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Dita y la joroba mágica (historia isekai de Bolivia)

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Sinopsis

Adaptación isekai del cuento El Jorobadito

Estado:
Completado
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

La cocina de la vieja casona

Esta historia, es una adaptación del viejo cuento infantil: El jorobadito.

Dita y la joroba mágica

Capítulo 1: La cocina de la vieja casona

En el pueblo las mujeres ancianas se dedicaron a sus quehaceres, los perros ladraron a una figura que avanzó lo más rápido que pudo en medio de un grupo de niños que entonaron un par de estrofas.

―Fea, fea eres fea. Tu joroba te afea.

Esa y otras cosas cueles fueron dichas por los niños contra una jorobadita llamada Dita.

―¡Basta, mocosos, vuelvan a sus casas! ―gritó Dita con la esperanza de deshacerse de ese grupo tan incordiante, sin embargo, esto solo hizo que los perros ladraran con más fuerza y los maleducados recogieran piedras del camino y los arrojaran a la pobre.

―¡Ay!, ya basta. ¡Eso duele! ―dijo, pero igual nadie se apiadó de ella.

En eso chocó contra alguien de constitución alta y muscular, cayendo al suelo.

―¡Largo de mi vista! ―gritó Gamuso y le dio una patada a uno de los perros matándolo en el acto.

Los niños huyeron espantados lo mismo que los animales. En cuanto al bruto, no se dignó en ayudar a la jovencita a levantarse.

―¡Jorobada tenías que ser! ¡Solo traes vergüenza a la familia!

―No le digas así, pobrecita. No tiene la culpa de ser jorobada ―intervino Tijun.

―Pues es la verdad, no me contradigas. Ahora vamos, que tenemos que ocuparnos del molino que nos heredó padre.

Finado hace tan solo un mes, el progenitor les dejó la herencia: A Gamuso, el mayor, le heredó el molino; a Tijun, el hermano del medio, el granero adyacente; en cuanto a Dita, le legó un cascabel, una baratija que compró a una gitana una vez.

Gamuso quiso expulsar a Dita del pueblo ya que le daba vergüenza tener a una jorobada por hermana, pero Tijun se apiadó de ella y le permitió dormir en medio de los animales, eso sí, ella tenía que ganarse el sustento diario.

La pobre Dita trabajaba como una esclava para sus dos hermanos y aunque lamentaba su suerte, pronto vendría algo que la haría desear que las cosas siguiesen como hasta ahora.

La peste negra barría los poblados y el apocalipsis pareció haber descendido al fin sobre los hombres.

Las personas, desesperadas, volcaron las esperanzas a su fe, y cuando Dios pareció no escucharles, vino lo que tenía que venir: buscar chivos expiatorios.

Los restos de varias hogueras donde se quemaron a las supuestas brujas emitieron un fuerte hedor, todavía había unas chispas de fuego que salieron de los últimos maderos que tenían brasas y se perdieron a la distancia gracias al viento.

La plaza estuvo concurrida ya que faltó una bruja más por quemar.

Llevaron a la pobre Dita a rastras y la ataron para que no escapara, luego, un cura se acercó y la conminó para que confesara su condición de concubina de Satanás.

―¡No, yo no soy ninguna bruja! ¡No me maten, por favor! ¡Hermanos, ayúdenme! ―rogaba Dita, pero Gamuso solo sonreía de lado, mientras que Tijun, bajó la vista.

―¡Quemen a esta sirviente de Belcebú! ―ordenó el sacerdote y un par de hombres se acercaron con antorchas.

Cuando estaban por prender los maderos, un fuerte resplandor iluminó la plaza.

―¡Fuego! ―gritó alguien y todos huyeron del lugar.

Al parecer las chispas prendieron en llamas al poblado y todos corrieron presas del pánico.

Dita se retorcía, pero no podía liberarse, iba a perecer producto de las llamas que devoraban las casas.

Un remolino de fuego la cubrió, cerró los ojos y lo último que escuchó en este mundo fue el bello timbre de un cascabel.

.

.

Despertó de un sueño del cual no tuvo memoria, al abrir los ojos, vio árboles.

«¿Dónde estoy?».

Viendo que no podía quedarse inmóvil, decidió avanzar, rogó salir de aquel sitio desconocido hacia tierras más despejadas de tanta masa vegetal que tenía un aspecto malsano.

«¡Una especie de sendero! Mejor será si lo sigo, tiene que llevarme a un sitio mejor que este».

Lo que vio al final del sendero no le gustó nada, parecía la típica casona de una bruja, pero no había más remedio, tenía que entrar, no probó bocado alguno en días.

―Hola, ¿hay alguien en casa? Me llamo Dita y busco trabajar. ¿Hola?

Nadie le respondió y guiándose por la nariz, la jorobadita se dirigió a la cocina.

Resulta que se hallaba en una especie de ancho sótano. Bajó las graderías y cuando sus manos se posaron sobre una gran hogaza de pan, la puerta se abrió al fondo, haciendo que Dita se escondiera por instinto.

―Esta vez no te vas a escapar, maldito gato ―le decía una mujer al pequeño felino que estaba encerrado en una especie de jaula―. Ya me has incordiado demasiado, pero despreocúpate que has de saber que usaré tus entrañas para ver el futuro.

Dita se extrañó ante esas palabras, solo una bruja podía proferir tales cosas, pero la mujer de la que se escondía, lucía muy diferente a la imagen que ella y el resto de las personas tenían respecto a tal criatura.

Se veía joven, de tez blanca y cabello rubio, era muy hermosa y sus ojos azules se veían puros sin asomo de maldad en ellos.

La bruja sacó al gato de su jaula y le amarró las patas para que no escapara, luego, sostuvo un gran cuchillo con el fin de sacarle las entrañas.

«¡Tengo que salvarlo!», pensó con desesperación, pero no había nada que pudiese usar para tener ventaja contra la mujer que de seguro tenía poderes demoniacos.

Sus dedos se cerraron sobre el cascabel que le regaló el padre.

―¡¿Quién está allí?! ―gritó la bruja al escuchar el sonido que produjó el cascabel.

La mujer se acercó a la fuente del sonido sosteniendo el cuchillo, pero no pudo hallar nada. Al darse la vuelta, descubrió que el gato desapareció.

Puesto que la cocina era muy amplia, la bruja levantó los brazos y luego de decir unas palabras en un extraño idioma, hizo que varios de los mesones se corriesen, revelando así la posición de Dita y el gato.

La bruja se abalanzó hacia Dita y la jorobadita agarró lo primero que tenía al alcance de su mano para defenderse, por desgracia, lo que sostuvo en sus dedos no era otra cosa sino una triste pata de gallina.

―¡No! ¡Maldita! ¡¿Qué hiciste?! ―gritó la bruja y de repente allí mismo se encogió y secó hasta no ser más que un pellejo vacío.

«Cielos, eso fue horrible».

―Vaya, menos mal que la bruja se murió. Muchas gracias amiga, me has salvado ―dijo no otro sino el gato.

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