El Pastor Y La Bestia De La Doble Vergüenza por H.G Torres en Inkitt
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El pastor y la bestia de la doble vergüenza

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Sinopsis

Filecio, un pastor que nunca creyó en los augurios, ve cómo lo imposible comienza a rodearlo: un cordero de dos cabezas que canta, rayos en un cielo despejado y la desaparición de tres de sus ovejas. Guiado por esos presagios, llega hasta una misteriosa anciana que le anuncia un destino del que no podrá escapar: deberá enfrentarse a una criatura marcada por una doble vergüenza, cuyo extraño canto decidirá su suerte. Armado únicamente con un viejo cencerro y una profecía imposible de interpretar, Filecio se adentra en un camino donde los dioses juegan con los mortales y el humor puede ser tan peligroso como la espada. Pero la bestia que encuentra no se parece a ningún monstruo de las leyendas: es ridícula, patética y profundamente trágica. Entre la épica de los mitos griegos y el absurdo, **El pastor y la bestia de la doble vergüenza** es un cuento sobre las profecías, el orgullo y el precio de reírse cuando los dioses aún están escuchando.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
H.G Torres
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Filecio-Mito



Filecio llevaba veinte años cuidando ovejas y jamás les había prestado atención a los augurios, porque en su pueblo los augurios eran, casi siempre, excusas para no trabajar.

Pero esa mañana una de sus cabras parió un cordero con dos cabezas, y las dos cabezas, en vez de pelearse por la misma ubre como hubiera sido esperable, se pusieron a cantar.

No baladas hermosas, aclaremos. Cantaban desafinado, como dos borrachos en direcciones opuestas.

— Esto no es normal— dijo el viejo Menón, que vivía cruzando el arroyo y que opinaba de todo sin que se lo pidieran —. Anda a que te lo lean eso, Filecio, antes de que se te complique.

Filecio se rió, le tiró un pedazo de queso al cordero bicéfalo para que se callara (no funcionó), y se olvidó del asunto. O intentó olvidarse.

Tres días después, arreando el rebaño hacia el valle bajo, el cielo se puso negro sin que hubiera una sola nube. Cayeron rayos de un cielo despejado — Cosa que Filecio jamás había visto, ni su padre, ni el padre de su padre—, y el viento sopló hacia el norte y hacia el sural mismo tiempo, como si dos dioses estuvieran discutiendo por dónde tenía que ir.

Cuando todo se calmó, Filecio contó las ovejas. Le faltaban tres. Las buscó toda la tarde, cada vez más metido en un cañadón que no reconocía, hasta que el sol se puso y en vez de encontrar ovejas encontró una gruta con una fogata adentro, y una vieja sentada frente a ella, que lo miraba como si lo estuviera esperando desde hacía rato.

—Llegaste tarde—dijo la adivina—. Las ovejas ya no son importante, sentate.

Filecio se sentó, más por cansancio que por respeto. La vieja no tenía cartas ni huesos ni nada de lo que él esperaba de una adivina, solo tenía la fogata, un cencerro viejo colgado de un gancho en la pared de la gruta, y una mirada que parecía atravesar las cosas.

—Vine por mis ovejas—dijo Filecio, aunque ya no estaba tan seguro de que fuera eso cierto.

—Las ovejas están bien. Se las comió nadie, no se cayeron a ningún barranco. Simplemente ya no te importan, y eso también es una forma de perderlas.

Filecio no entendió nada, pero tampoco preguntó, porque la vieja ya se había puesto de pie y hablaba con una voz que ya no parecía suya.

—Filecio, hijo de nadie ilustre, oye bien; una bestia de doble vergüenza ha de cruzarse en tu camino. Cantar no sabe, pero cantar debe, y en esa canción desafinada, no en la melodía, está tu destino entero. Presta atención a la letra, pastor, que de ahí se esconde tu suerte o tu funeral.

—¿Puedo no ir?

La vieja lo miró como si la pregunta fuera en sí, graciosa.

—Podés. Pero el cañadón te va a parecer siempre el mismo camino, hagas lo que hagas, hasta que la encuentres.

Descolgó el cencerro y se lo puso en la manos.

Filecio lo reconoció apenas lo toco; era de Gabriela, su oveja más vieja, la que ya no balaba de lo cansada que estaba de vivir.

—Toma este cencerro de tus propias ovejas, que ha de acompañarte. Cuando la bestia cante él te dirá qué hacer: si lo dejas caer, acepta lo que venga, y ríete con ella. Si lo sostienes con fuerza, pelea.

Filecio miró el cencerro, después a la vieja, después al cencerro otra vez.

—¿Eso es todo?

—¡Eso es todo lo que te puedo decir!

Cuando Filecio salió de la gruta, ya era de noche, la fogata se había apagado, y no había rastro de la vieja ni de la entrada por la que había llegado. Solo el cencerro, tibio en su mano, y el cañadón, que efectivamente le pareció el mismo camino de siempre.

Lo siguió hasta un claro, y ahí estaba: un toro gordo, panzón más que musculoso, con cuernos cortos y torcidos como si se los hubiera pisado. La boca le quedaba siempre entreabierta porque los colmillos de jabalí no le erraban bien contra los dientes de todo, así que babeaba todo el tiempo. Cola de jabalí, corta y en espiral moviéndose sola, nerviosa.

Estaba comiendo algo—una de las tres ovejas perdidas sin dudas—cuando la vio.

Se paró en dos patas, torpes porque ese cuerpo no estaba hecho para eso, tosió como si se preparara para dar un discurso, y empezó a cantar.

—Yo fui...fui el toro más honrado del templo de Hectotor... el más honrado de todos, nadie dudaba de mí, ni los sacerdotes, ni las cabras ni—

Se le trabó la voz. Carraspeó. Siguió, cada vez más rápido, como quien quiere terminar una mentira.

—...hasta que un día me comí la ofrende entera. Si. TODA. El cordero asado, las tortas de miel, hasta el vino se lo tomé, y no tenía manos para agarrar la copa, así que metí toda la cara adentro, y —.

Filecio, que hasta ese momento se había mantenido muy serio por respeto y miedo, sintió que algo se le movió en el pecho.

—¿Metiste la cara en la copa?

—¡No estoy hablando contigo!—Bramo la bestia, y la cola de jabalí le dio un latigazo nervioso contra su propia pata—. Estoy CANTANDO, esto es sagrado, esta es mi tragedia—.

—Perdón, oh honrada bestia— rio.

—...y el dios, furioso, viendo mi panza llena y mi hocico manchado de miel, me maldijo con estos dientes, con esta cola, y con ESTA VOZ que no sirve para nada, y ahora...ahora cad vez que quiero comer algo en paz, alguna cabras se rie de mí, y las cabras NO DEBERIAN reírse de alguien tan noble como un toro, ¿entiendes?¡No debería!

—Te maldijo un dios menor, o uno de los grandes?

—!Eso no te lo voy a decir!

—¡Ah!, o sea que fue uno chico.

—¡Fue Hectotor, pastor ignorante!— Y ahí la bestia se dió cuenta, tarde, de que acababa de confesar exactamente lo que no quería confesar, y se quedó un segundo en silencio.

Humillada por haber caído en la pregunta más obvia. Retomó el canto, ya temblando y sin poder parar.

—Y lo peor no es la maldición...lo peor es que ni siquiera me gustó tanto la comida. Estaba fría. La mire, la comí toda igual, y estaba FRÍA, y no dije nada porque no quería quedar mal delante de las otras ofrendas—.

Filecio, con el cencerro apretado en la mano, sintió que empezaba a vibrar solo.

—¿Le tuviste vergüenza a una comida delante de otras ofrendas?

—¡BASTA DE PREGUNTAS, ESTA ES MI CANCIÓN!

Y siguió, cada vez más desesperada, cada ves más ridícula mientras el cencerro vibraba más fuerte en la mano de Filecio, y él ya no sabía si temblaba de miedo, de asombro, o de las ganas de reírse que le subían por la garganta.

El cencerro se le escapo de la mano justo cuando la bestia llegó a la parte más patética de todo su relato— algo tan ridículo, tan honesto en su vergüenza, que Filecio no pudo contenerse. Se rio. Se rio fuerte. Se rio hasta las lagrimas, que las carcajadas ya no las controlaba él.

Filecio murió ahogado en su propia risa, todavía riéndose cuando la bestia lo alcanzó. Fue, a su manera, una muerte —buena podría decirse— pero muerte al final. El cencerro quedó tirado entre las piedras sonando un rato más con el viento.



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