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Al ritmo del barrio [sope]

Sinopsis

Yoongi era un omega fresa de Las Ánimas que nunca había pisado un baile de barrio. Hoseok era un alfa que olía a esquite, bailaba cumbia como si hubiera nacido debajo de esas luces y sonreía como si la vida no le debiera nada. No tenían nada en común. Excepto el deseo, el orgullo y una noche bajo el puente que ninguno de los dos supo olvidar. Pero Yoongi aprendió demasiado tarde que no se puede amar a alguien mientras sigues despreciando el mundo del que viene. Y cuando Hoseok se canse de esperar, Yoongi tendrá que decidir si vuelve a su burbuja... o si por fin aprende a bailar al ritmo del barrio. Yg bttm, Jh tp Omegaverse Lenguaje mexicano Historia corta

Genero:
Drama
Autor/a:
yoon-gichi
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Oye mujer

Oye, mujer. Tú me has conquistado, y yo. Ni cómo decir lo que lloré por ti. Yo te amo

Oye, mujer. Yo solo quiero darte un beso, nomás. Decirte lo que siento. Cobijarte entre mis brazos y ya. Nomás





Min Yoongi creció en una familia donde un “no” jamás fue respuesta ante sus peticiones o berrinches. Todo lo que deseaba lo obtenía con solo mirar a su padre usando sus ojos de cachorro.

Era el segundo hijo de los Min. Y, aunque se presentó como un omega a la edad de diecisiete años, no fue impedimento para tener control. Claro que no estaría a la altura de su hermano mayor Kihyun —quien se presentó como alfa—, pero tenía lo que quería, y era suficiente para él.

Lo que más maravilló a su familia de su presentación, fue el olor a pastel de tres leches que desprendió su cuerpo. Quienes lo conocían, sin importar su posición en el mundo, quedaban atónitos por lo dulce que olía. Era otra cosa que él amaba de su vida, siempre iba a oler bien y a llamar la atención a donde sea que fuera.

A los veinte años entró a la universidad para estudiar Derecho, junto a su mejor amigo, Kim Namjoon.

Desde que tiene memoria, lo recuerda. Era hijo del chófer de toda la vida de su padre, así que crecieron juntos. Los primeros años jugaban en el gran patio de los Min, hacían tarea o veían caricaturas sentados en el lujoso sofá.

Pero, a medida que Namjoon creció, el señor Min Jaebum notó el gran desempeño académico que tenía ese niño. Según él, sería una pena dejar que una universidad de gobierno hundiera el enorme talento que tenía el muchacho para estudiar, así que lo inscribió a la misma universidad privada de Yoongi con la condición de que, al terminarla, se dedicaría a trabajar en su empresa como mano derecha del presidente.

Los Min tenían pensamientos negativos hacia las personas de escasos recursos, pero con sus sirvientes y empleados todo era diferente. Habían pagado escuelas, tratamientos, juguetes y ropa para darles cada que se lo merecían. Incluso de vez en cuando se los llevaban de viaje con ellos al extranjero.

Kim Namjoon era un Min más desde que su padre falleció cuando el trasplante de corazón, fracasó. Jaebum estuvo dispuesto a acogerlo en su hogar como un hijo más, pero se negó por miedo a dejar sola a su abuela, así que solo aceptó el apoyo económico del hombre. Aunque, de vez en cuando pasa temporadas con ellos.

Así que, actualmente ambos con veintidós años, eran el dúo que siempre estaba en boca de todos por su amistad. Creían que eran pareja y lo mantenían en secreto por miedo al rechazo de estar con un alfa pobre, pero no era así. Simplemente eran mejores amigos.

Bueno... de vez en cuando se ayudaban con el celo o en una noche aburrida. Nada más.

—Controla tu aroma—murmuró Yoongi desde el sofá—. Estás impregnando tu olor a cuernito.

—¿Y cómo chingados voy a dejar de apestar si ese es mi olor? —le aventó un cojín a su amigo en la cara—. Tú hueles un vergo a pastel y nadie te dice nada.

—Porque mi olor es exquisito—sonrió con superioridad—. El tuyo apesta a panadería barata.

—Wow, duraste mucho hoy sin insultar a mi colonia y apenas son las siete de la mañana—respondió al mirar el reloj en su muñeca—. Nuevo récord.

Yoongi rodó los ojos, pero no respondió. Era consciente de que la mayoría de las veces hacía comentarios imprudentes que podían herir los comentarios de su amigo, sin embargo, no era apropósito. Creció en una casa enorme, con paredes altas y ventanales grandes, vajillas exportadas que solo se usaban en momentos importantes, sirvientas personales y clases privadas.

Su mundo consistía en dinero, plazas y tiendas de lujo. Incluso el pan que desayunaba valía el doble de un salario mínimo en México, pero estaba bien para él, porque estaba acostumbrado a eso.

—¿Puedes manejar hoy? —preguntó Yoongi, entrelazando su brazo con el de su amigo para caminar em dirección a la cochera—. No dormí bien y me siento cansado.

—Me agarras de tu esclavo—el tararea del omega lo hizo gruñir—. Pinche vato castroso.

—Si mi papi te escucha hablar así, te mata. Tienes suerte de que no soy un bocón.

—Solo porque el señor Jaebum es amable, si no, te habría matado yo primero.

Yoongi gritó, alegando el maltrato que sufría por parte de él. En su lugar, Namjoon lo dejó a media cochera parado mientras salía manejando el coche, riendo a carcajadas al ver a su amigo correr detrás de él para que no lo dejara atrás.

Horas más tarde, mientras copiaban lo que el profesor escribía en el pizarrón, Yoongi no pudo evitar mirar de reojo lo que su amigo mensajeaba.

El pelonetasHoy sí va a estar bueno.Bajo el puente.Caile, Joon.Va a haber sonido hasta tarde.

—¿Vas a salir esta noche?

Namjoon de inmediato bloqueó su celular y lo puso boca abajo, ignorando el comentario de su amigo y la mirada curiosa que lo aturdía.

—Deja de estar de metiche—susurró por lo bajo—. Ponte a copiar.

Yoongi intentó tomar el celular de su mejor amigo como siempre, para poder desbloquearlo y leer lo que hablaba, pero se indignó al recibir un manotazo.

—Kim Namjoon, tú nunca me golpeas—se acarició la mano—. ¿Con quién estás hablando?

—Si te digo, ¿me dejas de joder? —Yoongi asintió con una sonrisa triunfal—. Un amigo me invitó a un baile esta noche. Cada viernes lo hacen, pero la neta nunca me llamó la atención. Pero...

Yoongi tuvo que morder la punta de su fino lapicero para no chillar de la emoción. Ese rubor en sus mejillas acompañado de las pupilas temblorosas, le terminaron de confirmarlo que sospechaba hace días.

—Por eso dijiste que este era el último celo que pasábamos juntos—alzó las cejas en una mirada traviesa—. Te gusta alguien.

—E-Eso no es lo importante—se rascó la cabeza—. El problema es que, si voy, tu papá me matará. Empiezan los exámenes y tenemos prohibido salir.

—Si me llevas, no te hará nada.

Namjoon soltó una risa que atrajo la atención de todos. Ambos tosieron, se acomodaron mejor en la silla y continuaron copiando, ignorando la mirada molesta de los demás, incluido el profesor.

En el momento que todos regresaron a su actividad, Yoongi bajó el lapicero y se inclinó hacia su amigo.

—No dije ninguna broma momentos antes—murmuró cerca de su oído—. Si me llevas, le diré a mi papá que nos quedaremos en casa de tu abuela.

—También puedo mentir, no seas idiota—lo miró de reojo—. El problema no es ese, wey. El pedo es que mañana temprano tengo clase privada con el maestro Im y tu papá lo citó temprano en tu casa. Hoy no puedo ir con mi abuela.

—Namjoon, olvidas algo—sacó su celular y de inmediato buscó el chat con su papá—. Soy el menor, el omega de la casa y su total adoración. ¿Cuándo me ha negado algo?

Okay, tenía un punto. Y si le podía ayudar a ver a su culito, era mejor.

—Yoon, ¿de verdad quieres ir? —su amigo asintió con un brillo en los ojos y él suspiró, derrotado porque incluso tampoco podía negarle algo—. De acuerdo. Saliendo de clases iremos a comprar ropa porque así no durarás ni cinco minutos.

Cuando, saliendo de la universidad, en lugar de llevarlo a una plaza, Namjoon manejó hacia una zona que Yoongi no conocía y estacionó el coche frente a un local lleno de ropa colgada, letreros escritos a mano y gente revisando prendas en montones, se llevó una mano al pecho con dramatismo.

—Namjoon...—recibió un asentimiento en respuesta—. ¿Qué hacemos aquí?

—Comprándote ropa.

—Eso no es una tienda—Yoongi miró el local—. N-No tiene aparadores ni carteles de Gucci o Dior. ¿A dónde me trajiste?

El alfa bajó con una sonrisa enorme, rodeó el auto para abrirle la puerta y le extendió la mano con una sonrisa burlona.

—Bienvenido a la paca, princesa.





Pedirle permiso también a Min Taeha no fue difícil, en especial cuando Namjoon permitía que la mujer lo llenara de elogios y cariños. Él no creció con su madre porque lo abandonó cuando su padre quedó en cinta, pero creció siendo feliz.

Yoongi miró su reflejo en el lujoso espejo de su habitación completamente atónito. Los jeans oscuros ajustados a sus piernas, una playera negra un poco corta que dejaba ver una línea de piel cada vez que levantaba los brazos, y una chamarra ligera que no tenía marca visible, pero le caía demasiado bien sobre los hombros, fue demasiado para él.

Incluso para Namjoon, quien lo elogió con las palabras arrastrándose. No era el tipo de ropa que acostumbraba a usar, sin embargo, Yoongi sabía lucir cualquier cosa que le pusieran.

La travesía a la colonia fue divertida. Yoongi se vio obligado a aferrarse a los tubos oxidados del camión para no caerse cada que el chofer frenaba de golpe o giraba en alguna avenida. Nunca antes se había subido a esas cosas, y ahora ahí estaba, todo por chismoso.

—Te juro que, si me da tétanos, te voy a demandar —gruñó al bajar, sacudiéndose las manos como si el metal viejo le hubiera dejado algo pegado.

Namjoon soltó una carcajada y lo jaló hacia él, tomándolo de la mano para que los demás notaran su cercanía. No porque quisiera marcar territorio, sino, porque conocía a los chicos de su colonia y sabía que notarían de inmediato a Yoongi.

—Dramático. Ni que hubieras lamido el tubo.

—No me des ideas horribles.

El alfa lo guio por una calle empinada, llena de casas pequeñas, fachadas despintadas, motos estacionadas a media banqueta y perros acostados frente a las puertas como si fueran dueños de la colonia. Yoongi caminó pegado a su amigo, demasiado consciente de las miradas que caían sobre él.

—¿Por qué me ven tanto? —murmuró, incómodo.

—Porque no eres de aquí.

—¿Se nota?

Namjoon lo miró de arriba abajo, mordiéndose los labios para no soltar una risa burlona.

—Un poco...

Yoongi apretó los labios y suspiró, preparándose mentalmente para lo que vendría. De pronto, la ropa que en su habitación le había parecido atractiva, ahí se sentía como una mala decisión.

—Relájate —le pidió Namjoon—. Mientras no abras la boca para decir una pendejada, todo va a estar bien.

—Qué manera tan bonita de tranquilizarme.

—Soy excelente anfitrión.

La música empezó a escucharse antes de que llegaran.

Primero fue el bajo, retumbando a lo lejos como un segundo corazón. Después, las voces del sonidero mezclándose con risas, gritos y anuncios que Yoongi no terminó de entender. Cuando doblaron la esquina, el puente apareció frente a ellos: enorme, oscuro por arriba, vivo por debajo.

Bajo el puente de autos habían convertido la cancha en una fiesta. Había focos colgados de cables largos, bocinas gigantes acomodadas como torres, puestos improvisados de comida, hieleras, sillas de plástico, niños corriendo con vasos de agua fresca y parejas moviéndose al ritmo de una cumbia que hacía vibrar el piso.

—Namjoon... —susurró, sin poder apartar la mirada—. ¿A dónde me trajiste?

—Al baile.

—Esto no es un baile. Esto es... un evento masivo sin control sanitario.

Namjoon se llevó una mano a la cara.

—No digas esas cosas aquí.

—¿Qué? Es verdad. Si miras mejor...—el suspiró frustrado de su amigo lo hizo detenerse—. Está bien, está bien. Me callo.

Namjoon lo tomó de la muñeca y lo arrastró entre la gente. A cada paso alguien saludaba al alfa, le chocaba la mano, le gritaba su nombre o le preguntaba por su abuela. Yoongi lo miró de reojo, sorprendido por la soltura con la que su amigo se movía ahí.

—¡Joon! —gritó un beta desde un puesto de papas—. ¿Ahora sí vienes o nomás andas de mirón?

—Ahorita caigo —respondió Namjoon, sonriendo.

—¿Y ese omega? —preguntó otro alfa, mirando a Yoongi con descaro—. ¿Lo trajiste de adorno o sí baila?

Yoongi abrió los ojos, indignado. Pero Namjoon dio un paso al frente, todavía tranquilo, pero con la voz más firme.

—Con él no te pases—la voz no le tembló—. Viene conmigo.

El alfa levantó las manos, riéndose.

—Ya, ya. Nomás pregunté.

—Pues fíjate como preguntas—chasqueó la lengua—. No quiero que tú o los idiotas de tus amigos se le acerquen.

Yoongi miró a Namjoon, sorprendido. No porque nunca lo hubiera visto defenderlo, sino porque ahí su amigo sonaba distinto. Desde que entraron a su colonia, se transformó en un chico suelto y alegre, una faceta que antes no había visto.

—¿Estás bien? —le preguntó Namjoon en voz baja. Yoongi asintió, aunque todavía tenía las orejas calientes.

La música cambió, y varias personas gritaron emocionadas antes de correr hacia la cancha. Namjoon compró dos aguas de jamaica y le entregó una. Yoongi la sostuvo con desconfianza.

—¿Qué tiene?

—Jamaica.

—¿Está hervida?

Namjoon cerró los ojos.

—Por favor, no me hagas arrepentirme tan pronto.

Yoongi bebió un sorbo pequeño. Aunque le costó aceptarlo, dijo en voz baja que era la mejor agua de Jamaica que había probado en su vida, ganándose comentarios molestos por parte de Namjoon.

Siguieron caminando hasta una orilla donde podían ver la cancha sin estar completamente en medio de la gente. Yoongi intentó no verse impresionado, pero le costaba trabajo. Había alfas bailando con omegas, omegas bailando entre ellos, betas moviéndose con vasos en la mano sin tirar una gota. Una señora de vestido rojo giraba con más gracia que cualquiera en las fiestas elegantes de sus padres. Un niño imitaba pasos junto a una bocina mientras su familia le aplaudía.

—No mires como si estuvieras estudiando una especie nueva —murmuró Namjoon.

—¿Te he dicho lo mucho que fastidias? —gruñó—. Nunca he estado en un lugar como este. Es obvio que miraré porque me da curiosidad, ¿es un delito?

—Si tienes cara de culo, lo es.

Yoongi iba a responder cuando Namjoon se quedó quieto. Su amigo miraba hacia un lado de la cancha, donde un omega de cabello oscuro hablaba con dos chicos cerca de un puesto. El omega levantó la vista, vio a Namjoon y sonrió.

—Ah... ¿es él? —preguntó con una sonrisa burlona—. Así que ese es el chico que te robó el corazón.

—Cállate o te dejo aquí.

—No te atreverías.

Namjoon miró hacia el omega otra vez. La expresión se le suavizó tanto que Yoongi sintió algo raro en el estómago, una mezcla de burla, dolor y ternura que no quiso nombrar.

—Voy a saludarlo —dijo Namjoon.

—¿Me vas a dejar solo? —su asintió—. ¡Me van a hacer algo!

—No te harán nada si te quedas aquí—le mostró los hoyuelos—. No te muevas, no aceptes bebidas de nadie, no digas cosas raras y no hagas esa cara.

Namjoon le dio un apretón rápido en el hombro antes de irse. Yoongi lo vio caminar hacia el omega con una sonrisa que nunca usaba en la universidad, y por primera vez en mucho tiempo sintió que Namjoon tenía una vida que no necesitaba explicarle.

Una vida donde Yoongi no era el centro. Eso le incomodó más de lo que quiso admitir, porque, aunque sabía que era imposible, esperó alguna vez ser visto diferente.

La música subió y el sonidero gritó algo por el micrófono. La gente respondió con aplausos y chiflidos. Las luces bajo el puente parpadearon un segundo, bañando la cancha en tonos amarillos, azules y rojos.

Entonces el círculo de personas frente a él se abrió, y lo vio.

Un alfa bailaba en medio de la cancha con una chica que reía a carcajadas mientras él la guiaba con una facilidad insultante. Llevaba la ropa ancha, los pantalones bajos, cadenas brillando contra el pecho y una bandana amarrada en el cabello. Se movía como si la música le perteneciera, como si cada golpe de la cumbia hubiera nacido primero en su cuerpo y luego en las bocinas.

El alfa giró, sonrió, levantó una mano para marcar el ritmo y volvió a tomar a su pareja con una confianza que no parecía aprendida. El olor a maíz, limón y chile llegó mezclado con el aire de la noche, y Yoongi no supo si venía de los puestos o de él.

El alfa giró una vez más y, como si hubiera sentido la mirada encima, levantó los ojos hacia su dirección, dedicándole una gran sonrisa junto a un guiño.

Yoongi dejó de respirar por un segundo, entrando en pánico cuando el hombre se despidió de la chica con la que bailaba y caminó hacia él.

La noche, que hasta entonces le había parecido un error, acababa de volverse peligrosa.

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