Las Siete Teorías
La desaparición de Julieta Varela había ocurrido hacía un año y, para la mayoría de las personas del pueblo, el caso ya pertenecía al pasado. Durante meses había sido imposible escapar de las conversaciones sobre ella. Su fotografía aparecía en cada esquina, en cada publicación y en cada programa de radio local. Sin embargo, el tiempo había hecho lo que siempre hacía. La gente encontró nuevos temas de conversación y nuevas preocupaciones. Julieta pasó de ser el centro de atención a convertirse en un recuerdo incómodo que pocas personas mencionaban.
Mi habitación parecía ser una excepción. Las paredes seguían cubiertas de fotografías, mapas y anotaciones relacionadas con el caso. No porque creyera que podía resolverlo, sino porque había algo en aquella historia que me resultaba imposible de ignorar. Cuanto más leía sobre la investigación, más convencido estaba de que todos estaban observando el mismo rompecabezas y pasando por alto la pieza más importante.
—Seguís pensando en ella.
—No pienso en ella. Pienso en lo que falta.
Mateo llevaba meses escuchando respuestas parecidas. Probablemente por eso ya no intentaba discutir demasiado. La mayoría de las personas asumía que Julieta había sido una víctima al azar, alguien que simplemente tuvo la mala suerte de cruzarse con la persona equivocada. Yo no estaba tan seguro. No porque tuviera pruebas, sino porque la explicación parecía demasiado simple. Las historias reales rara vez eran simples.
Durante semanas había leído teorías escritas por vecinos, periodistas y desconocidos de internet. Algunas eran ridículas. Otras parecían posibles. Ninguna respondía la pregunta que más me interesaba. Todos intentaban descubrir quién podía haber querido lastimar a Julieta, pero nadie parecía preguntarse qué sabía ella antes de desaparecer. Era una diferencia pequeña, pero para mí cambiaba todo.
—Capaz no hay nada para descubrir.
—Capaz sí.
—Esa respuesta no significa nada.
—Lo mismo podría decir del caso entero.
La conversación terminó ahí, pero la idea siguió acompañándome durante el resto del día. Cuanto más la pensaba, más lógica parecía. Si Julieta conocía algo importante, muchas cosas empezaban a encajar de una forma distinta. Los rumores. Las contradicciones. Incluso algunos detalles de la investigación que nunca habían tenido demasiado sentido.
Esa noche publiqué una teoría en internet. No era especialmente original ni demasiado elaborada. Apenas una frase perdida entre miles de comentarios sobre el caso. Aun así, por alguna razón, fue la primera vez en un año que sentí que estaba apuntando hacia la pregunta correcta.
La teoría decía simplemente que Julieta conocía a la persona responsable de su desaparición.
A la mañana siguiente encontré un mensaje enviado desde una cuenta desconocida. No tenía nombre, fotografía ni publicaciones. Parecía existir únicamente para enviar aquella respuesta.
—Por fin alguien entendió.
Leí la frase varias veces. No era una amenaza. No era una advertencia. Era algo mucho peor. Sonaba como una confirmación.
Y, por primera vez desde que había comenzado a obsesionarme con el caso, tuve la sensación de que alguien estaba siguiendo cada una de mis teorías
La frase permaneció en mi cabeza durante todo el día.
—Por fin alguien entendió.
Era corta, simple y anónima. Sin embargo, tenía algo que ninguna de las miles de teorías publicadas sobre Julieta había tenido nunca: parecía escrita por alguien que conocía la verdad.
Intenté convencerme de que podía tratarse de una broma. Internet estaba lleno de personas aburridas. Bastaba una publicación medianamente popular para atraer extraños. Aun así, cada vez que releía el mensaje sentía la misma incomodidad. No parecía una broma. Tampoco parecía una amenaza. Sonaba demasiado segura.
Las clases fueron imposibles de seguir aquella mañana. Mientras los profesores hablaban, mi atención regresaba una y otra vez al mensaje. Había algo que no encajaba. Si la persona realmente conocía detalles del caso, ¿por qué contactarme a mí? Mi teoría ni siquiera era original. Cientos de personas habían sugerido lo mismo durante el último año.
Quizás el problema no era la teoría.
Quizás era quién la había publicado.
La idea apareció de repente y me resultó tan absurda que casi me reí.
Yo no era nadie.
Solo un chico con demasiado tiempo libre y una obsesión poco saludable por un caso sin resolver.
Sin embargo, aquella sensación persistió.
Al regresar a casa revisé nuevamente el tablero. Había fotografías de amigos, familiares, compañeros de escuela y vecinos. También había copias de artículos periodísticos, horarios y mapas del pueblo. Después de tantos meses observando aquellas paredes, algunas imágenes me resultaban tan familiares como los muebles de mi habitación.
Fue entonces cuando noté algo extraño.
Una de las fotografías mostraba a Julieta durante una feria escolar organizada unos meses antes de desaparecer. La había visto decenas de veces. Tal vez cientos. Sin embargo, aquella tarde mis ojos se detuvieron en un detalle insignificante.
Yo aparecía en el fondo.
No era raro. Habíamos asistido a la misma escuela durante años. Lo extraño era que no recordaba haber estado allí aquel día.
Observé la imagen durante varios segundos.
Intenté recordar.
Nada.
Solo una sensación incómoda, como una palabra olvidada que se niega a aparecer.
—¿Qué estás mirando?
—Una foto.
—Eso ya lo veo.
—No recuerdo cuándo la tomaron.
Mateo observó la imagen.
—¿Y?
—Yo estoy ahí.
—También estás en medio anuario escolar.
—No es eso.
—Entonces no entiendo cuál es el problema.
No respondí inmediatamente porque ni siquiera yo sabía explicarlo. La fotografía parecía despertar algo en mi memoria. No un recuerdo. Algo más pequeño. Una impresión. Una sensación.
Como si hubiera olvidado una parte de aquella historia.
Como si mi mente estuviera evitando algo.
Mateo terminó cambiando de tema poco después, pero yo seguí observando la imagen durante el resto de la tarde. Cuanto más la miraba, más incómodo me sentía.
Aquella noche publiqué una segunda teoría.
Era mucho más específica que la primera.
Escribí que Julieta había estado ocultando información sobre alguien de su círculo cercano y que esa persona había mentido durante la investigación.
La publicación recibió cientos de comentarios.
La mayoría se burló.
Otros comenzaron a señalar sospechosos.
Nada fuera de lo normal.
Hasta que llegó otro mensaje.
La misma cuenta.
La misma ausencia de nombre.
La misma ausencia de fotografía.
Esta vez el texto era diferente.
—Dos de siete.
Me quedé mirando la pantalla.
Dos de siete.
No entendía qué significaba.
La frase era tan extraña que parecía carecer de sentido.
Sin embargo, una idea comenzó a formarse lentamente en mi cabeza.
La primera teoría.
La segunda teoría.
Dos de siete.
Como si alguien supiera cuántas faltaban.
Como si alguien estuviera esperando que llegara hasta el final.
Y por alguna razón que no podía explicar, tuve la sensación de que cuando apareciera la séptima teoría, descubriría algo mucho peor que la verdad sobre Julieta Varela. Descubriría la verdad sobre mí.








