1. Cuarta Temporada

Londres, Abril de 1818
Sintió cómo el aire salía de sus pulmones y un fuerte dolor le oprimía el pecho. Intentó relajar el cuerpo para que sus órganos se acomodaran y el oxígeno entrara calmadamente de nuevo por su tráquea hasta llegar a sus pulmones.
—Lo siento, señorito —se lamentó su doncella Lucy, mientras volvía a ajustar las tiras de aquel chaleco rígido—. Sé que es molesto, pero es lo que debe usar.
—No te preocupes —respondió Sergio hablando con dificultad—. Madre siempre dice que, mientras más apretado, mejor. Ya quisiera yo poder usar esos trajes holgados que usan los hombres comunes, pero es lo que me tocó.
La muchacha asintió cabizbaja, mientras ajustaba con una fuerza medida la zona en que la prenda rodeaba su cintura.
—Si me permite opinar... yo tampoco comprendo la necesidad. Con el brazalete debería bastar. Llevar este tipo de vestimenta solo lo hace resaltar más.
El joven alzó la vista hacia su reflejo en el espejo. Su piel pálida contrastaba con el negro profundo de sus rizos y con el dorado apenas visible de la cinta que Lucy se esforzaba por ocultar.
—A la sociedad le gusta presumir de nosotros —dijo con una mueca leve—. Pero no me quejo. Sé que mi hermana lo tiene aún peor. Solo procuremos que no quede tan apretado como para que me desmaye en medio del salón… o que uno de los botones frontales salga disparado directo al ojo de algún caballero.
Lucy sonrió, pese a sí misma, y terminó de atar el delicado moño en la parte baja de su espalda. Luego lo condujo hasta el tocador. Peinó y acomodó con paciencia sus rizos, arregló los volados de su camisa y pasó un poco de polvo para disimular las pecas que siempre se empeñaban en florecer sobre su nariz. Un toque de brillo perlado en los párpados, rubor en las mejillas y una gota de tinta roja en los labios completaron la transformación.
Cuando estuvo listo, lo admiró por un momento y luego le dio espacio para que se viera en aquel enorme espejo frente a él. Sergio estiró el cuello y movió la cabeza de un lado hacia el otro, observando meticulosamente cada detalle de su rostro; las delicadas y angelicales facciones que su peculiaridad le proporcionaba, resaltadas aún más con los pequeños destellos que el maquillaje de Lucy le otorgaba.
—¿Hay algo que le gustaría cambiar? —preguntó la joven detrás de él—. Traté de que fuera lo más sutil posible. Como siempre lo hemos hecho.
—Está perfecto, Lucy. Muchas gracias.
—De nada, señorito Sergio —hizo una pequeña reverencia con la cabeza ocultando su sonrisa—. ¿El brazalete...?
—Déjalo allí, yo me lo coloco —sonrió con amabilidad—. Puedes retirarte.
—Espero que tenga una linda noche.
—Yo también lo espero —suspiró, poniéndose de pie mientras la muchacha se retiraba.
Al quedar solo, Sergio se miró fijamente a los ojos en el espejo, buscando en ellos un rastro de valor. Enderezó la espalda, ignorando el pinchazo del chaleco, y bajó lentamente la mirada hacia aquella horquilla dorada que brillaba sobre el tocador. Ese destello metálico, más que un accesorio, era su marca: el estigma de ser un Vafer. Aunque en los tratados médicos los llamaban fríamente VdV —Varones de Vientre—, la sociedad londinense prefería aquel término más profético y misterioso, más fácil de cuchichear entre secretos y prejuicios. Una palabra que recordaba que, bajo su apariencia de caballero, Sergio poseía esa extraña anomalía genética detectada hacía más un siglo; una «bendición» que convertía a varones maduros en portadores de vida.
Ese corsé ajustado, esas facciones delicadas y enaltecidas, esa esclava sobre su mano... lo convertían en el retrato de la fertilidad y la elegancia: el bien más escaso y codiciado del mercado matrimonial. Un hombre joven, sí, pero uno que debía competir codo a codo con las debutantes de la temporada por la atención de aristócratas que solo veían en él una garantía de linaje.
Tomó el brazalete con firmeza y lo colocó en su muñeca, para luego salir del cuarto y caminar lentamente por el pasillo superior de la mansión Edenbridge, pensando seriamente en qué momento algo que disfrutaba se había vuelto una total tortura.
Tal vez ocurrió cuando notó que ninguno de los caballeros que colmaban los salones de té de su casa era realmente de su agrado. O quizás fue cuando las atenciones dejaron de ser halagadoras y comenzaron a volverse molestas; cuando fue evidente que tanto jóvenes como ancianos, madres y herederos solitarios, solo buscaban de él la certeza del prometido heredero que enaltecía su genética.
Pensándolo bien, seguramente fue en el momento en que el salón finalmente se vació; en que los rumores sobre la seriedad con la que se tomaba el asunto matrimonial, avalados por las decenas de propuestas rechazadas, pusieron en tela de juicio la veracidad de su diagnóstico. Aquello lo llevó poco a poco a un silencioso repudio donde todos opinaban en privado, pero absolutamente nadie tenía el valor de pararse frente a él y enfrentarlo.
Y ahora, con veinticuatro años y a punto de enfrentar su cuarta temporada, aquel joven alegre que solo pedía experimentar algo —un mínimo sentimiento por su prometido, una pizca de interés mutuo por su persona y no por su peculiaridad— había olvidado su sonrisa en un cajón. En lugar de ella, cargaba el peso de una gran responsabilidad: acabar aquella temporada casado, cueste lo que cueste.
Esta temporada la presión sobre sus hombros era inmensa. Podía ver la preocupación en el rostro de su madre. Tener esa edad y aún estar en el mercado matrimonial era simplemente humillante. Todo un solterón para las madres casamenteras, toda una decepción ante los ojos de su padre.
La tensión en la mansión Edenbridge se podía cortar con una navaja. Aunque la vizcondesa intentara disimularlo con una sonrisa cálida y palabras de aliento, la forma en que sus labios se tensaban cada vez que se retiraban de un baile sin un nuevo pretendiente, hacía ver a Sergio los intensos nervios que afloraban bajo esa falsa amabilidad. Sobre todo cuando ese año presentaban en sociedad a su resplandeciente hija menor, Aubrey; temiendo que el fracaso rotundo de su primer hijo pusiera una gran sombra sobre su joven hermana, que aún ni siquiera había pisado un salón de baile.
Bajó las escaleras a toda prisa y se encontró en el vestíbulo principal con su madre y su hermano. Michael miraba su reloj de bolsillo desesperado, moviendo el pie de forma nerviosa y provocando ese molesto sonido.
—¿Aubrey todavía no está lista? —preguntó Sergio llegando junto a ellos.
—No, aún no —bufó Michael con exasperación—. Es su primer baile y entiendo que le gusten las entradas dramáticas, pero no podemos llegar tarde.
—Tranquilo, querido, ya bajará. Debes otorgarle su tiempo —apaciguó su madre antes de voltear hacia él—. Estás precioso, Sergio. Lucy ha hecho un excelente trabajo cubriendo tus pecas.
Cubrir sus pecas, resaltar sus pestañas y teñir sus labios. Quitar todo rastro de la poca masculinidad en él. Hacerlo lucir más joven, más sumiso, más vulnerable. Que aquel reflejo en el espejo le recordara su lugar en la sociedad. Que aquellos brillos en la cuenca de su ojo se asemejaran a las lágrimas que aparecieron cuando, a sus doce años, el médico le confirmó su diagnóstico. Que la mirada férrea y despectiva de su padre se mantuviera desde aquel día y por el resto de su vida. Que solo valoraran su vientre y no sus sentimientos. Que solo vieran su propósito y no su deseo.
Esa era la carga que venía con aquella belleza que su madre enaltecía con palabras de aliento que ni ella misma se creía; con ese tono fingido y forzado, con esa calidez gélida e incómoda.
—Estoy segura de que este año será el bueno, ya lo verás —agregó, apretando su brazo con delicadeza.
Solo se limitó a sonreírle a su madre y asentir, como si de verdad tuviera fe en que de esta temporada saldría algo bueno.
A los pocos segundos, Aubrey apareció en la cima de las escaleras. Llevaba un hermoso vestido color menta que le sentaba a la perfección con su cabellera castaña y sus ojos verdes. Su cabello estaba recogido en un hermoso rodete alto, con unos sutiles rizos cayendo despreocupados y enmarcando su precioso y joven rostro. Parecía una princesa; sin duda, lo era.
La esperó en la base de la escalera, sonriéndole todo el tiempo mientras la muchacha bajaba paso a paso, tratando de arrastrar lo menos posible su vestido.
Cuando su pie descendió del último escalón, Sergio tomó la mano de Aubrey y la hizo girar, haciendo que la joven soltara una carcajada alegre con aquel encantador gesto.
—My lady —dijo, haciendo una pequeña reverencia hacia su hermana—. Me encantaría pedirle un baile, pero los rumores dicen que usted tiene dos pies izquierdos.
—Eres un tonto, Sergio —refunfuñó ella entre risas, dándole una palmadita en el brazo.
El pelinegro se sobó el brazo riendo también, observando lo encantadora que lucía aquella mujercita cuando reía de manera natural.
—¿Nos vamos? —preguntó Aubrey ante la atónita y silenciosa mirada de su madre y hermano.
—Sí, ya vámonos —respondió Michael ofreciéndole un brazo a Aubrey y el otro a su madre—. Oh, lo... lo siento, Sergio, no tengo más brazos —dijo avergonzado, notando que su hermano debería caminar solo.
—No te preocupes, voy detrás de ustedes —respondió con una media sonrisa—. ¿Padre no viene?
—Nos verá allá, mi cielo —contestó su madre y Sergio solo asintió.
Los cuatro salieron de la mansión familiar y se dirigieron juntos al carruaje que los esperaba para llevarlos al baile de esa noche. Mientras avanzaban por las empedradas calles de Mayfair, Sergio miraba distraídamente pasar las enormes mansiones por la ventanilla, escuchando a lo lejos a Aubrey, que no paraba de hablar un segundo; dejando en evidencia con su parloteo constante lo nerviosa que se encontraba esa noche.
—... y dicen que es porque era una mujer proveedora —exclamó la jovencita, llamando la atención de Sergio inmediatamente.
—¿Una qué? —preguntó mirando a su hermana desconcertado.
—Una mujer proveedora. Como tú pero... al revés —explicó la joven con un gesto de su mano.
—Esos son puros mitos, Aubrey —la regañó su madre mirándola con desdén—. No andes repitiendo esas tonterías, hazme el favor.
—Pero si existen los Vafers, ¿por qué no pueden existir las mujeres proveedoras? Es una cuestión de lógica, madre —replicó Aubrey mirando a la vizcondesa como si la retara a un debate.
—Son tonterías porque no hay evidencia que ampare su existencia. A tu hermano lo ves, está aquí —dijo poniendo una mano sobre el brazo de Sergio—. Y como él ha habido cientos a lo largo de todos estos años. ¿Pero una mujer proveedora? Eso jamás se ha visto ni se verá.
La joven estaba por replicar, pero su madre levantó el abanico en lo alto, un gesto ya conocido por los hermanos que significaba un claro y contundente «ya cierra la boca». Apretó sus labios y bajó la mirada, quedándose con las palabras atravesadas en la garganta y la ira tiñendo sus mejillas de rojo.
Minutos después llegaron a la mansión Everton, y una hermosa entrada decorada con flores silvestres e iluminada con repetidos candelabros de pie les dio la bienvenida en lo que prometía ser una noche mágica repleta de luces tenues y colores vivos.
La vizcondesa y Aubrey fueron las primeras en descender del carruaje. Sergio debía ser el siguiente, pero cuando estaba por ponerse de pie y seguirlas, Michael lo tomó del brazo y le pidió que se quedara un momento arriba con él.
—Escucha, Sergio, hay algo importante que quiero decirte. —El pelinegro se quedó mirándolo atentamente, sin saber qué tenía tan inquieto a su hermano menor—. Seré breve. Sé lo que padre te dijo de esta temporada, sé las condiciones estúpidas que te impuso. Y entiendo que crees que no tienes escapatoria, pero quiero que sepas que no estás solo. Yo trataré de ayudarte en lo que más pueda, pero necesito que confíes en mí.
Un nudo asfixiante bloqueó la garganta de Sergio, mientras la mirada preocupada de Michael se posaba sobre él.
«Te casarás con el primer hombre que pida tu mano esta temporada».
La voz ronca de su padre rebotaba en cada rincón de su cabeza.
«Basta con esas estupideces de rechazar a todo el mundo porque “no te convence”. Me decepcionaste el día que te diagnosticaron y me decepcionas ahora».
Que el primer hijo del Vizconde Edenbridge fuera un Vafer fue la peor decisión que el destino pudo haber tomado, sobre todo cuando por años se habían jactado de tener solo varones plenos en su linaje.
«¿Piensas que tu hermano te mantendrá toda su vida? Él tiene que formar su propia familia, volverse vizconde y tener muchos niños, y no cuidar de su patético hermano solterón y anómalo».
Gracias a Dios, Michael no era como él. Para Arthur Edenbridge, su familia solo existía como un mero adorno que todo hombre de la alta sociedad debía llevar, perfectamente arreglado y pulido para demostrar su hombría y capacidad. Ellos no eran personas, eran cosas; a tal punto de tener el derecho de amenazarlos con casarlos con el primer hombre que se propusiera o, en caso de que nadie lo hiciera, entregarlos a uno de sus viejos y asquerosos amigos políticos que estarían deseosos de tener tal tesoro en sus inmundos aposentos.
—¿Sabías que aumentó la dote? ¿Y que está noche le dirá a todo el mundo que me casará con quien sea? —Las palabras brotaron de su boca con desesperación.
—Sí —respondió Michael con un hilo de voz—. Y lamentablemente eso no traerá a candidatos muy buenos. Estando en duda tu genética, te buscarán por el dinero, Sergio.
—Lo sé —contestó bajando la cabeza y apoyando la frente en su mano.
—Por eso te pido que confíes en mí —el menor estiró la mano y tomó la de su hermano—. Sabes que padre me tiene como su favorito. Aceptará cualquier cosa que venga de mí.
—¿Y eso cómo nos ayuda, Mike?
—Haremos que las propuestas lleguen a mí y no a nuestro padre. Así podremos filtrar pretendientes sin que él se entere y elegir al indicado. —Apretó el agarre haciendo que el pelinegro levantara la vista—. Te tendrás que casar, pero no será con el primero que se proponga... A no ser que tú quieras, claro.
Miró a su hermano a los ojos, encontrando algo de consuelo en su cálida mirada.
—¿Harías eso por mí? —murmuró.
—Claro que sí. No dejaré que seas infeliz. Tú estuviste siempre para mí y yo lo estaré para ti... lo prometo —respondió Michael, y Sergio se abalanzó sobre él para abrazarlo.
♡
El salón lo recibió con velas centelleantes colgando de amplios y lujosos candelabros, decoraciones florales coloridas y llamativas enalteciendo la vista y perfumando el lugar, sonidos dulces y melodiosos de instrumentos de cuerda dando vida a la noche y, como toque distintivo, una preciosa fuente de agua en el centro de todo el evento, deleitando con su belleza y armonía; simulando un oasis repleto de vida y vegetación en medio de aquel desierto que pretendía ser el salón.
Los tres hermanos caminaron lentamente por el pasillo de ingreso, saludando con cortesía a las personas que se cruzaban en su camino por azar y a aquellas que se acercaban con toda intención, con miradas curiosas tanto por Aubrey como por Sergio, hasta que finalmente llegaron frente a una pequeña mesa repleta de listones morados con diminutas tarjetas y lápices de grafito del tamaño de un dedal.
—¿Qué es esto? —preguntó Aubrey mientras Michael levantaba una y se la cedía.
—¿Madre no te lo explicó? —indagó su hermano tomando otra y pasándosela a Sergio, a la vez que la muchacha negaba con cara de pánico—. Son tarjetas de baile; la debes llevar en tu muñeca.
—¿Y para qué? —volvió a preguntar mirando el objeto en su mano.
—Los hombres que quieran bailar contigo deben anotar qué pieza musical quieren reservar para ellos —explicó el mayor abriendo el papel y enseñándoselo—. Hay un número limitado, así que trata de guardar los mejores lugares para los mejores candidatos. Por ahora rechaza a ancianos y pubertos...
—Sergio... —murmuró Michael al notar que un viejo duque solterón, que estaba cerca, parecía tener todo deteriorado menos su oído, y ahora los miraba con seriedad—. Habla más bajo.
—Lo siento, pero saben que son los menos agraciados y siempre quieren acaparar los primeros bailes de las mejores debutantes —tomó la muñeca de su hermana y colocó el lazo alrededor de esta—. No dejes que se te llene la tarjeta con puro decrépito, reserva lugar para los jóvenes herederos. Primero habla con ellos, conócelos un poco, espera la aprobación de Mike y recién ahí los dejas poner su nombre aquí. ¿Quedó claro?
Aubrey asintió un par de veces, observando atentamente a sus hermanos como si esperara nuevas instrucciones.
—¿Cómo quieres que hagamos? ¿Voy con ella y luego contigo? —preguntó Michael, mirando para todos lados buscando a alguien—. O puedes ir con madre pero... no tengo idea de dónde se metió.
—Preséntala a ella. Padre aún no ha hecho el anuncio de mi dote y ya nadie se fija en mí, así que podré andar tranquilo por el salón sin compañía —intentó sonreír, pero la expresión de sus hermanos se lo impidió—. Disfruta tu noche, princesa —besó la frente de la muchacha y luego asintió intentando darle ánimos.
—Quédate cerca y ten cuidado, Sergio —le advirtió Mike antes de tomar el brazo de Aubrey y dirigirse al salón.
La música y el ambiente eran extremadamente agradables; y aunque los rumores sobre él eran molestos y puras falacias, la libertad que le brindaba aquello, la soltura de poder caminar por el salón sin compañía y sin caballeros abarrotándose a su alrededor, era simplemente un respiro.
Se dirigió tranquilamente a la mesa de limonada para tomar algo refrescante mientras observaba el triunfo de su hermana. Solo bastaron un par de vueltas al salón de la mano de Michael para que la tarjeta de baile de Aubrey estuviera llena. Y ahora se movía alegremente en la pista de baile con un caballero que a Sergio le parecía haber escuchado que era un conde del sur de Inglaterra.
Era realmente tranquilizador saber que su reputación no había afectado en absoluto a su hermana y que Aubrey no caería en la misma desdicha de tener que casarse con el primero que se le proponga.
Dejó la copa vacía sobre la mesa y tomó una pequeña galleta dulce; aquel diminuto aperitivo sería lo único que su ajustado chaleco le permitiría ingresar en su estómago, así que lo disfrutaría al máximo.
—El dorado siempre te sentó bien.
Aquella conocida voz le hizo poner los ojos en blanco por un momento, antes de voltear y observar al hombre con una cálida y fingida sonrisa.
—Simon —saludó con una tenue reverencia—. Qué sorpresa verte por aquí. Pensé que estarías otra temporada recluido en el campo, pero ya veo que mis plegarias no fueron escuchadas.
El hombre rió, bajando levemente la cabeza mientras su morena piel y su cabello castaño brillaban con un tono dorado bajo las luces de las velas.
—Siempre fuiste tan divertido, Sergio. Me alegra que tanto tiempo en el mercado no te haya hecho perder el humor. Tal vez algún caballero valore eso de ti.
—Lo que te hace perder el humor es un matrimonio infeliz —respondió el pelinegro apoyándose levemente en la columna que tenía detrás—. Por cierto... ¿cómo vas con eso?
—Touché —una sonrisa ladina se dibujó en su rostro, mientras sus ojos viajaban por todo el cuerpo de Sergio—. Qué diferentes hubieran sido las cosas para ambos si hubieras aceptado mi propuesta aquel primer año.
—Eso jamás iba a funcionar.
—Tú no lo quisiste intentar. Sabes que yo te amaba con locura.
—Eso no era amor, era pura rebeldía.
—Hubiéramos tenido un mejor futuro.
—¿Dos Vafers juntos? ¿De verdad piensas que huir y vivir escondiéndonos hubiera sido un mejor futuro? —Sergio alzó las cejas, mirando al hombre con incredulidad.
—¿Y crees que lo que vivimos ahora es mejor? Yo casado con ese cretino que lo único que busca de mí son más y más herederos. Y tú aquí, en tu miserable cuarta temporada, esperando un milagro o que tu padre te entregue a un viejo.
—Si el viejo se muere pronto, viviré tranquilo.
—Avísame si necesitas ayuda con eso.
Simon suspiró, colocándose junto a él y observando el salón con los brazos cruzados sobre el pecho y la tristeza arrugando sus delicadas facciones.
—Te envidio, Sergio —dijo finalmente, provocando sorpresa en el rostro del pelinegro.
—¿Qué parte? ¿Ser un Vafer que nadie quiere o estar a punto de casarme con el primer imbécil que se cruce? —Giró su cabeza observando la tenue sonrisa en el hombre junto a él.
—Envidio que hayas tenido el valor de buscar algo mejor, de no conformarte con el primero que tocó tu puerta con un título importante —bajó la mirada ocultando una mueca de dolor—. Yo no supe ver lo que tú veías; me dejé llevar por el brillo del cortejo, por la falsa amabilidad que te endulza y te convence.
—Tú dijiste que no querías pasar más de una temporada aquí. Que aceptarías al primer duque o conde que te tratara medianamente bien. ¿No fue eso lo que te gustó de él? ¿Que te sonreía bonito y te llevaba arreglos florales caros?
Simon soltó una carcajada amarga, llevando sus ojos nuevamente a Sergio.
—Eso creí. Pensé que siempre sería así, pero déjame decirte que las sonrisas no lo son todo, y que las cosas siempre cambian cuando tienes un anillo en el dedo y las puertas del cuarto finalmente se cierran —tomó la manga de su propia camisa y la movió hacia atrás, dejando a la vista unas marcas violetas alrededor de su muñeca—. Debí ser más valiente, pedir más, reclamar algo mejor para mí. Lamentablemente, cuando lo hice, ya era tarde.
—Nunca estuviste a tiempo —respondió volviendo la vista al salón—. Yo jamás hubiera aceptado tu propuesta.
—Y ahora estás aquí...
—Y gran parte es gracias a ti —el otro hombre arrugó el entrecejo como si no comprendiera a qué se refería—. Sé que el rumor sobre la veracidad de mi genética lo comenzaste tú.
Simón bajó la vista asintiendo levemente.
—Tienes que entenderme, estaba despechado.
—Ya había pasado más de un año. Tú ya estabas casado.
—Pero aún te quería para mí.
—¿Y qué ganabas arruinando mi reputación?
—Que aceptaras finalmente huir conmigo —Sergio volteó a mirarlo fijamente—. ¿No crees que ya es un buen momento para hacerlo?
—Tienes hijos, Simon.
—Y los detesto —rodó los ojos con hartazgo—. Solo espero que esos dos mocosos salgan como yo y arruinen completamente los planes de su padre.
—Sabes que es muy poco probable que un Vafer dé a luz a otro Vafer —regresó la vista al frente con molestia—. Por eso nos buscan.
—Yo quisiera no dar a luz nunca más en mi vida... Por eso estar contigo sería perfecto.
Movió la mano entre ellos, tomando delicadamente la de Sergio. Pero antes de que pudiera afianzar el agarre, el pelinegro la quitó de un manotazo y dio un paso al costado.
—Lamento lo que estás pasando, pero yo no fui tu salvación en aquel momento y tampoco lo seré ahora.
Simon exhaló, enderezando su espalda y mirando a Sergio a los ojos con una expresión tan calmada como segura.
—Lo entiendo, aún tienes esperanzas —dijo sin titubear—. Pero cuando esta temporada acabe contigo, cuando estés a punto de caminar hacia el altar y veas cómo tus pesadillas se hacen realidad... recuerda que en mí aún tienes una salida.
Sonrió una última vez antes de dar media vuelta y alejarse por donde había llegado; dejando en Sergio un escalofrío recorriendo su espalda y un sabor tan amargo en la boca que tuvo que comer un par de galletas más para poder aliviarlo.
Estaba por tomar otra copa con limonada cuando alguien tocó su hombro, haciéndolo respingar levemente del susto.
—Sergio, tenemos un problema —lo sorprendió Michael por la espalda.
—¿Qué pasa? ¿Le pasó algo a Aubrey?
—No, ella está bien. Sigue bailando con el Conde de Lockerbie —movió su mano restándole importancia al tema de su hermana—. Es sobre tu asunto.
—¿Qué ocurrió, Michael?
—Lord Fife... vino a pedir tu mano.
Sintió cómo la sangre abandonó su rostro. De pronto, la idea de Simon no parecía tan descabellada. Huiría de Londres, de Inglaterra si era preciso, antes que casarse con Fife.
—No... —murmuró, recordando aquel espantoso verano de 1809—. Él no, Michael, por favor jamás él —dijo mirándolo desesperado.
—Claro que no, Sergio. No permitiría nunca que te casaras con él —tomó suavemente el brazo de su hermano y lo apartó hacia un lateral del salón—. Todo el mundo sabe que está en quiebra, sabe de sus problemas con el juego y de los arrebatos que ha tenido con las doncellas de su hermana. Tendría que estar loco para dejar que alguien de mi sangre se case con un golpeador y abusador como Fife.
—¿Y entonces qué le dijiste?
—Que alguien más ya había pedido tu mano antes, y que estaba en ti decidir.
—¡Pero eso no es cierto, Michael!
—Ya lo sé, pero no sabía qué más hacer. —Michael se apretó el puente de la nariz con dos dedos.
—¿Y ahora qué? ¿Desaparezco hasta encontrar a alguien más que se quiera casar conmigo?
—No, eso podría jugar en nuestra contra —suspiró, apretando sus labios como si buscara una solución—. Escucha, evita a Fife a toda costa; no sé qué puede llegar a hacer si se acerca a ti. Yo intentaré hablar con algunos caballeros, tal vez haya alguien nuevo que nos sorprenda esta temporada.
—Eso lo dudo...
—Ten fe, Sergio. Y confía en mí.
—Lo hago, Mike... pero tengo miedo.
—Lo sé... yo también —exhaló apretando levemente el brazo de Sergio—. Por ahora logré retener a Fife, pero si consigue hablar con padre… estamos perdidos.