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EL ÁNGEL DE OJOS FEOS

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Sinopsis

Una joven de corazón hermoso, pero de mirada de psicótica peligrosa, ayudará a muchas personas

Estado:
Completado
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

La llegada del ángel

EL ÁNGEL DE OJOS FEOS

Capítulo 1: La llegada del ángel

Su paso era seguro y su porte denotaba confianza, un par de largas trenzas cuyo grosor parecía no ser posible, adornaban una figura felina cuya coloración de piel tenía un bronceado muy sano. Labios carnosos y seductores invitaban a dar un beso robado, a riesgo de sufrir una mirada reprobatoria de unos ojos que de seguro hacían par con tal hermosura… Perdón, ante tanta belleza, algo debía fallar y en este caso eran los ojos. ¡Eran los ojos de toda una perra!

En una locación algo cercana, un hombre gordo y con calvicie pronunciada no estaba para ver la figura núbil de jovencita alguna, sino a su señorita adorada, en este caso no una fémina de figura felina, pero sí una felina valga la extraña redundancia.

―Mimosita, Mimosita querida, no seas mala, baja con papi ―le rogaba el suave personaje al gato que parecía estara gusto en las ramas de un árbol no muy frondoso que digamos y cuyo tronco raquítico, daba pena tan solo mirarlo.

El gordo trató de subir sus posaderas por el tronco y pasó lo que tuvo que pasar: el árbol se partió en dos y cayó sobre el sujeto de mediana edad que quedó inconsciente debido al golpe que recibiese su nuca contra la acera adoquinada.

Mimosita se asustó con la caída del árbol y fue presurosa en pronta carrera hacia un sitio que ni ella misma tenía idea, solo se guiaba por el reflejo animal de poner sus patitas en rápido movimiento.

Tal presurosa huida fue interrumpida ante dos esbeltas y largas piernas que le cerraron el paso y la obligaron a subir la mirada para ver con más claridad al que osó cortarle el paso hacia la tan ansiada libertad.

―Amiguito, ¿estás bien?, ¿qué sucede? ¿Acaso te estaba persiguiendo un perro? No te preocupes que conmigo vas a estar a salvo.

Los animales no son como las personas, no son discriminadoras y un par de ojos que para cualquiera se verían amenazantes, para Mimosita eran solo eso, un par de ojos humanos.

La jovencita se inclinó y luego de acariciar al animalito, lo alzó con sus delicados brazos y lo llevó contra sus turgentes senos, así pudo apreciar mucho mejor su carita peludita y los bigotitos largos.

―¿Te has perdido, bonito? No pareces ser un gato callejero, ¿qué te parece si te ayudo a buscar a tu dueño?

Mimosita maulló y esa fue la señal que la jovencita tomó como una aceptación para luego buscar al niño que pudiese ser el dueño de tan primorosa criaturita.

Jovencita y gato estaban teniendo un agradable paseo cuando se escuchó el grito estridente de una persona.

―¡Es ella oficial! ¡Es quien de seguro secuestró a mi amada Mimosita porque es una gata de pedigrí!

―¡Deténgase criminal!

No podía haber más injusticia, la jovencita solo quería ayudar al gatito a encontrar a su dueño y era acusada de ser una ladrona.

―Solo quería ayudar al gatito ―se defendía, pero el gordo insistía en que la joven era una vil delincuente.

―¡Cómo puede decir que no es una ladrona! ¡Solo mire esos ojos perversos, es malvada!

―Ya vi suficiente, señorita, acompáñeme a la delegación de policía, está arrestada.

―¡Nooo! ―se escucha el grito de la joven, pero no de la que fue acusada de querer robar a Mimosita, sino de otra jovencita, la cual, estaba siendo molestada por unos motoristas con pinta de malhechores.

―Vamos mamita, no tiene nada de malo en querer ver qué hay debajo de esa falda, ¿verdad? Con lo corta que está, hasta lo estas pidiendo, nena.

―¡Auxilio!

―¡Oigan, ustedes de allí! ¡Deténganse! ―gritó el policía y se desentendió de la joven con el gato y el gordo.

―¿Qué pasa con este polizonte? ¡Oye, maricón! ¡¿No ves que estamos ligando?! ―dijo el facineroso y de un golpe en la cara dejó inconsciente al policía. Igual suerte corrieron otros oficiales de la ley que fueron en ayuda de su compañero.

Una vez los brutos satisfechos en deshonrar a las fuerzas de la ley y el orden, quisieron seguir molestando a la joven mientras la rodeaban con sus motocicletas imprimiendo velocidades peligrosas.

―Por favor, no usen la violencia contra nosotras las mujeres ―fue el pedido educado que dijese alguien, pero que a los barbudos matones les sonó a amenaza.

¿Eh? ¿Y quién está? Vaya, que ricura, miren perros, tremendo cuerpazo que se gasta esta pavita ―dijo uno y los bribones rodearon a la joven de la misma manera en que hicieron con la otra.

A medida que daban vueltas con su moto alrededor de ella, le levantaban la falda o le tocaban los senos, pero la joven se mostraba digna ante esas vejaciones.

―Vamos, muñequita, levanta ese rostro, seguro es igual de lindo que el resto de ti.

Un fuerte manotazo hizo que la joven mirase de frente a los atrevidos.

―¡Qué horror! ―gritó el gamberro al ver que el hermoso rostro estaba coronado por unos ojos de demonio.

El motorista ante esta impresión, perdió el control de su poderosa máquina y con esto los motoristas chocaron en cadena, quedando desparramados en el suelo.

«Pobrecitos. Veré si están bien», pensó y fue a ayudar a los maleantes.

Cuando los bribones levantaron la vista, vieron que la joven los miraba fijo y de pronto el gato que llevase en los brazos, siseó de manera amenazante.

―¡Monstruo, no te acerques! ¡Huyamos! ―gritaron y levantando sus motos lo más deprisa que pudieron, se alejaron del sitio.

La joven que fue molestada en primer lugar, viendo que los motociclistas molestaban a la que fue en su ayuda, corrió hasta encontrar más policías y los condujo para que ayudasen a su desconocida salvadora.

Cuando ella y los policías llegaron, se quedaron quietos ante la imagen que veían, una joven que parecía recibir los rayos del sol solo para ella, se hallaba de rodillas y cuidaba con caricias y palabras gentiles a los policías caídos.

«Un ángel», pensó la joven lo mismo que los otros guardianes de la paz y el orden.

Una ambulancia llegó y trasladó a los policías heridos que, llorando, agradecieron de corazón a la joven.

El dueño de la mascota se disculpó una y mil veces ante la joven, arrepintiéndose de haber actuado como un cretino.

―Es un ángel, señorita, ¿cuál es su nombre?

―Me llamo China Supay ―dijo y se despidió del gatito con una caricia a su cabecita. Un ángel en verdad llegó a la Ciudad de Puñeteros.

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