PRÓLOGO
La lluvia caía con violencia, como si el cielo también estuviera perdiendo el control.
La castaña no recordaba haber conducido hasta allí. Solo recordaba el sonido de la voz de su esposa repitiéndose en su cabeza, una y otra vez, como un eco imposible de silenciar.
"Quiero el divorcio"
Las palabras seguían frescas, afiladas.
Sus manos temblaban cuando golpeó la puerta. Una vez. Dos. Tres. No sabía si era por el frío o por el pánico que le oprimía el pecho.
La puerta se abrió de golpe.
Una rubia apareció envuelta en la luz cálida de la casa, su expresión pasando de sorpresa a alarma en cuestión de segundos al ver empapada a su amiga, con el cabello pegado al rostro y los ojos rojos de tantas lágrimas derramadas.
-Jennie... ¿qué pasó?
Y fue esa pregunta -suavemente pronunciada, cargada de preocupación- lo que terminó de romperla.
Jennie dio un paso al frente, como si sus piernas ya no pudieran sostenerla por sí solas. Sus dedos se aferraron a la tela del abrigo de Rosé, mientras está la sostenía en sus brazos.
-Lisa... -su voz se quebró-. Lisa me pidió el divorcio.








