Cᴀᴘ 1. Wᴀɪɴᴛɪɴɢ ғᴏʀ ʟᴏᴠᴇ
Todos estamos esperando algo.
Un sueño.
Una oportunidad.
Una persona.
O quizá solo el valor para seguir adelante.
~ Wᴀɪɴᴛɪɴɢ ғᴏʀ ʟᴏᴠᴇ - Aᴠɪᴄɪɪ
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Hay quienes encuentran el sueño de su vida cuando ya son adultos. Otros lo descubren demasiado pronto, cuando aún no entienden todo lo que implica perseguirlo. Yo pertenezco al segundo grupo.
Durante mucho tiempo creí que bastaba con esforzarse. Trabajar todos los días, mejorar poco a poco y, eventualmente, llegar a la cima. Era una idea sencilla, casi reconfortante. Lo que nadie te dice es que los sueños también exigen cosas a cambio. Tiempo. Fracasos. Personas. Incluso partes de ti que nunca imaginaste perder.
A veces me pregunto si realmente estoy dispuesto a pagar ese precio.
Es una pregunta que aparece con frecuencia, aunque suelo ignorarla. Resulta más fácil perderme entre acordes o melodías que enfrentar aquello que llevo dando vueltas en mi cabeza desde hace años. Tal vez por eso nunca he sabido encajar con la gente de mi edad. Mientras ellos parecen moverse con una seguridad que roza la arrogancia, yo sigo preguntándome si estoy haciendo lo correcto. Si el camino que elegí tiene sentido. Si, al final de todo, seré suficiente.
La música nunca me hizo esas preguntas.
Cuando cumplí diez años, mis padres me regalaron una guitarra. Recuerdo haber pasado tardes enteras intentando sacar canciones de oído, frustrándome cada vez que una nota no sonaba como esperaba. Después llegaron otros instrumentos, clases particulares y maestros que insistían en decir que tenía talento. Yo siempre les sonreía por educación, aunque, en el fondo, jamás terminé de creerles. Cada vez que aprendía algo nuevo, encontraba otra razón para pensar que aún me faltaba demasiado.
Fue un día cualquiera cuando descubrí qué era lo que realmente quería hacer.
Había encendido la televisión sin prestar demasiada atención. Iba cambiando de canal hasta que una imagen me obligó a detenerme. Miles de personas levantaban las manos al mismo tiempo mientras una melodía envolvía el lugar. En el centro del escenario, un DJ dirigía todo con una naturalidad que me dejó inmóvil.
No fue la multitud lo que me impresionó.
Fue él.
Había algo casi hipnótico en la forma en que manejaba cada silencio, cada subida, cada golpe de los bajos. No necesitaba decir una sola palabra para conectar con todas esas personas. Bastaba un movimiento de su mano para que miles reaccionaran al mismo tiempo, como si compartieran un mismo latido.
No entendía cómo era posible.
Pero quería aprender.
Quería crear canciones capaces de hacer sentir eso.
Quería que alguien escuchara una de mis mezclas y, aunque solo fuera por unos minutos, olvidara todo lo demás.
Cuando les conté a mis padres que quería dedicarme a la música electrónica, se sorprendieron. No porque estuvieran en contra, sino porque hasta ese momento mi mundo había estado lleno de guitarras, partituras y recitales escolares. Aun así, nunca intentaron convencerme de cambiar de opinión.
Confiaron en mí.
El día que cumplí diecisiete años recibí mi primera consola.
Solo para mí.
Como casi todo lo que me rodeaba.
Soledad.
El golpe de un casillero cerrándose a mi lado rompió el hilo de mis pensamientos.
Di un pequeño respingo antes de girar la cabeza. Jisung seguía con la mano apoyada sobre la puerta metálica y una sonrisa imposible de disimular. No hacía falta preguntarle si lo había hecho a propósito.
-Algún día vas a matarme del susto.
Su risa no tardó en mezclarse con el bullicio del pasillo.
-Lo dices como si hubiera sido para tanto.
-Casi me infartas.
-Exagerado.
Negué con la cabeza mientras guardaba el último cuaderno en la mochila. A esas alturas ya estaba acostumbrado a sus bromas. Jisung tenía la extraña habilidad de hacer ruido incluso cuando no hablaba. Saludaba a medio instituto por el camino, bromeaba con quien se cruzara y, de alguna forma, siempre terminaba conociendo a alguien nuevo.
Yo era todo lo contrario.
-Habla rápido. Voy tarde a Acústica.
-Tranquilo, nerd. Solo será un minuto.
Lo miré de reojo.
-Nina hará una fiesta esta noche.
Esperé unos segundos.
-¿Y?
Jisung frunció el ceño, claramente decepcionado por mi falta de reacción.
-¿Eso es todo? ¿"Y"?
-Sí.
-Koo, es Nina.
-Lo sé.
-Toda la escuela quiere una invitación para sus fiestas.
Me encogí de hombros.
Nunca había entendido por qué.
Lo único que sabía sobre ellas era lo mismo que sabía el resto del instituto: siempre ocurría algo digno de convertirse en rumor al día siguiente.
-Bueno... pues resulta que conseguí dos invitaciones.
Levanté la vista.
-¿Y?
Volvió a poner esa expresión de incredulidad que tanto me hacía gracia.
-Una es para mí.
Asentí lentamente.
-¿Y la otra?
Sonrió.
-Para ti.
Durante unos segundos no respondí.
No porque no hubiera escuchado.
Simplemente estaba intentando entender por qué.
Nina apenas sabía de mi existencia. Si alguna vez habíamos cruzado palabra, no lograba recordarlo.
-Te estás burlando.
-No.
-Entonces hubo un error.
-Tampoco.
-Jisung...
-¿Qué?
-Ni siquiera hablo con ella.
-Yo tampoco.
-Entonces, ¿por qué...?
-Porque conozco a alguien que conoce a alguien.
Suspiré.
Esa respuesta sonaba tan propia de él que decidí no insistir.
Volví a cerrar la mochila y eché a andar por el pasillo. Jisung me alcanzó casi de inmediato.
-Vas a ir, ¿verdad?
No respondí enseguida.
Mientras caminábamos, algunos compañeros lo detenían para saludarlo. Él contestaba con la misma facilidad con la que respiraba, sonreía, preguntaba cómo estaban y retomaba la conversación conmigo como si nada hubiera pasado.
Nunca entendí cómo podía hacerlo.
Yo apenas era capaz de mantener una conversación de más de un par de minutos sin empezar a pensar qué debía decir después.
-No creo que sea buena idea.
Lo dije casi en un murmullo.
Jisung guardó silencio unos pasos.
-¿Por qué?
La respuesta era evidente.
Porque no pertenecía a un lugar así.
Porque era mucho más fácil pasar una noche produciendo música en mi habitación que intentando conversar con desconocidos.
Porque no quería sentir esa incomodidad de estar rodeado de personas y seguir sintiéndome solo.
Pero ninguna de esas respuestas salió de mi boca.
-No quiero incomodar a nadie.
Jisung soltó una risa baja, aunque no sonó burlona.
-Siempre dices lo mismo.
Lo miré.
-¿Sabes qué creo?
Esperó unos segundos antes de continuar.
-Que llevas tanto tiempo pensando que no encajas, que ni siquiera le das a la gente la oportunidad de conocerte.
Aparté la vista.
No porque estuviera en desacuerdo.
Sino porque, en el fondo, había una parte de mí que temía que tuviera razón.
-Koo.
Su voz sonó mucho más tranquila.
-Quieres vivir de la música, ¿cierto?
Asentí.
-Entonces vas a tener que salir de tu cuarto tarde o temprano. Vas a conocer productores, promotores, otros DJs... No puedes construir una carrera tú solo.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
Era curioso.
Jisung nunca intentaba convencerme.
Solo encontraba la forma de decir en voz alta aquello que yo llevaba demasiado tiempo evitando.
-Además... -añadió con una sonrisa ladeada- habrá tanta gente que, si quieres, puedes pasarte toda la noche sin hablar con nadie.
No pude evitar reír por lo bajo.
-Eso no suena como un buen argumento.
-Pero funcionó.
Lo pensé unos segundos.
No estaba listo para decir que sí.
Tampoco quería decir que no.
-Lo pensaré.
Jisung sonrió con esa satisfacción de quien sabe que acaba de ganar una batalla pequeña.
-Eso es suficiente para mí.
Las últimas tres horas de clase pasaron como cualquier otro día.
O, al menos, eso intenté convencerme.
El profesor de Acústica explicó algo mientras yo llenaba media hoja de apuntes sin ser realmente consciente de lo que escribía. Mi cabeza seguía regresando a la misma conversación una y otra vez.
Una fiesta.
La palabra parecía demasiado pequeña para ocupar tanto espacio en mis pensamientos.
Cuando sonó el timbre, el salón comenzó a vaciarse casi de inmediato. Algunos ya hablaban sobre los planes para esa noche. Otros discutían quién llevaría bebidas o quién pasaría por quién. Era una conversación completamente normal.
Tan normal que, por un instante, me pregunté si siempre había estado ahí y simplemente nunca le había prestado atención.
Esperé a que la mayoría saliera antes de guardar mis cosas. Nunca me gustó la idea de abrirme paso entre tantas personas.
El aire frío del invierno me recibió apenas crucé la reja del instituto. Guardé las manos en los bolsillos de la sudadera y comencé a caminar hacia casa.
Vivía lo suficientemente cerca como para ir caminando o solo tomar un transporte. Ese trayecto se había convertido, sin darme cuenta, en mi momento favorito del día.
A veces imaginaba canciones durante el camino.
No melodías completas.
Solo pequeños fragmentos. Un ritmo, un sintetizador, un bajo que aparecía de la nada y desaparecía antes de que pudiera recordarlo al llegar a casa.
Más de una vez terminé grabando notas de voz para no olvidarlos.
Sonreí al recordarlo.
Jisung tenía razón en algo.
Si realmente quería dedicarme a la música, tarde o temprano tendría que aprender a convivir con personas que compartieran ese mundo. Nadie iba a tocar la puerta de mi casa para ofrecerme la oportunidad de presentarme en un escenario.
Las oportunidades no funcionaban así.
Había que salir a buscarlas.
Aunque la idea siguiera dándome miedo.
Cuando llegué a casa, el olor a comida recién hecha escapaba por una de las ventanas de la cocina. Abrí la puerta y, casi al instante, escuché las voces de mis padres conversando entre ellos.
Siempre me había gustado llegar a esa hora.
Había algo tranquilizador en saber que, sin importar cómo hubiera sido mi día, ellos estarían ahí.
-¿Hijo?
La voz de mi mamá llegó desde la cocina antes de que pudiera anunciar que había llegado.
-Ya estoy en casa.
Dejé la mochila junto a la entrada y seguí el olor de la comida hasta encontrarla de espaldas a mí, removiendo algo en una olla mientras tarareaba una canción que no logré reconocer. Mi papá estaba sentado frente a la barra de la cocina con una taza de café entre las manos y el periódico abierto sobre la mesa.
Los dos levantaron la vista casi al mismo tiempo.
-Hola, cariño -dijo mi mamá con una sonrisa que parecía no conocer los días malos.
Me acerqué para besarla en la mejilla antes de hacer lo mismo con mi papá.
-¿Cómo te fue? -preguntó él.
-Bien.
Respondí demasiado rápido.
Mi papá arqueó apenas una ceja.
Siempre había tenido una habilidad inquietante para notar cuando algo me daba vueltas en la cabeza. No hacía falta que preguntara dos veces. Bastaba esa mirada tranquila que parecía esperar a que yo mismo terminara hablando.
Y, al final, siempre lo hacía.
-Bueno... pasó algo.
Mi mamá dejó la cuchara sobre la encimera.
-¿Todo está bien?
Asentí enseguida.
-Sí, sí... Solo que... Jisung me invitó a una fiesta.
Durante un segundo ninguno de los dos dijo nada.
Mi mamá fue la primera en reaccionar.
-¿Una fiesta?
La sonrisa que apareció en su rostro fue tan grande que no pude evitar sonreír también.
-Sí.
-¿Con Jisung?
-Sí.
-¿Esta noche?
No pude evitar reír.
-Sí, mamá.
Se llevó una mano al pecho como si acabara de recibir la mejor noticia del mes.
-¡Ay, qué emoción!
Antes de que pudiera decir algo más, ya estaba abriendo cajones y revisando la alacena.
-Tienes que llevar algo.
-Mamá...
-No puedes llegar con las manos vacías.
-De verdad no hace falta.
-Claro que hace falta.
Mi papá soltó una risa por lo bajo sin despegar la vista de ella.
-Ya empezó.
-No te rías y ayúdame.
-No soy yo quien está organizando una fiesta ajena.
Mi mamá fingió ignorarlo mientras seguía buscando ingredientes.
-Pastelillos.
Eso llamó mi atención.
-¿Pastelillos?
-Claro. Son fáciles de transportar y siempre quedan bien.
Mi papá negó con la cabeza, divertido.
-Tu madre sigue convencida de que todas las reuniones funcionan igual que cuando ella tenía diecinueve años.
Ella lo miró con una indignación claramente fingida.
-Porque funcionan.
Después volvió a mirarme.
-¿Verdad que sí?
No pude contener una pequeña risa.
-Seguro a alguien le gustan los pastelillos.
-¿Ves?
Se giró hacia mi papá con expresión victoriosa.
-Nuestro hijo sí sabe apreciar los buenos modales.
Papá levantó ambas manos en señal de rendición.
-Yo nunca dije lo contrario.
Los observé discutir durante unos segundos.
No era una discusión de verdad.
Solo una de esas conversaciones que habían repetido tantas veces que ambos conocían de memoria la respuesta del otro.
Había crecido viéndolos así.
Y, de alguna manera, ese tipo de cosas siempre conseguían hacerme sentir en casa.
-¿Estás nervioso?
La pregunta de mi papá hizo que volviera a mirarlo.
Tardé unos segundos en responder.
-Un poco.
Mentí.
Estaba mucho más que un poco nervioso.
Él asintió despacio.
-Es normal.
No añadió nada más.
No hizo falta.
A veces mi papá tenía esa extraña forma de tranquilizarme con muy pocas palabras.
Mi mamá, en cambio, ya estaba completamente concentrada en preparar la mezcla de los pastelillos, como si de ello dependiera el éxito de toda la noche.
Y, por alguna razón, verla tan emocionada hizo que una parte de mí empezara a creer que quizá... solo quizá... aceptar la invitación no había sido una mala idea.
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Gracias por prestarle un ratito de tu vida a la historia. 🫀 Nos leemos luego. 👁️








