Capítulo 1
Nota: ¡Hola a todos! “Fuera del foro” es un relato corto dividido en pocos capítulos que mezcla el suspenso y el thriller paranormal. Es una historia que explora el choque latente entre las conspiraciones que leemos en la red y el horror de encontrarse de frente con lo inexplicable en la vida real. Espero que lo disfruten.
Sinópsis
Para Julián, consumir teorías de conspiración en internet a altas horas de la madrugada es el único escape frente al desgaste de un call center precarizado y ruidoso. Sin embargo, el pasatiempo pasa de la pantalla a la realidad el día en que, durante una falla en el sistema, un compañero le sopla un rumor inquietante: algo extraño y tenebroso está ocurriendo en el piso presidencial pasada la medianoche. En un instante, las historias de la red dejan de ser un entretenimiento digital para convertirse en una conspiración real y asfixiante que opera justo un piso por encima de su propio cubículo.
La luz fluorescente de la oficina parecía disolver la esencia misma de la vida. Era un blanco plano que borraba las distancias, los rostros y la noción del tiempo, haciendo que las diez de la mañana y las ocho de la noche compartieran el aura estéril de una morgue. Julián vivía atrapado en ese espacio demasiado abierto y ventilado, un limbo corporativo que olía a plástico y a café recalentado, donde la existencia humana se justificaba únicamente a través de gráficos de rendimiento y métricas de retención. Como operador de cobranzas, el estrés acumulado debía disimularse con precisión, para evitar la caída de los indicadores de dichas métricas. Para él, los objetivos diarios eran una condena injustificada, y por eso dedicaba sus noches, y a veces parte de la madrugada, a consumir teorías de conspiración en Internet. Le divertía imaginar un mundo regido por logias secretas y rituales ancestrales, donde las personas debían organizarse en la búsqueda de ganar la batalla a las élites perversas. No sabía si creía o no en esas historias; a veces actuaba como si así lo fuera, con la paranoia a flor de piel, pero la mayoría del tiempo su yerta mente andaba en modo automático, pues nada cambiaba el hecho de que debía pagar el alquiler al inicio de cada mes.
Y así estaba, pasando otra mañana monótona, aquel martes, recibiendo constantes insultos de clientes enfurecidos cuyos nombres llegaba a olvidar apenas se colgaba cada llamada. Entonces sobrevino, poco antes del mediodía, una caída del sistema. No es que fuera la gran cosa, para alguien que llevaba cinco años ocupando el mismo cubículo, pero al menos traía una pizca de alivio. Con las pantallas congeladas en un bucle de carga y los auriculares descansando sobre los hombros, el piso de operaciones se llenó de un murmullo que poco a poco empezó a elevarse, hasta que alguien llamó al supervisor. Este les dijo a todos que se mantuvieran en sus sitios mientras el personal técnico intentaba solventar el fallo. Todo parecía normal. No obstante, algo empezaría a torcerse ese día.
«Pss», escuchó que alguien le decía, desde el cubículo a su derecha. Julián volteó y vio la cabeza de Rivas, un tipo gris que medía las jornadas en tazas de café ingeridas, quien le hacía señas con las cejas. «¿Qué?», preguntó él. Rivas se inclinó sobre la división acrílica. «¿Con quién vas a almorzar hoy?». Era extraña esa pregunta, porque todos los días se iba con el mismo grupo de compañeros al restaurante barato del frente del edificio.
—Sabes con quién almuerzo… Deberías saberlo —dijo.
—Sí, ya sé… No era lo que quería preguntar. ¿Puedes almorzar conmigo hoy?
—¿Por qué, tienes algún chisme? —Julián sonrió.
—Uhm, algo así. No te puedo explicar —dijo Rivas, bajando tanto la voz que ahora parecía un susurro—. Vamos al restaurante que está en la calle de atrás. Juro que valdrá la pena.
Las voces de los compañeros alrededor eran tan altas que no tenía sentido susurrar. El supervisor no era tan estricto cuando se daba una caída del sistema. Esta extraña inconsistencia provocó en Julián un subidón de adrenalina; sus manos empezaron a sudar y le dio un vuelco el corazón. ¿Qué podía ser tan importante? ¿Acaso el gerente se había visto envuelto en un nuevo escándalo por el acoso constante a los deudores? No podía ser eso; algo no cuadraba. La paranoia que solía experimentar cuando se hallaba metido en los foros de Internet, por alguna extraña razón, hacía su aparición. Asintió con la cabeza y solo le soltó una breve frase: «Está bien, le pondré alguna excusa a los muchachos».
Zafarse del grupo de siempre fue un trámite incómodo, una pequeña traición a la rutina del mediodía. Cuando el ascensor los dejó en la planta baja junto a la horda sedienta de almuerzo, Julián se detuvo en el umbral de vidrio, simulando palparse los bolsillos con una brusquedad ensayada. «Vayan adelante, se me quedó la tarjeta en el cubículo y tengo que subir a buscarla», soltó, sosteniendo la mirada del compañero más cercano para darle peso a la mentira. Los otros se limitaron a asentir con la apatía propia del trabajador sin planes a futuro y cruzaron la avenida hacia el carrusel de tarantines del frente. Julián esperó a que el grupo se disolviera entre la multitud de transeúntes antes de girar sobre sus talones. Caminar hacia la calle trasera se sintió como descender por una garganta oscura. Apenas al doblar la segunda esquina para ver la fachada trasera del edificio, el asfalto plano cedía ante una calzada agrietada y húmeda, un callejón estrecho flanqueado por depósitos viejos y paredes desconchadas donde el sol de mediodía no lograba limpiar el olor a sumidero y a aceite quemado. Rivas ya lo esperaba allí, parado junto a la puerta metálica de un restaurante sin letrero, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de vestir arrugado.
El local por dentro compartía la penumbra decadente de las viejas tascas que el centro de la ciudad se había negado a jubilar. Se sentaron al fondo, sobre unas sillas de madera contrachapada que crujían con cada cambio de peso, separados por un mantel de plástico viejo, descolorido gracias a los miles de veces que los meseros le habrían hecho una limpieza veloz. Al principio, Rivas no parecía el portador de un secreto corporativo, sino el retrato vivo de la derrota. Pidió dos platos del día sin consultar y, casi de inmediato, empezó a hablar con una voz plana, desprovista de la urgencia de hacía media hora. Le contó que su casa estaba vacía desde el sábado, que su esposa había empacado tres maletas mientras él cubría un turno de horas extras y se había llevado a los niños a la capital, sin dejar más rastro que un mensaje de texto que él ya se sabía de memoria. Julián lo escuchaba balanceando el vaso de agua que hacía poco les había traído el mesero, sintiendo una mezcla de lástima y fastidio; ese era el drama estándar de la oficina, la cuota de miseria que cualquiera allí dentro acumulaba tras cinco años de aguantar insultos de deudores por teléfono y recibir un mal sueldo.
La sospecha no lo dejaba en paz. El subidón de adrenalina que había sentido durante la caída del sistema seguía vibrando en sus extremidades y el tono lastimero de Rivas le parecía como un ataque a su propia estabilidad mental. ¿Era necesario dar tantos rodeos? Si resultaba que el chisme era este no pensaba ser nada civilizado en su reprimenda.
Julián apoyó los codos sobre la mesa, interrumpiendo el inventario de reproches matrimoniales de su compañero con una sequedad que a él mismo lo sorprendió. «Lamento lo de tu mujer, Rivas, de verdad. Pero tú no me trajiste a esta cuadra para que te sirviera de psicólogo, ¿cierto? Al menos eso espero. En el piso me dijiste que tenías un chisme y sentí que era importante… No es que piense que tu situación no lo sea, pero… No sé si me entiendes. Suéltalo de una vez». Rivas se quedó callado a mitad de una frase sobre los abogados de su suegra. Miró hacia la barra, donde el encargado limpiaba un vaso con un paño sucio, y luego volvió los ojos hacia Julián. La atmósfera había cambiado por completo.
—Tú que estás metido en esas pendejadas de los Illuminati todo el tiempo —dijo Rivas, inclinándose tanto que el olor a tabaco rancio de su aliento golpeó el rostro de Julián—, tú que pasas las madrugadas leyendo sobre logias y bichos raros que manejan el mundo desde arriba… Adivina quién de la empresa es uno de ellos. Uno de los de verdad.
Julián sintió que algo le atenazaba el cuello. Mientras los vellos de su nuca se erizaban, la paranoia latente de sus foros nocturnos parecía encajar un diente en el tejido de la realidad. Quiso sonreír, quiso mantener el cinismo de oficina que lo protegía de volverse loco, pero la seguridad en los ojos de Rivas no admitía burlas. «No sé, Rivas. ¿El gerente de operaciones? ¿Quién?», preguntó, forzándose a bajar el tono.
—El señor Héctor Krostan —soltó Rivas, arrastrando el apellido como si fuera una palabra maldita—. La mano derecha del viejo. Y no me lo estoy inventando yo. Las señoras de la limpieza, las que entran a la medianoche cuando los supervisores ya se han ido a sus casas, lo vieron. Dicen que el tipo no se queda a revisar balances ni a cuadrar las comisiones de cobranzas. Dicen que lo que pasa en esa oficina presidencial después de las doce no tiene que ver con el negocio.
Julián se quedó mudo un momento, sosteniendo el vaso de agua con ambas manos, como si fuera un amuleto de protección. El nombre de Krostan parecía flotar entre los dos, denso y fuera de lugar en esa conversación.
—No me lo creo… —dijo Julián—… O sea, no parece esa clase de persona. Sí, es un poco avaricioso, pero no tiene tantas luces. ¿Qué vieron exactamente?
Rivas miró de reojo hacia la mesa más cercana antes de volver a inclinarse.
—La vieja es la señora Gregoria, la que lleva años barriendo el piso presidencial. Me lo contó ayer en el sótano, muerta de miedo, casi llorando. Dice que el martes de la semana pasada se le quedó un manojo de llaves en el piso de arriba y tuvo que subir pasadas las doce. El ascensor estaba apagado, así que subió por las escaleras de emergencia. Cuando llegó al pasillo principal, la luz de la oficina de Krostan estaba encendida, pero no era la luz blanca de la oficina. Eran como luces de velas, que se colaban por debajo de la puerta.
Rivas hizo una pausa para tragar saliva. Sus ojos estaban demasiado abiertos.
—Gregoria dice que no se escuchaba el tecleo de una computadora ni llamadas. Se escuchaba un rezo, Julián. Un rezo en un idioma que no entendía, pero que le dio escalofríos. Y cuando se arrimó un pelo para mirar por la rendija de la cerradura, no vio a Krostan sentado en su escritorio. El escritorio estaba arrimado contra la pared. Krostan estaba arrodillado en el piso alfombrado, de espaldas a la puerta, frente a una mancha oscura que, me dijo, parecía moverse sola. La vieja no se quedó a ver más; tiró el carrito del aseo y se fue volando hacia el ascensor. Al día siguiente, Krostan llegó como si nada, con su traje gris y su maletín, pero Gregoria jura que en el piso presidencial todavía olía a azufre y a cera quemada.
Julián escuchaba sin parpadear. El cinismo que solía usar como escudo en los foros de Internet se había evaporado. Eso no era un hilo de Reddit posteado por un adolescente en Ohio; era la descripción detallada de un ritual sucediendo tres pisos por encima del cubículo donde él pasaba diez horas al día llamando a deudores.








