El MAS nunca más
Fantasma Isekai
Capítulo 1: El MAS nunca más
No fue invierno, faltó dos semanas para aquello, no obstante, el frío mordió duro en la mañana en la Ciudad de El Alto. Las aguachas mostraron capas de escarchas, mala idea pisar sobre aquellas; o uno se resbalaba o peor: metía el zapato en el agua repugnante.
Resolló a causa del exceso de peso, Don Eliodoro alzó las bolsas negras de plástico y las llevó al contenedor de basura más cercano, el camión de la basura no recogería ningún desecho a las puertas de la morada del profesor y dirigente troskista.
El contenedor lució polvoriento y despintado. Pese a tener una recia estructura, un lado estuvo abollado, con toda seguridad producto de algún conductor ebrio; no importó, debió darse prisa.
«Carajo, ¿hasta cuándo no van a recoger estos escombros?», pensó mientras frunció el ceño a causa del sudor y el mal olor. Junto al contenedor de basura estaba una mezcolanza de basura y escombros de una construcción, los camiones de basura no recogían tales cosas.
Hacía tiempo que la acumulación de desechos creció, incluso una capa de verdor, mala hierba para ser más exactos, se extendió sobre la superficie, dándole un aspecto extraño, emuló el lomo de una bestia desconocida, inmune al frío de la mañana.
El contenedor no tenía la tapa por lo que fue más fácil para los vecinos echar la basura, claro que aquello no evitó que el gordo sudara lo suyo al meter las bolsas negras.
—¡Ay! —gritó al tiempo que agitó la mano derecha, se la vio y comprobó los temores: se cortó la mano.
»¡La alcaldesa Eva Copa no sirve para nada! —gritó y a modo de quitarse la frustración por el mal estado del contenedor, fue al montículo de desperdicios y pateó con furia.
Se agitó más de lo que hubiera deseado, mala cosa con el invierno alteño, la ropa mojada por el sudor era una invitación a contraer resfriado.
Se dio media vuelta y se alejó murmurando improperios a la vida, listo para comenzar un nuevo día que prometía carencia de aceite entre otras cosas por culpa de la inflación y la especulación ocasionados por el gobierno del MAS, inútiles todos ellos.
Un ruido similar a arenisca y piedrecillas cayendo de una carretilla le llamó la atención y giró para ver qué fue lo que ocasionó tal sonido.
¡El horror! El cúmulo de desperdicios a un lado del contenedor de basura avanzó hacia el hombre. Tentáculos semejantes a correas gastadas de un cinturón se extendieron y le sujetaron las canillas y lo jalaron hasta hacerle caer de culo.
El pánico de ver el imposible hizo que cualquier grito de auxilio no fuera expectorado y el ente desconocido se acercó al hombre, listo para saciarse de sangre humana.
Un chillido porcino salió de los labios, no obstante, fue tarde, cerró los ojos y esperó el desenlace inevitable.
Un golpe seco, así sonó, mas no fue producto de la bestia y el ataque al maestro, nada de eso, algo ajeno golpeó al monstruo, causó que cesara los intentos de merendarse al alteño.
Vinieron otros más y el ente dejó de cubrir a la víctima para girar la masa y enfrentar al desconocido atacante.
Los tentáculos que sujetaron al maestro tuvieron un nuevo objetivo, era un hombre. Extraño, no pareció asustado, cada patada la realizó con una calma antinatural.
La criatura intentó sujetar las piernas del hombre delgado, pero algo no cuadró, la tela del pantalón se hundió bajo la presión de los tentáculos, era como si la prenda de ropa cubriera solo el aire frío de la mañana.
Un par de manos sostuvieron a los tentáculos.
¡Qué dolor! El monstruo a un lado del contenedor de basura vibró el cuerpo amorfo al sentir el contacto de las manos humanas, manos de un color azul eléctrico, en definitiva, algo rara la constitución del hombre.
En cuanto al alteño, no comprendió lo que sucedía a un par de pasos de distancia, respiró con dificultad y se llevó la mano al pecho; el corazón, débil, latió con fuerza, tenía que tranquilizarse, caso contrario…
No pudo hacerlo, escuchó palabras dichas de una garganta no humana, el efecto fue aterrador:
—Perdón, perdóneme, por favor. Le prometo no atacar más humanos, solo lo hice porque fui atacado, ¡piedad!
La respuesta fue severa, pero el tono no produjo espeluzno por ser dicha por un humano:
—Vaya criatura tan rara, ¿por qué tendría que perdonarte? Pareces un monstruo igual a aquellos que enfrente en el otro mundo.
—¡Te ruego me perdones! Si lo haces, yo y los míos, prometemos venir en tu ayuda en caso de necesidad, puedes confiar en este tu esclavo.
Claro que sería una locura tratar algo con semejante aberración, pero el desconocido tuvo pena del lloriqueo del ente y dejó de sujetarle con firmeza.
—Vete de una vez, voy a recordar lo que me dijiste, no ataques a nadie en el camino.
El escombro parlante agradeció con profusión y se marchó con movimientos similares a los de un enorme gusano. En cuanto a Don Eliodoro, se frotó los párpados con los nudillos cubiertos de tierra, el salvador tuvo un rostro azul más brillante que el cielo sin nubes, creyó que sus ojos le fallaron.
—Señor… ¿qué fue eso?
El desconocido giró el rostro para ver al orondo, mala idea.
El gordo gritó ante la visión de ultratumba, solo la mitad del rostro era humano, la otra mitad, una calavera.
Ante el grito, varios vecinos salieron al creer que se trató de otro caso de cogoteros u otros malvivientes que atesoraban bienes ajenos.
Las cholas chillaron y los perros ladraron ante el espectáculo lamentable, el vecino yacía inerte a un lado del contenedor de basura; el rostro, congelado en un rictus de terror, la sonrisa de la muerte.
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Recordó el nombre con el cual fue bautizado en la ciudad alteña, recordó la forma en que murió: acuchillado en el puente de la ceja de El Alto, todo por un celular, por algo tan nimio le dijo adiós a la vida.
También recordó que no fue ni al cielo ni al infierno.
Llegó a un reino y se le pidió vencer a un rey demonio, lo típico para una historia isekai, todo un cliché, pero el boliviano no podría saberlo, nunca leyó una novela ligera japonesa, de hecho, era de los muchos bolivianos que no leían ni un libro al año, punto.
Pese a las esperanzas depositadas en él, no logró el objetivo deseado, murió en plena batalla, mucho antes de siquiera pisar el umbral del castillo del rey demonio. ¿Habría muerto el grupo de aventureros que le acompañó en la sagrada misión?
«Es lo más probable. Lo siento mucho, amigos, espero que de alguna manera hayan sobrevivido», pensó con pena.
El rostro se le crispó al recordar un tema más penoso: la adorada madre, la pobre, vieja y enferma. Aceptó combatir al rey demonio con la esperanza de regresar a Bolivia y lo mismo que Marco Polo, traer riquezas para curar la enfermedad de su querida viejecita del alma.
Quiso llorar, pero ninguna lagrima salió para besar las azuladas mejillas. Con la ropa que recogió de un vertedero de basura, se encaminó a recorrer las calles alteñas, pese a que quería regresar al hogar, humilde, tuvo miedo de que la madre lo viera y lo mismo que el hombre que rescató del ataque del monstruo, tuviera un ataque cardiaco.
Mantuvo las manos en los bolsillos y el rostro cubierto por la capucha, en un principio tuvo miedo de que lo asaltaran, pero ¿quién robaría a un pobre diablo que obtuvo la ropa de un vertedero?
«Al menos no tengo hambre ni frío, tampoco me canso. Ventajas de ser un fantasma, pero ¿qué haré?», pensó y se animó a levantar la mirada para ver los alrededores, lo que vio no le gustó ni un poco.
Las calles alteñas tan congestionadas por el excesivo tránsito de minibuses, causando que las calles se convirtieran en parqueaderos, estaban ausentes, en un principio se vio como algo positivo, pero algo no anduvo bien.
Los puestos de venta le dieron cierta idea: filas y filas para comprar productos y las murmuraciones de la gente le llegaron con el viento:
«¿El país está en crisis?», pensó. «Pero ¿qué diablos pasó? ¿No que el MAS nos iba a convertir en la Suiza de América?». Intentó escuchar más, pero temió que la gente descubriera la naturaleza fantasmal que poseía y decidió retirarse.
En todas partes fue lo mismo, intrigado, quiso buscar en la basura algunos periódicos para averiguar lo que sucedió con Bolivia, pero por alguna razón no encontró ninguno. No se imaginó que el gobierno comunista les hizo la vida de cuadritos hasta hacerlos quebrar.
«Que raro, todos los periódicos desaparecieron. Me asusta, ¿qué fue lo que sucedió? Si tan solo pudiera hablar con alguien, pero ¿con quién? Soy un fantasma y no quiero matar a alguien por error, otra vez».
Puesto que las únicas experiencias sobrenaturales las tuvo en el otro mundo al cual fue isekeado, que hizo memoria para encontrar una solución al problema presente:
«Se supone que en mi mundo la magia no existe, pero estoy aquí, un fantasma que camina por las calles. Escuché que la magia existe en todos los mundos, solo debo encontrar a alguien que pueda hablar conmigo sin caer muerto, creo que provoco ataques cardiacos sin proponérmelo, tal vez una criatura… El familiar de una bruja, pero las brujas no existen aquí… Pero sí los gatos, ni modo, no pierdo nada con probar».
La ciudad, que era agresiva para con los animales, en especial los gatos, lo obligó a tomar una decisión: fue al área periurbana de la ciudad más joven de Bolivia y, en efecto, encontró a los gatos cerca de un basural.
—Gatitos, gatitos, hola, no tengan miedo, solo quiero hablar con ustedes, ¿me entienden?
No supo si lo comprendieron, pero llamó la atención de los felinos, se le acercaron con las orejas hacia atrás y movieron las colas emulando a una serpiente, la pose de precaución y ataque.
Pudo jurar que sudó frío pese a ser un fantasma, pero lo que le sorprendió fue que los gatos le hablaron con maullidos que sonaron a palabras humanas:
—Miren, chicos, es un humano morido.
—Sí, ¿qué le pasó? ¿Lo funaron de la vida?
—Se auto baneó de la matrix, el pendejo.
—Traigan a un curita que no sea pedo para que le de la extrema unción, ¿se dice así?
—Ni idea, no hablo japones.
Alzó las manos para detener todas las interrogantes gatunas y se presentó para después dar a conocer la situación en la que se encontró y pidió explicaciones de todo lo que vio y escuchó al llegar a la ciudad.
—Pues ¿qué quieres que te digamos? Le dicen el socialismo del siglo veintiuno, lo que sea que eso signifique.
—¿Pues cuantos ratones son veintiuno?
—Pues veintiuno mi compadre, ni más ni menos.
—Pero si no sabes sumar ni restar.
—Me sé la tabla del uno: uno más uno es once, ¿ves que no ves?
—Ya ven que deben estudiar para no ser iguales a los masiburros.
—Por favor —dijo el fantasma—. No todos al mismo tiempo, ¿qué fue lo que pasó?
—Pues que se lo gastaron toda la plata del gas. El gas se hizo gas.
—¡Sí, se lo gastaron en tragos y putas!
—Menores de edad o peliteñidas de labios hinchados.
—Todos se fueron a la fiesta del Didi, por eso no se pisan la cola.
—El MAS nunca más.
«No les entiendo, pero creo que me hago la idea», pensó el finado héroe de otro mundo.
—¿Y qué piensan de todo esto? Digo, ¿se va a solucionar el asunto?
Los gatos se miraron y se rieron con ganas, hubo alguno que hasta vomitó una bola de pelos.
«Algo me dice que de nuevo regresaremos a los tiempos de hiperinflación de la UDP que justo era otro gobierno de izquierda».
—Ya pueden dejar de reírse. Decidido, tengo que ganar dinero de alguna forma para dárselo a mi viejita.
—Pero ¿qué puedes hacer? No vas a encontrar chamba si eres un fantasma.
—Si me quitas las pulgas, te pago con quesito que le quité a un ratón.
—No será necesario, pienso robar un banco.
Los gatos se llevaron una pata a las boquitas para acallar las expresiones de sorpresa, el frío día se calentó con la llegada y la decisión del ser de ultratumba.








