Prólogo

Jungkook
La crueldad corría por mis venas.
Era parte de mí. Al igual que la sangre, el oxígeno y el ajetreo. Era lo que éramos los DiLustros. La gente se caga en los pantalones cuando me ve.
Sin embargo, el chico de los rizos dorados ni siquiera parpadeó. Él se cayó del balcón, literalmente, y fue directo a mis brazos, dándole un vuelco a mi vida. Bueno, más bien, él inclinó mi mundo hacía arriba, y por primera vez en mi existencia, no se trataba de sangre y dinero.
Se trataba de un doncel. Mi doncel.
Nunca me había sentido tan malditamente feliz. Tan bien, y fue gracias a él. Taehyung Star. Y al igual que su nombre, se había convertido en mi estrella. Mi luz guía en la oscuridad de mi inframundo.
Las últimas semanas habían sido, sin duda, los mejores días de toda mi vida. Y ahora que me había jurado su amor y lealtad, sabía que nuestro futuro sería feliz. Juntos.
Y todo fue gracias a él. Mi ángel de rizos dorados y grandes ojos que brillaban como piedras preciosas cuando me miraba. Solo a mí.
Había visto y hecho suficientes mierdas; y he acabado con más de unas miserables vidas para saber que, cuando encontrabas esto, tenías que arrebatarlo y conservarlo. Mi única oportunidad de ser feliz.
Él era mi única oportunidad en la vida de mantener la humanidad en mi alma. A diferencia de todos los demás en mi mundo, él era impoluto y gentil, dando amor sin querer nada tangible a cambio. Solo a mí.
Él tenía poder sobre mí, sin intentarlo. No iba a arruinarlo y arriesgarme a perderlo.
Por nadie: primos, familia, mafia rival o cualquier otro lo suficientemente estúpido como para joder e intentar algo.
Pondría fin a los planes de robo que tenía en marcha con sus amigos. A la mierda. Si esos cuatro tenían problemas de cleptomanía, les pondría tiendas que pudieran robar y que fueran mías. Tenía dinero de sobra para las próximas veinte vidas.
Metí mi mano en el bolsillo, la cajita de terciopelo quemando mi traje de tres piezas. La acaricié, por centésima vez desde que la recogí.
No podía esperar a deslizar una promesa en su dedo. Mientras él llevara mi anillo, eso era lo único que me importaba.
Mis labios se curvaron en una sonrisa pensando en cómo lo dejé. Desnudo. La sonrisa más suave que jamás había visto en el rostro de un doncel. Su piel enrojecida por lo que acabábamos de hacer. Sus ojos brillando como las más bellas esmeraldas. Y su cabello. Jesús, sus rizos dorados se esparcían por mis sábanas de satén negro. Era como un ángel capturado en la cama del diablo. Un ángel dispuesto en la cama del diablo.
Mío.
Nunca lo abandonaría. Me importaba una mierda a quién tuviera que arruinar o matar. Él era mi perfección. La mejor parte era que él se quedaba porque quería ser mío.
Mis enemigos me llamaban el Villainous Kingpin. Un diablo con traje de tres piezas. Él me llamaba suyo. Él me amaba, tal y como era. Y Dios sabía que yo lo amaba tal como era. Mi más bella perfección.
Doblé la esquina de mi calle y una alerta instantánea me atravesó. El auto de mi padre estaba aquí.
¿Qué mierda estaba haciendo aquí?
El temor subió por mi columna y mi sexto sentido activó las alarmas. Nunca venía de visita. Nunca, maldición. Cada célula de mi ser se puso en alerta, me desabroché la chaqueta para asegurarme de tener fácil acceso a mi arma.
Luego abrí la puerta principal de un empujón. Sangre.
Huellas de manos ensangrentadas manchaban las paredes del vestíbulo. Manos pequeñas. El sabor del miedo era nuevo. Algo que no había sentido en tanto tiempo, olvidé su sabor amargo en el fondo de mi garganta. Como el metal y la pólvora que seguramente te arrebataría algo que amabas, más que nada en este mundo.
Se apoderó de mi garganta y me ahogó. Mi visión se nubló y una neblina roja descendió, sobre todo.
Como una maldita y sangrienta película.
Saqué mi arma y, a cada paso que daba, mi pie crujía sobre cristales rotos, rompiendo el ominoso silencio. De esos que traen noticias que te cambian para siempre.
No él, recé por primera vez en mi vida. Tómalo todo, pero déjame a Tae.
Escuché las voces silenciosas de hombres, los gruñidos, y enrosqué el silenciador en la boca del cañón sin detener mis pasos. Cada segundo contaba ahora. Doblé la esquina de mi sala de estar.
Entonces lo vi.
Mi padre, sangrando como un cerdo en medio de mi salón. Dos balas en su pierna derecha. Un trozo de vidrio clavado en su cuello, y el lado derecho de su cara rebanado. Angelo, su hacker y mano derecha, lo atendía, vendando sus heridas.
Los ojos de ambos se alzaron hacia mí. Uno receloso y el otro furioso.
Este último era mi padre.
—¿Dónde está él? —pregunté, mi voz vibrando de rabia mientras miraba a mi alrededor. El miedo era como una cadena alrededor de mi corazón, apretando cada vez más fuerte—. ¿Dónde diablos está él? — ladré, con mi voz rebotando en las paredes y devolviendo mi propio eco como respuesta.
Tenía que mantener la calma; de lo contrario, la rabia me cegaría y dejaría de pensar racionalmente. Pero la adrenalina que corría por mis venas se negaba a prestar atención a la advertencia. Solo me importaba encontrar a mi doncel.
El salón estaba completamente desordenado. El suelo de madera estaba manchado de sangre, los cristales estaban rotos y los muebles volcados; estaban esparcidos por toda la habitación.
—Rusos —escupió mi padre, con la sangre brotando de la comisura de los labios—. Se lo llevaron.
Tenía un feo tajo en la cara, del que brotaba sangre, y dos agujeros de bala en la pierna. Sin embargo, eso no lo mataría.
—Nombres —gruñí, arrodillándome para cruzar miradas con mi padre.
Tuve que tragarme la rabia ardiente hasta tener los hechos para poder recuperar a mi chico. Quería matarlo por permitir que se la llevaran. Por no dar su vida para protegerlo.
La furia se apoderó de mí, la sangre retumbó en mis oídos. Mi control se estaba perdiendo.
—No los reconocí. —Algo en el tono de su voz me advirtió que estaba mintiendo—. Intentó huir —dijo mi padre—. El maldito chico trató de correr y ya sabes cómo les gusta la persecución.
La niebla roja en mi visión se oscureció hasta convertirse en carmesí, imaginando lo aterrorizado que debía estar. Las imágenes de cómo el miedo habría inundado sus grandes ojos seguían jugando en mi mente. Lo juro por Dios que, si esos bastardos le ponen un solo dedo encima, quemaría sus casas, sus ciudades y mataría a sus familias.
—¿Dónde estaban ustedes dos? —gruñí—. ¿Los trajiste hasta aquí?¿Cómo es que no los mataron?
La Bratva no dejaba supervivientes. Al igual que ninguno de nosotros, los Kingpins, dejaba testigos. Por una razón.
—Los atrapamos cuando salían —replicó mi padre, escupiendo sangre en el suelo. Un diente rebotó en la madera—. Bastardos —maldijo.
Cerré los ojos, respiré hondo y me puse de pie.
Más valía que no hubiesen tocado a mi chico. Ni una maldita hebra de su cabello dorado. Y si alguien le había hecho algún daño, haría llover el infierno sobre ellos y su maldito mundo.
Salí furioso del salón, con mi arma aún en la mano, mientras subía a toda prisa las escaleras hacia mi dormitorio. Mientras subía las escaleras de tres en tres, mis dedos se clavaron en la barandilla de caoba, los escalones de mármol resonaron bajo mis pies, y no pude evitar recordar que él se burlaba de mí. Él lo llamó una elegante casa de mafioso.
Se suponía que era la maldita casa más segura de este país. Le prometí que estaría a salvo aquí.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta, la empujé, pero era como si nada hubiera pasado aquí. Todavía podía oler su débil aroma a flores. Las sábanas estaban desordenadas, igual que cuando la dejé. Excepto que él no estaba entre ellas.
Su bolsa de viaje estaba en el alféizar de la ventana, donde le gustaba sentarse.
Se lo habían llevado.
Mi estrella. Mi luz. Mi vida.
Cualquiera menos a él, recé. Tráelo de vuelta. Y por primera vez en mi vida, caí de rodillas.
A menos que lo recuperara, sería el villano más despiadado del mundo.
No había vida sin Tae.









será q el papá de el tiene q ver!! estoy de vueltaaaaaa 🫡🙈🤭
bienvenida!!