El Diario Universal De Jorge Ben por Benjamín Rodríguez Vázquez en Inkitt
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EL DIARIO UNIVERSAL - DE JORGE BEN

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Sinopsis

Un joven llamado Jorge Ben descubre que su realidad es parte de una historia mucho más grande... una que podría estar escribiéndose sola. Entre dimensiones, secretos y batallas imposibles, deberá enfrentar el misterio de su propia existencia antes de que el final lo alcance.

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EL COMIENZO

Este será mi diario. Aquí contaré todo lo que me ha pasado desde que creé este objeto universal. Quien lea estas páginas se preguntará, sin duda: ¿Qué es un diario universal? Déjame decirte que es algo que yo mismo concebí en un momento en el que experimenté un dolor indescriptible, acompañado de sucesos que desafían la lógica.

Estaré escribiendo toda mi vida aquí. Y si también te preguntas cuál es la diferencia entre este diario y cualquier otro, la respuesta es simple: este es uno de los objetos más poderosos de los omniversos. Permanecerá para siempre. No importa lo que suceda, ya sea un acontecimiento apocalíptico, un cambio en las líneas temporales o incluso la destrucción absoluta de cualquier universo. El diario universal siempre existirá, especialmente para aquellos que sean dignos de leerlo.

Todas las personas recuerdan el momento en que nacieron, tal vez la hora, el año o incluso cómo eran físicamente cuando eran bebés. Yo, en cambio, no. No recuerdo haber tenido un nacimiento común y corriente. Tampoco tengo un nombre normal, como Francisco Méndez Ramírez o Brandon Cuevas; lo extraño es que yo solo me llamo Jorge Ben. Sí, así, a secas.

Y si crees que eso es raro, aún no has visto nada. Mientras yo daba un paso por segundo, la vida entera parecía girar a mi favor. Caminaba y la gente a mi alrededor me sonreía; todos sabían quién era yo, me saludaban y repetían lo mismo: «Hola, Jorge Ben». Así fue la primera semana. Después, empezaron a regalarme cosas de la nada o a ayudarme en cualquier asunto, incluso antes de que yo lo pidiera. Nunca sufrí por pagar renta o comprar comida. Simplemente, el mundo estaba de mi lado. Se me hizo muy extraño después de cuatro semanas, pero podía vivir con ello. Al fin y al menos, ¿a quién no le gustaría ser el centro de atención y que todos le sirvan?

El día de mi nacimiento quedó registrado como el 29 de julio del año 2001. Todo cambió el 5 de septiembre, cuando cumplí los quince años. Ese fue el día en que realmente «reaccioné». Aunque había vivido antes de esa fecha, no recordaba absolutamente nada del pasado. De pronto, escuché la voz de una mujer que me decía: «Jorge Ben, ¿ya estás listo para la escuela? Ya te tienes que ir».

Pensé que se trataba de mi madre. Sin embargo, al salir de mi habitación, no encontré a nadie. Me sentí extraño, invadido por una pizca de miedo. Revisé toda la casa: no había rastros de una madre, ni de hermanos, ni de un padre. Ni siquiera había una mascota. Asustado, tomé mis cosas y salí.

Afuera, la realidad seguía siendo la misma de siempre, pero en mi cabeza resonaba un pensamiento constante: esto es falso. Por primera vez en mi vida, supe lo que era real. Caminé por las calles, al principio con lentitud. Pero a medida que las personas me trataban como el protagonista de una historia, la ansiedad comenzó a apoderarse de mí. Pasé de caminar a paso normal a apresurar el ritmo, hasta que terminé corriendo, huyendo de esa falsa realidad.

Cuando llegué a la escuela ya era muy tarde. La primera clase, matemáticas, ya había comenzado. Pensé que no me dejarían entrar, pero en cuanto el maestro me vio, me dedicó una sonrisa.

—Pasa, JB, llegas a buena hora.

Me quedé helado. ¡No! Así no funcionaba el mundo, debían castigarme. Un ataque de ansiedad me golpeó con fuerza; ya no podía más. En ese momento, deseé con el alma conocer a alguien real, a alguien que se sintiera tan atrapado como yo.

Dejando de lado el pánico, caminé hacia el fondo del salón y me senté en la segunda fila. Al sentarme, una sensación extraña me oprimió el pecho y el estómago. De la nada, aparecieron tres chicos: Adrián, Mauricio y Carlos. La sensación se intensificó. Se acercaron, me dijeron sus nombres y soltaron la pregunta.

—¿Quieres juntarte con nosotros?

—Esteee… ¿sí? —respondí, confuso.

Cualquier interacción con los demás se había vuelto sumamente extraña y, a la vez, aburrida. Era como estar atrapado en un videojuego donde yo era el único ser consciente, y todos los demás eran simples personajes no jugables.

Pasaron las horas entre deberes escolares y compañerismo. Al regresar a casa, el vacío me recibió de nuevo. Comí un poco, vi la televisión y dejé que el día se esfumara. La rutina se repitió durante cuatro semanas hasta que, un día, al llegar al salón, noté algo diferente.

Había una chica nueva. Era alta, de aproximadamente 1.60 de estatura, de piel muy blanca y de una belleza innegable. Tenía el cabello largo y castaño, y unos ojos sumamente brillantes. Todos los chicos la miraban embobados. Yo, en cambio, la observé como a una compañera más.

Lo raro ocurrió durante el pase de lista. La maestra nombraba a todos con su respectivo apellido, pero al llegar a ella, solo pronunció un nombre: Rebecca.

Me sorprendí por completo. ¿Acaso no tenía apellido, igual que yo? ¿Significaba que éramos iguales? ¿O éramos una especie de extraterrestres? Quería respuestas, pero no había nadie en ese pueblo feliz que pudiera dármelas.

Al terminar las clases, emprendí el camino a casa. A unos metros delante de mí caminaba Rebecca. Decidí apresurar el paso para hablarle y sugerirle que no se fuera sola, pero antes de que pudiera alcanzarla, cuatro tipos la rodearon. Las intenciones de acoso eran evidentes.

—¡Eh! ¡Déjenla en paz! —grité sin pensar.

Fue una tontería. Los cuatro sujetos se giraron hacia mí con fastidio.

—¿Qué pasa, tontito? —dijo el primer tipejo—. Será mejor que te vayas de aquí si no quieres salir lastimado.

—No me conocen —respondí, lamentando internamente haber abierto la boca—. Será mejor que se alejen de mí y de la chica.

—Niño, ¡lárgate! —ordenó el segundo.

—Mejor hay que enseñarle modales —sentenció el primero.

En cuestión de segundos me rodearon y comenzaron a golpearme brutalmente. Los impactos llovían en mi cara, nuca, costillas, brazos, piernas y pecho. No conformes con eso, cada uno sacó una navaja y comenzaron a apuñalarme. Para mí, todo pareció perdido. No existen palabras para describir el dolor y la impotencia de ese momento. La vista comenzó a desvanecerse y di mi vida por terminada mientras escuchaba los gritos de terror de Rebecca mezclados con las risas de los agresores. En medio de mi agonía, distinguí cómo la jaloneaban. Entonces, miré el suelo y vi mi propia sangre.

Fue en ese instante cuando ocurrió lo imposible.

Mi sangre comenzó a regresar a mi cuerpo. No entendía la razón, pero el alivio me invadió al ver cómo las heridas de las puñaladas se cerraban y los moretones desaparecían. Me puse de pie. Al mirar mi reflejo en el cristal de una ventana cercana, noté que mis pupilas se habían tornado de un color verde brillante. Estaba furioso, pero una parte de mí disfrutaba de esa oleada de poder.

Me quité la mochila y el suéter escolar, y encaré a los sujetos. Los golpeé con una fuerza descomunal que ni yo mismo sabía que poseía, dejándolos inconscientes en el suelo. Había salvado a Rebecca, pero el miedo nos dominó a ambos. Nos miramos fijamente por un segundo, apartamos la vista con espanto y corrimos en direcciones opuestas sin decir una sola palabra.

Llegué a casa alterado, intentando asimilar la situación. Había descubierto dos cosas: sabía pelear y sanaba a una velocidad sobrehumana. Tal vez era inmortal.

Después de ese altercado, no volvimos a hablarnos. En el salón, ella se sentaba al frente, a la izquierda, cerca de la ventana de la puerta. A veces nuestras miradas se cruzaban por accidente, provocando una reacción de espanto en ambos. Apartábamos la vista de inmediato, completamente rojos. En una ocasión, al notar que la miraba, se puso tan nerviosa que se levantó de la silla tirando sus cosas al suelo y salió corriendo del salón.

Con el tiempo, ella se hizo mejor amiga de dos chicas llamadas Cecilia y Melissa, mientras que yo permanecí con el grupo de Adrián. Me volví una especie de figura popular y el centro de atención del salón; después de todo, en este «pueblo feliz» el entorno seguía moviéndose a mi favor. Así transcurrieron los días. No sabía qué rarezas me esperaban en el futuro, pero justo en ese momento, mi mente no podía apartarse de esa chica.

Han pasado tres meses y medio. Supongo que recuerdan a Rebecca, ¿verdad? Bueno, déjenme contarles que finalmente nos hablamos. ¿Cómo sucedió? Fue un accidente total. Yo iba corriendo a toda velocidad detrás de la pelota de frontón de un amigo. Al mismo tiempo, Rebecca salió corriendo a la vuelta de la esquina en la misma dirección. El choque fue inevitable. Ella cayó directamente encima de mí. Al notar quién era, se quitó de inmediato, visiblemente alterada.

—E-E-Es…

—No pasa nada, está bien —la interrumpí para calmarla.

—¡No! ¡Eres un estúpido!

—Ah… perdón entonces, es que no te vi.

No esperaba que reaccionara con tanta agresividad, pero después se disculpó. Confesó que estaba muy nerviosa y que me tenía miedo por lo que había presenciado el día de los pandilleros. Le aseguré que no tenía nada que temer y que jamás le haría daño. Ella me sonrió y, en un impulso, me atreví a acomodarle el fleco del cabello.

A partir de ese día empezamos a hablar más. Una tarde, en la cafetería de la escuela, me decidí a hacer la pregunta que me carcomía.

—¿Por qué no tienes apellido?

Rebecca se giró bruscamente y me miró a los ojos, completamente anonadada.

—Espera… ¿tú no eres como ellos?

—Claramente no. Yo soy muy distinto y solo tengo un nombre, igual que tú. ¿Sabes a qué se debe?

—Amm… sinceramente no. Desperté hace unos días en este lugar y no tenía idea de nada, hasta que te vi con tus… ojos verdes. Por cierto, ¿por qué ya no son verdes?

Me sorprendió su revelación. Ella estaba pasando exactamente por lo mismo que yo. Sin embargo, su pregunta sobre mis ojos también me dejó confundido; solo en aquella pelea se habían transformado, y ahora volvían a ser de su color café oscuro habitual.

El tiempo siguió su curso y nos convertimos en mejores amigos. Volví a sentir esa extraña opresión en el pecho, pero decidí ignorarla. Hacíamos todo juntos: los trabajos en equipo, las actividades, los juegos y los recesos. Muchos en la escuela aseguraban que éramos novios, pero no era así. Su compañía me hacía feliz y comenzó a gustarme; creía que el sentimiento era mutuo, hasta que el destino decidió jugar otra de sus cartas.

La maestra anunció que el director había organizado un torneo de mujeres contra hombres. Sonaba a broma, pero era real. Para el equipo masculino escogieron a mis amigos Adrián y Carlos, a otros dos chicos llamados David y Diego, y, por supuesto, a mí. Habiendo tantos alumnos, el sistema me eligió a mí. Por el lado de las mujeres, seleccionaron a tres chicas, entre ellas Cecilia y Rebecca.

El torneo terminó con la victoria de los hombres. A partir de ahí, las cosas se arruinaron. Rebecca se enojó conmigo y yo con ella; el compañerismo se transformó en un odio mutuo repleto de insultos y ataques verbales. Diego me comentó que ella había llorado por nuestra enemistad, pero decidí no creerle, ya que ella no dejaba de atacarme cada vez que podía. No me importó. Poco después, Rebecca dejó de asistir a la escuela durante una semana, usando el pretexto de que Melissa había sido secuestrada. Una excusa que me pareció absurda.

Semanas más tarde, Cecilia se me acercó para pedirme que me reconciliara con ella. Me negué rotundamente. Mientras Cecilia intentaba convencerme, noté a lo lejos que Rebecca nos observaba. Un sentimiento amargo me recorrió el cuerpo y, con un tic nervioso en el ojo, caminé directo hacia ella.

Al verme llegar a su asiento, cruzó las piernas, se puso completamente roja, apretó los lips y comenzó a mover el pie derecho con ansiedad mientras se secaba el sudor de las manos en la falda.

—Cuando quieras decirme algo, dímelo en la cara, cobarde —le solté con frialdad antes de dar la media vuelta e irme.

Dos semanas después, las autoridades escolares anunciaron el baile especial de fin de curso. Para mi desgracia, me asignaron a Rebecca como pareja de baile. El enfado me provocó una hiperventilación; fui directo con los maestros organizadores a reclamar y a exigir un cambio de pareja.

—Lo siento mucho, Jorge Ben, ya no podemos hacer modificaciones —respondió la encargada.

—¿Qué? ¡No! Yo no quiero estar con ella, es una hija de la ch…

—Señor Jorge Ben, le voy a pedir que se controle y respete a su compañera —me alzó la voz la maestra—. Va a tener que bailar con ella o, de lo contrario, reprobará la materia.

—Haberlo dicho antes. Reprúebeme.

A mí no me importaba reprobar. De hecho, ni siquiera recordaba haber cursado la primaria o la secundaria. Al ver mi obstinación, otro profesor intervino y me explicó que este ya era el baile final del curso; me pidió que hiciera el esfuerzo para terminar el año y no tener que volver a ver a nadie más. Accedí a regañadientes.

Durante la primera práctica me dediqué a hacerla enojar, pisándola intencionalmente en cada paso. Aunque ella se quejó con los profesores, continué con mi sabotaje. Finalmente, exhausta, me preguntó por qué insistía en hacerle la vida imposible. Le respondí con palabras sumamente hirientes, utilizando secretos personales que ella me había confiado en el pasado.

Rebecca me cruzó la cara con una cachetada y salió del salón llorando.

De inmediato, la culpa me golpeó. Fui tras ella para disculparme, consciente de que había cruzado la línea. Al encontrarla, noté que hablaba con alguien; podía escuchar sus respuestas, pero me resultaba imposible oír a la otra persona. Esperé a que terminara y me acerqué para pedirle perdón, prometiendo tratarla mejor. Tratando de aliviar la tensión, le dije que se veía linda cuando lloraba, pero el cumplido tuvo el efecto contrario y rompió a llorar con más fuerza. Me sentí sumamente incómodo. Le di unas palmaditas torpes en el hombro.

—¿Qué? ¿Ahora me acaricias como si fuera un perro? —reprochó entre lágrimas.

El llanto se intensificó. Nunca me había sentido tan mal. Pensé en darme la vuelta y huir, pero me quedé.

—Tienes un cabello muy hermoso —le dije, buscando desviar el tema—. Me gusta cómo cambian los tonos entre el castaño oscuro y las partes más claras.

El cumplido pareció calmarla. Le pregunté si podía tocarlo y ella asintió. Era perfecto. El aroma de su cabello me llegó de improviso, así que lo acerqué a mi rostro para olerlo mejor. Rebecca me miró con una expresión de desconcierto. Avergonzado, cubrí mi cara con sus mismos mechones.

—Me gusta mucho cómo huele tu cabello —confesé desde mi escondite.

Ella sonrió levemente y me dijo que estaba bien. Comencé a peinarla con cuidado, dejando el fleco al frente y sujetando el resto en una coleta larga. El ambiente se volvió extrañamente lindo.

—Oye, te ves bastante bien así.

—¿En serio? ¿Te gusta?

—Obvio… me encanta.

Rebecca se sonrojó por completo, me plantó un beso en la mejilla y salió corriendo. Me quedé solo, dándome unos leves golpes con el puño en la barbilla mientras hablaba conmigo mismo.

—Soy un galán.

Finalmente, llegó el día del baile. Me presenté con un traje negro y una corbata verde. Ella apareció luciendo un vestido rosa; se veía tan hermosa que parecía un ángel caído del cielo. Bailamos, conversamos y logramos dejar atrás el pasado. En medio de la noche, tomé valor y me le declaré. Ella me respondió con un tierno beso. Sin embargo, justo en el momento en que más disfrutaba de la realidad, todo a mi alrededor comenzó a desvanecerse en la oscuridad, y me desmayé.

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