☆
∘˚˳°Desde la muerte de Marilú, la casa se volvió más fría, más silenciosa, más densa. Checo aún no comprendía cómo era está solo a sus 18.
Max no hablaba mucho. Tenía una presencia dura, con los brazos cruzados casi todo el tiempo, voz ronca de cigarro y esa mirada que era como una orden constante. Era brusco, dominante, iracundo. Un hombre acostumbrado a vivir solo, que de repente tenía que hacerse cargo del hijo de su difunta pareja.
Pero no lo corrió.
No lo golpeó.
No lo forzó a nada.
Y eso para Checo, era más que suficiente.
Por eso, comenzó a agradecerle con pequeños gestos. Se levantaba temprano, limpiaba la casa, lavaba la ropa, preparaba el desayuno. Se peinaba con esmero, se arreglaba el cabello, se ponía vestidos cortos, suavecitos, con moñitos, y esa carita de ternura que no conocía la malicia... o eso fingía. Cada vez que Max llegaba del trabajo y veía la casa impecable, a Checo cocinando con las tetas medio saltadas del escote y el culo perfecto empinado al barrer… él gruñía como si le molestara, pero tragaba saliva y se iba directo a su cuarto.
Checo se quedaba con el corazón apretado.
Quería más.
Mucho más.
Y lo empezó a demostrar.
Algunas noches, lo escuchaba caminar por el pasillo y corría detrás de él, en silencio, para meterse en su habitación. Lo abrazaba por la espalda mientras Max le decía “vete a dormir”. Pero Checo no se iba. Lloraba bajito, sollozaba con la cara contra su espalda o su pecho duro, mientras él suspiraba y lo dejaba quedarse.
—Gracias, Max… por no dejarme solo —murmuraba Checo, con voz quebradita.
—Duérmete ya, joder.
Y él se dormía ahí, feliz.
Max no le exigía estudiar, ni trabajar.
No le pedía nada.
Pero tampoco le daba lo que él necesitaba.
Esa noche todo cambió.
Checo estaba terminando de doblar ropa, usando solo una camisa de Max que le llegaba justo abajo del culo. Estaba descalzo, con las piernas suaves y blanquitas al aire. Lo escuchó subir las escaleras con pisadas pesadas. Luego, el sonido de la regadera. Checo esperó, sentadito en la cama.
Cuando Max salió del baño, el vapor lo rodeaba. Llevaba una toalla amarrada a la cintura, el pecho mojado, goteando, los músculos marcados, el vello húmedo pegado a la piel. Se veía como una maldita bestia. Checo se mordió el labio. Lo amaba. Era su hogar. Su todo.
Lo siguió hasta el cuarto.
—¿Vas a salir, Max? —preguntó con la voz más suave del mundo, sentándose en la orilla de la cama.
Max estaba de espaldas, poniéndose una camisa oscura, ajustada. Sus brazos apretados por las mangas.
—Sí.
—¿A dónde vas…?
—A una cita.
Checo parpadeó, confuso.
—¿Una cita…? ¿Con quién?
—Eso no importa. No te metas.
El alma se le cayó a los pies.
—¿Por qué vas a una cita… si ya me tienes a mí? —preguntó con su vocecita lastimada, mirándolo desde abajo, con esas piernas apretaditas, los ojos llorosos.
Max giró, con el cinturón en la mano, molesto.
—No empieces con tus malditos berrinches, Checo. No soy tu novio.
Checo ya estaba temblando, respirando agitado. El corazón se le salió del pecho, los labios se le fruncieron como si fuera a llorar.
—¡No estoy haciendo berrinche! —gritó, y se le quebró la voz.
—Claro que sí —escupió Max, caminando hacia él con fuerza. Lo agarró del brazo con rudeza—. Siempre haces lo mismo. Si no te tengo pegado al culo, lloras. Si no te acaricio el cabello, te metes en mi cama. ¿Qué quieres, Checo? ¿Que te coja?
Checo se quedó en silencio.
Apretó los muslos. Bajó la mirada.
Max se le acercó más, con la cara llena de rabia.
—¿Quieres que te abra las piernas y te dé lo que andas buscando desde que te mudaste? ¿Eso quieres, niña malcriada?
Las lágrimas bajaban por la cara de Checo, pero no se movía.
Max lo empujó a la cama, haciendo que su pequeño cuerpo se hundiera entre las cobijas.
—Te portas como una puta y luego te haces la víctima.
—¡Yo no soy una puta! —gritó Checo, tapándose la cara.
Max se inclinó sobre él, la verga ya empujando el pantalón de mezclilla. Se lo dijo al oído, con la voz rota:
—Te encanta que te hablen así.
Checo soltó un gemido bajito, asustado de sí mismo. El corazón se le salía por la boca.
—Tú eres mío… —susurró, entre sollozos.
Max se detuvo. Lo miró.
Y soltó una risa amarga.
—Ni lo sueñes.
Checo se incorporó con rabia, la carita roja, los ojos brillosos.
—¡Eres un infiel! ¡Vas a salir con otra cuando ya estoy yo aquí, arreglándome para ti, haciendo todo para ti! ¡Eres malo, Max, muy malo!
Max lo miraba como si lo fuera a estrellar contra la pared.
—¿Qué dijiste?
—¡Que no puedes ir a una cita porque ya me tienes a mí!
Max dio un paso. Checo retrocedió, pero el colchón lo atrapó.
—No me grites —dijo él con voz helada.
—¡No te grito! ¡Estoy diciendo la verdad!
∘˚˳°
Checo seguía llorando.
No gritaba. Solo tenía esa expresión rota, ese puchero dulce que a Max le hervía la sangre de rabia y deseo. Estaba tan molesto que no sabía si darle un bofetón o empotrarlo de una vez contra la pared.
Se quedó en silencio. Respiró hondo.
Y sonrió.
Una sonrisa. Torcida.
Falsa.
—Sabes, Checo… eres repugnante.
El chico se quedó helado.
—¿Qué…?
Max se cruzó de brazos, mirándolo con una frialdad escalofriante.
—Querer tomar el lugar de tu madre. —Dijo eso con asco—. Qué asqueroso.
—¡No estoy tomando el lugar de nadie! —lloriqueó Checo, con la voz temblando.
Pero Max avanzó hacia él, despacio, como una fiera.
—¿Ah, no? ¿Entonces por qué te vistes como ella? ¿Por qué cocinas como ella? ¿Por qué limpias la casa como si fueras mi esposa? ¿Por qué te me metes a la cama, llorando, como si esperas que te abrace y te bese igual que a ella?
—¡Yo solo quería ayudarte! —gritó Checo, con las manos temblorosas, retrocediendo en la cama.
—¿Ah, sí? —Max bajó la voz, con esa maldita sonrisa de mierda aún pintada en la cara—. ¿Y si te tratara como la traté a ella?
Checo lo miró directo, sin entender.
—¿Qué quieres decir…?
Max se inclinó, poniéndose frente a él. Le tomó la carita con una sola mano, apretándole los cachetes.
—Te estoy preguntando si quieres que te trate como traté a tu madre, Checo. ¿Quieres eso?
Checo, con los ojos llorosos, asintió suavemente.
—S-sí…
—¿Sí qué? —Max escupió la pregunta como una orden.
—Sí… quiero que me trates como a ella…
Max lo soltó, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada rota, salvaje, horrenda. Se pasó la mano por la cara, caminó dos pasos hacia atrás y luego volvió a acercarse. Le agarró el cabello con una fuerza que le arrancó un quejido.
—Ya perdi mi cita, maldita mocosa —le escupió en la cara, sin aflojar el agarre—. Iba a coger esta noche. Iba a meterle la verga a una mujer con cuerpo, con experiencia, con ganas de que se la follaran. Pero gracias a ti, ya no.
Checo se quejaba bajito, de rodillas frente a él, mientras Max lo jalaba más abajo, obligándolo a mirarlo desde esa posición. El chico temblaba, no entendía del todo qué estaba pasando. Su coño palpitaba con un calor desconocido. No se defendía. Nunca se defendía.
—Así que vas a pagarme, ¿me oíste? Vas a pagarme lo que me quitaste.
—P-perdón… yo no quería… —lloriqueó Checo, apretando las piernas.
Max se abrió el cinturón. El chasquido hizo que Checo diera un pequeño salto.
—Cierra la boca. Ya no me importa lo que querías.
Le empujó la cabeza hacia la entrepierna, con fuerza.
Checo se resistió un poco, por reflejo, pero Max le soltó un jalón de cabello que lo obligó a agacharse más.
—¿Querías ser como tu madre? —le dijo con los dientes apretados—. Pues prepárate, porque no sabes lo puta que era en la cama.
—¡No digas eso! —chilló Checo, con la voz hecha pedazos.
—¿Ah, no? Pero sí quieres ser como ella, ¿no? —volvió a apretarle el cráneo contra su erección aún encerrada en el pantalón—. Pues empieza a ganártelo.
El olor lo abrumaba. Era tan fuerte, tan masculino, tan sucio. Max estaba empalmado, la verga tiesa, abultando la tela del pantalón. Su respiración era caliente.
Checo jadeaba bajito, con los labios rozando la cremallera.
No entendía por qué… pero estaba mojado.
Empapado.
Max le soltó el cabello por un segundo, solo para abrirse el cierre. La verga salió, gruesa, dura, venosa, apuntando directamente al rostro de Checo.
—Mírala. ¿La ves? Esto es lo que me quitaste.
—N-no quise…
—Te callas.
Le puso la punta contra los labios, sin ninguna dulzura.
—Abre la boca.
Checo dudó.
Las lágrimas se le desbordaban.
Max gruñó, con los ojos encendidos.
—¿No que querías ser mi mujer? Pues las mujeres se callan cuando el hombre está enojado.
Y sin aviso, le metió la cabeza del glande entre los labios, empujándolo apenas.
Checo gimió bajito, con esa boquita pequeña que apenas podía abrir bien. La lengua se le fue para atrás, el cuerpo entero tenso. El sabor amargo lo golpeó de inmediato. Cerró los ojos, apretando los puñitos sobre sus muslos.
Max gemía con la mandíbula apretada, la mano aferrada al cráneo de Checo, haciéndolo sostenerla en la boca.
—Así, buena niña. No eres tan inútil como creí.
Checo gemía sin querer. El coño le palpitaba, mojando las braguitas blancas.
No sabía si estaba llorando de miedo o de placer.
O de las dos cosas.
Max jadeó.
—Y ni se te ocurra morderme. Porque entonces sí, mocosa… te voy a coger como cogía a tu madre. De espaldas. Y sin piedad.
Checo levantó los ojos, con las pestañas llenas de lágrimas, los labios abiertos alrededor de la verga. No entendía por qué… pero deseaba que Max cumpliera esa amenaza.
El cuerpo le ardía.
El corazón se le salía del pecho.
Y justo cuando Max iba a empujar más adentro, con el ceño fruncido y el deseo prendido como fuego…
—¡Max! ¡Basta! ¡Me duele!
Max lo empujó hacia atrás, dejando que su verga húmeda saliera de esa boquita rosada. Checo cayó de nalgas, respirando entrecortado, con la camisa abierta, las tetas rebotando suavemente, las piernas abiertas como una muñeca rota, con las bragas empapadas entre las piernas.
Max lo miró.
Y sonrió.
—Vas a pagar todo, Checo.
Esto es solo el principio.
∘˚˳°
Los días pasaban como una repetición torcida de algo que Checo ya conocía.
Max llegaba, comía, follaba, dormía.
Y Checo obedecía.
Así, como si su única misión en la vida fuera servirle.
Complacerlo.
Aguantarlo.
Y sí. Lo aguantaba.
Cada grito.
Cada jalón.
Cada vez que lo empujaba contra la pared, que le arrancaba las bragas con la rabia atorada en los dientes, que lo llamaba por el nombre de su madre entre suspiros asquerosamente calientes.
Checo no decía nada.
Jamás se quejaba.
Creía, de verdad, que eso era amor.
Porque si su madre soportó lo mismo…
entonces quizá por eso la había amado Max.
Y él quería lo mismo.
Ser amado. Aunque doliera.
Esa noche cocinó algo diferente.
Quiso probar con una receta nueva, algo dulce, suave, con frutas.
El olor se le impregnó en los dedos, en el vestido rosita que llevaba, en las puntas del cabello.
Tenía el coño húmedo solo de pensar que Max llegaría y le daría una palmada en el culo por haber sido "una buena niña".
Así le decía a veces. Con voz ronca.
—Buena niña…
Checo sonreía. Como si fuera un cumplido.
Max llegó tarde. Cansado. Con los hombros tensos y la mandíbula apretada.
Tiró las llaves, ni siquiera le miró.
Checo corrió a recibirlo con el plato en las manos.
—Hice algo nuevo… te va a gustar —dijo con esa voz dulce que parecía de muñequita rota.
Max lo miró. Ni sonrió.
Tomó el tenedor. Probó. Masticó una sola vez.
Y lo escupió.
El plato voló.
El sonido fue brutal.
Cerámica rota. Fruta chorreando por el suelo. Salsa sobre la pared.
Checo gritó bajito, como si estuviera acostumbrado.
—¿Qué mierda es esta basura? —bramó Max, con los ojos encendidos.
—Yo… pensé que te gustaría…
Max le cruzó la cara con una palmada seca. No tan fuerte. Pero sí humillante.
Checo se quedó helado, con las manos temblando.
—¿Quién te dijo que pensaras? ¿Eh? ¿Desde cuándo piensas tú, mocosa?
Y sin más, le agarró el cabello con rabia, lo arrastró hacia las escaleras.
—¡Max! ¡Lo siento! ¡Lo voy a volver a hacer!
—Claro que lo harás. Pero antes te vas a cambiar esa mierda de vestido.
Subió a tropezones. Checo trataba de no llorar. No quería que él lo viera débil.
Max lo empujó dentro del cuarto.
—Ponte algo que se rompa rápido. No quiero perder tiempo.
La puerta se cerró con un portazo.
Checo se quedó solo, temblando, con las rodillas débiles.
Sabía lo que venía.
Así que obedeció.
Como siempre.
Como su madre.
Se quitó el vestido, quedando solo en bragas.
Buscó uno blanco, con botones flojos, que siempre se le abría con el viento.
Se lo puso sin sostén.
Nada debajo.
Solo el corazón latiendo en la garganta y el coño húmedo de puro miedo.
Se sentó al borde de la cama, las piernas abiertas, los muslos temblando. Las tetas se movían con cada respiro.
Max entró.
Cerró la puerta con seguro.
Lo miró de arriba abajo.
Y sonrió.
La misma sonrisa de siempre.
La sonrisa que Checo confundía con cariño.
—Así me gusta —dijo, quitándose el cinturón con una sola mano.
—¿Estás muy enojado? —preguntó Checo con un hilo de voz, tratando de sonar valiente.
Max se acercó, rápido. Le tiró del vestido con fuerza. Lo abrió como si fuera papel. Los botones volaron. Las tetas de Checo quedaron expuestas, temblorosas, con los pezones duritos de puro terror.
Max lo miró con rabia.
—Estoy lo suficientemente enojado para metértela sin escupirte antes.
Checo apretó los muslos. Bajó la mirada.
Eso dolía.
Pero también lo calentaba.
Como un veneno.
Como un castigo que sabía que merecía.
Max le metió dos dedos entre las piernas.
Las bragas ya estaban empapadas.
—Mira nada más. Si pareces perra en celo. Te pego, te grito, y te mojas.
Checo gimió suave.
—No es mi culpa…
Max lo empujó a la cama, boca arriba, con las piernas abiertas.
Se agachó encima de él, con el cinturón enredado en la mano.
Le besó el cuello, mordiéndole la piel.
—No… sí es tu culpa. Por querer parecerte a tu madre. Por meterte en mi cama. Por provocarme.
El cinturón rozó el muslo de Checo.
Max estaba bajando los pantalones.
La verga dura, goteando.
∘˚˳°
Max no tenía prisa.
Nunca la tenía cuando se trataba de torturarlo con placer.
Y Checo lo sabía.
Sabía que cuando Max estaba así —hirviendo de rabia, con la verga dura y esa sonrisa torcida en los labios— no se le podía apurar. Tenía que aguantar, tragar saliva, abrir las piernas y obedecer hasta que el castigo empezara.
Y por castigo… se refería al único momento en que Max lo hacía suyo de verdad.
Sin frenos.
Sin nombre.
Sin cariño.
Checo estaba desnudo, con las braguitas rotas colgando de una pierna, las tetas moviéndose al ritmo de su respiración agitada, el cuerpo temblando sobre las sábanas frías.
Max estaba encima, con los pantalones bajados hasta los muslos, la verga goteando grueso sobre su vientre.
Pero no lo metía.
Oh, no.
Max sabía jugar.
Sabía exactamente cómo torturarlo.
—Abre más las piernas —ordenó, con voz ronca.
Checo obedeció, con las rodillas al aire, expuesto como un pecado.
Max tomó su verga gruesa y empezó a rozarla por la raja caliente del coño, de arriba abajo, lento, sin entrar.
El gemido que soltó Checo fue ahogado, tierno, desesperado.
Los labios se le separaban solos, el clítoris palpitaba, mojado, demasiado sensible ya.
Max presionó.
Solo la punta.
Pero sin meterla.
—¿Te gusta así, mocosa? —susurró, con los dientes apretados.
—S-sí… pero… —Checo movía la cadera en círculos, intentando que se le metiera.
Max empujó.
Pero sobre la tela.
Sobre las braguitas rotas.
El contacto era demasiado.
Demasiado cerca.
Demasiado caliente.
Demasiado cruel.
Checo gimoteó como un animalito en celo.
—¡Por favor, Max! —rogó, con la voz temblorosa.
—¿Por favor qué? —le contestó con esa maldita sonrisa de siempre, empujando un poco más fuerte, presionando con la base de su verga contra la entrada húmeda sin abrirla.
—¡Métela! ¡Ya! ¡Por favor!
Max soltó una risa ronca.
—¿Tan fácil te abres, eh? Con un poco de presión… ya estás rogando como puta.
Checo bajó la mirada, con el rostro rojo de vergüenza.
La respiración entrecortada.
El corazón latiéndole entre las piernas.
Max se agachó.
Se deslizó entre sus muslos.
Y sin aviso, le metió la lengua entera.
—¡AH! —gritó Checo, con las manos en el cabello de Max, temblando como una hoja.
Max lo lamía como si odiara tener que hacerlo, pero lo hacía.
Lo hacía bien.
Con furia.
Con hambre.
Le chupaba el clítoris hasta hacerlo saltar, le abría los labios del coño con los dedos, le metía la lengua , empapado, caliente.
Checo gritaba, con la espalda arqueada, los pezones duros como piedras.
—¡Max! ¡Ya no puedo! ¡Por favor! ¡Por favor, ya! ¡No me hagas esto!
Max se relamió, con el sabor brillando en su barbilla.
Lo miró desde abajo.
—Tienes el coño tan mojado que podría meter dos puños, mocosa.
Checo lloriqueó.
Se retorcía.
Las piernas abiertas, el cuerpo brillante de sudor.
—¡No me digas así!
—¿Así cómo? ¿Puta?
—¡No soy una puta!
—Claro que lo eres. Una puta que hace berrinche cuando no se la meten.
Y ahí pasó.
Justo lo que Max esperaba.
Lo que le encantaba ver.
Checo hizo un puchero.
Los ojos rojos.
La boca fruncida.
El ceño arrugadito.
—¡Eres malo! ¡Siempre me haces lo mismo! ¡Ya no quiero jugar! ¡Ya no quiero! —gritó con la vocecita rota, dando manotazos a su pecho—. ¡Siempre me dejas así, todo mojado, todo caliente y tú te ríes! ¡No se vale!
Max sonrió.
La sonrisa más sádica de la noche.
Y sin más, se levantó, lo agarró de la cintura con una fuerza salvaje lo giró sobre el colchón.
Boca abajo.
Culo arriba.
Le alzó las caderas como si fuera un juguete.
Le arrancó las bragas de un solo tirón.
El coño brillaba entre sus muslos, empapado, tiritando.
Max escupió.
Directo en el centro.
Y lo empujó con la punta.
—Ahora sí, perra. A ver si sigues llorando.
∘˚˳°
Max empujó.
El cuerpo de Checo se arqueó.
La verga entró despacio al principio, tan gruesa, tan caliente, que el propio Checo soltó un gemido que parecía más un llanto que un suspiro.
—¡Ah... Max...! —lloriqueó, con los puños cerrados sobre las sábanas.
Max lo sostuvo con fuerza de la cintura, los dedos hundidos en su piel.
El coño se abría con dificultad, húmedo, tembloroso, tragándose esa verga que parecía hecha para romperlo.
—¿Lo sentiste? —jadeó Max, aún a medio empujar—. Eso que te rasgó fue mi verga, mocosa.
—S-sí… la siento… toda… ¡la siento!
Max soltó una carcajada deforme.
Empujó un poco más, despacio, cruel, dejando que cada centímetro se abriera paso con violencia.
Checo temblaba. Gritaba bajito, enterrando la cara en la almohada.
Max se inclinó sobre él, jadeando.
Su aliento caliente le rozó la nuca.
Lo tomó del cuello.
Un solo tirón, un agarre firme, Checo fue alzado de un jalón por la garganta.
El pecho quedó elevado, las tetas suaves temblando frente a él.
Max gruñó.
Y empezó a golpearlas con la palma.
Golpecitos rítmicos, suaves al inicio, luego más fuertes, como si afinara un instrumento roto.
—Mira estas tetas, joder… blanditas, inútiles, —le murmuró al oído, jadeando con cada estocada.
Checo lloraba de placer.
Cada vez que Max se lo decía, el coño se le mojaba más.
—¡D-duele! —gimió, con la boca abierta, los pezones tiesos.
—No te quejes. Sé que te gusta.
Y claro que le gustaba.
Le encantaba.
Cada palabra podrida que Max le escupía le quemaba como fuego.
Le dejaba cicatrices en el alma… pero mojaba su coño como nunca.
Max marcó.
Con los dientes.
Con la boca.
Con las manos.
Dejó chupetones oscuros en sus tetas, mordidas suaves en los costados, arañazos en la espalda baja.
Sabía que al día siguiente Checo se miraría al espejo… y sonreiría.
Como cada vez.
Porque eso significaba que le pertenecía.
Que era suyo.
Que era real.
—¿Te duele el cuello? —le preguntó Max con voz ronca, mientras seguía dándole con fuerza, embistiéndolo como bestia.
—S-sí…
Le soltó el cuello solo para darle una bofetada leve en la mejilla.
No para lastimarlo.
Solo para recordarle su lugar.
Checo lo miró desde abajo, con los ojos llenos de lágrimas, pero sonriendo.
Sonriendo como si estuviera feliz.
Como si eso fuera amor.
—Eres una maldita muñeca rota —escupió Max, cogiéndolo más fuerte, más hondo—.
—S-sí… rómpeme más…
Max se carcajeó.
—Qué asco me das.
Y justo cuando empezó a embestir más fuerte, el sonido de los cuerpos chocando, húmedos, salvajes…
la respiración agitada de ambos llenando la habitación…
Checo se arqueó.
Los ojos en blanco.
Las piernas temblando.
—¡Me vengo! ¡Max, me vengo, me vengo, me vengo! —gritó, con los muslos empapados, temblando como si se fuera a romper.
Max lo sujetó del cabello, tirando su rostro hacia atrás.
Y sonrió.
—Dilo, mocosa. Dime a quién pertenece ese coño.
∘˚˳°
—¡Es tuyo! ¡Es tuyo, Max! ¡Este coño es tuyo! ¡Tuyo, solo tuyo!
Checo lo gritó con la voz rota, desesperada, mientras se tocaba.
La mano bajó por su vientre sudado, por los pliegues húmedos, y se frotó ahí, justo sobre el clítoris, con movimientos desesperados, precisos, ahogados en necesidad.
Max se detuvo a mirar.
Se detuvo de verdad.
Se quedó quieto adentro, enterrado hasta el fondo, sintiendo cómo lo apretaba, cómo ese coño lo succionaba con una fuerza impía.
Y lo vio.
Lo vio tocarse como una perra desesperada.
Lo vio frotarse llorando, diciendo su nombre, pidiéndole más, como si fuera el único oxígeno en ese cuarto.
—Dios… —murmuró Max, jadeando con la verga latiéndole adentro—. Ni tu puta madre se tocaba así.
Checo gimió.
Le ardían los ojos de placer.
Y en segundos, sucedió.
Se arqueó bruscamente.
Las piernas le temblaron con violencia.
Y luego…
El chorro.
Fuerte. Inesperado. Brutal.
—¡Ah! ¡M-Max! ¡Dios que rico! ¡Que rica verg! ¡Ahhhh!
Era placer puro chorreando con fuerza desde su coño empapado.
Salió disparado, caliente, directo contra la verga aún enterrada, contra la cama entera.
Max quedó helado.
Fascinado.
Su cara lo decía todo.
—Joder… —jadeó con una sonrisa torcida—. No puedo creer lo que hiciste, mocosa.
Checo lloraba de placer, con la mano aún entre las piernas, el cuerpo temblando, mojado, empapado, arruinado.
Max no le dio descanso.
Siguió cogiéndolo.
Sin parar.
Sin piedad.
Cada embestida era una cachetada interna, una promesa de destrucción.
Checo chillaba.
El cuerpo entero se le sacudía, ya no podía más, y aún así, Max seguía.
—¡Duele! —gritaba con voz quebrada, babeando sobre la almohada.
Max lo cambió.
Lo sacó de golpe.
Lo giró como muñeca rota.
Se acostó boca arriba, con la verga brillando de tanta humedad.
—Ven.
—¿Q-qué…?
—Ven aquí.
Lo montó.
Le abrió las piernas con firmeza.
Y lo sentó encima.
Checo gritó.
La verga volvió a entrar como una lanza.
—¡Aaaaah! ¡No, no! ¡Está muy adentro!
—Shh… cállate.
Max lo sostuvo de la cintura con una mano, y con la otra, le apretó una teta con fuerza.
Y empezó a moverlo.
Arriba.
Abajo.
El sonido era vulgar.
El chasquido del coño empapado golpeando contra el vientre de Max, una y otra vez, con fuerza, con ira.
—Mírate —gruñó él—. Montándome como perra, con el coño abierto, toda temblorosa.
—¡No pares! ¡No pares! ¡Aunque me muera, no pares!
Max lo sujetó más fuerte.
Le mordió un pezón, haciéndolo saltar.
Checo, con las piernas temblando, empezó a rebotar por su cuenta.
Cansado.
Roto.
Mojado.
Pero con los ojos llenos de brillo.
—¡Eres mío! —gimió—. ¡Solo mío! ¡Este coño es tuyo!
Max jadeaba, con los dientes apretados.
—Sigue diciendo eso y te dejo embarazada, mocosa.
Checo se estremeció.
La idea lo quemó.
—¡Sí! ¡Dame todo! ¡Todo! ¡Rómpeme por dentro, por favor!
∘˚˳°
Max no tuvo tiempo de aguantarlo.
El cuerpo se le sacudió entero.
El estómago le ardía.
Las venas en el cuello se marcaron cuando por fin se corrió, gruñendo fuerte, profundo, violento.
—¡Mierda! ¡Mierda, Checo!
El calor lo atravesó.
Era como si se vaciara desde el alma.
Le soltó toda la carga adentro, hasta el fondo, profundo, con la verga latiendo.
Tan adentro que Checo se arqueó con un quejido agudo, sintiéndolo estallar.
Max, por primera vez…
lo abrazó.
Lo rodeó con los brazos.
Lo atrajo a su pecho, jadeando, sudado, aún temblando,
y lo apretó como si fuera lo único suyo en el universo.
—¡Joder! —dijo entre dientes, mordiéndose la lengua—.
Checo, aún montado sobre él, con las piernas partidas y el coño goteando semen, apenas podía moverse.
Tenía los ojos vidriosos, rojos, la cara toda sudada y el cuerpo tembloroso.
Pero sonrió.
Sonrió como un niño.
—¿Te gustó? —susurró con voz rota, ronca de tanto gritar.
Max no contestó.
Solo lo apretó más fuerte, como si fuera a romperlo.
Su verga aún palpitaba dentro, enterrada hasta el fondo, Checo gemía con cada mínimo movimiento.
El silencio fue denso por unos segundos, solo interrumpido por sus respiraciones agitadas.
Checo lo dijo.
Con la voz más dulce, más descarada, más peligrosa.
—¿Y si me haces un bebé?
Max abrió los ojos.
—¿Qué?
—Sí —susurró—. ¿Y si me dejas embarazado?
Max tragó saliva.
No se rió.
No hizo ningún comentario cruel.
Solo…
lo pensó.
Lo pensó de verdad.
Y se lo imaginó.
Se imaginó a Checo con una pancita redonda, caminando con torpeza por la casa, con esos pezones morados y llenos.
Se lo imaginó con las piernas abiertas, sentadito, con ese rostro hermoso, vulnerable, todo para él.
Un cuerpo que solo él había marcado, que él había llenado, y que ahora le daba algo más.
Su hijo.
Su semilla.
Su maldita posesión.
Checo acarició su vientre plano con ternura.
—Si me das uno, Max… ya no necesitaré a nadie más. Seremos tú y yo. Solo tú y yo.
—¿Crees que así vas a atarme? —murmuró Max, apretando la mandíbula.
—No… —susurró Checo, acercando su rostro al cuello de Max, lamiéndolo—. Pero así estaría siempre solo para ti
Max lo giró de golpe.
—¿Ah, sí?
—¡Ahhh! ¡Sí! —gimió Checo al sentirlo moverse dentro otra vez, como si nunca se hubiera corrido.
—Entonces, prepárate. Porque no pienso sacarla hasta que sienta que de verdad te la dejé adentro.
Lo hizo morder la almohada.
Lo tomó por las caderas.
Y siguió.
Como si nada se hubiera terminado.
Como si el clímax no fuera un fin, sino una excusa para seguir más profundo.
El semen anterior resbalaba de regreso con cada embestida.
Max lo sentía.
El sonido asquerosamente húmedo lo enloquecía.
Y en su cabeza…
seguía viéndolo.
Con la pancita.
Con ese rostro dulce.
Toda suya.
Marcado por él.
—Si te embarazas… —dijo con la respiración agitada— te voy a dejar encerrado en casa.
—¿Eh…?
—Para que nadie te mire. Para que nadie huela lo que es mío.
—Mmm… sí…
—Te voy a coger todos los días. Aun con la panza.
—¡Sí! ¡Hazlo! ¡Hazlo!
Max lo apretó más.
Volvió a correrse.
Y esta vez…
lo hizo mientras le decía al oído:
—Vas a parir para mí. Y solo para m
∘˚˳°
Max no solo se encargó de embarazarlo.
Se encargó de dejarlo lleno.
Lleno de su semilla, de su olor, de su voz metida en cada esquina del cuerpo.
Cada que Checo respiraba, olía a él.
Cada que se sentaba, sentía la presión de Max en lo profundo.
Cada que se tocaba la pancita redonda que le crecía con lentitud…
sabía exactamente de quién era.
Y Max lo sabía también.
Por eso, cuando el vientre empezó a notarse, no podía despegarse de él.
—Cinco meses… y ya luces como mi maldita obra de arte —murmuró esa mañana mientras se arrastraba por debajo de la sábana y comenzaba a besarle el vientre con lujuria—.
—Estás loco —rió Checo, las piernas temblando.
—Loco por ti —sus dedos subieron a los pechos hinchados, los acarició con devoción enferma—. Mira cómo se ven... hinchados, sensibles… jodidamente míos.
A veces le hablaba a la panza.
A veces le decía al bebé que él y su mami eran de su propiedad.
Y otras, le decía a Checo cosas tan sucias que lo dejaban empapado entre las piernas.
—Si algún día me dejas…
—¿Max?
—Te quito al niño. Lo juro por Dios, Checo. Te lo arrebato.
—¿Qué?
—Lo meto en un puto juicio si es necesario. Pero tú no te lo quedas.
—…
Checo lo miró.
¿Debería asustarse?
No.
Sonrió.
Como un idiota.
Como alguien que confundía posesión con amor.
—Eso significa que me amas, ¿no? Que no quieres perderme.
—¿Perderte? —Max gruñó, tirándolo hacia la cama de nuevo—. Te voy a tener clavado a mi cama toda la puta vida.
Y cumplía.
Cada día, Max le hacía el amor.
Lo follaba con violencia.
Lo lamía, lo chupaba, lo mordía.
Y a Checo le encantaba.
Le encantaba tanto que se sentía enfermo.
Todo el embarazo fue eso:
Sexo, risas, peleas, amenazas dulces y el tacto de Max grabado en la piel.
Pero un día…
todo explotó.
Estaban en la cocina.
Checo revisaba su teléfono.
Vestía solo una camiseta que no lograba cubrirle del todo la pancita y un short flojo.
Se veía jodidamente adorable.
Tan adorable que Max solo lo miraba y ya se lo quería coger.
Otra vez.
Pero entonces, llegó la notificación.
📩 “¿Cómo estás? Hace mucho no hablamos. Espero estés bien :)”
Era un amigo.
Solo eso.
Un nombre del pasado.
Alguien que había estado antes que Max.
Alguien que nunca debió aparecer.
—¿Quién carajos es este? —gruñó Max, levantando el teléfono sin pedir permiso.
—¡Es solo un amigo!
—¿Y para qué chingados necesitas amigos si me tienes a mí?
El vaso en su mano salió volando.
¡Crash!
Estalló contra la pared.
Cristales por todos lados.
—¡Max,! —gritó Checo, cubriéndose la barriga.
—¡Eres mío! ¡Solo mío! ¿Te queda claro?
Lo abrazó.
Lo aplastó contra su pecho.
Lo besó con furia.
Lo lamió.
Lo mordió.
Lo marcó.
—Nadie más puede tocarte. Nadie.
—Lo sé…
—Eres mío. Este cuerpo es mío. Esta boca, estas tetas, esta panza, todo, Checo. TODO.
Esa noche, Max no se conformó con una marca.
Le dejó decenas.
Mordidas en el cuello, succión en los pechos, pequeños hematomas en las caderas.
Le besó cada una.
Le lamió cada una.
A la mañana siguiente, Checo se miró al espejo.
Se tocó las marcas con los dedos temblorosos.
Sonrió.
Las acarició.
Y fue directo a abrazar a Max, que estaba en la sala.
—Mira lo que me hiciste —le dijo con una risa traviesa.
—Lo sé.
—Me gusta.
—¿Ah sí?
Max lo sentó en sus piernas.
Lo rodeó con los brazos, acariciándole la panza redonda.
—Vas a seguir llevándolas, mi amor. Te voy a dejar lleno de mí todos los días.
Checo se rió.
Lo llenó de besos.
Por la cara, el cuello, los labios.
Como un niño feliz.
Como alguien que, a pesar de todo, se sentía amado.
Porque ese era su concepto del amor.
Ser marcado.
Ser prohibido.
Ser maldecido.
Ser de Max.
Solo de Max.
∘˚˳°
Checo vivió un embarazo hermoso.
A su manera.
El más jodidamente caótico, doloroso y dulce de todos.
Uno de esos embarazos que nadie soñaría tener, pero que en su mundo distorsionado, en la jaula lujosa donde Max lo tenía…
fue perfecto.
Lo consintió hasta el delirio.
Si Checo se le quedaba viendo al pan en la vitrina, sin decir nada, Max lo tomaba del mentón y le preguntaba:
—¿Lo quieres?
—No…
—Te lo compro.
—Dije que no.
—Te lo compro igual.
Y no solo compraba ese pan, compraba la vitrina completa.
No podía permitir que a Checo le faltara nada.
Nada que provocara su berrinche.
Nada que lo hiciera llorar.
Nada que le diera una razón para pensar en salir corriendo de esa jaula.
Porque esa jaula era su reino.
Y Checo su reina.
Los antojos eran infinitos.
Y Max lo cumplía todo.
Helado a las 2 AM.
Uvas peladas en la tina.
Hamburguesas con tocino y helado de pistache al lado.
Y Max ahí, sonriendo, viendo cómo masticaba mientras le sobaba la panza.
—Estás más hermoso cada semana —decía, acariciando con la palma abierta la curva redonda de su vientre.
—Estoy hinchado.
—Estás perfecto.
—Me duelen los pies.
—Te los beso
Pero no todo era placentero.
Los cambios hormonales, el dolor, el cuerpo deformándose, volviéndose más suave, más sensible, más expuesto… lo sobrepasaban.
Especialmente los pechos.
Checo comenzó a producir leche antes de tiempo.
No fue como en las películas.
Fue brutal.
Grotesco.
Doloroso.
Las glándulas mamarias empezaron a llenarse, endureciéndose bajo la piel.
Le dolían tanto que lloraba.
Y cuando decía llorar, era berrear como un niño desesperado.
Golpeaba la almohada.
Se encogía.
Le gritaba a Max que le dolía, que no lo aguantaba más.
—¡Me duelen mucho, Max, por favor! ¡Haz algo!
—Tranquilo. Shhh… mi amor, ven acá.
Max lo tomaba con esa calma sucia, esa ternura retorcida.
Lo sentaba sobre sus piernas, le quitaba la blusa de dormir, y lo miraba.
Miraba esos pechos duros como piedras, tensos, con la piel estirada, rojiza.
—Estás hermoso.
—¡No digas eso, me duele!
—Estás… jodidamente hermoso.
Con una lentitud asfixiante, le pasaba la lengua.
Desde la base del seno hasta la areola.
Y lo chupaba.
Fuerte.
Firme.
Como si mamarlo fuera un deber sagrado.
Como si sacarle la leche fuera un acto de amor.
Checo gemía.
De alivio.
De dolor.
De todo junto.
Con las manos en la nuca de Max, tirando de su cabello mientras el líquido tibio goteaba por los labios del otro.
Max lo tragaba.
Todo.
—Mmm… está dulce
—Cállate.
—sabe rico.
—Max…
—¿Quieres que pare?
—No.
—Entonces deja que te vacíe.
Y seguía.
Hasta que los pechos se ablandaban.
Hasta que Checo jadeaba con la cabeza colgando hacia atrás.
Hasta que ambos terminaban empapados, con el pecho marcado por la succión, los labios húmedos y el cuerpo temblando.
A veces, después de eso, cogían.
Así.
En el sillón.
Con leche derramada en el suelo.
Con los pezones aún sensibles y el vientre redondo rebotando mientras Max lo embestía con esa necesidad animal, devota, absurda.
—Eres lo más perfecto que he creado.
—Estoy gordo.
—Estás fértil.
—Estoy hinchada.
—Estás hecho para mí.
Checo, en ese estado, era su obra de arte.
Su criatura favorita.
El cuarto del bebé fue un santuario.
Cuna de roble.
Telas de lino importado.
Paredes pintadas a mano con constelaciones y el nombre bordado del niño en el respaldo.
Todo cuidado al milímetro.
Y cámaras.
Muchas.
Porque Max tenía que ver.
Todo.
Siempre.
Era su manera de amar.
Controlando.
Besando.
Dominando.
Cuidando.
Follando.
Absorbiendo.
Checo no sabía cómo sería su vida cuando el bebé naciera.
Pero ya había entendido algo:
él no era como su madre.
No era una mujer vacía.
No era un recipiente inútil.
Él servía.
Max se lo había dicho, mil veces.
—Tú sí vales.
—Tú me diste algo real.
—No como esa zorra que te parió.
—Ella solo me daba problemas.
—Tú, en cambio…
—Tú me diste un hijo.
Y aunque esas palabras ardieran, aunque fueran veneno, Checo se aferraba a ellas como salvación.
Porque lo hacían sentir valioso.
Porque por fin servía para algo.
Y si eso significaba seguir tragando lágrimas entre besos,
seguir siendo mamado por su pareja mientras lloraba de dolor y placer,
seguir gimiendo con el vientre abierto y el alma colgando…
Entonces que así fuera.
Porque lo amaba.
Y Max lo amaba.
A su manera.
∘˚˳°
Patricio tenía cinco años cuando empezó a preguntarse si todas las familias eran como la suya.
Desde afuera, parecía perfecta.
Y a veces, desde adentro, también lo era.
Max y Checo lo iban a buscar juntos a la escuela.
Siempre tomados de la mano.
A veces se daban un beso rápido en la mejilla mientras lo esperaban.
Checo llevaba termo de café y Max las llaves del coche.
Patricio corría hacia ellos feliz, porque nunca lo dejaban solo.
En casa cocinaban los tres.
Max hacía carne, Checo batía cosas dulces, y él metía el dedo a la mezcla y reía cuando lo regañaban.
Hacían la tarea juntos.
Le ayudaban con los dibujos.
Veían películas.
Jugaban al escondite.
Y cada noche,
cuando Patricio se metía a la cama,
su papá Max cargaba a su mami como una princesa
—aunque él dijera que pesaba como dos vacas—
y lo llenaba de besitos por toda la cara hasta hacerlo reír.
—Te amo, idiota.
—No tanto como yo.
Se daban esos besos largos, pegajosos,
de esos que hacían reír a Patricio con asco fingido mientras se tapaba los ojos.
—¡Guácalaaaa!
Max siempre trataba de que su hijo no viera lo otro.
Lo feo.
El lado sucio.
Los gritos.
Los arranques.
Los berrinches de celos que lo carcomían.
Una vez no logró evitarlo.
Fue un accidente.
Un mal día.
Y Patricio lo vio todo.
Entró a la sala con su peluche en brazos, buscando a su mami.
Lo encontró contra la pared, con los ojos llorosos,
y a su papá frente a él, gritándole con la cara roja,
y la mano todavía en alto.
—¡Eso te pasa por provocarme! ¡Eres igual que esa maldita! ¡Igual que tu madre!
Patricio corrió hacia Max, llorando, dándole golpecitos suaves en las piernas con sus manitas cerradas, gritando entre sollozos:
—¡No, papi! ¡Ya no! ¡Mami ya lloró! ¡
Max se quedó congelado.
Parpadeó.
Su pecho subía y bajaba con fuerza.
Volteó a ver a Checo, que seguía sin hablar, con los labios partidos y el alma rota.
Luego miró al niño.
A ese pequeño con ojos igual de cafés que los de su madre,
llorando, temblando,
defendiéndolo con toda su inocencia.
Se agachó.
Lo abrazó.
Y le dijo, casi en susurros:
—Fue un accidente, Pato… tu mami se portó mal… yo no quería… papi se enojó mucho, pero ya está bien, ¿sí?
Lo besó en la frente.
Lo apretó fuerte.
Y esa noche durmieron los tres juntos, aunque nadie durmió realmente.
Al día siguiente,
volvió todo lo de siempre.
Max cargó a Checo.
Le besó la cara como si fuera un postre.
Le mordisqueó el cuello.
Le trajo flores.
Hicieron el desayuno juntos.
Y llevaron a Patricio a la escuela, los tres de la mano,
como si nada.
Patricio no dijo nada.
Pero algo se le quedó adentro.
Él sabía que sus papás se amaban.
Lo sentía cuando Max besaba a Checo,
cuando lo abrazaba,
cuando lo llamaba “mi cielo”
y le decía que no necesitaba a nadie más.
Que solo él le bastaba.
Sabía que Max también lo amaba a él.
Se lo decía.
Se lo demostraba.
Pero a veces…
no entendía por qué ese amor dolía.
A veces Max apretaba muy fuerte.
A veces gritaba muy feo.
A veces hacía llorar a su mami.
Y luego le compraba flores.
Le llenaba el rostro de besos.
Le decía cosas bonitas al oído mientras lo cargaba como si fuera de cristal.
Todo parecía volver a estar bien.
Patricio creció sin saber qué era normal y qué no.
Solo sabía que ahí había amor.
Y por eso, cada vez que Max le llenaba el rostro a Checo de besitos,
cada vez que lo abrazaban los tres en el sillón,
cada vez que cocinaban en familia,
o que lo iban a buscar tomados de la mano,
él sonreía, cerraba los ojos fuerte y se decía a sí mismo:
"Esto es amor, ¿verdad?"
Porque Patricio creció con la certeza de que los gritos, los besos, las cachetadas, los “te amo” entre dientes y las manos fuertes en el cuello… eran parte de lo mismo.
Del amor.∘˚˳°
S.k.☆








