Capítulo 1
Para todos los que alguna vez se sintieron fuera de lugar en el mundo que les tocó habitar.
Porque incluso cuando todo parece estar escrito...
Siempre existe alguien dispuesto a romper el patrón.
Dicen que el miedo tiene sonido. Pero yo jamás les creí.
Hasta hoy día.
Porque ahora puedo escucharlo.
No viene de los pasillos. No viene de los departamentos vecinos. Tampoco de del exterior.
Viene exactamente de mí.
Tac.
Tac.
Tac.
Cada segundo que golpea ese reloj digital sobre la pared golpea mis costillas como si quisiera empujar mi corazón hasta el cuello. Tengo media hora para descubrir si pertenezco aquí. O si el centro finalmente dicta que soy prescindible. Años sacrificando partes de mí para convertirme en alguien, en alguien útil dentro de este lugar.
Y hoy, ni siquiera mi apellido me podría salvar.
Levanto la mirada hacia al vacío.
Con la Ley del sistema cognitivo que se implantó, esto se siente más ilegal de lo que realmente es.
Me sudan las manos carajo.
Borrar.
Borrar.
Borrar.
—Son solo fotografías digitales...—pienso en voz alta.
Están prohibidas...
Mi mente me traiciona y me recuerda mi lugar. Había nacido por derecho en el Centro. Debería comportarme como alguien que respeta todas las normas. Pero existe una parte de mí, aunque muy pequeña, que no puedo controlar con respecto a objetos que se prohibieron para mejorar el bien de la sociedad.
Este teléfono había tenido un dueño alguna vez. Y ahora estaba conmigo, una completa desconocida. Porque de alguna manera, mi familia lograba pasar por alto algunas normas. Y además, aún exitía la forma de mantenerlos encendidos. Eso no era mi culpa.
¿Para qué mantener las bases de carga si no querían que funcionaran? Eso evitaría a más personas como yo, que mantienen estos aparatos a escondidas.
Respiro profundo y dejo el telefono entre mis piernas.
Hoy no es factible cometer ningún error. Esta cosa posiblemente solo me estaba desconcentrando de lo que realmente importaba el día de hoy.
Las simulaciones finales.
—Lara, voy a pasar.—la voz de mi madre suena detrás de la puerta.
*Abriendo puerta de acceso*
Esa voz robótica me pone de los nervios.
—Madre, ¿Dónde...? — pregunto con un ápice de esperanza, aunque no importaba, ya sabía la respuesta.
Entra en la habitación con su uniforme blanco impecable como siempre. Ni un solo pliegue ni mancha a la vista, su melena rubia bien acomodada, sin ningún cabello fuera de lugar.
Me pregunto si algun día le vería luciendo algún desperfecto.
Ella me estudia con su mirada desde el marco de la la puerta esperando ver algo que pueda corregir, luego sus ojos van automáticamente hacia el teléfono que mantengo en las piernas. Una pequeña tensión en el ambiente cruza entre nosotras.
Entra en la habitación con pasos titubeantes, como si quisiera decirme algo pero solo se contiene, como siempre.
—No, hoy solo logré verlo antes de partir por la madrugada. Ya sabes como funciona esto, Lara. Es el Centro. —hace una pausa incómoda—. Le encantaría estar aquí para acompañarte.
Esto se siente tan incómodo que me gustaría retroceder treinta segundos atrás y no haber preguntado nada.
—Me envió a decirte que está muy orgulloso de ti. Está seguro de que lo lograrás. Yo también lo creo.— Habla de una forma tan poco casual que parece que lo hubiera ensayado varias veces antes de llegar aquí.
Sé que a ella también le hubiera agradado que estuviera presente, pero lo disimulaba bastante bien.
Las simulaciones finales eran el momento que decidía el resto de tu vida. A los veintiún años ya no existían segundas oportunidades: aprobabas y permanecías en el Centro o fallabas...y la periferia se convertía en tu destino. Nadie hablaba demasiado de lo que había allí. Solo de evitarla a toda costa si no querías formar parte de ellos. El simple nombre bastaba para que el silencio llenara una habitación.
La periferia era el resultado inevitable del caos. Era como un tarro de basura... o de reciclaje. Allí terminaban creciendo todos los criminales, los extremistas y quienes rechazaban el sistema. Al menos, eso es lo que me han repetido desde que tengo uso de razón.
La voz de mi madre interrumpe de golpe mis pensamientos.
—Es normal sentir cierta incertidumbre antes de la simulación, Lara. No permitas que interfiera con tu desempeño. Eres una Noravin. Nuestra familia lleva años sirviendo al Centro y no espero menos de ti. Hoy es tan fácil como demostrar que estás a la altura.
Puedo sentir como su tono se hace cada vez más frío. Un hilo de sudor recorre mi espalda hace unos minutos y me está incomodando.
Se sienta en la esquina de la cama.
—Te traje esto. —hace una pausa robótica.—Es una piocha, la llevamos generación tras generación. Representa lo que somos como linaje y hoy es momento de que la lleves con honor.
Se acerca a mí, y de una caja aterciopelada saca una figura que solo había visto en alrededor del Centro. Es una figura geométrica, circular, los bordes son una aleación plateada, el centro es azulado oscuro, atravesado por una línea precisa que lo divide sin romperlo. Simple, sin relieves, nada ostentoso.
No tenía imperfecciones.
Como los Noravin.
—Ahora representas más que a ti misma.—coloca la piocha en la esquina superior derecha de mi uniforme. —El orden es un acto de responsabilidad, por eso los Noravin—
—Sostenemos el equilibrio.—termino su frase.
Lo sé de memoria.
Los cadetes existen para preservar el orden. Son la barrera entre el Centro y todo aquello que amenaza la estabilidad. Se les entrena para actuar cuando el sistema ya no puede hacerlo por sí solo.
Eso era todo lo que necesitábamos saber.
Los noravin nunca han partenecido al cuerpo de cadetes. Durante décadas, mi familia había servido al Centro desde otro lugar mucho más cercano al corazón del sistema. Mi padre siempre decía que mi deber estaba fuera de aquellas oficinas. Ser la primera Noravin en ingresar a los cadetes iba a ser un honor. Yo sería la primera en tomar un camino distinto. Confiaba en que podía servir al Centro desde el frente. Así que desde que tengo memoria, cada entrenamiento, cada evaluación y cada decisión parecían haberme conducido hasta este momento.
—No decepcionaré al Centro. Ni a nuestra familia—. Me levanto de la cama y me limpio el uniforme de manchas invisibles, trato de alisarlo lo más posible, aunque se que esta perfectamente planchado. Siento el miedo queriendo invadir mi cuerpo. El mismo miedo que me estaba tratando de controlar hace unos minutos atrás. No era miedo a fallar, era miedo a lo desconocido. A que si, por alguna razón no lo lograba, no conocía en absoluto lo que me deparaba allá afuera. No los volvería a ver nunca más en esta vida.
—Esa es mi chica.
Lo dice de manera sencilla y simple mientras sacude los hombros de mi uniforme. Pero algo en mi estómago se revuelve en un cosquilleo. Las demostraciones de afecto no eran precisamente el fuerte en la familia. Esto había sido lo mas cercano a un "Te quiero" que podría escuchar proviniendo de mi madre.
Se aleja unos pasos atrás volviendo nuevamente a su postura derecha e impecable. Me dedica unos segundos más estudiando si hay algo que mejorar. Sus ojos escudriñan mi pelo. Había olvidado por completo recogerlo.
Levanta sus cejas en señal de advertencia para recordarme que no puedo dejar pasarlo antes de salir de esta habitación. Con ese último gesto se retira. Presionando el sensor sin mirar atrás.
Miro el reloj digital que se encuentra en mi velador.
Veinte minutos.
Es todo lo que tenía antes del comienzo de las simulaciones. Me siento al borde de la cama a revisar una última vez él teléfono. No tiene señal pero sé que alguna vez, cuando no eran un peligro para la sociedad, la tuvo. Cierro mis ojos una última vez inhalando una bocanada grande de aire para llenar mis pulmones. Hoy era momento de demostrar que todos estos años bajo el estricto cuidado de mis padres no fueron en vano.
Un sonido seco y corto llama mi atención. Mis ojos bajan rápidamente al teléfono. De pronto la pantalla en colores neón comienza a fallar. Aparecen algunas rasgaduras digitales que se encienden y se apagan de manera intermitente. La pantalla se ilumina con una notificación que parpadea.
Número desconocido.
Durante unos segundos permanezco inmóvil, observando que lo imposible se había vuelto realidad en mis manos. Mis dedos dudan en tocar la burbuja digital. En el Centro nada funcionaba sin estar ligado al sistema. Mucho menos un mensaje enviado desde ninguna parte.
Abro el mensaje.
Desconocido:
No le digas a nadie que te llegó este mensaje. No volverías a ver la luz del día nuevamente.
Mis ojos se abren de golpe.
—¿Qué carajos...?
—Participantes del ciclo actual, por favor, diríjanse a su circuito asignado. La ceremonia de sincronización cognitiva comenzará en breve. Su colaboración garantiza la estabilidad colectiva.
Interrumpe el altavoz en mi habitación.
Las alarmas de la simulación comienzan a resonar en todo el edificio de manera estruendosa, haciendo que de un sobresalto de la impresión.