La belleza de lo terrible
En el mundo multicultural e internacional que me ha tocado vivir, existen entre los miembros de nuestra extensa familia diferentes idiomas, que nos conectan por tramos, pero que a la vez crean un laberinto lingüístico donde no todos pueden hablar con todos. Pero hemos sabido lidiar con ello toda la vida, sin que haya sido razón para tratarnos menos, interesarnos los unos por los otros o querernos menos. Solo que, por supuesto, hay un muro de distancia entre aquellos que no hablan una lengua en común.
Es por eso por lo que, para mí siempre ha sido especialmente importante establecer lazos entre una rama familiar lingüística y la otra. Es una deformación profesional supongo. Y eso se traduce, nunca mejor utilizada esa palabra, en mi costumbre de traducir las cosas que uno u otro dice, las bromas, los cuentos y, sin lugar a duda, las canciones, que son un tema de enorme calado para mí.
No pensaba en ello el día en que hacía un largo viaje con una de mis sobrinas. Mi playlist tocaba una de mis canciones favoritas -Bailando con tu sombra-, y empecé automáticamente a traducir la letra para ella, porque quería hacerle experimentar no solo la melodía maravillosa, esos instrumentos que acompañan la letra de forma magistral, sino hacerle sentir lo desgarrador de la letra y del sentimiento. Me sorprendí a mí misma al sentir al final casi vergüenza por el desenlace de la canción. Se trata claramente de un feminicidio, por muy arrepentido que el preso esté en su celda, mientras baila con la sombra de la mujer amada: “como he podido matar a quien me hacía soñar”.
Mi sobrina también me miró sorprendida. ¿Cómo podía gustarme tanto una canción que hablaba sobre algo tan trágico y deleznable como el feminicidio?
Y sin duda tenía razón. Uno debería aborrecer cualquiera manifestación de simpatía por un criminal. Pero me dio mucho terreno para pensar que muchas veces amamos canciones o literatura que habla de cosas terribles, no porque estemos de acuerdo con la transgresión, el delito o la traición, sino porque el arte tiene el poder de embellecer incluso la tragedia. Nos gusta la música desgarradora, la ópera trágica, la literatura -Shakespeare, Victor Hugo, Tólstoi y tantos otros- porque capturan una emoción humana real (el desgarro, el arrepentimiento, el drama), no porque pretendamos ni de lejos comprender, eximir o tolerar el delito o los actos ni hacernos cómplices de ellos.
Siento que no podemos permitirnos ser tan cortos de mira como para analizar los hechos pasados, ya sean la historia o los sucesos menos llamativos públicamente, como la vida de personas de una determinada región o de la propia familia, con los criterios que manejamos hoy en día. ¿Cómo podría yo reprocharle a mi madre haberse acoplado a los deseos o exigencias de mi padre, cuando su educación y la época así lo prescribían? Vaya aquí, por supuesto, mi homenaje a todas aquellas que sí se resistieron, que lucharon por ser reconocidas como seres valiosos y con voz. Pero, cada uno en su trinchera, no todos pueden ser héroes. La forma de rebelión de mujeres como mi madre fue dar a sus hijas la fortaleza para que ellas supieran seguir adelante.
Me encantan los tangos, pero también podríamos descartarlos porque lo que transmiten es simplemente terrible. No hay mujer buena ni fiel, los hombres se pierden, matan y ahogan sus penas inevitablemente en el alcohol. Los tangos nos hablan de un tiempo de miseria, abandono y desarraigo. Pero nos hacen vibrar, nos ponen la carne de gallina y nos abren el pecho sintiendo en nuestra propia carne toda esa inmensa desesperanza. Esa maravilla que es la primera frase de “Cuesta abajo” “Si arrastré por este mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser...“. Pocas frases en la literatura mundial resumen de forma tan brutal la pérdida de la dignidad. ¿Quién podría no disfrutar con los ojos cerrados y a todo volumen esa obra monumental que es “Cambalache”, cuya letra, escrita hace casi un siglo, sigue siendo fascinante y trágicamente vigente. No caduca.
NI hablar de óperas, con Rigoletto como una de mis absolutas favoritas. El hombre que se burla de un padre, que le maldice y, al final, cuando se da cuenta de que el destino le ha golpeado a él, grita desesperado “La maledizione” mientras en el fondo escuchamos la ligereza cínica del Duque cantando “La donna è mobile”.
La tragedia está presente a lo largo y ancho de la literatura. Las obras más maravillosas de la literatura mundial nos hablan de traiciones, asesinatos, celos y bajas pasiones.
Pero eso es música, es literatura, me dirán. ¡No es la vida real, no podemos ensalzar ese tipo de moral! Si, eso es arte. Y no lo ensalzamos, sino que nos permite hundirnos en la humanidad más humana que existe: la profundidad de los sentimientos.