realmenteno tenía nada de qué temer.

Aun así, tenía dos opciones:No hacer nada, o buscar la forma de borrar ese video.

Después de buscar nuevamentesu nombre en Internet, sin resultados negativos, decidió que podía relajarse almenos una semana antes de volver a pensar en qué hacer.

“Quizá deba decirle a Uzui…”

Si alguien en Japón eraconocido por ser un gran investigador con mucho dinero y pocos escrúpulos, eseera Tengen Uzui. Sin embargo, pedirle aquel favor….

Sería el equivalente a salirdel closet con él, y si había algo que NO caracterizaba a ese hombre era ladiscreción. Decirle a él su más humillante y recóndito secreto era elequivalente a decírselo a todo Japón.

Descartó rápidamente la ideay fue a darse un baño. Permitiéndose relajarse bajo la regadera, permitiéndoserelajarse entre las sales de baño por primera vez en los dos días másestresantes de su vida.

— Realmente… debo hacer algocon este problema — Se dijo. Pero ¿Que mas podía hacer con su homosexualidad?Había pasado tantos años reprimiéndola, fingiendo que no le atraía lo que leatraía, fingiendo que no se le paraba pensando en coger con otro hombre o mamarotra verga.

Había hecho de todo. En sumomento había llegado a la conclusión de que quizá su única alternativa erahacerse una puta castración química. Pero apreciaba demasiado sus testículospara ello.

Y aquella noche había sidola primera vez que cedió a sus más bajos instintos, aquella había sido laprimera noche que había deseado ceder a si mismo, a su verdadera sexualidad. Yhabía acabado terriblemente mal.

— El lado bueno de todo esto— Dijo, tratando de centrarse en lo positivo. — Es que no lo volveré a vernunca.

Ahora que lo pensaba; lasluces tenues, el alcohol en sus venas. Quizá ese hombre ni siquiera era tanguapo como lo había visto. No podían existir hombres así en el mundo. Lo cualno hacía mejor las cosas. Había arriesgado todo por un hombre que quizá, al díasiguiente, al amanecer a su lado, le pareciera menos despampanante de lo que lehabía parecido con un trago de alcohol encima.

Kyojuro respiróhondo mientras ajustaba el espejo retrovisor de su auto, tratando deconcentrarse en cualquier cosa que no fuera el recuerdo de esos ojos azulesclavándose en él como cuchillos.

"No lovolveré a ver nunca", se repitió mentalmente, como si fuera un mantra desupervivencia. "Fue un error. Una noche. Nada más."

Encendió el motory salió del estacionamiento de su edificio, permitiéndose por primera vez endías sentir algo parecido al alivio. Tokio era una ciudad de millones depersonas. Las probabilidades de volver a encontrarse con ese bartendervengativo eran prácticamente nulas. Podía seguir con su vida, volver a surutina, olvidar que alguna vez había sentido ese cosquilleo en el estómago almirar a otro hombre.

Sí. Todo estaríabien.

Giró en lasiguiente esquina, con la radio encendida en una estación de noticias quehablaba sobre el clima y el tráfico matutino. Todo normal. Todo bajo control.

Y entonces lovio.

El cartel eraimposible de ignorar. Enorme. Brillante. Colocado estratégicamente en lafachada de un edificio de al menos seis pisos, justo frente al semáforo dondese había detenido.

Y ahí estaba él.

Él.

Kyojuro sintiócomo si alguien le hubiera arrojado un balde de agua helada directo a la cara.

La imagen eraimpactante: Tomioka Giyuu estaba fotografiado en un primer plano perfecto, supiel pálida contrastando con un fondo minimalista de tonos blancos y azules. Sucabello negro caía ligeramente húmedo sobre su frente, como si acabara de salirde la ducha, y sus ojos, esos malditos ojos azules que lo habían perseguido ensueños y pesadillas, miraban directamente a la cámara con una intensidad casisobrenatural.

No sonreía. Claroque no. Porque eso hubiera sido demasiado fácil, demasiado humano.

En cambio, suexpresión era serena, distante, como si estuviera mirando algo que los simplesmortales no podían comprender. Como si fuera un ángel observando desde lasalturas a los pobres diablos que caminaban por la tierra.

Y Kyojuro,maldita sea, se sintió como uno de esos pobres diablos.

El cartelanunciaba una marca de cuidado de la piel, algo elegante, caro, japonés, y las letras debajo de la imagen decían algo sobre "pureza natural" y"belleza eterna", pero Kyojuro apenas podía leer porque su cerebro sehabía cortocircuitado por completo.

PIIIIIIIIP

"¿Quémierda...?"

Un claxon sonódetrás de él.

Kyojuro parpadeó,dándose cuenta de que el semáforo había cambiado a verde y que llevabademasiado tiempo paralizado frente a ese cartel como un idiota.

Pisó elacelerador con demasiada fuerza. El auto dio un salto hacia adelante y estuvo acentímetros de estrellarse contra el sedán que iba delante de él. Frenó enseco, el cinturón de seguridad cortándole la respiración, y su corazón latiendotan fuerte que podía escucharlo retumbando en sus oídos.

Otro claxon. Másgritos. Alguien le gritó algo sobre aprender a manejar.

Pero Kyojuro nopodía apartar la mirada del espejo retrovisor, donde la imagen del carteltodavía era visible a lo lejos, enorme e imposible de ignorar.

"Es él.Es ese maldito bartender."

No. No era soloun bartender.

Era un modelo.

Un modelo de verdad.De esos que aparecían en revistas, en campañas publicitarias, en edificiosgigantes en medio de Tokio para que millones de personas lo vieran todos losdías.

Kyojuro sintióuna mezcla de emociones tan caótica que no sabía si quería gritar, reír oestrellarse contra el poste más cercano solo para acabar con la tortura.

Porque claro. Porsupuesto que ese hombre no era solo un bartender común y corriente. Porsupuesto que tenía que ser hermoso de una forma que desafiaba cualquierlógica humana. Por supuesto que su rostro tenía que estar inmortalizado en uncartel de seis pisos para atormentarlo por el resto de su existencia.

"Debe serhorrible ser tú, y verte en un espejo", había dicho Tomioka esa noche.

Y ahora Kyojuroentendía la ironía cruel de esas palabras, porque mientras él se escondía enlas sombras, avergonzado de lo que era, ese hombre estaba literalmente brillandobajo las luces de Tokio, expuesto para que el mundo entero lo admirara.

Era como si eluniverso se estuviera burlando de él.

Kyojuro apretó elvolante con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

"No. No,no, no. Esto no puede estar pasando."

Pero estabapasando.

Y lo peor de todoera que incluso ahora, incluso sabiendo que ese hombre tenía un video que podíadestruir su vida, incluso después de haber sido humillado y chantajeado,Kyojuro no podía negar lo que sentía al ver ese rostro.

Fascinación.

Pura, estúpida,irracional fascinación.

Porque Tomioka noera solo hermoso. Era perfecto. Como si un escultor hubiera pasado añostallando cada línea de su rostro, cada ángulo de su mandíbula, cada pestañaoscura que enmarcaba esos ojos imposibles.

Era inalcanzable.Intocable. Un dios en la tierra disfrazado de hombre.

Y Kyojuro, contodo su dinero, su apellido, su posición política, se sentía como un miserableinsecto que había tratado de alcanzar el sol.

"Malditasea."

Volvió a pisar elacelerador, esta vez con más cuidado, y se alejó del cartel lo más rápido quepudo, como si alejarse físicamente pudiera borrar la imagen de su mente.

Nofuncionó.

¡No tienenidea de cuánto las extrañaba! Fueron 3 semanas sin publicar que honestamentefueron unas vacaciones bien merecidas jajajaa.

No les voy amentir, esta historia me encanta!! Pero wey, fue muy dramática para mi deescribir ya que la estaba escribiendo (llevaba 3 capítulos) en la época en laque murió Charlie Kirk jajajajaa y si dije “Wey, pésimo momento para publicaresta madre” porque en efecto se hubiera sentido como una total falta derespeto, por más que no este de acuerdo con los ideales políticos de estehombre, burlarse de la muerte de una persona está totalmente fuera de lugar yaunque esa en ningún momento fuera mi intención, no hay manera de que no sehubiera interpretado como tal.

Este ff tendráalrededor de 12-13 capítulos, en teoría escribí 7, pero hay unos tan largos queya saben que va a tocar dividirlo en capítulos pequeños jsjsjsjs.

De verdadespero que esta historia les guste tanto como me gustó a mi! Les aviso que estahistoria estará ilustrada, aunque aún no se cuando voy a sacar lasilustraciones. Ya tengo los bocetos listos pero aún tengo varios dibujospendientes qué sacar jajaja así que las ilustraciones de esta obra están enlista de espera jsjsjsjs

¡LAS AMO!

Próximocapítulo: 27 de Junio.

Besitos en eldeste.

Dulce de Luna.


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